El estudiante-masa: Radiografía del joven posmoderno

“La auténtica plenitud vital no consiste en
la satisfacción, en el logro, en
la arribada. Ya decía Cervantes «el
camino es siempre mejor que la posada».
Don José Ortega y Gasset.

En el presente ensayo se disertará sobre un fenómeno advertido en la universidad contemporánea al que rotularemos bajo la categoría de estudiante-masa, una forma peculiar de ser del estudiante joven en la posmodernidad. Pero antes es necesario aclarar algunos conceptos de los que parte esta idea, especialmente, el concepto de hombre-masa, planteado por Ortega y Gasset (1985).

Para el filósofo de la Escuela de Madrid, el hombre-masa poseería tres características fundamentales: una sensación natural de que la vida es fácil e ilimitada, lo que lo lleva a un falso triunfo; la creencia de que su haber moral e intelectual es virtuoso y suficiente, engendrándose en él pasividad y mediocridad y, por último, una especial actitud de querer propagar sus típicos valores a otros individuos, en ocasiones, ad baculum. En ese sentido, el hombre-masa sería pues, a ojos de él, aquella clase de hombre que se cree acabado, que se siente suficiente, mero llegar a la meta, un ser quieto y estático, donde no prima el movimiento sino, más bien, la pura quietud infértil. Por masa, se debe entender al conjunto de personas que no estarían especialmente cualificadas, no se debe pensar que se acota solamente a la cantidad, ni mucho menos, a la clase social (Ortega, 1985).

Este prototipo de hombre es aquel que no advierte la ignorancia en sí mismo; aludimos a la ignorancia creativa, percatada por Sócrates en el oráculo de Delfos, ese punto de partida del no-saber que motiva la búsqueda apasionada del saber. Se encuentra cómodo y holgado con lo que ha alcanzado, con quien viene siendo, “se siente como todo el mundo, y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás” (Ortega, 1985, p. 45). Sería pues, proyecto frustrado, un no-salir de la Caverna, pensarse a sí mismo como aquel quien ya es, no como alguien quien será, ni quien es siendo, está ahí su horizonte, esperándolo; más él se queda en sí mismo, sin atreverse a contemplar qué hay más allá de los contornos.

Prefiere el anonimato, y desde allí habla, vocifera de entre las sombras, es eco, mero sonido remoto, por ello, es lejano, incapaz de acercarse, no se compromete, está entre-puesto entre otros, es pura multitud, no está acompañado ni enfrentado a otros porque no es apto para excederse a sí mismo, se vincula pero desde su solipsismo, no logra discordar con las ideas de los demás, porque en su mundillo las ideas son todas iguales; está al margen siempre que pueda.

El hombre-masa está acostumbrado a eso, no se exige, no lo cree necesario, es vasto desde su propia óptica, el esfuerzo, para él, sería hazaña en vano, no sale de sí mismo, ya cree saber. Para Ortega (1985) lo contrario a él sería “el hombre selecto (el cual) no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores” (p. 45); es aquel que no se conforma consigo mismo, busca cumplir su proyecto histórico personal.

Se diluye en la masa, en la muchedumbre, aterriza en la comodidad del rebaño, se siente cálido y confortado, está uniformizado y homogenizado. Teme distinguirse de los otros, le teme a la voz propia, a la iniciativa auténtica, pues, todo rastro de individualidad es para él, descenso; no desea diferenciarse ni sobresalir o ser notado; como declararía Ortega (1985),”es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico” (p. 44). Sin embargo, una cuestión característica acerca de la identidad en la posmodernidad, es la paradoja de caer en la homogenización del individuo a partir de la búsqueda compulsiva de la individualidad. En el deseo compulsivo de ser diferente se termina siendo como todos los deseosos de serlo. Se quiere ser notado pero sin transgredir la normativa social, la fórmula es la siguiente: quiero ser yo hasta donde me lo permita el mercado social. Son las vitrinas fromnianas con manuales de modos y formas sociales.

