El archivo histórico mundial

La historia ha sido entendida y comprendida desde los estudios académicos, los estudios académicos, a su vez, desde hace siglos han estado definidos por los cánones y parámetros occidentales -entendido a occidente no como una región del mundo estrictamente territorial- sino como una forma de entender a esas sociedades regidas por una forma de pensamiento que se declara como universal, una hegemonía intelectual que no acepta interpretaciones alternas y que por ende se impone como hegemónica. La historia a su vez varía dependiendo de la forma y el sujeto por el que es contada. Al sujeto lo comprenderemos como un ente expansivo, es decir, desde una persona en la que se centralice el poder, hasta un propio Estado o sistema regido por un conjunto de partes vinculadas, pero que funcionan bajo una misma lógica, es decir con un interés común, de esta forma se puede decir que la historia y la forma en que se cuenta, en la actualidad tiene más que ver con el discurso que con una realidad objetiva y esto se debe a que quienes cuentan con el monopolio del discurso y por ende, con el monopolio de los medios de producción y reproducción ideológica, obedecen y responden a sus propios intereses, los cuales solo pueden ser logrados mediante la propagación de cierta versión histórica que legitime a estos grupos poseedores de estos intereses, o por el contrario, deslegitime a los grupos opositores del sistema.

La historia está cargada de una comprensión y entendimiento establecido desde los círculos con poder, sin embargo, el poder al ser ambulatorio, o en otras palabras, al estar en movimiento debido a la inherente tensión que existe entre los grupos dominadores y los grupos dominados, ha sido detentado por diferentes grupos a través del tiempo, esto desemboca en que las versiones de un hecho histórico cambien dependiendo del momento histórico y del sujeto histórico, pues al final de todo, la narrativa “oficialista” de la historia se escribe desde esos que resultaron los vencedores de un periodo de tensión y distensión social, esto quiere decir, que la narrativa histórica está infestada de discurso político y por ende, con una visión parcial del suceso.

El problema histórico radica en que quienes son estudiosos y testigos del fenómeno, son sujetos cargados de contexto, es decir, de una inclinación política, historia de vida, momentos traumáticos, áreas de especialización, religión, etcétera, de una cultura e ideología que lo hace estar predispuesto a ciertos juicios de valor y que a su vez predispone al sujeto a llegar a una conclusión por cierto camino y no a otras posibles más, una negación de realidades más allá de la realidad hegemónica, es por eso que la historia se reconstruye, interpreta y reinterpreta tantas veces, pues el poder no es un ente estático, y la ideología es reproducida en el inconsciente social e individual de distintas formas dependiendo del sistema que impere y las demandas que este haga para sobrevivir.

A pesar de lo anterior es necesario mencionar que debido a la formación personal de cada ser, es casi imposible poder hacer una análisis plenamente consciente y objetivo de un suceso histórico, esto se debe a que el ser humano, en mayor o menor medida, está inconscientemente en la persecución de realidades que lo justifiquen como ser y como existencia en este plano de la realidad, por lo que siempre existirá en sus juicios de valor, subjetividad que inclinará el análisis hacía alguna creencia o preferencia oculta en el inconsciente o exteriorizada en el lenguaje. Sin embargo, lo que sí es posible es reducir esa subjetividad mediante la concientización de que la realidad que comprendemos como nuestra está cargada de ideología y que nosotros mismos al ser parte de esa realidad, somos seres ideologizados y que, por tanto, las versiones históricas que emanen de los estudios, serán versiones que en cierta medida estarán cargadas de ideología. A pesar de este nivel de consciencia, la trampa del contexto e ideología radica en su poder de presencia hasta en el presente, es decir, hasta en el consciente de la presencia ideológica.

Un estudio puro de la historia es casi imposible de realizar, no obstante, el arte podría ser el registro histórico más noble de esta misma, pues a pesar de que en muchas ocasiones es ignorante de su carga ideológica, el arte termina por ser un registro del acontecer en un contexto que es retratado a través de las diversas formas de arte, es decir, un retrato del tiempo en un estado de ideología al desnudo, pues el arte no oficial -ese arte que se hace desde la subjetividad de lo cotidiano, y no desde el encargo del aparato estatal al que el arte en diversas ocasiones se subordina y el mensaje trasgresor se debe ocultar en los símbolos- difiere enormemente de los medios de comunicación masivos y de la propia academia, ambos supeditados a la reproducción de una ideología que se enmascara como crítica sistémica, cuando en realidad no es más que una de las tantas caras del sistema hegemónico.

¿Entonces en qué difiere? El arte, al ser creado desde la subjetividad del ser, no está sujeto al aparato de dominación, por ende, es una expresión más libre de la realidad, que, a pesar de ser una expresión ideológica, es un retrato fidedigno y no retocado de esta misma, es decir, la ideología se muestra al desnudo y no embellecida por el discurso.

La literatura, en este sentido, es el registro escrito, artístico y temporal de un momento histórico y es que, a pesar de las preferencias personales del autor de una obra, esta no deja de contener en su interior escenas que reflejan rostros de la época, que definieron el acontecer de una región y que se enmarcaron en el acontecer mundial. De esta forma podemos decir que la literatura es la expresión narrada de un periodo de tiempo y que esta, además de ser utilizada como justificadora o retadora del sistema dominante, resulta ser primero un objeto de estudio que es analizado desde su contenido estético, para después pasar a cuestiones secundarias como lo es su contenido político, no porque el contenido político no sea importante por sí solo, sino que la literatura, al ser parte fundacional del arte, debe ser analizada primero como arte y después como crítica, sin embargo, este orden no es excluyente.

Finalmente, la literatura puede ser de gran utilidad en cuanto al estudio de historia y sociedades se refiere, pues la literatura, al no ser reproducida desde círculos académicos, agrega al evento ya tantas veces analizado desde perspectivas tradicionales, cuestiones que estas mismas perspectivas invisibilizan debido a su naturaleza académica. La literatura, al ser hecha desde un sujeto y ser narrado en todo momento con una voz que apela irremediablemente al “yo”, da una cercanía con el fenómeno histórico que la academia está imposibilitada de dar debido a su naturaleza objetiva y lejana, mientras que la literatura, plantea una relación entre el hecho traído desde el pasado y un lector que se enfrasca en la propia experiencia histórica.

¿Qué mejor forma de conocer a la precariedad social de la Rusia zarista sino a través de Dostoievski o Chéjov? ¿Qué mejor forma de abordar la turbulenta realidad de América Latina a mediados del siglo pasado sino a través de los escritores del Boom latinoamericano? Las corrientes literarias son un reflejo de un acontecer espacio-temporal que posibilitan la existencia de esas voces comunes y distantes y que le dan a la historia una identidad, las corrientes a su vez, son una denuncia implícita a los problemas sociales, económicos políticos y filosóficos de la época desde la que escribieron y escriben sus autores, la literatura, finalmente, es un registro no oficial de la historia y paradójicamente, es de esa falta de oficialidad desde la cual radica su universalidad.


José Daniel Arias Torres.