Latinoamérica de furia

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


La sociedad latinoamericana se ha despertado, han señalado algunos estudiantes y no les falta razón. Nunca antes se había visto al pueblo organizado levantarse y hacer retroceder frente a las infamias e injusticias de sus gobernantes. Digo nunca antes, pues estas protestas unifican voces y se convierten en un frente mucho más nacionalista de lo que se esperaba. Este sentido de pertenencia, esta apropiación de la ciudadanía, esta re-valorización de la protesta, de la re-vuelta no tiene precedentes en un continente acostumbrado a la subyugación del imperialismo y la alienación de los ciudadanos. La que ha sido calificada como una brisita bolivariana por Diosdado Cabello—antojadiza declaración, dicho sea de paso— no es más que un signo de los tiempos y no debe ser apropiada oportunamente por ningún movimiento o partido político existente. Frente a este despertar, he escuchado y leído el refrán si aún no eres de izquierda, es porque no has abierto los ojos. Esta apertura de ojos, que pareciera siempre cargar con un sesgo moralizador, siempre ha tenido mucho que ver con las consignas que se le atribuyen a los movimientos de izquierda(1). Pero este despertar no carga con colores de ningún tipo, y se ha presentado más que nada como un acontecimiento histórico en nuestra región, una crisis sin parangón.

Quiénes hoy atribuyen a esta crisis generalizada en la región, el fin del neoliberalismo tampoco pecan de ingenuidad. Si bien es cierto que un sistema económico enquistado a través de dictaduras teledirigidas desde Washington no es tan sencillo de derrotar, no podemos ser ajenos a las falencias cada vez más notorias que adolece. Creer que el sistema económico no es un eje a analizar en estos conflictos sociales demostraría una miopía que, en pleno siglo XXI, no podemos avalar. Esta crisis solo se puede resolver con cambios, y no existe una persona que pueda diferir en esto. Aún así, hay quienes sostienen que todo cambio debe hacerse, manteniendo el sistema económico que ya ha demostrado funcionar. Pues si bien se acepta el cambio, se establece una pasividad de acción por parte de nuestros gobernantes. Pese a que los tiempos nos demuestran su necesidad, aún es rechazada la revolución que permitirá la liberación de nuestras sociedades. Pero cada día más, nos damos cuenta que el neoliberalismo no es más que una forma de opresión para los pueblos latinoamericanos, nos damos cuenta que el mito del emprendedor apoyado por la creencia popular de “el pobre es pobre porque quiere” es una de las mentiras más nefastas que hemos escuchado y asimilado en nuestro interior. Desde nuestra infancia somos criados dentro del sistema para apolitizarnos y desentendernos de nuestra realidad. Esta crisis debería acabar con dicho relato, con dicho encantamiento.

Según lo entiendo, las nuevas generaciones latinoamericanas seremos las encargadas de alzar dicha bandera de cambio. Es así que hoy, quizá más que nunca, somos conscientes que la política es también un deber estudiantil, un deber que durante muchos años se nos había enseñado nos era ajeno. ¿Cuántas veces hemos escuchado que el estudiante debe solo estudiar? Debemos defenestrar de nuestras mentes dicho concepto que inocula el concepto de dejar la política para los políticos. Que Latinoamérica hoy se mueva, se debe en parte a este despertar estudiantil.

No creamos que es solo una coincidencia, no creamos que de la noche a la mañana, Latinoamérica amaneció hecha fuego. Desde Chile, Bolivia, Argentina y Ecuador, nos damos cuenta que las batallas eran de largo aliento y no un periódico de ayer. Desde Perú, la crisis generalizada que vive el país tiene un factor muy importante que es el podemos rastrear problemas que, alejados de la capital, son sumamente ignorados y sólo causan revuelo cuando se toman medidas de fuerza. Igualmente los primeros pasos ya se están dando tanto en Colombia, Paraguay o Uruguay, cuyos regímenes si bien no han experimentado un movimiento ciudadano tan fuerte como en los anteriores países, siguen estando a la expectativa de lo que puedan hacer (o no) sus autoridades. No olvidamos aquí las protestas en Nicaragua contra el régimen de Daniel Ortega, en Venezuela contra Nicolás Maduro, en Brasil contra Jair Bolsonaro o en Puerto Rico contra Ricardo Roselló. Estos países han sido cruciales, y no podemos separarlos de este análisis. Sin más, empecemos.

