Cuidados en Latinoamérica

Hace poco fui a comer a casa de unos amigos recién casados. Estabas discutiendo cuál era la tarea del hogar más despreciable (debatiendo entre el lavar trastes y el trapear), cuando ella recordó entre risas sus pláticas prenupciales. “Todo iba muy bien hasta que nos preguntaron, con mucha seriedad, ¿qué tarea crees que tu nuevo esposo definitivamente no te va a ayudar a hacer?” 

Yo no termino de saber si el lenguaje forma la realidad o es sólo un reflejo de ella, pero algo nos dice el hecho de que los hombres sólo ayuden a las mujeres en la casa, mientras que ellas realizan tres cuartas partes de estas labores en el mundo (OIT, 2018). 

Estas tareas que nos resultan tan cercanas y familiares, tan aparentemente alejadas de la política, son conocidas como trabajos de cuidado. Son las actividades que se realizan para satisfacer necesidades dentro del hogar de personas que dependen de quien realiza estas actividades (como niños, adultos mayores que no pueden hacerlas por sí mismos, o personas con enfermedades o discapacidades (INMujeres, 2012)). Algunas son directas, como bañar, vestir, alimentar, o llevar a lugares como la escuela y el doctor. Otras son indirectas, como limpiar el hogar donde vive la persona que se está cuidando o preparar los alimentos. Inclusive pasar tiempo acompañando a una persona que tiene una limitación se considera dentro de estas labores, y es aquí donde la cosa se torna complicada.

En muchas ocasiones, estas labores no son remuneradas. Uno no esperaría que se le pague a una madre por cocinar para su familia, a una hermana mayor por cambiar a su hermanito o a una nieta por hacerle compañía a su abuela. Entonces, ¿por qué sí pagamos a una cocinera, a una niñera, a una enfermera? Si la labor, la actividad es la misma. La respuesta tal vez sea el cariño y la relación que se tiene con la persona cuidada. Al fin y al cabo, hacemos estas cosas por amor. 

Alejandra Eme Vázquez explora estas cuestiones en su libro Su cuerpo dejarán, (Enjambre Literario/El periódico de las señoras, 2019), a la vez que narra su experiencia cuidando a su abuela en su hogar. Trata las diferentes aristas del trabajo de cuidados, como el problema de que al ser los cuidados relegados al espacio íntimo, no son considerados dentro de las políticas públicas. Habla también de la vejez, lo que implica haber cuidado toda la vida y que ahora sea una quien tenga que ser cuidada y el asunto de que quién cuida al cuidador (me hace recordar un episodio del Laboratorio de Dexter, donde la mamá tiene fiebre y Dexter, molesto, dice “Las mamás no se enferman, cuidan a los enfermos.”). Problematiza, a la vez, la precariedad que este trabajo implica (y que muchos otros trabajos presentan cada vez con mayor frecuencia). ¿Qué condiciones son necesarias para que un trabajo se considere tal? ¿Un horario fijo y delimitado? ¿Una remuneración segura y previamente acordada? ¿Días de descanso, horario de descanso, vacaciones pagadas? ¿Un contrato? ¿Un sindicato? ¿Poder reconocer cuándo se está trabajando y cuándo no?

Esto, particularmente, me llama mucho la atención. Un trabajo de cuidados no remunerado no termina nunca, siempre se está haciendo. Inclusive cuando la madre va a trabajar, dejando a los hijos en la escuela, debe estar al pendiente de que no la llamen por si algo les pasa. ¿Cuántas veces no gritamos, lloramos en la noche pidiendo que nos fueran a consolar ante una pesadilla? Nuestras madres o padres no tenían descanso. Aún en los trabajos de cuidado que sí son remunerados, los horarios llegan a ser indefinidos o fuera de lo que una jornada de trabajo debería ser por ley: empleadas del hogar que trabajan desde el desayuno hasta la cena, o esa escena en la película Roma en la que, llegando de las vacaciones, el niño le pide a Clío un licuado de plátano. Y Clío, ¿cuándo descansa? 

Otro punto que resulta fundamental en esta cuestión es que, como se comentó previamente, el hecho de que la responsabilidad del trabajo de cuidado sea asignada a la intimidad de la familia le ha permitido a los gobiernos lavarse las manos, todo bajo el designio de que es un trabajo de amor y por amor la familia debe cuidar. No quiero decir que se requieran guarderías, asilos, casas para enfermos (no creo que la forma de manejar el asunto sea meter a todas las personas que requieran cuidados a un asilo). Sin embargo, definitivamente no se debería poder ignorar una característica de la vida de 52% de los hogares que son los que, por lo menos en México, tienen a alguien que requiere cuidados (INMujeres, 2012), característica que limita la vida de las personas en diferentes aspectos. 

Uno de esos aspectos, pero no el único, es el económico, ya que al ser responsables del cuidado de otros de forma a veces obligatoria les provoca limitaciones para incorporarse a la vida laboral. Esto se traduce en que la tasa de participación económica femenina sea de un 43.5%, mientras que la masculina es del 77.5% (datos del 2012 en México, INMujeres). Inclusive estando laborando, se estima que las condiciones son distintas, teniendo ellas jornadas parciales e ingresos menores, que muchas veces están relacionados al hecho de que deben cuidar de alguien más. 

Más aún, esto se intensifica en los sectores más pobres de la población, ya que se estima que a nivel global son las mujeres de menor nivel educativo y residentes en zonas rurales las que más dedican a cuidar de otras personas (OIT, 2018).

Todo esto nos resultará familiar, conocido, doméstico. Claro, sucede dentro de nuestras casas, casi todos lo hemos visto en algún punto y muchos y muchas lo hemos vivido en carne propia. ¿Por qué sería, entonces, necesario hablar de ello? ¿Para qué escribir libros y hacer estudios de algo que nos resulta tan familia? Creo que la razón por la que este tema ha tenido tantos espacios y voces recientemente es porque, como sociedad, logramos cada vez más visualizar lo mucho que nos limita el no reconocer esta labores como lo que son, un trabajo, con todo lo que eso implica. Y visualizarlo no sólo es exigir su reconocimiento (como sería regalar flores en día de las madres), sino sentar las bases para exigir mejores condiciones de trabajo para quienes a eso se dedican. Por decirlo de otra forma, sencillamente porque lo personal es político, y no podemos seguir ignorándolo. 

Por cierto, la tarea con la que mi amiga creía que su esposo no la iba a ayudar en la casa era a lavar los trastes. Ahí puedo estar de acuerdo con él. 


Fernanda Hernández