En relación al fenómeno de ir tras el rebaño, recordamos una investigación de corte experimental desarrollada por Cruces y cols. (1991) y replicada por Arias & Osorio (2014) con estudiantes universitarios en la Universidad Católica San Pablo de Arequipa. Esta consistió en observar cómo se comportan los estudiantes en situaciones de presión grupal. Esta prueba consistía en presentarles un relato corto ante el cual tenían que dar su respuesta. Previamente, un grupo de colaboradores que simulaban ser participantes del experimento acordaban dar antes que el participante ingenuo –el único sujeto que no advertía la naturaleza del experimento- una respuesta que evidentemente era la incorrecta. Este, por presión de grupo, se veía guiado a dar la misma respuesta que los impostores, aún a coste de contradecir su opinión original, que era conocida por los investigadores al finalizar el experimento cuando le revelaban los fines reales de la investigación. Los resultados sugirieron que el cambio de opinión se fundó en un proceso de reorganización cognitiva intervenida por la presión grupal (Arias & Osorio, 2014).

Habiéndonos expuesto lo anterior, nos centraremos en el eje central: el estudiante-masa, una forma de ser estudiante imbuida de las características del hombre-masa, mímesis de este. Pero antes recordemos lo que decía el maestro de la pluma, Don José Ortega y Gasset (1985):

“Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que es hacia lo que se propone como deber y exigencia. De esta manera, la vida noble queda contrapuesta a la vida vulgar e inerte, que, estáticamente se recluye a sí misma, condenada a perpetua inmanencia, como una fuerza exterior no la obligue a salir de sí. De aquí que llamemos masa a este modo de ser hombre, no tanto porque sea multitudinario, cuanto porque es inerte” (p. 88).

El estudiante promedio de la escena contemporánea ha perdido vigor en su actividad académica, no se exige como debiera y si lo hace, es para pedir que le aligeren más la responsabilidad. Se conforma con lo práctico y sencillo, su hábitat es la superficie, se queda en lo obvio y aparente. De aquí, lo insaboro de su experiencia estudiantil. En relación a esto, sentencia el catedrático y psicoterapeuta Ramiro Gómez, en su texto Relación Psicoterapéutica:

“Este nuevo narciso, navegante de los mares de internet, no profundiza, no ahonda nada, se da por satisfecho con el resumen, casi con la definición más escueta. Tiene pereza de pensar, salvo si ese dramático esfuerzo se orienta a escalar posiciones de poder dentro del mercado, o de la posibilidad del poder por el poder” (Gómez, 2013, p. 107).

Algo similar decía Lipovetsky (2003), “la sociedad posmoderna es la edad del deslizamiento” (p. 12-13), por eso, el éxito del skate, del longboard, del scooter, los rollers, todo aligerado, siempre escurridizos, fácil de pasar; siempre buscando atajos. En la mecánica de estos, basta solo un impulso para conseguir velocidad y alcanzar largas distancias; es de esperar, que el joven estudiante de hoy crea que con un solo impulso pueda llegar a sus objetivos, a grandes logros, solo le bastaría con deslizarse para creer que ha llegado. Él encarna la antípoda del esfuerzo, no suda.

No se deja sorprender por la disciplina a la que se supone ha sido convocado, la encuentra desabrida, no es un apasionado del estudio, sus pasiones son vanas. Es mezquino consigo mismo, no ve lo elevado, ni mucho menos disfruta de lo sublime en la educación, no avizora el trasfondo ético de ese compromiso. Está ciego a la responsabilidad con el otro.

Se encuentra saturado y entumecido por la información disponible de su tiempo. Su curiosidad está petrificada, deviene en desinterés o indiferencia. Es indolente y apático al mundo. Por el contrario, la actitud curiosa, el “sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual” (Ortega, 1985, p. 43).