Chile, dueña de su historia

Resulta curioso cómo se ha desarrollado todo en Chile. Lo que hace no mucho era calificado como un verdadero oasis por Sebastián Piñera, ha demostrado ser, en realidad, una bomba de tiempo. No nos es ajeno el movimiento estudiantil chileno que ha liderado las protestas tras el alza del metro. Lo que debió ser tomado con cautela y ser trabajado con los dirigentes estudiantiles, lo que debió ser una muestra de temple por parte del gobierno de Piñera, fue todo lo contrario. Las protestas iniciadas por jóvenes muchachas que irrumpieron en el Metro de Chile fueron cruelmente reprimidas por los carabineros. Sí, es inevitable mencionarlo, fueron las estudiantes quiénes empezaron todo y restarles este protagonismo sería continuar con esa política machista de invisibilización permanente a sus logros. Una vez más, se reafirma aquella frase: la revolución será feminista o no será.

Se ha apuntado además, con cierta ligereza que esto es meramente un exabrupto, un hipo dentro del orden democrático y económico establecido a partir de la dictadura más cruel que vivió Chile. El silencio que estableció Chile desde aquel momento, el silencio que se instaló tras el silenciamiento de la voz de Salvador Allende, esa rabia contenida, esa bomba de tiempo llamada descontento ciudadano acabó explotando tras esa represión. Por primera vez, después de treinta años, Chile recordó que la historia es suya y la hacen los pueblos (2).

Así pues, el descontento ciudadano se encuentra en plena efervescencia. La democracia también consiste en ello, en que el pueblo en su legítimo derecho se rebele contra lo que considera injusto. Es cierto, la desmesura ha guiado en algunos casos aislados la protesta. Es cierto, hay pérdidas materiales lamentables. Pero esto no justifica, ni ahora ni nunca, la reacción violenta de los militares. Quién crea que la violencia desencadenada por los militares es similar a la del movimiento ciudadano se equivoca rotundamente. Esta violencia es unilateral, esta violencia partió del Estado chileno. Entendamos lo siguiente; al pueblo se le defiende y se le gobierna, jamás se le combate. El pueblo chileno es hoy antes que enemigo, víctima de los desmanes de un gobierno neoliberal que no entiende la diferencia entre cómo actúa ante una protesta una democracia y una dictadura, aparentemente. Hoy Chile tendrá en apariencia un gobierno democrático, pero sus actos nos demuestran que Sebastián pudo también llamarse Augusto.

Extraído de la cuenta de José Saldaña Cuba.
Créditos a quién corresponda.

No podemos ser indiferentes, pues, a la reacción desmesurada y criminal por parte de las fuerzas del orden. No podemos darle la espalda solamente porque el discurso del gobernante no puede ser calificado de socialista. Porque sí, existe demasiada parcialidad cuando se trata de criticar cómo se “controla” una revuelta en gobiernos de derecha, parcialidad cada vez más evidente en organismos internacionales como la OEA o el Grupo de Lima.

Piñera calificó, en su momento, la confrontación entre el pueblo y las autoridades como una guerra contra un enemigo muy poderoso. ¿A qué enemigo podría referirse Piñera? ¿al pueblo indignado? Podríamos darle la razón y decir que es una guerra, pero declarada por el gobierno. Y cuando un gobierno declara la guerra a su propio pueblo nos encontramos con el peor escenario posible para la democracia. Frente a esto, se requiere mayor severidad de la que se ha demostrado. Lo de Piñera no solo es lamentable, es criminal. Los toques de queda, además del estado de emergencia que ha permitido la presencia de militares en la zona de conflicto, han condicionado a que Chile hoy se bañe en sangre, sangre ciudadana, sangre revolucionaria, sangre que nunca debió, debe y debería derramarse. Víctor Jara ha vuelto a vivir en estas protestas, como tantos otros cuyas voces las dictaduras se las llevaron.

Créditos: Susana Hidalgo.

