Sur con Borges

Rolando Loncon


Hay días que son iguales a todos los días, pero también hay días de días. Jornadas que te ponen de cabeza, hacen cuestionar toda tu existencia y terminan modificando tu destino y el destino de los hombres sobre la tierra. A veces puede ser un conjunto de horas en las que suceden eventos insospechados. En otras –las menos- puede que un sólo acto repercuta en el devenir de tu historia. No sé muy bien en qué categoría agrupar la experiencia que narraré a continuación, dejaré al lector el juicio último de tal encrucijada.

Según supe o vi, el tema fue el siguiente: estaba de estudiante en la facultad de humanidades. Más bien en las afueras del edificio ya que en su interior no había nada atractivo. Era uno de esos días en que vale la pena vivir en el sur.

Me encontraba deambulando por los prados o jardines de la universidad (eso que solíamos llamar: “los Pastos”) cuando de improvisto, me encuentro –o aparezco- en medio de una ceremonia oficial de la casa de estudios. El tema central era la literatura latinoamericana y un académico de fama poco ponderada exponía sobre la literatura del siglo XX y el Boom. No era la primera vez que lo escuchaba, y solía decir siempre lo mismo, una verdadera lata. Ya me iba a marchar cuando mencionó a Borges, lo que definitivamente era algo nuevo en su exposición. Terminó la clase magistral -que es mucho decir- y se invitó al público a un coctel para comentar los temas abordados.

La economía de guerra marcaba rigurosamente mi desempeño académico durante esos años y había desarrollado en mi un instinto de supervivencia al que sumaba cierta fortuna. Eso me permitía manejarme con cierta destreza en eventos y reuniones donde hubieran libaciones y degustaciones.

En aquella oportunidad hice alarde de mi eterno instinto de supervivencia  y me deslicé entre bandejas y mesas intentando lograr el mejor botín. No despreciaba jugos naturales ni aguas minerales, todo me parecía de buen gusto; “a la altura de los países bajos”. Cuando estaba en el más plácido deleite y goce, atracalándome los “petit bouche” noté a mi lado -digamos a unos dos metros-  la presencia de un anciano bien plantado y emperifollado al mejor estilo “vigesimónico”. No le di mayor atención, ya que me pareció, si bien extravagante, un señor poco importante.

Algo de aquel caballero me dejo intrigado y decidí volver a mirarlo, notando cierta semejanza con Jorge Luis Borges, en seguida distinguí que se apoyaba en un bastón y que la expresión de su rostro denotaba esa incertidumbre que poseen los ciegos al intentar percibir y comprender lo que está pasando en torno suyo sin poder verlo. Tenía incluso esa mueca de la risita tonta y lastimosa que el gran creador había hecho suya. No había dudas, se trataba de Jorge Luis Borges.

Debía comprobarlo. Dejé todo a un lado e intente aproximarme. Me crucé frente a él cómo si no supiera de quien se trataba, intentando entorpecerle la visual para medir sus reacciones. Confirmé que en realidad era ciego y por lo tanto podría tratarse de él. Me acerque tocándole suavemente el brazo al tiempo que le salude diciendo;

-Buenas tardes señor ¿cómo va?

-Hola, ¿qué tal, ¿cómo andás?

Es argentino, otro detalle importante, -pensé- le acerqué la mano al notar que hizo el ademán de saludo. Noté que su mano estaba bastante helada y huesuda, aunque firme, de seguro por el rigor de la escritura.

-¡Qué cosa maravillosa esto de encontrármelo por acá don!

-Ah, mirá, vós che, no sabía que me conocían por estos pagos.

-¿Y cómo no?, si su obra, la que algunos le dicen “Alef”, es todo un hito, ¿no escucho al Académico como lo alababa? Su obra es tan famosa que la regalaban al comprar la revista Ercilla.  Es una revista de circulación quincenal que llega de norte a sur y que el régimen autorizaba por allá por los ochenta. Cuando el escritor escuchó las palabras sur y régimen, un adem´qn casi melancólico pero lastimoso se dibujó en su rostro.

