Panoramas democráticos: Whitman, Poiesis, Civitas

One – is the Population
Numerous enough
This ecstatic Nation
Seek – it is Yourself.
Emily Dickinson, 1354

He therefore desired me when I got home
to consider myself a representative
and to speak on their behalf in my own tongue.
Seamus Heaney, ‘From the Republic of Conscience’

En el verano de 1776 el Segundo Congreso Continental conformado por los representantes de las Trece Colonias norteamericanas, en rebelión contra la corona Británica, encarga al joven delegado de Virginia, Thomas Jefferson, la redacción de una declaración de independencia a ser adoptada y ratificada por aquél mismo Congreso en pos de la separación con la madre patria; Thomas Jefferson, bajo la auspiciosa mirada de John Adams y Benjamin Franklin, acepta la comisión y se embarca en la colosal tarea de dar clara voz a lo que, hasta entonces, eran un conjunto de ideales, proposiciones y nociones de Unión carentes aun de forma, consistencia u estabilidad alguna. Cuarenta y nueve años después de este suceso, es decir, casi medio siglo luego de habérsele otorgado la labor de establecer las bases fundamentales para todas las repúblicas democráticas del continente americano tal cual hoy las conocemos, un ya anciano Thomas Jefferson rememora desde su retiro en Monticello y escribe a su amigo y compañero revolucionario, Henry Lee:

‘…este era el objetivo de la Declaración de Independencia: no de encontrar nuevos principios, o nuevos argumentos nunca antes pensados; no solo decir cosas que nunca antes se habían dicho; sino dar a la humanidad el sentido común del tema; […] términos lo suficientemente simples y firmes como para asegurar su aceptación, y para justificarnos en nuestra posición independiente. Sin apuntar a originalidad alguna de principio o sentimiento, pero tampoco copiando de ningún escrito previo en particular, su intención era ser la expresión de la mente estadounidense, y dar a esa expresión el tono y el espíritu apropiados para aquella ocasión.’ 

Jefferson apela al espíritu ecuánime y justo de los habitantes de las colonias; en su lenguaje – en este nuevo lenguaje- no hay necesidad de resonantes retóricas, de presumidos pasajes en latín o en griego,  de aristocráticas alturas que avasallen al comunero… la forja de este nuevo lenguaje, de este nuevo documento, debe ser la misma austera, sobria y templada  forja que dio forma a la Magna Carta quinientos años antes. Porque, ¿cómo puede tal documento posiblemente pretender ‘ser las expresión de la mente estadounidense’ si no habla el lenguaje de sus propios ciudadanos?

Helo aquí al tema que nos concierne entonces, y he aquí el problema también, pues es en este nacimiento de un nuevo lenguaje, en la constitución de una nueva identidad nacional y en el entramado de una nueva república que debemos preguntarnos: ¿debe este nuevo lenguaje adaptarse a la ciudadanía, o la ciudadanía acomodarse al nuevo lenguaje? La respuesta la encontramos, a casi un siglo de distancia de aquél verano de 1776, en la obra harto bastardeada e ignorada de un – en su momento- oscuro poeta neoyorquino.

Ni una ni la otra, nos dice Walt Whitman, sino ambas. Bien. No hay jerarquías en las Grandes Llanuras, no hay rangos en las cumbres y promontorios de los Apalaches, ni clases o distinciones en la cuenca del Mississippi, ¿por qué habría de haberlas en nuestra lengua, o en nuestra ciudadanía? ¿Por qué habría una de estar por debajo de la otra, la una encadenada a la voluntad de la otra? Ambas deben construirse, ambas deben instruirse y ambas deben prosperar la una a la par de la otra. Y es solo mediante una literatura verdaderamente democrática, y por lo tanto verdaderamente nacional, que puede suceder esto.