El estudiante-masa, asaltado por la era digital, está familiarizado con el fácil acceso a la información. Frente a una titánica cantidad de información se queda perplejo, no se decide por fuentes fidedignas, ni mucho menos profundiza; se queda con lo genérico. No ha aprendido a dialogar con la lectura por estar atiborrado de lo audiovisual desde la edad escolar. Lejos de lanzar una querella sobre la ventaja del internet, es importante notar que un uso astuto de estos recursos de la red podría favorecer los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Advertimos que en las aulas los recursos digitales son hartamente solicitados, hoy los estudiantes prefieren las diapositivas a una clase desarrollada sistemáticamente en una “anticuada” pizarra. Dejan de escribir, precisamente porque la clase yace ahí, en unos cuántos archivos multimedia y los podrán visitar cuando les plazca, ¿para qué los apuntes? ¿Para qué escribir si puedo tomar una foto? Así, el aprendizaje se vuelve pasivo, este tipo de estudiante es un mero espectador. En relación al hábito de escribir, se dice sobre el filósofo Edmund Husserl, que no podía pensar sin escribir; más aún, hizo su propia taquigrafía para ir tan rápido como pensaba (García-Baró, 2015). No obstante, cabe decir que cada estudiante tiene su estilo de aprendizaje, no todos tienen que necesariamente apuntar. En oposición, recordamos lo que dijo el filósofo y agricultor Alberto Benavides Ganoza: “Al escribir, busco hacer germinar algo” (Benavides, 1979, p. 97). Y lo que germina, está listo para ser cosechado y así, mientras se siga escribiendo habrá nuevos brotes y nuevas cosechas. Las plantaciones de estos estudiantes son áridas e infecundas.

Rotundamente, el universitario ha perdido el arte de la retórica, de la elaboración elegante del discurso, del estilo para decir las cosas; evidentemente por el empobrecimiento generalizado del vocabulario del alumno promedio de la actualidad. De aquí también una de las fuentes de la su alexitimia, son una suerte de analfabetos afectivos, dado que uno se expresa a sí mismo de acuerdo al léxico que posea. Apunta Marco Aurelio Denegri (2012):

“los alumnos, tanto escolares cuanto universitarios, no entienden lo que dice el profesor (sordera verbal) y tampoco entienden lo que leen (ceguera verbal). A este paso llegará el momento en que tampoco podrán escribir (agrafía, que ya en parte está ocurriendo) y más adelante, tampoco podrán hablar (afasia, que también ya está ocurriendo)” (p.45).

Este tipo de universitario le teme a las preguntas, es puro receptor, no cree necesario dar su opinión, ni compartir lo que le intriga, su curiosidad está paralizada. No le nace discordar con las ideas de los maestros o compañeros; y hasta puede suceder que le incomode la iniciativa de otros, o peor, que las sancione; ya decía Ortega y Gasset (1985) que “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice (…) ser diferente es indecente” (p. 48); en definitiva, quiere extender e imponer sus valores. La charla común y el coloquio estudiantil se le aparecen como inútiles e improductivos, y no es para menos, precisamente en un tiempo donde lo que impera es la productividad, lo utilitario, lo instrumental.

Está alejado de las bibliotecas –excepto para exámenes o para utilizar el ambiente para la realización de los trabajos de las diversas asignaturas-, se presume que por diversos motivos. Uno de ellos, la facilidad del acceso a internet; en donde es posible encontrar información ágilmente –no siempre cualificada ni conveniente-, la cual está ya sintetizada – a veces, incorrectamente- y lista para el copy-paste; justamente esa practicidad lo seduce sin que advierta que lo empobrece intelectual y espiritualmente. Se torna un conformista; un acomodaticio, resignado a lo que hay en la superficie, de ahí, que su relatar sea tan llano y afásico.

Otra razón radicaría en su desinterés o incluso, su disgusto manifiesto por la lectura, esto último es, hasta una declaración peligrosa para un universitario; quién se supone es esencialmente un académico; y la primera palabra que se asocia a esta otra es “leer”. La lectura, por su misma demanda de atención, requiere un indispensable adentramiento, un voluntario ensimismamiento, una actitud de recojo; y en una época, donde prevalece la extraversión y en la que se condecora el histrionismo, pensar en la introversión es cosa casi desadaptada. Hoy, es posible preguntar en una universidad: “¿te gusta leer?”, cuando el gusto –o hábito- por ello, debería ser casi un a-priori, una condición de ser estudiante.