Por un momento caí en la cuenta que todo era muy confuso. A saber: yo estudié en los noventa, Borges vino a Chile para recibir un premio de una casa de estudios y a saludar a Pinochet en los ochenta, la Revista Ercilla circulaba por esos años y las ponencias del académico literario habían partido por los noventa. No podría establecer en qué época precisa me encontraba. Con el escritor no hablamos de mucho más, creo que le pregunté si seguía escribiendo:

-Con esto de la ceguera es difícil ¿vio? -fue su respuesta

-Pero he sabido que ¿lo de la ceguera ya tiene varios años?

-Y sí, pero, había comenzado de a poco, ahora me pegó fuerte, ya ni las sombras distingo.

-¿No faltarán secretarias o secretarios para agenciarse por esos lados del puerto?

-Y, más vale, se rió como si recordara una anécdota.

Quise saber por cuantos días iba a estar en la ciudad, a lo que respondió con seguridad: “una semana”. Al parecer, quería recorrer la biblioteca, el periódico local y visitar a unas machis, para comparar sus conocimientos antropológicos y arqueológicos sobre esta parte de la tierra, si el tiempo lo permitía intentaría ver a un amigo. Después hizo una mueca como de sentirse incomodo o aburrido, -lo que percibí como una señal para mandarme a cambiar-. Lo dejé, me despedí como debía despedirse a una figura tan importante de la cultura universal, y me fui a otro lado del hall, a juntarme con unos compadres. No sería la única vez que me lo encontraría.

Sobre el fin de la velada no tengo certeza pero la tarde -y los pastos- invitaban a improvisar un encuentro al aire libre. En esos años solíamos juntarnos en los pastos a beber cerveza y a fumar marihuana –si se daba la oportunidad- y nos manteníamos abiertos a la posibilidad de poder continuar las tertulia en otro lado, casa, depa, o pieza de algún amigo.

Por circunstancias que solo el destino sabe, esa noche me ví envuelto en una discusión filosófica o ideológica con algunos estudiantes de sociología; que Hegel, Heráclito, Demócrito, Marx, Nietzsche, Maturana o Mario Bunge, en fin. Con una de ellos, -la que persistió con énfasis en la discusión- quedamos de alargar el diálogo en otra oportunidad. Pero el maldito destino quiso que esa oportunidad y ese lugar fuera dos horas después y nada menos que en su casa.

Ella era hija de un decano de la universidad donde estudiábamos y por lo tanto, poseía cierto abolengo. Cruzamos el sector poniente de la ciudad en dirección a las terrazas fluviales y llegamos a su casa. Vivía sola y no le escaseaban los lujos, era toda una pequeñoburguesa. A pesar de eso, era bastante relajada y sencilla y no hacía alarde de sus bienes y pertenencias.

Como representante de la comisión, organice comprar un chimbombo y unas cervezas, -nuestra raquítica condición no nos daba para más- pasamos a una botillería de mala muerte a agenciarnos los vituperios y enfilamos a casa de nuestra amiga. Al son de guitarras, vino barato y marihuana prensada quisimos retomar la discusión, pero fue en vano, el nivel de jolgorio era abrupto y nos envolvió con la noche que ya caía pesadamente. No faltó espacio para la conversa amena, el chiste o el bailoteo y a pesar de que había pocas féminas, yo me aseguré con la dueña de casa que al parecer quería profundizar la discusión a solas.

Me llevo hasta el pasillo que daba a las habitaciones y comenzó a acercárseme susurrando cosas y abriendo la puerta me tiró bruscamente –para mi gusto- al interior de su dormitorio. Iba a cerrar la puerta, cuando sonaron varios golpes desde la puerta principal. Ella como buena anfitriona se incorporó reaccionando ante la alarma. Pasó frente al espejo se peinó y acomodo el aspecto y fue a abrir la puerta:

-Buenas noches.

-¿Ésta será la casa de don Clodomiro Lopetegui?

-Precisamente, ésta es, pero él no se encuentra; ¿quién lo busca?

-Dígale que Borges está preguntando por él.

-Bucha tío, mi papá es a quien usted busca, pero no se encuentra porque se fue al patio de los callados, ve que no era inmortal como sus personajes. No sé, si ella advirtió la visita, lo había visto o estaba acostumbrada a este tipo de personajes en su casa, el hecho que Borges llamara a su puerta le pareció de lo más natural.

