Aclaraciones

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El miedo es un pobre consejero, pero hace que aparezcan muchas cosas que uno fingió no ver. El problema no es dar opiniones sobre la gravedad de la enfermedad, sino preguntar sobre las consecuencias éticas y políticas de la epidemia. Lo primero que la ola de pánico que ha paralizado al país obviamente muestra es que nuestra sociedad ya no cree en nada más que en la vida misma. Es obvio que los italianos están dispuestos a sacrificar prácticamente todo —las condiciones normales de vida, relaciones sociales, el trabajo, incluso amistades, los afectos y las convicciones políticas y religiosas— frente al peligro de enfermarse. La vida misma —y el peligro de perderla— no es algo que une a las personas, sino las ciega y las separa. Otros seres humanos, como en la plaga descrita en la novela de Alessandro Manzoni, son vistos únicamente como esparcidores de la plaga que uno debe evitar bajo todos los costos y de quiénes uno debe mantenerse a una distancia no menor de un metro. Los muertos —nuestros muertos— no tienen el derecho a un funeral y no es claro qué les pasará a sus cuerpos. Nuestro vecino ha sido cancelado y es curioso que las iglesias se mantengan en silencio sobre este asunto. ¿En qué se convierten las relaciones humanas en un país que se habitúa para/a vivir de esta manera por quién sabe cuánto tiempo? ¿Y qué es una sociedad que no tiene más valor que la supervivencia?

La otra cosa, no menos inquietante que la primera, es que la epidemia ha hecho aparecer con claridad que el estado de excepción, al que los gobiernos nos han acostumbrado durante algún tiempo, realmente se ha convertido en una condición normal. Ha habido epidemias más graves en el pasado, pero nadie pensó que ameritaba declarar un estado de emergencia como el actual, que nos impide incluso de movernos. La gente ha estado tan habituada a vivir en condiciones de crisis y emergencia perennes que no parecen notar que su vida se ha reducido a una condición puramente biológica y tiene no sólo cada una de las dimensiones sociales y políticas, sino también humanas y afectivas. Una sociedad que vive en un perennal estado de emergencia no puede ser una sociedad libre. De hecho, vivimos en una sociedad que ha sacrificado la libertad a las mal llamadas “razones de seguridad” y por lo tanto se ha condenado a sí misma a vivir en un perenne estado de miedo e inseguridad.

No es sorprendente, pues, que para el virus uno hable de guerra. Las medidas de emergencia nos obligan, de hecho, a la vida en condiciones de toque de queda. Pero una guerra con un enemigo invisible que puede acechar en cada otra persona es la más absurda de las guerras. Es, en realidad, una guerra civil. El enemigo no está afuera, sino dentro de nosotros.

Lo que es preocupante no es tanto, o no sólo el presente; sino lo que viene después. Así como las guerras nos han dejado como legado a la paz una serie de tecnología sin auspicios, desde alambres de púa a plantas nucleares, por lo que también es muy probable que incluso se trate de continuar después, los experimentos de emergencia sanitaria que los gobiernos no lograron llevar a la realidad antes: cerrar universidad y escuelas y hacer clases online, poniéndole fin de una vez por todas a las reunirse y hablar por razones políticas o culturales e intercambiar solo mensajes digitales entre sí, siempre que sea posible sustituyendo máquinas por cada contacto —cada contagio— entre los seres humanos.


Fear is a poor advisor, but it causes many things to appear that one pretended not to see. The problem is not to give opinions on the gravity of the disease, but to ask about the ethical and political consequences of the epidemic. The first thing that the wave of panic that has paralyzed the country obviously shows is that our society no longer believes in anything but bare life. It is obvious that Italians are disposed to sacrifice practically everything — the normal conditions of life, social relationships, work, even friendships, affections, and religious and political convictions — to the danger of getting sick. Bare life — and the danger of losing it — is not something that unites people, but blinds and separates them. Other human beings, as in the plague described in Alessandro Manzoni’s novel, are now seen solely as possible spreaders of the plague whom one must avoid at all costs and from whom one needs to keep oneself at a distance of at least a meter. The dead — our dead — do not have a right to a funeral and it is not clear what will happen to the bodies of our loved ones. Our neighbor has been cancelled and it is curious that churches remain silent on the subject. What do human relationships become in a country that habituates itself to live in this way for who knows how long? And what is a society that has no value other than survival?

The other thing, no less disquieting than the first, that the epidemic has caused to appear with clarity is that the state of exception, to which governments have habituated us for some time, has truly become the normal condition. There have been more serious epidemics in the past, but no one ever thought for that reason to declare a state of emergency like the current one, which prevents us even from moving. People have been so habituated to live in conditions of perennial crisis and perennial emergency that they don’t seem to notice that their life has been reduced to a purely biological condition and has not only every social and political dimension, but also human and affective. A society that lives in a perennial state of emergency cannot be a free society. We in fact live in a society that has sacrificed freedom to so-called “reasons of security” and has therefore condemned itself to live in a perennial state of fear and insecurity.

It is not surprising that for the virus one speaks of war. The emergency measures obligate us in fact to life in conditions of curfew. But a war with an invisible enemy that can lurk in every other person is the most absurd of wars. It is, in reality, a civil war. The enemy is not outside, it is within us.

What is worrisome is not so much or not only the present, but what comes after. Just as wars have left as a legacy to peace a series of inauspicious technology, from barbed wire to nuclear power plants, so it is also very likely that one will seek to continue even after the health emergency experiments that governments did not manage to bring to reality before: closing universities and schools and doing lessons only online, putting a stop once and for all to meeting together and speaking for political or cultural reasons and exchanging only digital messages with each other, wherever possible substituting machines for every contact — every contagion — between human beings.


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