A esto hay que agregar la habituación previa en los respectivos colegios, lugares en los que se debieron fomentar los hábitos de lectura, pero ya es cosa conocida la situación del Perú respecto a ello; sin embargo, un estudiante ya emancipado de la escuela secundaria es capaz de comprender lo crucial para su cultivo pleno como universitario. Estos y muchos otros, pudieran ser los motivos por la que las bibliotecas se encuentran despobladas.

A propósito de lo anterior, reparamos en la evidente ineptitud de esta clase de estudiante para argumentar ideas y dar opiniones en los claustros universitarios, menciona el catedrático Manuel Arboccó (2014), que en sus planteamientos “siguen de largo ante un silogismo mal propuesto” (p. 104). Justamente su dejadez por la lectura, acompañada de la creencia que desde un punto cero se puede exponer o juzgar una tesis, hace que sus argumentos sean anémicos y endebles. De alguna manera, cuando los profesores en la escuela decían: “yo aprendo de ustedes” lo que hacían era entronizar la opinión laxa, escueta y no el argumento juicioso, el saber.

No queremos que esto se confunda con el derecho a plantear ideas originales, lo que se quiere recalcar es que justamente la originalidad de una idea yace en los contrastes con otras, se enriquecen al ser comparadas y profundizadas; y qué mejor que con actitud humilde se revisen ideas sobre los temas en cuestión a través de autores especializados, de planteamientos tradicionales, de personajes que hayan reparado en esos tópicos. Ya es sabido que el hombre-masa es indócil, no apela a la otredad, su espacialidad intelectual es escueta, no sale de sí mismo, al experimentar la ilusión de la completitud no solicita opinión fuera de él. Consultar las ideas de otros, se piensa, refleja la humildad de quien emite esta acción, es un salir del egocentrismo intelectivo. En acotación al solipsismo intelectual, Ortega (1985) alega:

“La persona se encuentra con un repertorio de ideas dentro de sí. Decide contentarse con ellas y considerarse intelectualmente completa. Al no echar de menos nada fuera de sí, se instala definitivamente en aquel repertorio. He ahí el mecanismo de la obliteración” (p. 90).

No es capaz de ver el horizonte, se siente perfecto, alguien completo, acabado. En contraste, el hombre-selecto, diríamos en este caso, el estudiante-selecto no se siente completo, se angustia al sentirse inacabado, inconcluso, insuficiente, la escasez de su saber lo atribula. Las ideas, más allá de la renovación en cada época, tienen su propia dialéctica; sus antecedentes, su historia, todo un pretérito que no se debe obviar. Su riqueza reformadora e innovadora se funda en el mirar al pasado. Ahora, en el tiempo del estudiante en cuestión, se cree infructuoso mirar atrás. Este, es impulsivo al dar un argumento, al redactar un escrito, al presentar un trabajo, considera más urgente aprobar que aprender; no planifica rigurosamente lo que va a decir en un texto, ni organiza sus ideas, simplemente las vomita como salgan; es irreflexivo y exaltado. Recordemos que el hombre-masa era quien tiene una vida carente de proyecto y que anda a la deriva (Ortega, 1985). Se da por satisfecho con lo que sabe; no le importa nada más que su especialidad, no desea ilustrarse en otros ámbitos. En el XIV Congreso Nacional de Profesionales y Estudiantes de Psicología: “Psicología Comunicación y Arte”, el filósofo Andrés Piñeiro, en la introducción a su ponencia sobre el poeta Martín Adán dijo, “ya decía mi padre, que quien sabe mucho solamente de una cosa, no sabe nada” (Piñeiro, 2017). Esta es la barbarie del especialismo que notó Ortega (1985). Es darle la espalda al inmenso mundo del saber, quedarse solamente con lo que le compete, no mirar el trabajo del otro, es vivir encerrado en su actividad. En su ensayo sobre el antiintelectualismo estadounidense, el profesor de filosofía Skoble (2015) acota:

“Hoy en día, el estudio de los clásicos y las asignaturas de humanidades en general han perdido el favor tanto de alumnos como de profesores en muchas universidades. La tendencia en la educación superior es desarrollar programas preprofesionales y hacer hincapié en su «relevancia», mientras las asignaturas tradicionales de humanidades se tienen por un lujo o un extra, y no por elementos realmente necesarios en la educación universitaria. En el mejor de los casos se consideran útiles para desarrollar las llamadas «competencias transferibles», como la redacción o el pensamiento crítico” (p.38).   