-No, ¿pero cómo che!?, si era tan joven el pibe, y que le pasó?

-Saliendo apurado de la facultad, al cruzar la calle, un motociclista más apurado que él se lo llevó por delante, ya van a ser 3 años.

-Andá, es una lástima, ¿no? qué pena, y bueno…yo venía a verlo y le traía un regalito, una botella de ginebra del puerto, esta marca era su preferida.

-Gracias, pero tío, pase más adelante, justo estamos con unos amigos y compañeros en una tertulia académica, usted podría elevarle el nivel al ambiente. Disculpe el desorden, pero no he tenido tiempo de arreglar todo esto.

-Está bien no te preocupés, no veo nada, asi que ni lo noto. Con el desorden pasa igual que con los borradores, ¿viste?: todo desprolijo, pero muy necesarios, ya después se va puliendo todo, despejando dudas e incertidumbres llegando al documento definitivo.

-Chucha, este Borges me sale hasta en la sopa.

Me acomodé la ropa, el pantalón y en el espejo me amononé la pinta, me olí las manos para no tener fragancias indeseables y me fui hasta el living a compartir con el ciego.

-¿Cómo va, don Funes?, lo salude estrechando su mano que ya ofrecía ingenuamente.

-che tu voz me suena conocida, ¿ya viste lo de Funes?, pero que bien, entonces podremos charlar muy cómodos, “a falta de un viejo amigo, buenos son los jóvenes dispersos pero alegres”, -se rió a solas como si se hubiese tratado de un gran chiste-.

La anfitriona le acomodo en un sillón que presidía el salón y el antes de sentarse extrajo de sus ropas un envoltorio que aparentaba ser una botella de algo.

–Servíle a los pibes, así brindamos a la salud de Clodomiro.

Noté que al moverse sus ropas se sacudieron y dejaron caer polvo o restos de polvos. Extrañamente imagine que podría tratarse de la sustancia que llamaban rapé y que se inhalaba directamente, una costumbre muy extendida en el viejo mundo. Costumbre más decimonónica que actual, pero el viejo era pegado en lo clásico y lo europeo, asi que calzaba perfectamente. La suposición la confirmaría después, ya que el viejo, sorbeteaba con las narices, haciendo ruidos con la frecuencia de tics nerviosos.

En esa época no había la famosa ley del tabaco y se podía fumar en cualquier lugar, algunos amigos fumaban cigarros y otros fumaban marihuana prensada, otros se sacaban unos cogollos y fumaban con deleite y placer de trabajadores en día de pago. La música bajó su intensidad y los ánimos se calmaron. La botella de ginebra corrió de mano en mano, aunque a Borges le ofrecieron en un diminuto vaso, -yo para no ser menos, pedí uno también-, el alboroto de la juerga dio espacio a la conversación amena y la reflexión, en eso a uno de los contertulios se le ocurrió ir por una guitarra y sacarle algunas notas para escuchar otra música o cantar. Una vihuela –exclamó el visitante, por qué no, ya era tiempo de escuchar música de este lado de los andes.

Como a esa hora ya era un encuentro binacional, los músicos entonaron canciones de Violeta Parra y unas musicalizaciones de poemas de Neruda. El viejo y meneaba la cabeza siguiendo el compás.

-A mí también me gustaría tocar algo, dijo y estiró sus brazos en ademán de recibir el instrumento de cuerdas.

-Tóme don -le dije al tiempo que le pasaba la guitarra- él, la recibió firme como asegurándose de su estructura y forma, buscando en el mástil los trastes para hacer las notas y armar las melodías.

-No me sé muchas, pero intentaré mantenerme digno por lo menos.

Comenzó con un punteo suave y fue dibujando una serie de armonías entre las que reconocí claramente “la cumparsita” y “siglo XX cambalache”, fue emocionante y entretenido ver a Borges dándole a la vihuela y sacando de ella esas melodías tan agradables.

Luego devolvió la guitarra y un amigo intentó tocar algo de zambas y chacareras, que el escritor disfruto con cierta incomodidad.