Para Whitman, a mediados del siglo diecinueve, la literatura estadounidense se rezagaba muy por detrás de los progresos y avances, de las penurias y arrestos de la joven república: la creación de nuevos y amplios estados, la expansión hacia el oeste, la era jacksoniana de la democracia popular, el auge de la industrialización, el apogeo de la acumulación capitalista, la emancipación de la esclavitud, los horrores de la guerra y las problemáticas de la reconstrucción, la fundación y el asentamiento de nuevas ciudades, y con ellas de nuevas idiosincrasias, de nuevas interpretaciones de qué significa ser un habitante de la Unión, con sus virtudes especialmente y, también, con sus degeneraciones.

En vistas de esto, una de las principales preocupaciones de Whitman durante el transcurso de su vida y obra, especialmente en sus escritos en prosa, es cómo restituir a la república una literatura digna de sus documentos fundacionales, digna de las conquistas de sus creadores, de sus héroes, de sus pioneros; digna de ser, en fin, ‘la expresión de la mente estadounidense’.

En 1871 Whitman publica Democratic Vistas (Panoramas Democráticos), una recopilación de escritos en prosa o ‘memoranda’ cuyo objetivo es delinear, en tres ensayos, el rol fundamental de la democracia en el establecimiento de una nueva cultura y de un nuevo creador de cultura que, casi de forma mesiánica, venga a hacer frente a los problemas sociales y espirituales de la humanidad mediante una literatura realmente nacional:

El clérigo se va, el divino Literatus llega. Nunca nada fue tan necesario, hoy en día, y aquí en estos Estados, como el Poeta de lo Moderno es necesario, o el gran Literatus de lo Moderno. En toda era, tal vez, el objetivo central de cualquier nación, allí desde donde es influenciada por otros, y allí desde donde influencia a otros, es su literatura nacional, especialmente sus poemas arquetípicos. Más que en cualquier otra tierra previa, una gran literatura original ciertamente será la justificación y dependencia de la democracia estadounidense.

La democracia para Whitman es la labor de los poetas, de los escritores y literatos, de los engendradores de cultura que obran y trabajan con cada y para cada nueva generación estadounidense. Nutridos por el carácter nacional solo estos son capaces de re-direccionar los propósitos de la república, dejando atrás el camino del lucro y el capital, de la guerra y la esclavitud, por uno del espíritu, de la libertad, de la virtud y la civitas, la ciudadanía – una ciudadanía que pueda verse reflejada en sus propios mitos y arquetipos. La poesía entonces, esta poiesis, este acto de creación, debe ser la medida cuyo reflejo sepa identificar fielmente a todos los habitantes de aquellos Estados que busquen en aquella los designios de la providencia – la literatura está irreversiblemente atada al destino de la nación, a la integridad de ese “manto republicano” que, dice Abraham Lincoln en 1854, “está sucio y arrastrado en el suelo.”

Pero la democracia no es un punto de llegada, no es una meta concreta que espera al final de una larga serie de eventos históricos, “de repetidos agravios y usurpaciones”; la democracia es potencia nunca realizada y siempre en proceso de realizarse. El poeta actúa como conjurador, y el poema como conjuración, y este coloca su hechizo sobre la voluntad de su tierra, de sus hombres y mujeres – pero el poeta no es tan solo aquél artista profesional, aquel artífice del metro y la rima, de la retórica y la metáfora, la voz estadounidense no puede provenir de e instruir tan solo a un élite exclusiva, debidamente calificada y educada en la imitación y el consumo de la forma británica y nunca de la propia; hay vida más allá de Longfellow, de Lowell y Holmes, hay vida en el interior del país más allá de Nueva Inglaterra; así el poeta es también, y esto es por sobre todo el triunfo de Whitman, el ciudadano común, los miembros individuales de aquella masa anónima que dan razón de ser a la Unión: “Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas grandes de la Historia” canta en Leaves of Grass (Hojas de Hierba).

