Querida feminista: ¡DESCOLONÍZATE!

“…nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización moralmente herida” (Aime Cesaire. Discurso sobre el colonialismo)

“Yo soy una mujer árabe de color
y nosotras venimos
en todas las tonalidades de la ira”.
(Rafeef Ziadah. Poeta palestina)

No se puede hablar de feminismo, sino de feminismos. Quizás esta sea la principal complejidad a la hora de comprender este movimiento político, sus gritos de guerra, postulados y propuestas. El más conocido, aquel que muchas de nosotras hemos experimentado, es uno que mira un futuro como una esperanza de romper con el pasado patriarcal. Postula una especie de linealidad donde todo momento anterior al presente fue peor para las mujeres, por ende, solo avanzando y desenraizando es que se puede construir un lugar mejor. Es un feminismo luminoso que apela a la liberación y la ruptura de aquellos grilletes tradicionalistas que han mantenido a la mujer un escalón más abajo del varón. Sin embargo, existe una tonalidad -mucho más morena- que anclándose en otras epistemologías -marginadas y subalternas- se nutre de saberes comunitarios, populares, ancestrales y desde allí va construyendo una crítica hacia la pretensión de igualar a los sujetos femeninos, en primer lugar, y hacia la injusta creencia de que todo tiempo pasado siempre fue peor. Este es el feminismo decolonial… y aún es un espacio en construcción.

En América latina, considerando la historia de encubrimiento, conquista y violencia, surge una de las bases de este feminismo que se pregunta si toda tradición cultural pre-moderna es necesariamente patriarcal, o bien, si toda demanda realizada por mujeres blancas es realmente pertinente y empática con la situación de marginación que viven las mujeres mestizas, indígenas y negras. La respuesta es no. Pensar la historia de la mujer latinoamericana como una continuidad de la historia de la mujer europea, es caer en una violencia que se puede igualar al patriarcado, y esa es, la colonialidad. Y cuando se retoma el ejercicio de la violencia en el territorio colonial, no se refiere solo a la forzosa relación sexual entre colonos y colonizadas, sino también, a la obligada subordinación de valores, creencias, comportamientos, costumbres y conocimientos que implicó el proyecto “civilizador”. Pensar a la mujer como una sola, implica anular a las mujeres otras.

La necesidad hoy, dentro del feminismo, no solo tienen que ver con el modo en que se lucha contra los agentes opresores, sino también implica no convertirse en un nuevo opresor. Es comenzar a mirar no solo como se construye la Subalternidad, sino también, la idea de libertad e igualdad, y problematizar si ese es el lugar de posible llegada de la gran mayoría. Con esto no se quiere apelar a la fragmentación del movimiento, al contrario, se pretende superar esta fragmentación a través del reconocimiento de las diferencias de opresión. La violencia patriarcal tiene distintos colores también.

La discusión se extendería si se supera también el binarismo occidental hombre/mujer, y se problematiza sobre la justa ¿integración? de todas aquellas identidades que son marginadas por no ser parte de la masculinidad: reitero, no se puede hablar de feminismo, sino de feminismos. Y quizás esa sea la principal belleza. Por lo tanto:

Querida feminista ¡descolonízate! Que la mujer más morena que tú, quizás, más violentada que tú, no necesita tu auxilio sino tu respeto y sororidad.


Leslie Constanza