Alberto presidente y el reverdecer de los antagonismos: Del momento político a la disputa simbólica*

El pulso de este 2019 estuvo signado por una nota distintiva; lo inesperado. El 18 de mayo, en un escenario de incertidumbre política propiciado por la fragmentación del peronismo, el país amaneció con una noticia que reconfiguraría por completo el tablero nacional; Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner integrarían una fórmula presidencial para enfrentar al oficialismo en octubre. Pocos meses después, los resultados de las elecciones primarias superaban ampliamente los pronósticos más optimistas otorgando al Frente de Todos una ventaja de 16 puntos sobre Juntos por el Cambio, la alianza encabezada por Mauricio Macri. En un clima de algarabía peronista, kirchnerista y popular, y luego de haber sepultado todos los elogios ofrendados a la maquinaria comunicacional del PRO, los comicios del 27 de octubre exhibieron una sorpresiva remontada de la fórmula oficialista, que logró alcanzar un 40% de los votos, acortando así la diferencia  a la mitad.

Detenerse en el carácter inesperado de estos sucesos habilita, además de la indagación en sus implicancias o consecuencias, la pregunta por aquello que no ha sido posible prever. La complejidad de la dinámica social y política conduce a que aquellos factores que rehúyen al análisis sean por lo general las piezas cuya ausencia obstruye posteriormente la comprensión cabal de los fenómenos –fijándonos así en la incapacidad de abordarlos adecuadamente y, en el mejor de los casos, anticiparnos a ellos-. Lejos de aspirar a ofrecer respuestas certeras y acabadas al respecto, sí resulta posible en cambio apuntar algunos elementos que contribuyan a alumbrar lo que parece haber irrumpido desde ciertas profundidades a priori fuera del alcance del ojo analítico. Son estos hilos subterráneos los que, anudándose con las lecturas sobre los distintos aspectos de la coyuntura, permiten delinear algunas claves de los desafíos que deberá enfrentar la gestión de Alberto Fernández.

La fórmula presidencial y la reposición de la política

Jaques Rancière sostiene que un momento político ocurre cuando “una fuerza es capaz de actualizar la imaginación de la comunidad que está comprometida allí y de oponerle otra configuración de la relación de cada uno con todos”, es “el impulso que desencadena o desvía un movimiento” [1]. De modo análogo, la noción de acontecimiento de Alain Badiou refiere también a la discontinuidad, al quiebre de lo dado, a lo que irrumpe habilitando la posibilidad de lo nuevo, de descubrir lo imposible como posible.

El video que inundó las pantallas de los argentinos y las argentinas la mañana del 18 de mayo anunciando que Cristina Fernández de Kirchner acompañaría como vicepresidenta a Alberto Fernández en la contienda electoral de octubre, fue un auténtico momento político que provocó un sismo en la escena nacional. Quebrando la lógica inercial imperante, este gesto logró abrir una grieta en el dique de lo esperable y hacer lugar a desenlaces no previstos.  Pero fundamentalmente, este acontecimiento significaría un retorno de lo político; una reposición de su potencia creativa, de su capacidad de desnaturalizar el tablero de juego, de servirse de lo imprevisible para desafiar las reglas estatuidas y alterar el campo de lo posible.

La primera reacción de muchos –y debo incluirme entre ellos- fue preguntarnos si la decisión alteraba las proyecciones electorales. Es decir, si el movimiento de Cristina (pasar de encabezar la fórmula a integrarla como vice) producía efectos significativos sobre ese tan aclamado “techo bajo”[2] que le cerraba el paso a la Rosada. Lo que no pudimos advertir entonces fue el carácter magistral de la operación; su corrimiento le permitió sortear una disyuntiva que parecía irresoluble, disolviéndola. El peronismo no podía construir una alternativa viable sin Cristina, pero no quería que el rechazo a su figura –virulento en muchos casos, y núcleo esencial del discurso macrista- impactara negativamente en la construcción que pudiera articularse. El problema estaba planteado en términos dicotómicos, y en ambos polos parecía agazaparse la derrota.