-¿He notado que no fuma, pero que no le molesta el humor de lo que circula en el salón?

-No te creás, la verdad es que estaba pensando precisamente en ello.

-¡Que ganas de fumar que me bajaron che!

Entonces de uno de sus bolsillos sacó una bolsita de algodón impecablemente blanca mientras hurgaba por los bolsillos internos de los que extrajo una especie de pipa, que más bien parecía de esas mallas metálicas “tipo inglesas” para tomar infusiones. Puso la bolsa, la pipa y un encendedor tipo zippo en perfecto orden y comenzó a tantear para iniciar un ritual de humo. Tabaco, -pensé, ingenuamente-. Pero el viejo malevo, extrajo de su bolsita unos hermosos cogollitos que incluso dejaron cargada la habitación con aroma a resina de cannabis.

Ahí encontré sentido a esos restos de rape que cayeron de su ropa y a los sonidos que hacía con las narices. Este viejo es terrible de reventado –pensó involuntariamente una parte de mí, mientras la otra parte –que era mayoría- quería probar aquella sustancia tan digna de ser fumada por Borges.

Se notaba que al viejo le gustaba la mandinga, fumaba como el más digno fumador de opio de oriente, como Abenjacán el caudillo -no sé si ese personaje fuera fumador, pero si era de oriente, de seguro que sí-  en fin, uno de esos personajes tantas veces evocados en sus relatos. Fumaba y después de cada inhalación de humo se quedaba tranquilito como tratando de detener el tiempo. Luego, cuando ya no aguantaba la presión, dejaba escapar el humo que soltaba con una extensa bocanada, -¡cómo le gustaba gozar al viejo!- se reía y pasaba la pipa. Cuando llego a mis manos atiné a limpiarme los labios y a saborear esa delicia. De verdad que lo era, podría describirse como ese hachís marroquí, tan famoso en el sur ibérico. Uno fumaba y se volaba rotundamente. Entre humo y risas, el escritor reconoció que el fumar esa sustancia, sumado a las dosis de rapé que se agenciaba de vez en cuando, le habían permitido escribir algunas cosas que publico en el “Aleph” y en “Ficciones”, dos de sus obras que le dieron renombre y prestigio universal. Fumamos varias rondas más y cada tanto nos empinábamos una copita de ginebra para refrescar la garganta. Fue una velada/volada fantástica, que seguro, ni yo mismo creería de no haber estado ahí. Fue lo último que recuerdo, la imagen del viejo yendo y viniendo y deslizándose entre el humo del salón.

Desperté con la sensación de haber dormido años. Abrí los ojos y lo que ellos me dejaron ver pareció muy extraño. No era mi cuarto ni otro en los que haya estado. Al incorporarme sobre los codos vi que un gran espejo dominaba la escena. A su derecha unos estantes con muchos libros. Al intentar averiguar dónde me encontraba noté que estaba desnudo y en una cama que naturalmente no era mía. Por los collares y la decoración del lugar supuse que era el dormitorio de una mujer. Sobre el velador una nota escrita a la rápida que decía: “hay agua caliente en el termo, fue una noche fantástica, nos vemos en la facultad”. Me levanté asustado, apurado y nervioso, busque el baño, di con él y logre mear por un largo rato. Ni siquiera pensé en un café o el termo, no era un hábito en mí el desayuno. Busqué casi adivinando la puerta de salida. Al poner los pies en la vereda, la luz del sol me golpeó como sacudiéndome. Seguía sin saber dónde estaba ni como había llegado ahí. Traté de escuchar el sonido de motores o vehículos con la esperanza de dar con una avenida o calle principal en la cual tomar micro o por lo menos salir caminando.

Di muchas vueltas, escuchaba ruidos, motores y bocinazos, pero nunca pude salir, tuve la sensación de dar vueltas en el mismo lugar como si estuviera en un laberinto; “laberinto” –dije- y seguí dando vueltas. Debí haberme quedado durmiendo un rato más, o por lo menos haber tomado de ese café. Cuando quise regresar a esa casa no logre dar con el camino. Todavía sigo dando vueltas.

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