El capitalismo tiene sus límites

El artículo original fue publicado en Versobooks el 19 de marzo de 2020 y puede ser encontrado aquí. La traducción del artículo fue llevada a cabo por Diego Abanto Delgado.

La obligación de aislarnos coincide con un nuevo reconocimiento de nuestra interdependencia global durante el nuevo tiempo y espacio de la pandemia. Por un lado, se nos pide auto-secuestrarnos en unidades familiares, espacios de vivienda compartidos o domicilios individuales, privados de contacto social y relegados a esferas de relativo aislamiento; por otro lado, nos enfrentamos con un virus que rápidamente cruza fronteras, indiferente a la idea misma del territorio nacional. ¿Cuáles son las consecuencias de la pandemia por pensar sobre igualdad, la interdependencia global y las obligaciones entre nosotros? El virus no discrimina. Podríamos decir que nos trata por igual, nos pone en el mismo riesgo de enfermarnos, perder a alguien cercano, vivir en un mundo en amenaza inminente. Por cierto, se mueve y ataca, el virus demuestra que la comunidad humana es igualmente frágil. Al mismo tiempo, sin embargo, la incapacidad de algunos estados o regiones para prepararse con anticipación (Estados Unidos es quizás el miembro más notorio de ese club), el refuerzo de las políticas nacionales y el cierre de las fronteras (a menudo acompañado de racismo temeroso) y la llegada de empresarios ansiosos por capitalizar el sufrimiento global, todos dan testimonio de la rapidez con la que la desigualdad radical, que incluye el nacionalismo, la supremacía blanca, la violencia contra las mujeres, las personas queer y trans, y la explotación capitalista encuentran formas de reproducir y fortalecer su poderes dentro de las zonas pandémicas. Esto no debería sorprendernos.

La política de atención médica en los Estados Unidos pone esto en relieve de una manera singular. Un escenario que ya podemos imaginar es la producción y comercialización de una vacuna efectiva contra el COVID-19. Claramente desesperado por anotarse los puntos políticos que aseguren su reelección, Trump ya ha tratado de comprar (con efectivo) los derechos exclusivos de los Estados Unidos sobre una vacuna de la compañía alemana, CureVac, financiada por el gobierno alemán. El Ministro de Salud alemán, con desagrado, confirmó a la prensa alemana que la oferta existió. Un político alemán, Karl Lauterbach, comentó: «La venta exclusiva de una posible vacuna a los Estados Unidos debe evitarse por todos los medios. El capitalismo tiene límites». Supongo que se opuso a la disposición de «uso exclusivo» y que este rechazo se aplicará también para los alemanes. Esperemos que sí, porque podemos imaginar un mundo en el que las vidas europeas son valoradas por encima de todas las demás: vemos esa valoración desarrollarse violentamente en las fronteras de la UE.

No tiene sentido preguntar de nuevo, ¿En qué estaba pensando Trump? La pregunta se ha planteado tantas veces en un estado de exasperación absoluta que no podemos sorprendernos. Eso no significa que nuestra indignación disminuya con cada nueva instancia de autoengrandecimiento inmoral o criminal. Pero de tener éxito en su empresa y lograr comprar la potencial vacuna restringiendo su uso solo a ciudadanos estadounidenses, ¿cree que esos ciudadanos estadounidenses aplaudirán sus esfuerzos, felices de ser liberados de una amenaza mortal cuando otros pueblos no lo estarán? ¿Realmente amarán este tipo de desigualdad social radical, el excepcionalismo estadounidense, y valorarían, como él mismo definió, un acuerdo brillante? ¿Imagina que la mayoría de la gente piensa que es el mercado quién debería decidir cómo se desarrolla y distribuye la vacuna? ¿Es incluso posible dentro de su mundo insistir en un problema de salud mundial que debería trascender en este momento la racionalidad del mercado? ¿Tiene razón al suponer que también vivimos dentro de los parámetros de esa manera de ver al mundo?

Incluso si tales restricciones sobre la base de la ciudadanía nacional no llegaran a aplicarse, seguramente veremos a los ricos y a los que poseen seguros de cobertura de salud apresurarse para garantizarse el acceso a dicha vacuna cuando esté disponible, aún cuando esto implique que solo algunos tendrán acceso y otros queden condenados a una mayor precariedad.

La desigualdad social y económica asegurará que el virus discrimine. El virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo. Es probable que en el próximo año seamos testigos de un escenario doloroso en el que algunas criaturas humanas afirmarán su derecho a vivir a expensas de otros, volviendo a inscribir la distinción espuria entre vidas dolorosas e ingratas, es decir, aquellos quienes a toda costa serán protegidos de la muerte y esas vidas que se considera que no vale la pena que sean protegidas de la enfermedad y la muerte.