Lo inesperado se produce cuando lo que acontece desborda lo percibido como posible. Cristina no solamente desconoció los casilleros en los que se estimaba podía posicionarse, sino que el golpe de efecto que generó su apuesta la colocó una vez más en el centro de la escena; el resto de los actores políticos se vieron obligados a adaptarse a las nuevas circunstancias. La jugada se coronó con la elección de un candidato que encarnaba la posibilidad de una reconciliación. Un hombre del núcleo duro del kirchnerismo que, habiendo abandonado sus filas de un modo duramente crítico, se presentaba capaz de tender puentes entre las “piezas” que debían ser reencastradas y de clausurar un pasado de división para construir un futuro en el que todos tuvieran lugar. Alberto Fernández, animal político, armador e impulsor del proyecto que logró poner de pie a la Argentina del 2001, tenía todos los números en su haber para ser el candidato de la unidad. Afortunadamente para todos y todas, las puertas del bingo supieron abrirse a tiempo.

Los resultados electorales y la esquizofrenia interpretativa

Ninguna encuesta anticipó los 47,78% que obtuvo el Frente de Todos en las elecciones primarias de agosto, y menos aún los escasos 31,79% que cosechó el oficialismo a nivel nacional. Los 16 puntos de diferencia supusieron la materialización de aquello que el 18 de mayo se había trazado como una esperanzadora posibilidad; el tiempo de Macri estaba llegando a su fin. Pero el resultado no vino acompañado solamente de alegría, alivio y celebraciones, sino también de reeditados triunfalismos, renovadas miopías interpretativas y, para no perder la costumbre, oportunismos variopintos.

Luego de padecer, resistir y también de observar y reflexionar críticamente sobre los motivos del triunfo de Mauricio Macri en noviembre de 2015 y sobre los devenires de su gestión, abandonamos sin más el hilo de nuestros razonamientos. En un abrir y cerrar de ojos, el repertorio de investigaciones, pronósticos y valoraciones que se venía sosteniendo respecto la eficacia de la colosal maquinaria comunicacional del PRO, se disolvió en el aire. El huracán de las PASO nos convenció de que lo que ocurrió era en verdad obvio, aunque nadie hubiera podido anticiparse a ello. La “realidad” –el desastre que Cambiemos nos legó-, habría triunfado sobre el amplio abanico de “velos” que intentaban cubrirla.

Además de reponer viejas dicotomías, esta aseveración incurría en una negación peligrosamente irresponsable; si los resultados de las elecciones eran producto del deterioro de las condiciones materiales de los argentinos y argentinas, entonces las decisiones políticas precedentes e incluso las que se tomaran con posterioridad, caían en el saco de la irrelevancia. Proclamar la primacía de la dimensión económica por sobre los elementos “superestructurales” relega la relevancia de la comunicación, pero también la de la política. Y aunque esa fuera la intención, si existiese tal conexión –directa, prístina- entre la validación de los proyectos políticos y la dignidad de la vida, ¿no sería lógico que  ganaran siempre, en todas las latitudes, las alternativas progresistas?

De lo que probablemente haya sido una sobreestimación del alcance de los dispositivos comunicacionales, el Big Data o el marketing político -que conlleva como contracara obligada ciudadanos disminuidos en su capacidad crítica-, nos lanzamos sin escalas a una interpretación en la cual éstos no tienen absolutamente ningún valor explicativo -lo que remite a ciudadanos con características opuestas; impermeables a todo tipo de influencia, seducción o manipulación-. En cualquiera de estas interpretaciones tiene lugar un sobredimensionamiento, un factor es considerado todopoderoso; “la realidad” en su carácter prevalente, “el pueblo” en su sabiduría esencial, o las estrategias comunicacionales en su potencia performativa.

Las elecciones del 27 de octubre, por su parte, volvieron a equilibrar el péndulo. Juntos por el Cambio logró sumar más de 2 millones de votos, alcanzando el 40%; la diferencia cayó de 16 a 8 puntos. Este imprevisto revés de la hipótesis “realidad” nos invita a considerar que quizá sea una buena ocasión para retomar (no tan) viejos apuntes y ecualizar nuestras consideraciones respecto de la complejidad del vínculo existente entre las condiciones materiales y la dimensión simbólica.

