La “lógica de guerra”

Entiendo que en este momento de crisis aguda generada el COVID-19 se exijan posiciones drásticas. El problema surge cuando esta exigencia se asume sin filtro, y que, detrás de estas posiciones drásticas para conducirnos como sociedad, se camufle silenciosamente la “lógica de guerra”. Y esta lógica terreno cuando el poder-civil empieza a ceder su poder silenciosamente al sector defensa y policial en el control de la crisis social.

No es difícil darse cuenta de que esta “lógica de guerra” avanza y atraviesa las esferas estatales y sociales. En las conferencias de prensa del presidente de Perú, Martín Vizcarra, en los medios, en la calle, prima una visión castigadora, sin ningún tipo de filtro, sobre el ciudadano de a pie. Somos condescendientes ante la ausencia de medidas económicas más drásticas, pero no dudamos en ser implacables cuando exigimos medidas contra el otro, el de la economía popular. Se nos trata de imponer modelos de vida a seguir que, ciertamente, representan una realidad del 1%, y quien no asume este modelo es objeto de desconfianza o, de frente, debe ser reducido por la fuerza. Todo se justifica. Se me dirá que hay algunos desadaptados que no respetan nada. Por supuesto, para ellos ¡todo el peso de la ley! Pero hasta el peso de la ley tiene límites, y hasta los desadaptados no pierden derechos.

Las denuncias que circulan por las redes sociales son atroces. Abundan imágenes de represión irracional y humillación mediada por prejuicios sociales: raza, clase social, lugar de residencia. Ahora mismo, la información que circula es que, en algunas regiones, ronderos y dirigentes sociales decidieron tomar acciones tanto para el reforzar las medidas de aislamiento social como para hacer frente a la demostración de fuerza desmedida del aparato militar y policial. Hay otras imágenes que nos hablan de movilidad social urgida por la angustia económica, ¿primará sobre esta movilización una lógica civil, de enfoque socioeconómico, o una “lógica de guerra”, de orden sin contemplaciones?

Por eso, haríamos bien en ser cautos con algunas cosas que estamos dejando pasar. En primer lugar, si el poder civil-estatal abandona sus funciones, el ordenamiento de la sociedad recaerá sobre la fuerza y no sobre el lazo social. La “lógica de guerra” puede ser efectiva en un primer momento, pero incapaz para contener el desborde cuando los plazos socioeconómicos se agoten. En segundo lugar, debemos exigir que se invierta el orden del enfoque: que las medidas drásticas de aislamiento social (tan necesarias en estos momentos) no aparezcan como complementarias a la “lógica de guerra”. En tercer lugar, no podemos meter a todos, como se dice, en la misma bolsa. Ya sabemos quienes perderán más si se sigue imponiendo una “lógica de guerra”, en un terreno racista, clasista y conservador. En cuarto lugar, nunca dejemos de ser críticos con el uso desmedido de la fuerza.

Cabe distinguir la “economía de guerra” de la “lógica de guerra”. La primera se rige sobre medidas inmediatas que toma el Estado, centralista y planificador, para inyectar recursos públicos que dinamicen el mercado arriba y abajo. En este momento, la economía de la guerra surge como necesaria. Pero la “lógica de guerra”, que es la que se expande más que el propio COVID-19 es otra cosa: es la fuerza del orden, con las fuerzas del orden y aplausos de la sociedad, sobre aquellos que comienzan a ser “un problema para el orden”.

Tampoco se trata de prejuicios sobre el poder militar o policial, o sobre simpatías o antipatías con el presidente Vizcarra. La preocupación está más allá de las preferencias: se trata de que, incluso en las situaciones excepcionales, existe un orden regido por la lógica política y social sobre la “lógica de guerra”, o cuando la distribución de las acciones exija complementariedad, los límites están bien marcados. Hay 200 años de Historia del Perú que no debemos olvidar.


Elvis Mori

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