Violadores de casco azul: Abusos sexuales en las Misiones de Paz, Haití

Reflexionando desde las conjeturas de la sexualización racializada como aporte a los feminismos decoloniales.


Rita Herrera Manzo no solo nos entrega un artículo de denuncia respecto a los abusos sexuales ocurridos en Haití, sino que problematiza precisamente desde una perspectiva decolonizadora del feminismo. El clasismo, sexismo y racismo se encuentran profundamente unidos al discutir sobre los abusos sexuales cometidos por estas tropas en “misiones de paz”. Abusos, además, plagados por una inacción por parte de las autoridades, caracterizados por una falta de justicia y un silencio sepulcral por parte de otros sectores, remarcando desde luego que el silencio también es complicidad.



Conocidas son las violaciones y abusos sexuales que han cometido militares internacionales enviados por la ONU en las misiones de paz, en este caso en Haití, pero también se han presentado demandas en otros países contra las cuestionables y repudiables prácticas abusivas de miembros de los ejércitos. Pero ¿qué lógicas culturales y sociales hay detrás de este ejercicio de violencia, específicamente de violencia sexual? En el presente artículo se busca reflexionar acerca de la intersección de las opresiones que viven las mujeres en diferenciadas condiciones territoriales, específicamente zonas de crisis o conflicto, para analizar las denuncias de explotación sexual de las mujeres y niñas haitianas por parte del personal militar de la paz de las Naciones Unidas desplegadas en el territorio, además de la pretensión de poner en tensión la descripción de los hechos con recursos teóricos que permitan comprender mejor el origen de las opresiones que viven las víctimas, al tratarse de mujeres negras pobres y en un territorio de precarias condiciones sociales y humanitarias.

Antecedentes

Cascos azules: Definición y propuesta de la ONU.

Los cascos azules son el personal militar de las Naciones Unidas sobre terreno, aportados por los ejércitos nacionales de más de 110 países de todo el mundo, encargándose de patrullar y garantizar la seguridad vital y la estabilidad en las misiones de la ONU. Se trata de una propuesta de trabajo en conjunto con la comunidad local, la policía y el personal militar de la zona manteniendo una estrecha cooperación para promover la estabilidad y la seguridad, lo que autodefinen como “trabajar para una paz duradera” (ONU, s.f.) al garantizar el mandato de las misiones de la protección de civiles en territorios de crisis o conflicto.

Desde 1948 que las Naciones Unidas despliegan su personal militar para operaciones de mantenimiento de la paz, cuando el Consejo de Seguridad autorizó el despliegue de observadores militares en el Medio Oriente con el objetivo de vigilar el cumplimiento del Acuerdo de Armisticio entre Israel y sus vecinos árabes (ONU, s.f.).

Entre las tareas históricas y actuales de los Cascos azules se encuentra: Vigilar una frontera en litigio, vigilar y observar los procesos de paz después de un conflicto, ofrecer seguridad en una zona en conflicto, proteger a civiles, prestar ayuda al personal militar del país en forma de capacitación y apoyo, ayudar a los ex combatientes en la aplicación de los acuerdos de paz que puedan haber firmado (ONU, s.f.).

Denuncias de abuso y explotación sexual: los casos de Haití.

Debido a las situaciones de crisis naturales, sociales y económicas que han confluido en una crisis humanitaria en Haití, la ONU ha intervenido en terreno. La primera misión de los cascos azules llegó en los años 90 luego de una intervención militar de las Naciones Unidas para restituir al presidente Jean Bertrand Aristide. La más actual y duradera misión fue la intervención del 2004, concluida en octubre de 2017, luego de 13 años entre polémicas y cuestionamientos por denuncias que ponen en tela de juicio la finalidad humanitaria de resguardar la paz y la seguridad del personal militar enviado.

Un reporte publicado por la agencia de noticias Associated Press (AP) registra al menos 2.000 denuncias de explotación sexual en todo el mundo, 300 de ellas de menores de edad, revelando que en Haití (donde se concentra la mayoría de los casos) existió una red de abuso infantil llevada a cabo por los cascos azules (Telesur, 2017), entre otras redes complejas de violación de derechos.