El macrismo en la era del reverdecer antagonista

En El retorno de lo político, Chantal Mouffe plantea que en toda sociedad late una negatividad radical, una división que es constitutiva y que por tanto no es susceptible de ser erradicada. Asumiendo que las democracias contemporáneas deben encauzar esta fractura esencial dentro de los márgenes de ciertos consensos y valores básicos que posibiliten la convivencia humana, Mouffe propone que la conformación de las identidades colectivas adopte una lógica agonística, y no antagónica.

Si todo cierre identitario presupone un exterior, es decir, un “ellos” que no queda comprendido dentro del “nosotros”, entonces el objetivo es que no exista entre ambos un vínculo de enemigos, sino de  “adversarios políticos”. En este sentido, la filósofa y politóloga belga sostendrá que “el objetivo de una política democrática no reside en eliminar las pasiones ni en relegarlas a la esfera privada, sino en movilizarlas y ponerlas en escena de acuerdo con los dispositivos agonísticos que favorecen el respeto del pluralismo”[3].

Ahora bien, ¿qué pasa cuando los valores ético políticos que sustentan la vida democrática comienzan a resquebrajarse? ¿Con qué herramientas contamos para afrontar la radicalización de los discursos de nuestros adversarios y la deslegitimación de las instituciones destinadas a regular la convivencia social? Es que el ascenso de las “nuevas derechas”[4] a nivel global, del lawfare y del retorno de los golpes de Estado a la región, marca un tiempo singular que podríamos caracterizar como el del reverdecimiento de los antagonismos. Naturalmente, la forma que adopta la erupción de este núcleo conflictivo y el impacto que genera sobre el entramado político institucional, dependen de cada caso.

Martín Rodríguez y Pablo Touzón  comienzan su libro La grieta desnuda, asegurando que lo único que el macrismo promete y cumple es el mandato de hacer “anti kirchnerismo”. Desde el punto de vista de los autores, “el de Cambiemos se trata del primer gobierno que se explica en la desigualdad. Nace para sostenerla”[5]. Del mismo modo, en un artículo publicado en la Revista Anfibia, el sociólogo y antropólogo Pablo Semán sostiene que el macrismo supuso “la renovación del más antiguo resentimiento anti-igualitario”[6]. Sus interlocutores, “los herederos multiplicados y silvestres del thatcherismo” son quienes, en el mapa de las sociedades rotas que exhibe América Latina, se hacen eco de los discursos de odio que alimentan el paradigma de la meritocracia y el rechazo a los sectores subalternos de la sociedad.

Si éste ha sido el eje sobre el que se ha vertebrado la identidad macrista, la intención de erosionar uno de los pilares de la democracia contemporánea, y quizá el talón de Aquiles de los regímenes latinoamericanos, resulta manifiesta. Pero ¿cómo es posible que proyectos anti-igualitarios construyan mayorías electorales que los validen? Para abordar este interrogante es preciso advertir, como bien señala el joven periodista Juan Elman en un artículo publicado en Cenital, que el caballito de batalla de las derechas es cultural antes que económico[7]. Si lo que estas alternativas ofrecen no es un mejoramiento de la calidad de vida de los y las ciudadanas –y para ratificarlo en el caso argentino, basta darse una vuelta por los números del legado macrista[8]-, es claro que el éxito de la interpelación se cocina en otro plano.