Siguiendo las palabras de Diotima en El Simposio, podemos decir que la poiesis en Whitman, este instrumento democrático y engendrador, “expresa la causa que haga pasar lo que quiera que sea del no ser al ser, de manera que toda obra de arte es poesía, y todo artista y todo obrero, un poeta.”

Este poeta, esta poiesis, debe dar expresión a una “naturaleza sin freno, una original energía”. La originalidad es característica imprescindible de esta novedad, y quien tenga a su cargo esta novedad debe de cumplir con su rol profético. Whitman sugiere “la posibilidad,

del surgir de dos o tres poetas estadounidenses verdaderamente originales, surcando el horizonte cual planetas, estrellas de la primera magnitud, que, desde su eminencia, fusionando contribuciones, razas, distancias, etc., en conjunto, puedan dar a estos Estados mayor compactación y mayor identidad moral que todas sus Constituciones, sus lazos legislativos y judiciales, y todas sus experiencias políticas, militares y materiales.”  

Ya casi un rumor, se escucha en el monte: “Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá…” A veces lo que uno busca desesperadamente se encuentra más cerca de lo que uno piensa; y con la publicación de Leaves of Grass en 1855, y con las ediciones ampliadas en las que trabaja hasta su propia muerte, Walt Whitman encarna la respuesta a sus propias súplicas. Y hoy no hay quién lo dude: ¿Qué mejor poeta-profeta de la democracia que Walt Whitman mismo?

En el capítulo XXV de su Vita Nuova Dante Alighieri asevera: “Y el primer poeta que empezó a trovar como tal poeta vulgar, fue por hacer comprender sus palabras a una dama a quien le habría sido difícil entender los versos latinos…, tal manera de trovar fue inventada desde el principio para hablar de amor.” ¿No es acaso Walt Whitman, con este Leaves of Grass, “el primer poeta que empezó a trovar como tal poeta vulgar” en los Estados Unidos? ¿Y no es aquella “dama” la ciudadanía norteamericana, y el mismo Walt Whitman, en búsqueda de un lenguaje que les hable a ellos (a sí mismo) directamente, que sepa abarcarlos en su narrativa, en su mitología, en su cosmología republicana – que sepa, en fin, amarlos y hablarles de amor?

“Uno-mismo canto, una persona simple y separada,
sin embargo hablo la palabra Democrática, la palabra En-Masse.” 

Whitman celebra al ciudadano común, aclama al estadounidense promedio, al habitante de una civitas que, sin guía, poco a poco se desmorona ignorada y apabullada por los tiempos modernos; a ellos y a ellas se dirige con su canto – sus cantares no buscan los fríos oídos del Olimpo y del Helicón, sino los de las Adirondack y las Rocallosas, los del Tenderloin y los del Barbary Coast… Otro distante rumor se escucha, un eco de dos milenios: “…los publicanos y las prostitutas van delante de ustedes hacia el reino de Dios”. 

No más levantar la mirada hacia Inglaterra, no más trasplantar las últimas modas métricas de Francia e Italia; sino escribir y cantar los Estados Unidos desde lo más bajo hasta lo más alto, siempre igual y siempre justo; celebrar y mantener la Unión Indivisible, la inacabable búsqueda de “una Unión más perfecta” que haga a la grandeza de la nación y la república, que de vida y juventud a la democracia, que de libertad y virtud mediante la labor y la aventura de dar verbo y sangre al Nuevo Mundo – no más el bucólico merodear por los cementerios del Viejo Continente en busca de venerados huesos y honrados despojos:

“¿Hicieron un alto en el camino las razas más antiguas?
¿Se debilitan y dan por terminada su lección, cansados, allá, del otro lado del mar?
Nosotros asumimos la tarea eterna, y la carga y la lección,
¡Pioneros! ¡Ah, pioneros!