No hay espacio en las carreras –nombre preciso para la vida universitaria taquilálica de este tiempo- para ir a la literatura, el arte, en resumen, a las humanidades, no es útil ni productivo, en términos de mercantilismo universitario. Y como dice el profesor, en el mejor de los casos se le toma solo en su dimensión utilitaria, opacando la real esencia, que transciende lo meramente instrumental y que se avoca más bien, al enriquecimiento del espíritu humano.

El psicólogo existencialista Rollo May (1968), en referencia a la mercantilización de las universidades, mencionó que “los valores del estudiante se reemplazan inevitablemente por signos externos” (p. 68). No habría para este, un espacio para su originalidad, está motivado a apilar un sinnúmero de información, los profesores lo llenan de datos y hechos y, este, en su ansiedad se apresura a conseguir lo último, para no quedarse atrás y estar al día, pero dada la rapidez del presente tiempo, nota que eso no es suficiente y vuelve a la angustia neurótica por acumular y acumular información. De manera que aquellos, que decidan tomar su propio camino y no el del establishment académico, sientan la constante inquietud del fracaso, sin embargo, ese es el costo del riesgo, de tomar el rumbo de lo auténtico y genuino.

La era digital trajo el panorama actual a las redes sociales, a los blogs y a diversos medios de interacción social; estos por su naturaleza misma, han puesto a las nuevas generaciones en un status de opinión “privilegiado” y diferente al de otras épocas, dado que estos medios virtuales permiten que las personas proliferen sus opiniones, pensamientos y sentimientos por la red, haciendo que cientos y miles de personas puedan verlos. Notamos respecto a lo antedicho que esta masa-rebelde de estudiantes “quiere opinar, pero no quiere aceptar las condiciones y supuestos de todo opinar” (Ortega y Gasset, 1985, p. 94), este es un abandono del esfuerzo, el gobierno de lo fácil. Antes, para formular públicamente una idea, las personas debían ganarse un espacio a través del esfuerzo propio, ahora, solo es necesario encender el móvil o el ordenador.

Esta cabida le da la sensación de una capacidad ad infinitum para opinar sin censura, decir apuradamente cualquier cosa que se piense o sienta, lista para ser vista por una multitud considerable de personas y, evidentemente por ello, no es de extrañar que así como se creen con todo el derecho de decir cualquier cosa, se crean también el centro del mundo, dado que el facebook, el twitter, el instagram, los blogs, el youtube, entre otras formas virtuales, generan la ilusión de que somos importantísimos, llevando casi a una actitud megalómana y narcisista, es el momento histórico del culto a la personalidad, fuente de aquella actitud petulante de pensar que ya sabe suficiente, de no acudir a otras fuentes y, por ende, de no esforzarse por dar un buen argumento.

Este joven cree que todo es cuestión de opinar, lo hace impulsivamente. Dice Skoble (2015), “si fuese cierto que todo es cuestión de opinión, entonces la mía sería tan relevante como la del experto y, por tanto, no podría existir el concepto mismo de conocimiento especializado” (p. 39). En otras palabras, este joven, es un engreído y por cierto, a ojos de Ortega y Gasset (1985) “mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado” (p.82), de modo que, no debe impresionar que esta legión de estudiantes exijan copiosamente que se cumplan sus derechos, pero que huyan de los deberes. Creen que la vida es ilimitada, que todo les está autorizado:

“Si la impresión tradicional decía: Vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar lo que nos limita, la voz novísima grita: Vivir es no encontrar limitación alguna, por lo tanto, abandonarse tranquilamente a sí mismo. Prácticamente nada es imposible, nada es peligroso” (Ortega y Gasset, 1985, p. 84).

