Estados Unidos: Ellos vs. Nosotros

Estados Unidos, 03 de abril de 2020.

Estados Unidos siempre ha tenido dos caras. Dos caras que constantemente pugnan por poder, por reconocimiento. La elección presidencial de 2016 lo reflejó como nunca antes. Debe ser uno de los pocos procesos traumáticos para Estados Unidos (o para cualquier país en general) que no implicó muertes dentro de su sociedad. A partir de allí, podríamos determinar que existió un despertar. Pero siempre me pregunto cuánto de aquello sirvió para explicar realmente lo qué pasó y no tanto para consolarse por no haberse dado cuenta antes. Y es aquí donde se comete un grave error de análisis, el problema no era saber cómo Trump ganó, sino como pudieron ignorar tanto tiempo la realidad: Estados Unidos ya no era el mejor país del mundo. Algo de ello se abordaba en el monólogo inicial de la serie de televisión The Newsroom (HBO) pero Aaron Sorkin, el creador, convirtió esta oportunidad de sostener un espejo en un panfleto liberal.

Aún así, en dicho monólogo se esbozaba, se profetizaba una realidad en la que Donald Trump podría ser Presidente. O, mejor dicho, Trump fue el único que también lo entendió y decidió armar su campaña alrededor de ello. Make America great again es una frase populista; sí. Pero esconde el deseo americano de ser el mejor país de la región, esconde ese deseo de sobresalir, de ser los dueños de la democracia, de la libertad de expresión, los dueños de la balanza.

Después de todo, ¿quién se opondría a que su país sea el mejor del mundo? Es, pues, solo natural. Perder todo ello lleva al miedo, un miedo que nadie supo como remediar. Estados Unidos ya no era el mejor país del mundo y ¿a quién debíamos culpar por eso?. Evidentemente, su primera reacción no fue culparse, sino culpar al Otro. Culpar al extraño, al fóraneo. Trump sacó provecho al respecto. Pero esto no se origina con él, ni termina con él. Estados Unidos tiene, lamentablemente, problemas más grandes (e importantes) que Trump. Él es solo el síntoma de una sociedad enferma de poder, de miedo. Un síntoma y un detonante.

Podríamos decir que la elección de 2016 reflejó que no todo se dividía entre demócratas y republicanos. Que esta división de la sociedad, era más bien obsoleta. Pero, ¿cuál era la correcta división? Eso es algo que ni siquiera los grandes medios de comunicación han podido resolver. Aprovecho esta mención para señalar la gran responsabilidad de los medios en esta división. Claro está que demócratas y republicanos vienen discutiendo desde el principio de los tiempos, pero sobre hechos concretos. Probablemente en algún momento, alguien se dio cuenta que ciertos hechos convienen más a un bando que a otro (me atrevería a esbozar que fue a partir del 11 de septiembre) y lo que hasta ese entonces eran teorías conspirativas, se volvieron la norma dentro de los debates. Como mencioné, el rol de la prensa aquí fue fundamental. Ese misterioso emblema de la objetividad, de la libertad de expresión, de darle la voz a los dos lados de la noticia ha llevado a Estados Unidos a ese lugar. Claro, no es enteramente responsabilidad de ellos; pero la posverdad es, por definición, enemiga de la democracia. Y lo que los medios promovieron, quizá en su ignorancia, fue un cóctel de posverdad.

Como mencioné, en un principio se culpó al extranjero, pero después de unos años, empezaron a mirarse entre ellos. La verdadera disputa, pues, no se encontraba afuera, sino dentro del país. Quienes permitieron que Estados Unidos se degrade con influencia extranjera, ellos eran los verdaderos culpables clamaban republicanos. Quienes vulneraron los valores democráticos, ellos eran los verdaderos culpables replicaban demócratas. Una versión capitalista del señorío y servidumbre de Hegel se ha instalado, y parece no tener fin. Es una lucha a muerte, encarnizada a través de la verdad. O bueno, lo que ellos entienden como verdad. Este ellos vs. nosotros deja en el medio a Latinoamérica, eso sí. Disputas sobre Cuba o Venezuela también forman parte de la disputa. Hoy Estados Unidos disputa una superioridad moral en sus propias filas, sin saber no solo que vivimos otros tiempos, sino que existe el exquisito riesgo de que nada vuelva a ser como antes.

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