Todo esto acontece contra la carrera presidencial en los Estados Unidos dónde las posibilidades de Bernie Sanders de asegurarse la nominación demócrata parecieran ahora ser muy remotas, aunque no estadísticamente imposibles. Las nuevas proyecciones que establecen a Biden como el claro favorito son devastadoras durante estos tiempos precisamente porque Sanders y Warren defendieron el “Medicare para Todos”, un programa integral de atención médica pública que garantizaría la atención médica básica para todos en el país. Tal programa pondría fin a las compañías de seguros privadas impulsadas por el mercado que regularmente abandonan a los enfermos, exigen gastos de bolsillo que son literalmente impagables y perpetúan una brutal jerarquía entre los asegurados, los no asegurados y los no asegurables. El enfoque socialista de Sanders sobre la atención médica podría describirse más adecuadamente como una perspectiva socialdemócrata que no es sustancialmente diferente de lo que Elizabeth Warren presentó en las primeras etapas de su campaña. En su opinión, la cobertura médica es un «derecho humano» por lo que quiere decir que todo ser humano tiene derecho al tipo de atención médica que requiere. Pero, ¿por qué no entenderlo como una obligación social, una que se deriva de vivir en sociedad los unos con los otros? Para lograr el consenso popular sobre tal noción, tanto Sanders como Warren tendrían que convencer al pueblo estadounidense de que queremos vivir en un mundo en el que ninguno de nosotros niegue la atención médica al resto de nosotros. En otras palabras, tendríamos que aceptar un mundo social y económico en el que es radicalmente inaceptable que algunos tengan acceso a una vacuna que pueda salvarles la vida cuando a otros se les debe negar el acceso porque no pueden pagar o no pueden contar con un seguro médico que lo haga.

Una de las razones por las que voté por Sanders en las primarias de California junto con la mayoría de los demócratas registrados es porque él, junto con Warren, abrió una manera de reimaginar nuestro mundo como si fuera ordenado por un deseo colectivo de igualdad radical, un mundo en el que nos unimos para insistir en que los materiales necesarios para la vida, incluida la atención médica, estarían igualmente disponibles sin importar quiénes somos o si tenemos medios financieros. Esa política habría establecido la solidaridad con otros países comprometidos con la atención médica universal y, por lo tanto, habría establecido una política transnacional de atención médica comprometida con la realización de los ideales de igualdad. Surgen nuevas encuestas que reducen la elección nacional a Trump y Biden precisamente cuando la pandemia acecha la vida cotidiana, intensificando la vulnerabilidad de las personas sin hogar, los que no poseen cobertura médica y los pobres.

La idea de que podríamos convertirnos en personas que desean ver un mundo en el que la política de salud esté igualmente comprometida con todas las vidas, para desmantelar el control del mercado sobre la atención médica que distingue entre los dignos y aquellos que pueden ser fácilmente abandonados a la enfermedad y la muerte, estuvo brevemente vivo. Llegamos a entendernos de manera diferente cuando Sanders y Warren ofrecieron esta otra posibilidad. Entendimos que podríamos comenzar a pensar y valorar fuera de los términos que el capitalismo nos impone. Aunque Warren ya no es candidata y es improbable que Sanders recupere su impulso, debemos preguntarnos, especialmente ahora, ¿por qué seguimos oponiéndonos a tratar a todas las vidas como si tuvieran el mismo valor? ¿Por qué algunos todavía se entusiasman con la idea de que Trump asegure una vacuna que salvaguarde la vida de los estadounidenses (como él los define) antes que a todos los demás?

La propuesta de salud universal y pública revitalizó un imaginario socialista en los Estados Unidos, uno que ahora debe esperar para hacerse realidad como política social y compromiso público en este país. Desafortunadamente, en el momento de la pandemia, ninguno de nosotros puede esperar. El ideal ahora debe mantenerse vivo en los movimientos sociales que están menos interesados en la campaña presidencial que en la lucha a largo plazo que nos espera. Estas visiones compasivas y valientes que reciben las burlas y el rechazo del realismo capitalista tenían suficiente recorrido, llamaban la atención, provocando que un número cada vez mayor —algunos por primera vez— desearán un cambio en el mundo.

Ojalá podamos mantener vivo ese deseo.


The imperative to isolate coincides with a new recognition of our global interdependence during the new time and space of pandemic. On the one hand, we are asked to sequester ourselves in family units, shared dwelling spaces, or individual domiciles, deprived of social contact and relegated to spheres of relative isolation; on the other hand, we are faced with a virus that swiftly crosses borders, oblivious to the very idea of national territory.  What are the consequences of this pandemic for thinking about equality, global interdependence and our obligations toward one another?  The virus does not discriminate. We could say that it treats us equally, puts us equally at risk of falling ill, losing someone close, living in a world of imminent threat.  By the way it moves and strikes, the virus demonstrates that the human community is equally precarious.  At the same time, however, the failure of some states or regions to prepare in advance (the US is now perhaps the most notorious member of that club), the bolstering of national policies and the closing of borders (often accompanied by panicked xenophobia), and the arrival of entrepreneurs eager to capitalize on global suffering, all testify to the rapidity with which radical inequality, which includes nationalism, white supremacy, violence against women, queer, and trans people, and capitalist exploitation find ways to reproduce and strengthen their powers within the pandemic zones  This should come as no surprise.