Esta ilusión de vivir sin murallas, del desenfreno, genera la fantasía de la infinitud; de lo ilimitado –como la publicidad del saldo en los móviles-; motiva el desenfado para asir la vida, mengua la seriedad de la existencia. Expresaba Lipovetsky (2003), que “al eliminar todo lo que parece serio, la seriedad, como la muerte, parece considerarse actualmente un tabú” (p. 151). Trayendo a colación el –para algunos- incómodo tema de la muerte, Abadjieff (2013) menciona en torno al pensamiento de Martin Heidegger, “la muerte es la clave del vivir, auténtico final y omnipresente que liga y estabiliza mi existencia” (p. 23). Esto es, el ser-para-la-muerte; el hombre como sein-zum-Tode, como aquel que se sabe en la muerte, esta se presenta como la gran certeza que pone límite al resto de mis posibilidades, pero que a su vez, es una posibilidad (Heidegger, 2005). Darle la espalda a la muerte residiría en caer en la falsedad, en la existencia inauténtica, en vivir sin conciencia del tiempo. El canónico poeta, César Vallejo, sentenciaba en uno de sus poemas (Vallejo, 2011, p.21):

¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja,
y si en la muerte nada es posible,
sino sobre lo que se deja en la vida!

¿Y cómo sería posible dejar algo en la vida si lo que dejo no lo dejo yo, sino más bien lo que el sistema quiere dejar a través de mí? Es en el reconocimiento del no-ser, en sabernos como aquel ser que dejará-de-ser, donde se establecerán los cimientos de una vida propia. El aceptar que el ya-no-poder-ser-más llegará, es el inicio de una vida genuina y llena de vitalidad. En contraste, no es insólito notar en la actualidad una actitud de postergación en la vida de las personas y, particularmente en estos jóvenes estudiantes, dejando para mañana lo que se puede hacer hoy, posponiendo sus proyectos y aspiraciones; creyéndose poseedores de un tiempo incalculable, desde la ilusión de lo infinito aplazan sus empresas.

En la literatura psicológica, se habla de la procrastinación; Sánchez (2010) anuncia que es un comportamiento que consiste en evitar una situación o tarea, en vez de hacer un esfuerzo para abordarla. Este gesto, rebosado de una disposición a retrasar lo que se puede desarrollar ahora, se presenta en su forma académica como un comportamiento inadecuado en el cual se excusan o justifican los incumplimientos, se evita la culpa del no-cumplir, hasta dejando de asistir a clases para no encarar la irresponsabilidad cometida (Sánchez, 2010). Ferrari (1995) citado por Álvarez (2010), menciona que dentro de las formas de procrastinación académica se encuentra: dificultad en el cumplimiento de horarios, entrega de tareas fuera de la fecha, retraso para desarrollar quehaceres y el hábito de esperar hasta el último minuto para efectuarlos. Es importante, notar que este fenómeno de la procrastinación es muy propio de nuestro tiempo, no tan arcaico, ya que emerge en su forma negativa en las sociedades industrializadas; por tanto, un fenómeno casi parido por la revolución industrial (Ferrari; Johnson & McCown, 1995; citados por Álvarez, 2010).

En el mundo de hoy, todo lo que implica esfuerzo, sudor y disciplina, se anula y es trocado en confort. El alumno de ahora “no se quema las pestañas”, quiere sus clases light, no desea sudar con el estudio. Es el señorito satisfecho, aquel que “cree poder comportarse fuera de casa como en casa, el que cree que nada es fatal, irremediable e irrevocable. Por eso cree que puede hacer lo que le da la gana” (Ortega, 1985, p. 119), porque no se exige, ni le han exigido. Este nuevo aprendiz se inclina por lo “fácil y rápido, algo distante a lo que consiste el verdadero conocimiento y cultura” (Arboccó, 2014, p. 100). Denuncia la memorización; es dato conocido que en la escuela tradicional era costumbre que se motivara a los educandos a que memoricen, pero tampoco se debe sentenciar dicha acción, es ineludible acudir a ella, incluso es ocasión para la gimnasia mental. No seamos verdugos de la memoria.