1700 de las denuncias son hechos ocurridos durante los últimos 15 años en países como Camboya, Republica Democrática del Congo y protagónicamente, Haití. Denuncias de las cuales sólo 53 llegaron a condenas judiciales y prisión (RT, 2018)

Parte de la evidencia también muestra que al menos 134 miembros del contingente de Sri Lanka participaron entre 2004 y 2007 de violaciones, explotación y abuso. Luego de una investigación de parte de la ONU estos fueron retirados de la fuerza, pero ninguno cumplió condena por sus actos. También Cascos Azules de Bangladesh, Brasil, Jordania, Nigeria, Pakistán, Uruguay y Chile tienen denuncias en su contra. Aunque la organización registró 145 denuncias solo en 2016, en muchas ocasiones la ONU desconoce los nombres de los oficiales que participan en los contingentes de los cascos azules (Clarín, 2017)

Los reportes de las denuncias recogen los testimonios de decenas de mujeres, niñas y niños que denuncian haber sido víctimas de abusos sexuales por parte de miembros del personal militar multinacional, ante las cuales la ONU no posee un protocolo de responsabilidad y resolución, ya que no posee jurisdicción directa sobre los cascos azules, la sanción penal contra los culpables corresponde a los países que aportan a los efectivos militares de la fuerza. Muchos han negado la existencia de denuncias, a pesar de los testimonios de las víctimas, y otros pocos admitieron que no han hecho lo suficiente para identificar y sancionar a los responsables.

Los problemas no se limitan a los abusos. Especialmente en Haití, las secuelas del abuso se mantienen en el tiempo incluso luego de que los victimarios se han ido. Consecuencias como embarazos no deseados, infecciones de enfermedades de transmisión sexual como el VIH y epidemias de cólera, entre otras (Telesur, 2017), secuelas con las que debe lidiar una población que, además, es calificada como la más pobre del mundo.

Entonces, se entiende que estos soldados, supuestamente en misiones de paz y ayuda humanitaria, han llevado a cabo una enorme cantidad de vejaciones a las poblaciones vulnerables que debían proteger. Casos de violaciones y abusos que pueden categorizarse como violencia de género, pero no puede agotarse en eso, ya que las victimas a las que referimos no sólo son mujeres (y niñas), sino que se trata de mujeres racializadas y pobres, vulneradas por hombres extranjeros con autoridad militar e indiscutible mejores condiciones económicas y de desarrollo.

Masculinización en la militarización y naturalización de la violencia estructural.

Hay más de 97.000 efectivos uniformados de la ONU (militares y de policía) procedentes de más de 110 países (países grandes y pequeños, ricos y pobres). Que llegan a sus misiones trayendo diferentes culturas y experiencias al trabajo que realizan, proponiendo estar unidos en su determinación de promover la paz, pero nos encontramos con que toda esta propuesta de auxilio a las zonas de conflicto se enmarca en condiciones sociales de origen patriarcal, en donde los militares altamente masculinizados ejercen dominación desde sus posiciones de poder condicionas por su sexo-género, sus respectivas nacionalidades y también por su clase y profesión militar.

Desde Bourdieu, en la Dominación masculina (1999), se puede entender la violencia sexual desde la pretensión de dominar, ya que las estructuras de pensamiento y significaciones vinculadas a la sexualidad estarían ordenadas por los principios de dominación masculina en un sistema binario. Sin embargo, estos planteamientos no se agotan en la mera sexualización binaria en donde hay un masculino que ejerce dominación y una subordinada que la padece, sino que se trata de las condiciones que alimentan esa relación vertical de discriminación.

