La creencias y los movimientos sociales

“Dios está muerto” y el sistema actual (al que nos referiremos como neoliberalismo) se ha aprovechado de eso. Los sistemas políticos-económicos que se manejan en las colonias provienen en su mayoría de una deformación de la ética judeocristiana. Dicha ética tiene como pilar fundamental el antiguo Zoroastro. Con mucha agua bajo el puente, la ética que conocemos hoy en día ha mutado hasta lo que se ha convertido en un sistema más dentro de los dispositivos que manejan y son manejados por una sociedad. El aporte importante de toda ética es que es el fundamento, columna vertebral, de las creencias y tradiciones de una sociedad. Es decir, cómo dentro de una sociedad los individuos se mueven en relación con su contrato de convivencia entre pares (política) y su contrato de trueque de recursos (economía).

El rito, el mito, el contar, el reproducir el conocimiento, la cadena eterna educativa, el sistema de creencias y tradiciones es, de esta manera, un pilar de la sociedad. El problema es que los mitos son ficción, las leyendas ya no se comprenden. Un creciente porcentaje de personas dicen no creer en nada, ser ateos. Pero igual las tradiciones están ahí en la profundidad del movimiento de un hogar y de todas las instituciones que integran una sociedad. Los mitos al igual que las creencias le dan un camino ya transitado por muchos para el autoconocimiento. Sea que lo llamemos “el camino del héroe”, Harry Potter, “La Caperucita Roja”, La Araucana, entre millones de otros, el proceso de individuación (como lo llamo Jung) existe.

La Biblia, principalmente el Antiguo Testamento, no solo cuenta los mitos de seres humanos que cambiaron la historia, sino que también cuenta el proceso de individuación de un pueblo. Podemos decir eso mismo sobre la mayoría de los textos sagrados. El Popol Vuh (Libro del Pueblo) tiene esta misma forma, posiblemente debido a la influencia cristiana de la versión actual. Pero nosotros tenemos libros de historia, con una veracidad sorprendente la explican en los colegios. La Historia ha sido esa. El sistema educativo actual se basa en traspasar lo más objetivamente posible las historias de los pueblos que nos dicen nuestro pasado, y quienes somos hoy como sociedad.

Pero esta objetividad no genera un hogar, se pierde la identificación. Ya no es la historia como nuestra propia construcción como sociedad, sino algo que debo mirar científicamente a la distancia. La sociedad, la historia, se convierte en un objeto de estudio. Si la historia no nos está transmitiendo nuestro sentido de pertenencia ¿de dónde está naciendo? Como sociedad, ¿Quiénes hemos sido? Nuestro Padre ya no nos dicta cuáles son nuestros límites, pero Nuestra Madre nos mirá con tristeza mientras la partimos, lastimamos y destruimos.  Y volvemos a mirar hacia el fondo y nos encontramos con un movimiento social que habla de la ecología, el medio ambiente, el cambio climático, donde los científicos tiran datos con los que se debería estar haciendo algo para que las cosas cambien. Pero no para aquellos a los que les conviene que esto suceda. Más elefantes mueren, más sube el marfil, más dinero se gana.

Esta sociedad perdida en el bosque no sabe el camino, no sabe a dónde ir. En una sociedad sin creencias, tampoco hay dónde ir. El discurso hegemónico para ello utiliza la publicidad proponiendo al consumismo como la manera de olvidarnos (por lograr la felicidad) que no hay un punto final a todo esto más que la real muerte. Pero si la felicidad se alcanza con más y más objetos no se logra una transformación del sí mismo hacia una verdadera libertad y felicidad. Se pierde el proceso por el cual se entiende los errores y los valores que cada sí mismo contiene dentro de sí. Este proceso brota como una constante lucha contra una sombra que se observa como un agujero negro. Cuando no hay nada más que vacío en esa oscuridad, y las historias son objetivas, solo es posible llenarlo con objetos. De esta manera, los objetos terminan controlando la vida social. Incluso, las personas dejan de verse subjetivamente, se convierten en objetos (no nos olvidemos que actualmente existe una carrera económica que estudia el valor de un sujeto para ver si se le puede dar préstamos o subsidios).

Pero las nuevas generaciones que han tenido la tele y las noticias con sus discursos hegemónicos desde que nacieron ya no se compran sus cuentos ni publicidades, no se cree en nada. Se vuelve una época de posverdad. No tengo una verdad absoluta, no existe más que la realidad con la que convivo. Nadie puede decirme qué es verdad, porque la realidad del otro tampoco es la realidad de uno. La sociedad, poco a poco, se vuelve consciente de los seres discontinuos que somos. Cada humano no es más que un fragmento de un sistema inmenso que no es posible cambiarlo, pero muta constantemente. Conscientes o no, el mundo cambia solo.

A lo largo de nuestra historia, los movimientos sociales se caracterizan como procesos de movimiento en todas las esferas que genera a la sociedad: la cultural, la económica, la política, la ética y la moral. La cultural ya ha sido modificada gracias a la imprenta, a la ruptura del lenguaje, a Internet y, finalmente, las redes sociales. El neoliberalismo está en duda. La incertidumbre económica de una mayoría ha modificado poco a poco este sistema también. La política ha sido subyugada por un imperio económico que, a la vez, se está reconstruyendo. Especialmente, a partir de este movimiento social que ha comenzado, sin idea previa, en casi toda Iberoamérica. La ética sigue bajo el dominio del Bien y el Mal (dicotomía que se ha vuelto violenta sistemáticamente en todos los aspectos).

