Brasil, al borde del estado de calamidad

Brasil, 19 de marzo.

Tras confirmar su primera muerte por coronavirus, el Gobierno brasileño ha solicitado al Congreso declarar en estado de calamidad al país. Pese al estado de negación del Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, respecto a la magnitud de la pandemia, poco a poco se van adoptando medidas para enfrentar al Covid-19, más obligados frente a las evidencias que por voluntad propia.

En un país, que al igual que Chile, ha sido la población la que ha actuado con mayor responsabilidad que sus gobernantes, Jair Bolsonaro ha insistido en que la preocupación por el coronavirus es producto de una “histeria” y que toda esta inacción daña a la economía brasileña. Esta preocupación por la economía no es gratuita, pues fue uno de los factores más importantes para destituir a Dilma Rousseff en 2016. ¿Teme Bolsonaro correr la misma suerte? Aparentemente sí, por lo que atribuye un factor político a cómo se está abordando económicamente la pandemia.

Siendo uno de los pocos correlatos de Donald Trump en Latinoamérica, Bolsonaro ha preferido cerrar las fronteras con Venezuela a adoptar medidas similares a las de sus países vecinos. ¿Entonces por qué apostar ahora por el estado de calamidad? Llegar, a la fecha, con 291 casos confirmados y un muerto, con la economía mermada, requiere medidas fuertes. El estado de calamidad sería la primera de muchas medidas.

Lo que permite, en primera instancia el estado de calamidad, es la capacidad de gasto más allá de lo que indica la Ley de Responsabilidad Fiscal para poder enfrentar una situación que pudo ser menos caótica si se hubiera actuado con mayor responsabilidad. El principal miedo en Brasil no resulta el aumento del Covid-19, sino la irresponsabilidad del Gobierno o de su principal representante, un negacionista climático con delirios de poder.

Bolsonaro se toma una fotografía con sus seguidores este 15 de marzo. Créditos: AFP.

Guiándose quizá por el pánico que provoca Bolsonaro, antiguos aliados del Gobierno, como Paulo Janaína Paschoal o Alexandre Frota ya empiezan a abordar el tema del impeachment en busca de la aprobación popular. La primera ha sugerido que Bolsonaro deje su cargo y lo asuma alguien que pueda liderar el país. El segundo es uno de los promotores de un nuevo pedido de impeachment a un Presidente que no teme dejar en el aire coordinaciones con otros mandatarios, o interactuar con sus seguidores.

Lo cierto es que Brasil, hoy carece de un rumbo claro, carece de liderazgo. Ambas cualidades, pese a pertenecer a un espectro populista de derecha, eran fácilmente atribuibles a Bolsonaro. Pero ningún discurso puede sostenerse frente a una crisis por mucho tiempo. Mucho menos un discurso que parece ya no calar con tanta fuerza en la población. Cuando el enemigo es el PT (Partido de los Trabajadores) es más fácil unirse, pero frente a una pandemia, Bolsonaro parece inútil. No en vano Brasil es uno de los pocos casos en Latinoamérica en el que los gobiernos locales adoptan medidas particulares sin mayor directriz del Ejecutivo. No es una falta de interés, es una incapacidad de acción.

Aún así, Luiz Henrique Mandetta, el Ministro de Sanidad, es quien actualmente lidera conferencias diarias, y que, en un hálito de honestidad, ha anunciado que el pueblo brasileño tendrá 20 semanas duras. Más allá de si el Congreso declara el estado de calamidad, Brasil aparentemente ya se encuentra allí.