La violencia estructural, se basa en esos patrones y condiciones que generan discriminación múltiple; pobreza, exclusión social, racismo, inequidad, cuya interseccionalidad siempre está invisibilizada y normalizada para perpetuar y promover las relaciones desiguales entre géneros, develando consecuencias de violencia de todo tipo fundamentadas en los supuestos culturales adoptando para la masculinidad cualidades y pretensiones de tener el control, ser propietario, ser quien puede disciplinar, corregir y excluir (Lopez et al., 2017). A esto último hay que sumar que existe un capital simbólico referente a la autoridad militar, existiendo quienes creen que la violencia en estas ocasiones es justificada, evidenciando una normalización del abuso por parte de la autoridad (masculinizada) que se desprende de una estructura de poder jerárquica que la avala hasta reproducir su naturalización.

Supremacía material, económica y de bienes: condiciones de las zonas de conflicto que favorecen la violencia sexual.

La violencia sexual en Haití resulta sistemática por parte de los cascos azules, declaraciones tan gráficas como que “las mujeres acudían a la base de Naciones Unidas cuando necesitaban unos zapatos nuevos: sabían que había un soldado que estaría dispuesto a pagárselos por servicios sexuales” (El Diario Desalambre, 2018) nos permiten volver a incluir la arista de clase y situación económica en el análisis de los abusos sexuales en Haití, cuya pobreza es indiscutible y factores como el hambre y la necesidad favorecían y hacían de este país un escenario perfecto para desarrollar redes de crímenes sexuales.

Así mismo, la violencia sexual es una de las vejaciones con mayor índice de impunidad en el marco de las zonas de conflicto, esto por las dificultades a las que se deben enfrentar las víctimas para denunciar estos hechos, entre ellos el difícil acceso a la justicia, la estigmatización social, la falta de una perspectiva de género en los operadores judiciales, y por supuesto los trámites administrativos pertinentes que no son prioridad en situaciones de crisis y/o caos, etc. a esto se suma que muchas mujeres no conocen sus derechos y tienden a asumir el maltrato y la violencia como circunstancias “normales” propias de esta cultura misógina (Lopez et al., 2017).

Existe evidencia de una relación directa entre la presencia de los cascos azules y el aumento de la prostitución en dichas zonas, las redes de abuso sexual de menores y también el tráfico de mujeres, lo que deriva en la creación de lazos entre personal militar de las misiones de paz y el crimen organizado. De manera que es innegable que las acciones de los cascos azules en sus misiones han generado graves secuelas en las sociedades donde intervienen, en este caso Haití, secuelas no solo por lo que los hechos que en sí mismo implican, sino también porque el objetivo de lograr avances en la reconstrucción del Estado con una perspectiva de género se ve altamente quebrantado (Lopez et al., 2017). Lo que evidencia y representa un reto adicional para el derecho internacional.

Detrás de la relación entre los cooperantes locales y los cascos azules no solo hay supuestas intenciones de ayuda, cooperación y búsqueda de la paz, sino que además hay personas, hombres que (con sus orígenes, tradición, ética, dinero y costumbres) pueden chocar con la “normalidad” del país de destino y se logra crear una importante distancia entre las fuerzas militares de las Naciones Unidas y la población civil local, comprobando que más que una relación de cooperación y resguardo, existe una distancia y autoridad que permite el abuso de poder (Lopez et al., 2017) “sus salarios son enormes en comparación con los estándares de los locales y eso puede generar abusos y con frecuencia así es. No solo abuso sexual, también financiero y tráfico de todo tipo de cosas”(Cerda, 2013).

Violencia fundada en supuestos socioculturales históricos de supremacía racial

En este punto es importante recordar que todo el personal militar que trabaja como casco azul es en primer lugar miembro de su propio ejército nacional y posteriormente adscrito a trabajar con la ONU, por lo que la referencia nacional es la imperante ante cualquier propuesta cooperativa multinacional. En este caso, puede vislumbrarse una violencia no solo fundada en la discriminación de género y clase, sino también de carácter nacional-racial.

La ideología racialista, ubica a las razas en una jerarquía ordenada de mayor a menor, que utiliza como criterio los atributos construidos desde el propio grupo, particularmente desde la óptica occidental europea (Todorov, 2007). El racialismo se sustenta entonces en la idea de que la raza blanca es la realización última de la humanidad, siendo todas las otras inferiores e inhumanas, por lo tanto se marca una diferencia en merecedores de dignidad y derechos. Los Estados se construyeron como defensores de la pureza de la raza. El Estado-Nación se construye desde la asimilación del otro y su rechazo absoluto al mundo indígena y la negritud (Belliard, 2015).