Aquí es donde resulta interesante observar cómo se conforman y confrontan las identidades colectivas. Martín Plot expone en su artículo “La matriz de sentido” que desde sus inicios Cambiemos sostuvo un discurso descalificador del adversario político cuyas formulaciones han ido radicalizándose, construyendo un kirchnerismo corrupto, anti-republicano, inmoral y delincuente. El autor considera que si bien esta configuración no se ha mostrado eficaz para que revalidara su mandato, sí le ha permitido obtener el 40% de los votos, por lo que “promete permanecer vigente como discurso social y disponible para futuras reactivaciones”[9]. Noelia Barral Grigera, delineando las coordenadas de lo que será el panorama político venidero, advierte que Mauricio Macri, envalentonado por su épica remontada, no integrará el grupo de quienes, dentro de Juntos por el Cambio, aspiran a construir una oposición dialoguista y conciliadora[10]. Evidencia de ello es la voluntad de Macri que sea Patricia Bullrich quien lo suceda en la conducción del partido[11], lo que supone un recrudecimiento del discurso hacia el peronismo y un repliegue sobre su liderazgo.

Pinceladas finales

Ni el macrismo es todopoderoso por sus recursos propagandísticos, ni la realidad se impone triunfal sobre las construcciones de sentido que se tejen en torno a ella. Para bien o para mal –según las circunstancias-, nada es “irreversible”.  El carácter precario y contingente de cualquier cristalización política es lo que devela su fragilidad, e impone un compromiso y una responsabilidad incesantes. La conciencia, como las conquistas democráticas, no se blinda frente a los embates del devenir, las disputas por el poder, o las formas que adoptan los conflictos sociales.

El 40% que obtuvo Juntos por el Cambio, y lo que parece ser una agudización de la confrontación con un “ellos” ahora gobernante, debe encender una luz de alarma respecto de los campos que no podemos desatender. Es claro que la identidad macrista no posee un anclaje programático ni se cimenta sobre resultados de gestión. La fortaleza de su discurso, lo que permite aglutinar a quienes se identifican con él o eligen llevar su boleta a la urna, se encuentra en la dimensión cultural, retórica, en el oxígeno que le propinan a los tradicionales antagonismos nacionales y en la eficacia con la que construyen nuevos.

En un contexto en el cual la radicalización de las identidades colectivas comienza a resquebrajar los consensos mínimos sobre los que descansa la democracia, resulta imprescindible que tengamos la lucidez y la voluntad de no ahogarnos en falsas dicotomías que sólo nos conducen a un enfrentamiento estéril. La contraposición entre condiciones materiales y cultura, entre economía y big data, entre intelectuales y militantes territoriales nos impide aunar esfuerzos para pensar, resistir y superar el embate de quienes pretenden vaciar y neutralizar los instrumentos de los que disponemos para defender la dignidad de la vida.

Lo que está en juego en nuestro país, en la región y en el mundo, es muy valioso como para que nos demos el lujo de no estar a la altura.


[1] Jaques Rancière, Momentos Políticos, Buenos Aires, Capital Intelectual, p. 11.

[2] Respecto de las expresiones “piso alto” y el “techo bajo” con las que se describía la proyección electoral de Cristina Fernández de Kirchner, ver: http://www.panamarevista.com/entre-pisos-y-techos/

[3] Chantal Mouffe, El retorno de lo político, Paidós, Barcelona, p. 14.

[4] Sobre de la caracterización de estas fuerzas políticas, abordó alguna claves para el debate en: https://latrivial.org/nuevas-izquierdas-para-nuevas-derechas/

[5] Martín Rodríguez y Pablo Touzón, La grieta desnuda, Capital Intelectual, Buenos Aires, p.12.

[6] Ver en: https://revistaanfibia.com/ensayo/el-desafio-de-gobernar-una-sociedad-rota/

[7] Ver en: https://www.cenital.com/2019/10/14/espert-y-gomez-centurion-es-la-cultura–estupido/64308

[8] Ver en: https://www.pagina12.com.ar/231430-ocho-puntos-de-la-devastacion-economica-de-macri

[9] Ver en: http://revistabordes.com.ar/la-matriz-de-sentido/

[10] Ver en: https://www.cenital.com/2019/10/21/gano-macri–perdio-cambiemos/64346

[11] Ver en: https://www.cenital.com/2019/11/05/mauricio-es-macri/64407 y https://www.pagina12.com.ar/237202-bullrich-pidio-toneladas-de-piedras-contra-la-ley-de-emergen


Giuliana Mezza.