El forastero

Jorge Eduardo Lacuadra


“Quería soñar un hombre:
quería soñarlo con integridad minuciosa
e imponerlo a la realidad.”
Jorge Luis Borges (1899-1986)

Fui viento, una rosa y tempestad.

Fui el jade sediento en los ojos de una calavera.

Fui la canoa de bambú hiriendo la orilla.

Todo eso fui y ya no soy, las llamas.

He dormido en un lecho de hojarasca,

y escuchado atónito los pájaros de la deshonra.

Me sido tasado y medido por ojos negros

que velaron un sueño de inquieta magia.

Busco y no hallo la doctrina de la contradicción,

la cicuta me quema los párpados entornados.

Mi sueño descarta la multiplicidad del individuo,

y despierto a la febril lucidez del insomnio.

Modelo vapores para formar materiales toscos,

hasta que la luna sangra su disco de oro sobre el rio.

Me purifico entre las aguas frías y salobres,

bajo el ulular de planetas y dioses rutilantes.

Amaso un Adán de sueños y conjuros,

como aquel otro, de rojo polvo, del demiurgo.

Lo sueño con ínfimos detalles de hombre,

no de tigre o caballo, y lo despierto como a un hijo.

Rebusco entre los tizones y le revelo el fuego,

por las tardes de todo un año le ilustro los arcanos.

Corrijo todo lo que señala mi ojo glauco

y con un manso ósculo en las barbas lo despido.

Un hijo ausente es como una vasta noche de silencio,

se convierte en un fantasma de la sangre.

En el minuto postergado frente a un dios de piedra

ejecuto simulacros de ruinas y de círculos.

Un atajo de siglos, el grito de un leopardo,

el santuario rodeado por el fuego, que es un signo.

La mano indecorosa que ya palpa lo ardiente

y se da cuenta, que su carne aún no quema.

Advierto que he soñado, dentro de un sueño de otro,

y ese otro me ha soñado, entraña y rasgo.

Deambulo una vez más los jirones del tiempo

y resucito en el umbral de la noche impostergable.

Fui viento, una rosa y tempestad.

Fui el jade sediento en los ojos de una calavera.

Fui la canoa de bambú hiriendo la orilla.

Todo eso fui y ya no soy, las llamas.

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