La fascinación de la palabra a través de “Solenoide”

Imaginen que están sentados en un lugar cómodo, donde acostumbran a leer. A un lado está una mesa con su bebida caliente, sea té, café o ponche, la que prefieren para ese momento. Tienen como propósito, comenzar a leer un libro que por azares del destino está en sus manos. Es un libro grueso, la portada es llamativa y la edición bastante cuidada. Comienzan por la primera página:

“He cogido piojos otra vez. Ni siquiera me sorprende, ya no me asusta, ya no siento asco. Solo me pica. Liendres tengo todo el tiempo, caen de mi cabeza cada vez que me peino en el baño: huevos de color nacarado que brillan oscuros en la porcelana del lavabo. Algunas se quedan prendidas entre las púas del peine y las limpio con un cepillo de dientes viejo, el del mango enmohecido. Soy profesor en una escuela de las afueras, así que es imposible no coger piojos. Se los encuentran al comienzo del curso, en la consulta del médico, cuando la enfermera les examina el cabello con los movimientos expertos de los chimpancés; solo que ella no tritura con los dientes la corteza de quitina de los insectos capturados. Recomienda a los padres, en cambio, una solución blancuzca-lechosa que despide un olor químico, la misma que utilizamos los profesores. Toda la escuela acaba oliendo, al cabo de uno días, a solución antipiojos.”

Siguen leyendo, absortos en la historia hasta que se percatan que las horas pasaron y que el té, el café o el ponche está frío, intacto sobre la mesa; el libro, queda abierto en sus manos mientras su mirada, perdida en algún punto fijo de la habitación, pone en evidencia su desconcierto ante la obra que comenzaron hace poco. Y no es para menos, el impacto que tiene Solenoide sobre los lectores que osan sumergirse en sus páginas es totalmente impredecible. Algunos siguen hasta el final, poco a poco. Otros, simplemente lo dejan a un lado, justificando el abandono de su lectura con lo denso y repetitivo del estilo del autor, estos son al menos, algunos comentarios que me he topado por ahí entre conocidos y en foros de lectura donde “Solenoide” de Cărtărescu provoca opiniones muy distintas entre sí: o lo odias o lo amas.

En mi caso, Solenoide me atrapó y me sorprendió desde un inicio; durante meses me acompañó, fiel a su causa, en mi bolsa o en la mesa de noche a un lado de mi cama, paciente a que avanzara en su lectura; algunas veces me absorbía y me perdía en la fascinación de las palabras; otras tantas lo dejé a un lado, pausando su lectura debido a lo denso que me parecía, lo alternaba entre poesía o cuentos breves para que no me ahogara la imaginación del autor.

Cuando terminé la última línea de la última página, una serie de sentimientos hicieron choque en mí: por un lado, el orgullo de terminar una obra brutal y retadora que me enfrentó a la grandeza de un autor que no conocía hasta entonces; por otro, el alivio al concluir uno de los libros que más me costaron leer este año, esto por el estilo denso de Cărtărescu, aunado de una imaginación sin límites en donde no quería pasar ningún detalle por alto, tanto que algunas veces me costaba seguirle el ritmo. Al final, después de la odisea y de un tiempo meditando la obra tras finalizar su lectura, el desasosiego de verme privada de la magia de sus palabras hace que regrese una y otra vez a las páginas de Solenoide.

La novela es narrada en primera persona. A lo largo de 794 páginas (editorial Impedimenta) conocemos el pasado y el presente del protagonista, un escritor frustrado que es profesor de lengua rumana en la melancólica ciudad de Bucarest. Su vida, gris y plana, queda plasmada en su diario, mismo que escribe solo por escribir, siendo su escritura su puerta de escape de la realidad, su obra más ambiciosa y perfecta en su carrera frustrada, misma que nadie leerá.

Algo importante a destacar es que la narración no es lineal, Cărtărescu teje historias a partir de una sola; al inicio de un capítulo se identifica una idea principal, una palabra clave que le dice al lector por donde va lo que quiere transmitir el autor, de repente, una frase da pie a un relato que lleva a otro relato, mismo que lleva a otro relato para regresar, sencillamente, al inicio de todo. Cărtărescu juega con el tiempo y con el espacio, su estilo es elocuente y natural, donde la ficción y la realidad convergen en un mundo irreal y a la vez tan certero que el lector se siente parte del libro. Es como entrar y salir del ojo de un huracán: desconcierta y sacude página tras página.

Si pudiese describir el libro en tres palabras elegiría: contradictorio, brutal y caprichoso.

Contradictorio porque a pesar de ser denso, atrapa y envuelve al lector, obsesionándolo con su lectura, muy a pesar de lo espesa que pueda ser.

Brutal por el estilo de Cărtărescu, simplemente es un deleite leerlo. No siempre se tiene la fortuna de toparse libros tan bien escritos que, a mi parecer, el genio del autor justifica totalmente la ambición de la obra; el subir y bajar por la trama a lo largo de capítulos es una experiencia adictiva que me dejó con ganas de más.

Caprichoso ya que Solenoide no es para todos; o lo amas o lo detestas, o resistes o lo abandonas, no hay puntos intermedios.

Les dejo como siempre, unos fragmentos para que se animen a entrar en la quimera de Cărtărescu.

“Parpadeo ahora y mi vida se ramifica, porque habría podido no parpadear y entonces habría sido otro, cada vez más alejado del que ha parpadeado, como las calles radiales que parten de una calle estrecha. Al final quedaré envuelto, como un capullo, por los hilos transparentes de millones de vidas virtuales, de los billones de caminos que podría haber tomado realizando un cambio infinitesimal en el ángulo de avance. Nos reencontraremos, tras la aventura de la vida, mis millones de yos posibles, probables, casuales y necesarios, una vez alanzado el final de sus historias. Nos contaremos nuestros triunfos y nuestros fracasos, las aventuras y el aburrimiento, la gloria y la vergüenza. Ninguno prevalecerá por encima de los demás, pues cada uno de nosotros tendrá a su alrededor un mundo en absoluto menos concreto que eso que llamamos realidad. Todos los mundos infinitos generados por las elecciones y los accidentes de mi vida son igualmente concretos y verdaderos.”

“Sé – y ella me lo confirmaría después – que durante aquel trayecto de diez minutos desde la parada del tranvía hasta su casa, cuando en una historia de amor se toman todas las decisiones, nosotros no habíamos tomado ninguna, como no decidimos nunca nada en la vida. […] Incrustados en la existencia, bordados en el gran tapiz, no se espera de nosotros que tomemos decisiones, pues todo está decidido de antemano, así como tampoco los listones de una silla deciden formar la silla, porque eso es justo lo que ya hacen. Que las cosas son así es algo que no sientes todos los días, sino en momentos como aquel de mi aventura con Irina, cuando no deberías estar ahí y sin embargo estás, cuando todo debería ser de otra manera y, sin embargo, es como es, y te invade el sentimiento sereno de que así tiene que ser y de que así tuvo que ser.”