Desde la óptica eurocentrista lo “blanco” es referencia nacional versus lo “negro”, sumando a esto, los “negros” son objeto de una racialización/sexualización contenida en el proceso deshumanizador impuesto por la Colonia que esclavizó, marcó y diferenció a toda una población como “raza” (Tijoux, 2014)

Sexualidad racializada.

Autoras como la socióloga francesa Colette Guillaumin utilizaron las críticas de la categoría de “raza” para pensar el sexo, y para redefinir a las mujeres como una clase social naturalizada y no como un grupo natural. A su vez, la comparación entre la dominación sexual y el racismo fue utilizada para entender el tratamiento análogo que sufren las mujeres y los sujetos racializados como grupos minoritarios. Sus estatus refieren al de grupos que están sociológicamente en situación de dependencia o inferioridad, pensados como particulares frente a un grupo general. Al igual que el sexismo, el racismo acude a la naturaleza con el fin de justificar y reproducir las relaciones de poder fundadas en las diferencias fenotípicas. Como el sexismo, el racismo asocia estrechamente la realidad “corporal” y la realidad social, y ancla su significado en el cuerpo, ambos con representación efectiva en la acción social, política y cultural. En la base de ambos se encuentran las mismas estructuras de pensamiento y de discurso (Viveros, 2008).

La negritud femenina en América connota rasgos que se fundan en el mito de origen. La activista afrobrasileña Suelí Carneiro plantea que en Brasil y en América Latina la violación colonial perpetrada por los señores blancos a mujeres negras e indígenas y la mezcla resultante está en el origen de todas las construcciones sobre nuestras identidades nacionales. Postula que la violencia sexual colonial es el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presentes en nuestras sociedades latinoamericanas, aquello que Angela Gilliam define como “la gran teoría del esperma en la formación nacional” en la que el papel de la mujer negra es rechazado en la formación de la cultura nacional, la desigualdad entre hombre y mujer es erotizada, y la violencia sexual contra las mujeres negras ha sido convertida en romance (Bidaseca, 2012).

Conclusión

Se vuelve pertinente entonces afirmar que clasismo, sexismo y racismo se tornan experiencias simultáneas al momento de vislumbrar los abuso y violaciones de los cascos azules de la ONU. Estas interdependencias en las experiencias de opresión de las mujeres haitiana racializadas y pobres, tienen su génesis en la institución de la esclavitud africana y el colonialismo racista. Esto en un contexto estratégico que no puede ignorar el expansionismo capitalista europeo (siglo XV) para asegurar su poder económico. Negar esta realidad, sobre todo desde el propio posicionamiento latinoamericano y tercermundista, sería disipar las implicaciones en la apropiación y cosificación de los cuerpos y vidas de las mujeres (Bidaseca, 2012).

En este sentido, la construcción en este lado del mundo de un “feminismo otro” (anticolonialista y antirracista), que cuestione los planteamientos universalistas del feminismo eurocéntrico, ha sido vital. Posibilitando el análisis intersectorial de las opresiones que sufren las diferentes mujeres, desarrollándose la posibilidad de que categorías como género y patriarcado sean redefinidas desde las circunstancias locales y los contextos particulares (Lozano, 2010).