The politics of health care in the US brings this into relief in a distinctive way. One scenario we can already imagine is the production and marketing of an effective vaccine against COVID-19.  Clearly eager to score political points that will secure his reelection, Trump has already sought to buy (with cash) exclusive US rights to a vaccine from a German company, CureVac, funded by the German government.   The German Health Minister, who could not have been pleased, confirmed to the German press that the offer was proffered. One German politician, Karl Lauterbach, remarked: “The exclusive sale of a possible vaccine to the USA must be prevented by all means. Capitalism has limits.”  I presume he objected to the “exclusive use” provision and would be no more pleased with the same provision, were it to apply to Germans only. Let us hope so, because we can imagine a world in which European lives are valued above all others – we see that valuation playing out violently at the borders of the EU.

It makes no sense to ask again, what was Trump thinking?  The question has been posed so many times in a state of utter exasperation that we cannot possibly be surprised.  That does not mean that our outrage lessens with every new instance of unethical or criminal self-aggrandizement.  If he were successful in his effort to buy the potential vaccine and restrict its use to US citizens only, does he believe that US citizens will applaud his efforts, thrilled by the idea that they are delivered from a mortal threat when other peoples are not?  Will they really love this kind of radical social inequality, American exceptionalism, and affirm his self- described “brilliant” way of cutting a deal?  Does he imagine that most people think, that the market should decide how the vaccine is developed and distributed?  Is it even thinkable within his world to insist upon a world health concern that should transcend market rationality at this time?  Is he right to presume that we also live within the parameters of such an imagined world?  Even if such restrictions on the basis of national citizenship do not come to apply, we will surely see the wealthy and the fully insured rush to secure access to any such vaccine when it becomes available, even if the mode of distribution guarantees that only some will have that access and others will be abandoned to continuing and intensifying precarity.  Social and economic inequality will make sure that the virus discriminates. The virus alone does not discriminate, but we humans surely do, formed and animated as we are by the interlocking  powers of nationalism, racism, xenophobia, and capitalism.  It seems likely that we will come to see in the next year a painful scenario in which some human creatures assert their rights to live at the expense of others, re-inscribing the spurious distinction between grievable and ungrievable lives, that is, those who should be protected against death at all costs and those whose lives are considered not worth safeguarding against illness and death.

All this takes place against the US presidential contest in which Bernie Sanders’ chances of securing the Democratic nomination seem now to be very remote, though not statistically impossible.  The new projections that establish Biden as the clear front-runner are devastating during these times precisely because both Sanders and Warren stood for Medicare for All, a comprehensive public healthcare program that would guarantee basic health care to everyone in the country. Such a program would put an end to the market-driven private insurance companies who regularly abandon the sick, mandate out-of-pocket expenses that are literally unpayable, and perpetuate a brutal hierarchy between the insured, the uninsured, and the uninsurable.  Sanders’ socialist approach to healthcare might more aptly be described as a social democratic perspective that is not substantially different from what Elizabeth Warren put forth in the earlier stages of her campaign.  In his view, medical coverage is a “human right” by which he means that every human has a right to the kind of health care that they require.  But why not understand it as a social obligation, one that follows from living in society with one another?  To compel popular consensus on such a notion, both Sanders and Warren would have to convince the American people that we want to live in a world in which none of us denies health care to any of the rest of us.  In other words, we would have to agree to a social and economic world in which it is radically unacceptable that some would have access to a vaccine that can save their lives when others should be denied access on the grounds that they cannot pay or could not secure insurance that would pay. 

One reason I voted for Sanders in the California primary along with a majority of registered Democrats is that he, along with Warren, opened up a way to re-imagine our world as if it were ordered by a collective desire for radical equality, a world in which we came together to insist that the materials that are required for life, including medical care, would be equally available no matter who we are or whether we have financial means.  That policy would have established solidarity with other countries that are committed to universal health care, and so would have established a transnational health care policy committed to realizing the ideals of equality.   The new polls emerge that narrow the national choice to Trump and Biden precisely as the pandemic shuts down everyday life, intensifying the precarity of the homeless, the uninsured, and the poor.  The idea that we might become a people who wishes to see a world in which health policy is equally committed to all lives, to dismantling the market’s hold on health care that distinguishes among the worthy and those who can be easily abandoned to illness and death, was briefly alive.  We came to understand ourselves differently as Sanders and Warren held out this other possibility. We understood that we might start to think and value outside the terms that capitalism sets for us. Even though Warren is no longer a candidate, and Sanders is unlikely to recover his momentum, we must still ask, especially now, why are we as a people still opposed to treating all lives as if they were of equal value?  Why do some still thrill at the idea that Trump would seek to secure a vaccine that would safeguard American lives (as he defines them) before all others?  The proposition of universal and public health reinvigorated a socialist imaginary in the US, one that must now wait to become realized as social policy and public commitment in this country.  Unfortunately, in the time of the pandemic, none of us can wait.  The ideal must now be kept alive in the social movements that are riveted less on the presidential campaign than the long term struggle that lies ahead of us. These courageous and compassionate visions mocked and rejected by capitalist “realists” had enough air time, compelled enough attention, to let increasing numbers – some for the first time – desire a changed world.

Hopefully we can keep that desire alive.