Por otro lado, es manifiesto que la vida social estudiantil, que en ataño estaba repleta de interesantes conversaciones y apasionados debates en torno a las asignaturas o temas cruciales, se haya diluido o convertido en pura languidez. Diría el catedrático y psicoterapeuta Arboccó (2014) que:

“estos alumnos [se encuentran] sin la necesaria sensibilidad para entrometerse en lo estético y lo epistémico, lo cual los ayudaría a ampliar sus gustos, a ser más precisos, a refinar sus placeres, a mejorar sus elecciones de lectura, a buscar el placer y la vida en todas partes, o a sublimar a través de su arte sus propios demonios y las tan humanas y, a veces gozosas, mezquindades” (p. 104).

Sobre lo anterior, es imposible olvidar la máxima de Nietzsche (2012): “pues solo como fenómeno estético, está justificada la existencia y el mundo” (p. 39). Pensamos que, la vida alejada de la experiencia estética, estaría desolada, vaciada de sentido, devendría en completo sinsabor, en absurdo.

Parte de la vida universitaria está virtualizada, inclusive de forma anónima, creando algunos estudiantes, plataformas virtuales desde el anonimato, en donde se pueden proliferar deliberadamente injurias, ofensas, cotilleos, calumnias, hasta denuncias públicas desde trincheras incógnitas; cierto o no, es una actitud canalla hablar de algo o alguien sin dar cara, es fácil tirar la piedra y esconder la mano. Creemos que la vida del anonimato es una vida de sobresalto. Alguna vez escuchamos que se oculta quien teme, esto nos lleva a sospechar que detrás de ese ocultamiento hay un terror a afirmarse a sí mismo frente a los demás.

La coprolalia es lo sólito en una cantidad considerable de jóvenes, los improperios proferidos entre estudiantes es hasta motivo de cariño y aprecio, cuando no de broma o chacota. Señalaba Arboccó (2017) en su artículo sobre la normalización de las deficiencias, que hoy en día es costumbre hacer apología a la estupidez [se conjetura que, por lo general en los jóvenes]; a estos se les hace creer que la vulgaridad, la imbecilidad y la ignorancia son cuestiones de presunción y orgullo. Además, observaba Lipovetsky (2003), que lo cómico “se ha convertido en un imperativo social generalizado, en una atmósfera cool, un entorno permanente que el individuo sufre hasta en su cotidianeidad” (p. 137) y, nos damos cuenta que todo imperativo tiránico bloquea la autenticidad y la espontaneidad de las cosas, por ello, de que esas risas camufladas en lo chill, sean herramientas escapistas operadas por los jóvenes de hoy para liberarse del lastre de la realidad, sin percatar que le son impuestas. Añade el sociólogo y filósofo francés, que “la ausencia de fe posmoderna, el neo-nihilismo que se va configurando no es ni atea ni mortífera, se ha vuelto humorística” (Lipovetsky, 2003, p. 137), de ahí que esas risas tengan aspecto vacuo, de que sean tan vacías y vaciadas de sentido; he ahí por ejemplo, el origen y el fetichismo por los memes. Añade: “la gente tutea, ya nadie se toma en serio, todo es «diver», proliferan los chistes” (Lipovetsky, 2003, p. 141). Para excavar sobre lo expuesto, citamos:

“Se vive humorísticamente y tanto más cuanto más tragicota sea la máscara adoptada. Hay humorismo dondequiera que se vive de actitudes revocables en que la persona no se hinca entera y sin reservas. El hombre-masa no afirma el pie sobre la firmeza inconmovible de su sino: antes bien, vegeta suspendido ficticiamente en el espacio. De aquí que nunca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz –déracinées de su destino- se dejen arrastrar por la más ligera corriente. Es la época de las corrientes y del dejarse llevar” (Ortega y Gasset, 1985; p. 122).

Reflexionando sobre lo citado, notamos que este pensador, apunta a revelar el rostro de esta clase de sujeto –en nuestra particular cuestión, de estudiante-, que se funda en la fragilidad de sus ideas, incapaz de presentarse ante otros para manifestar con convicción sus ideales, se oculta. De ahí, de ese no-afirmarse, la falta de peso, de la vida ligera, de la pura chanza, de lo light y lo fresh. El célebre polígrafo, Marco Aurelio Denegri, menciona en un ensayo titulado “Pesantez e impesantez” de su libro Miscelánea Humanística lo siguiente:

“El mundo, efectivamente, parece tener hogaño menos peso que antaño; es decir, menos pesantez; peso es pesantez, y pesantez, gravedad, y ésta, la cualidad por la que todo cuerpo propende a dirigirse al centro de la tierra” (Denegri, 2015, p. 197).