Todo el pasado lo dejamos atrás,
surgimos a un mundo más nuevo y más fuerte, a un mundo variado,
frescos y fuertes conquistamos el mundo, un mundo de trabajo y en marcha,
¡Pioneros! ¡Ah, pioneros!”

La moral y la cultura, la literatura y el arte de estos Estados nacen en el andar histórico, nacen en los caminos y acampes de Sierra Nevada, bajo las sombras del hacha y el caballo en el Territorio de Wyoming, del arado y del hogar en Virginia. Pioneros por igual los argonautas del Mayflower y de la Pacific Mail Steamship Company; pero ya no aquella petulante pureza puritana, sino el nuevo lenguaje de Whitman, el lenguaje destinado de los Estados Unidos: el verso libre de su Leaves of Grass no es más que la métrica de las amplias planicies y las altas montañas del continente, prístinas y vírgenes, de los pueblos fronterizos y las ciudades populosas, salvajes y recientes; no es más que la libertad absoluta del lobo y del coyote, la sencilla retórica de la maestra y el mecánico.

¡Qué importante es, entonces, la labor de Walt Whitman en la historia de la literatura norteamericana, y en la historia política también! Whitman nace en 1819 bajo el primer mandato presidencial del republicano James Monroe, en medio de una inmensa crisis económica arraigada en los gastos y secuelas de la aún reciente guerra con Gran Bretaña (1812-1815); durante los próximos 46 años Whitman vivirá en carne propia la fragilidad de la Unión de estos Estados, las constantes amenazas de secesión de los estados sureños, la apertura de los estados del noroeste, la persecución de los pueblos nativos, la adquisición violenta de los territorios Mexicanos, la incorporación de Texas y las décadas de cruentas luchas legislativas alrededor del llamado “pecado original” de los Estados Unidos: la subsistencia de los horrores de la esclavitud y su inevitable expansión hacia nuevas tierras – culminando todo esto en una feroz guerra civil (1861-1865) que a más de un siglo de distancia aún se mantiene, con más de 600,000 muertos, como la más sangrienta y brutal de la historia estadounidense. 

Walt Whitman emerge de toda esta catástrofe esperanzado por la realización de aquél mundo nuevo prometido en la Declaración de la Independencia de 1776, aquél mundo nuevo que Abraham Lincoln pone en marcha con la emancipación de los esclavos, aquél mundo nuevo que enuncia en su discurso de Gettysburg en 1863, haciendo eco de aquella preclara proposición que dio su primer aliento de vida a la república: “Hace ochenta y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada en el principio de que todas las personas son creadas iguales.”

Por definición un profeta no irrumpe en medio de una era de paz y progreso, sino en una era de guerra y fanatismo, de abatimiento e iniquidad, así Walt Whitman, mensajero de la Democracia, portavoz de la Ciudadanía. Whitman da letra viva a las palabras ya olvidadas, ya amontonadas y archivadas en los polvorientos anaqueles del inconsciente nacional, las palabras engendradoras de Jefferson y de Adams, de Madison y de Hamilton, de Clay y de Webster, y, por sobre todo, de Lincoln. Whitman es el nexo fundamental, su palabra es una nueva fundación de los Estados Unidos; Whitman logra entender que solo mediante el trabajo creador de la poiesis, de la literatura y las artes, puede entonces restablecerse aquella civitas perdida en los tumultos del siglo diecinueve, puede verdaderamente la democracia reinstituirse a la ciudadanía y la ciudadanía devolverse a la democracia –Whitman es padre y cada ciudadano es un hijo pródigo, “estaba perdido y ha sido hallado”.

A más de una centuria de sus escritos, en la confusión y el torbellino de este siglo veintiuno, en este todavía asumirnos y no, todavía creernos y no, entre los laureles literarios del pasado y las cenizas desparramadas del presente, debemos detenernos y preguntarnos frente a nuestra literatura, nuestra cultura, nuestra democracia: ¿hemos sido hallados?


Francisco Castro Videla.

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