Dicha dicotomía ha sido un pilar nuclear de todas las dicotomías que conocemos. “Ser o no ser”. Estar bien o estar mal es la característica de la justicia, la libertad, los géneros masculino-femenino. Todo aquello que pueda ser caracterizado como “malo” va a ser violentado por la sociedad hegemónica que se sostiene en la actualidad. Si esa es la creencia que actualmente se intenta sostener por la Iglesia Católica Apostólica Romana y sus múltiples variaciones, nos encontramos efectivamente con la raíz del problema cultural que nos atañe. A diferencia de las empresas chilenas que deben pagar impuestos pero pueden no hacerlo a partir de donar sus impuestos a organizaciones sin fines de lucro, las iglesias están exentas de ellos. Por eso, por la estación Vicente Valdés, Santiago, cosas como estas se encuentran:

Veo un hilo entre “Nadie estorba” y “El baile de los que sobran”. Espero que los lectores también.

En diciembre, en Santiago de Chile, escucho un colectivero decir cuando pasábamos frente a una manifestación “No tienen nada para hacer”. En ese momento pensé en dos cosas: la micro y la macro. La micro es que la mayoría de los que se manifiestan son relativamente jóvenes, que ya de por sí se encuentran por fuera del sistema. No creo que todos, pero una gran mayoría no tiene acceso a la educación universitaria, existen algunos que no han podido terminar su escolaridad obligatoria, o dicha educación ha sido pobre y objetiva, sin ninguna contención emocional. Si no tienen nada para hacer es porque no tienen nada para hacer, no encuentran un espacio en la sociedad, para mal o para bien, sea problema de ellos o del sistema, no han podido ser parte del sistema social al que se supone que pertenecen.

Por el otro lado, estaban los carabineros con sus cascos y escudos en fila. Tampoco estaban haciendo mucho, la manifestación sucedía y ellos la miraban suceder. En el caso macro, tenemos un sistema que tiene a esas personas en fila sin hacer nada más que mirar, ser observadores para que nada se saquee, nada se vuelva violento, porque de alguna manera ellos son quienes pueden violentar sin siquiera estar del todo consciente de la gran red de la cual son parte. Ser observadores, como muchas distopias han manifestado, es violenta en sí mismo. El marcar por cuál camino vas sin permitirte explorar otros es una disciplina, tal como lo explica Foucault, que se vuelve controladora hasta rigidizar las estructuras al punto de producirles quiebres.

Los quiebres y las dicotomías se encuentran en todos lados y uno no sabe en qué creer. La incertidumbre es inmensa. Nadie está muy seguro de que va a suceder con las violencia estatal, la respuesta violenta de quienes creen que así cambian algo, la violencia discursiva y hegemónica. Los presagios son oscuros, la literatura se plaga de distopías cada vez más opresoras, vigiladoras y destructoras. El movimiento social que se vive en muchos países contemporáneos también viene regido por un “teoría de los dos demonios” que se ha transmitido del pensamiento occidental. No es por nada que las dictaduras de Iberoamérica se encuentren en el mismo periodo histórico, consecuentemente con la Segunda Guerra Mundial.

La guerra fría terminó con una cantidad de armas que había que utilizar. Los enemigos internos que quieren derrocar el sistema impuesto y determinado por una ética a la que no se le ha permitido mutar se multiplican. Pero eso no es más que uno de los millones de cuentos que aparecen en los libros de historia, que se pueden estudiar, memorizar y repetir. Los mitos se reescriben. Antígona sigue luchando para que la ley humana no sobrepase a la divina, en vano. Las creencias y las leyendas nacen de otros humanos que han intentado todo para buscar el equilibrio, ir por el punto medio, encontrar la síntesis.

De esta manera, el movimiento social también es posible encauzarlo, para que no grite contra una pared de una casa donde nadie vive. Generar una ética donde todos nuevamente nos sintamos en equilibrio para actuar moralmente ante las diferentes circunstancias y obstáculos de la vida cotidiana, es una tarea compleja de muchas generaciones por venir. Reencontrar una esencia, de las tradiciones que han sido silenciadas y quemadas por la comercialidad y objetivación de los discursos hegemónicos es una tarea hercúlea. La Navidad está cerca, el equinoccio de verano aquí en el hemisferio Sur. La cosmología sigue siendo la misma de la que nos hablan los dioses griegos, vikingos, hindúes, diaguitas, quechuas, mapuches, etcétera (para no hacer la lista eterna y verdadera). El universo es inmenso y la humanidad no es ni siquiera un punto visible dentro de todo eso. Los humanos no somos especiales frente a la Naturaleza por tener el uso de razón. Durante el verano, en Santiago, los montes se queman por la sequía; en Buenos Aires, la humedad aumenta y los mosquitos se dan el festín del año. Y todos esperamos que vuelva el otoño, una vez más.


Cata Amaire

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