El camino de revisión y adaptación permite enriquecer el feminismo con categorías nuevas, surgidas de las experiencias locales y del reconocimiento de las múltiples estructuras de poder que actúan sobre las mujeres y niñas negras, indígenas, campesinas, populares, pobres, no heterosexuales:

“Las mujeres negras pertenecientes a comunidades negras o grupos étnicos no pueden construir un feminismo al margen de las luchas por la defensa de sus derechos colectivos. Es en el marco de esas luchas en donde se expresa y consolida su feminismo. Para estas mujeres, sus derechos como tales están inextricablemente ligados a la defensa del territorio y la naturaleza como posibilidades de la reproducción de la vida y de la comunidad. A la defensa de tradiciones construidas en resistencia a la cultura hegemónica, si bien no se niega y más bien se reconoce que la tradición debe ser releída a la luz de cada sujeto específico.” (Lozano, 2010; pág. 22)

Actualmente, aunque ya no en Haití, los cascos azules cuentan con miles de efectivos que participan en “misiones de paz” en todo el mundo. Sus labores suponen el adiestramiento a contingentes policiales, proveer seguridad durante elecciones y apoyo al sistema judicial, así como trabajos de rescate en desastres naturales y trabajos de reconstrucción y orden público luego de crisis nacionales. Sin embargo, las denuncias que han salido a la luz pública ponen en tela de juicio cualquier beneficio derivado de su participación.

Los miembros del personal militar de mantenimiento de la paz son responsables ante las leyes de su país de origen mientras se encuentran en misiones en el extranjero. No existe un sistema de justicia interno de la ONU que pueda presentar cargos contra ellos. Esto ha genera inacción cuando se los acusa de cometer crímenes en los países donde son enviados como soldados de paz (RT, 2018).


Referencias bibliográficas

Belliard, C. (2015). Negritudes Extranjeras en Chile Significaciones y estereotipos sexo- genéricos racializados en torno a los inmigrantes afro-latinoamericanos en Santiago de Chile. Santiago, Chile: Proyecto de Memoria para optar al Título de Antropóloga Social.

Bidaseca, K. (2012). Voces y luchas contemporáneas del feminismo negro. Corpolíticas de la violencia sexual racializada. Afrodescendencia. Aproximaciones contemporáneas de América latina y el Caribe. México.

Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

Cerda, C. (2013, enero-abril). La responsabilidad de los miembros de las operaciones para el mantenimiento de la paz, por ilícitos cometidos en el desempeño de su función. Revista Criminalidad, 55(1), 115–130.

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Recuperado 8 agosto, 2018, de https://www.clarin.com/mundo/haiti-mujeres-hijos-cascos-azules-denuncian-onu_0_BkExRqCZz.html

El Diario Desalambre. (2018, 9 febrero). Las ONG, estremecidas con el escándalo de Haití: “Quien conoce cómo trabajamos sabe que casos así son puntuales”.
Recuperado 6 agosto, 2018, de https://www.eldiario.es/desalambre/empleados-Oxfam-Haiti-Despues-conocidos_0_738426919.html

Lopez, C. Canchari, R. & Sanchez de Rojas, E. (2017). De género y guerra: nuevos enfoques en los conflictos armados actuales. Bogotá, Colombia: Editorial Universidad del Rosario.

Lozano, B. (2010). El feminismo no puede ser uno porque las mujeres somos diversas. Aportes a un feminismo negro decolonial desde la experiencia de las mujeres negras del Pacífico colombiano. La manzana de la discordia, 5(2), 7–24.

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RT. (2018, 2 agosto). Camboya, Haití o Congo: Un documental denuncia los abusos sexuales de los cascos azules de la ONU [Comunicado de prensa]. Recuperado 10 agosto, 2018, de https://actualidad.rt.com/actualidad/283704-documental-abusos- sexuales-soldados-naciones-unidas

Telesur. (2017, 12 abril). Revelan abusos sexuales de los cascos azules en Haití [Comunicado de prensa].
Recuperado 10 agosto, 2018, de https://www.telesurtv.net/news/Revelan-abusos-sexuales-de-los-cascos-azules-en- Haiti-20170412-0068.html

Tijoux, M. Emilia. (2014). El Otro inmigrante “negro” y el Nosotros chileno. Un lazo cotidiano pleno de significaciones. Acción colectiva. Boletín Onteaiken, (17).

Viveros, M. (2008). La Sexualización de la raza y la racialización de la sexualidad en el contexto latinoamericano actual. Memorias del 1er. Encuentro Latinoamericano y del Caribe. México D.F.


Rita Herrera Manzo