Tener peso, como refiere el autor, consistiría, además de tener entereza en nuestros principios, en tener los pies firmes sobre la tierra y abordar la realidad, no evadirla ni escabullirse en ella. Hoy, gran parte de los estudiantes no tienen peso y los que lo tienen, son peso pluma.

Colofón:

Habiendo expuesto las precedentes apreciaciones sobre este particular modo de ser estudiante, reparamos en que urge una reforma en la actitud de aquel, dado que es crucial para el desarrollo óptimo de sí mismo y de la sociedad, puesto que esta lo acoge con sus malos y buenos hábitos. Este modelo de alumno, será aquel profesional que se enfrentará con las demandas de su comunidad y la calidad de su trabajo dependerá en gran medida de su previo compromiso a lo largo de su formación profesional; advirtiendo que, si aquella formación ha sido escasa e insuficiente, no será extraño que tengamos en frente de nosotros a un incompetente, acostumbrado a lo fácil, en quien percibimos laxitud a la hora de trabajar. Esto es más significativo en el caso de aquellos profesionales que trabajarán con personas de manera directa –educadores, trabajadores sociales, psicólogos, médicos, odontólogos, entre otros-; puede ser disculpado el desacierto ante una máquina, pero el desatino con el ser humano es de otro orden.

En este sentido, es tarea de cada educando buscar exigirse a lo largo de su formación, encontrar diversas formas de educarse, profundizar en las materias correspondientes a su disciplina, intercambiar y contrastar ideas con otras personas, enriquecer y darle brío a su vida universitaria. Es responsable de buscar su excelencia profesional, de formarse en valores, de cultivar su espíritu, de enriquecer su visión del mundo, de conocer otras realidades, de acrecentar su itinerario de experiencias. Es tarea de él emanciparse de la acepción etimológica del vocablo “alumno”, como alguien sin luz, como sujeto recipiente de toda sapiencia (Arboccó, 2014). Más bien, debe buscar su lugar protagónico en su aprendizaje. Comprometerse con su actividad, así como ver más allá de su provecho, comenzar a romper el solipsismo y orientarse al desarrollo mancomunado, tanto en el espacio estudiantil, como en la comunidad más allá de las aulas.

En síntesis, es misión de él abrirse a toda posibilidad. Atendiendo a lo que expresaba el maestro Ortega (1985), citamos: “ser un horizonte siempre abierto a toda posibilidad, es la vida auténtica, la verdadera plenitud de la vida” (p. 61). Vivir plenamente –en este caso, como estudiante- es siempre orientarse hacia algo, vivir en proyecto, aprovechar y abrirse a las oportunidades que naturalmente el curso de la vida presenta. Apasionarse, darle valor a la actividad académica, darle sentido a la faena universitaria. Apostar por el movimiento intelectual. Por ello, la tarea  complementaria de los maestros es apuntar a actualizar las potencialidades latentes, hacer patente lo latente en el estudiante. Develar su talento, descubrir su brillo, contagiar la pasión, vibrar académicamente. Todo escenario es oportunidad para la educación; ya en un texto de Dilthey (1954) se hablaba de “la tierra como la morada educativa de la humanidad” (p. 45).

En suma, lo anteriormente manifestado es una consideración sobre lo notado en el estudiante de la actualidad, más que un estudiante concreto, es desenmascarada una actitud que pudiera estar en todos nosotros, en nuestro modo de ser estudiantes. Además, es oportuno aclarar que este planteamiento no anula otras aproximaciones y apreciaciones sobre el asunto discutido; por ello, se cree necesario complementar lo expuesto con otra clase de indagaciones, con la finalidad de notificar, concientizar y, por qué no, intentar reformar esta importante cuestión.


Giuliano P. Milla Segovia