Hoy Chile más que un oasis es una realidad. Las voces que hoy se unen al baile de los que sobran, son sin duda, un ejemplo para todos en la región. El reto, más que para un Gobierno deslucido es para una sociedad que deberá renovar a su clase política y replantearse el tono con el cual han estado afrontando ciertas luchas y el porvenir de la sociedad. Es cierto, la lucha no ha acabado, probablemente la militarización de las calles ha sido la peor de las decisiones que pudo tomar Piñera en mucho tiempo y debido a esto, la crisis siga aumentando y descentralizándose. En este aspecto, los medios de comunicación han sido erróneamente tibios al momento de abordar la crisis. Criticar al gobierno de turno, parece, siempre es un error que nadie quiere cometer. No en vano muchos medios de comunicación establecieron su información de acuerdo a lo brindado por fuentes del Gobierno chileno. De acuerdo a mi óptica, desinformar también es ser cómplice del gobierno, también es violencia. Si Latinoamérica hoy es consciente de la magnitud del conflicto en Chile se debe, en gran parte, al accionar valiente de ciudadanos y ciudadanas que expusieron ante redes sociales lo que estaba pasando(3). Así, hoy en Chile, pese a los actos sumamente populistas de Piñera y el cese del toque de queda, pese a los opinólogos que profesan que esto es solo un tropiezo en el camino, el cambio ha iniciado. El temple que dicho cambio deba tener será decidido por el propio pueblo. Aquí surge un gran problema, la falta de un liderazgo claro. Ahora bien, este problema también resulta ser una gran posibilidad. Chile, más que encumbrar a un líder, necesita que el poder del pueblo regrese al pueblo. Tanto Bachelet como Piñera se habían encargado de que dicho poder se quede encerrado en el Palacio de la Moneda. Lo más grave de todo este asunto es cómo seguir a partir de ahora. Subir la intensidad puede ser peligroso, pero bajar la guardia puede ser letal. El modelo, una vez más, puede ser Chile. Esta

Ecuador de agitadores y golpistas

Lenín Moreno anunció un paquete de medidas económicas tras su acuerdo con el siempre oportuno Fondo Monetario Internacional (FMI). La que debió ser una conferencia ordinaria se convirtió en una exposición de futuras reformas y eliminación de subsidios que indignó a casi todo Ecuador. Seguramente confiado por el apoyo irrestricto de los medios de comunicación, Moreno no midió las consecuencias de dicha conferencia, las consecuencias de dichas medidas. Pero el pueblo ecuatoriano ya tiene experiencia con las movilizaciones, por lo que este accionar de Moreno demuestra una ingenuidad sorprendente.

Y cuando las movilizaciones empezaron, fue Moreno quien los acusó de agitadores y golpistas. Peor aún, decretó el estado de excepción y el Gobierno fue a ampararse en Guayaquil. El Gobierno de Moreno nunca midió la magnitud de sus actos ni de sus desplantes. Aquí sería bueno entender que esto no es solo una reacción frente al retiro de los subsidios, esta visión limitaría el análisis y no brindaría mayores soluciones al verdadero problema; la falta de representatividad.

Contraponer a Rafael Correa en todo lo que era posible no ha permitido a Moreno escapar de un discurso del odio que si bien le funcionó en las elecciones, no ha rendido frutos desde que asumió. Trascender debió ser una consecuencia, pero se convirtió en una utopía. Actualmente, el Gobierno ecuatoriano es un cero a la izquierda, es incapaz de atender cualquiera de las grandes demandas de la población y sigue amparándose en que todo lo malo es culpa del Gobierno anterior.

Así, fue Moreno quien empezó a cavar su propia tumba, tumba que se hundía más a medida que permitía la evasión tributaria, a medida que eliminaba impuestos, toda una política destinada solo a favorecer a los más poderosos. La principal diferencia con otras protestas fue el rol fundamental de la población indígena, población que incluso recibió ataques tan bajos como el de criticar su autenticidad por parte del periodista peruano, Jaime Bayly. Que aún hoy se mantenga esa visión restringida del movimiento indígena demuestra lo lejos que estamos en Latinoamérica de lograr la verdadera igualdad en sociedad.

Créditos: Fernando Vergara-AP.

Ahora bien, el apoyo de Rafael Correa desde el exterior a las protestas le ha brindado las herramientas a Moreno para deslegitimar la lucha. Pero si bien el correísmo sigue siendo una fuerza preponderante en Ecuador, no existe un tinte partidario en estas movilizaciones. Atribuirle todo a Correa es otro de los errores políticos de Moreno le costó mucho al Gobierno ecuatoriano. Moreno, actualmente, es un político deslucido, es una

Ahora bien, reducir la lucha a una cuestión entre Moreno y Correa, sería negar el protagonismo de la mujer indígena dentro de las protestas. Una mujer que es tres veces violentada; por ser mujer, por ser pobre y por ser indígena. Tres cuestiones indispensables al momento de analizar los conflictos que atraviesa dicha población y entender que su protagonismo en la lucha es hasta simbólica. Esa ignorancia atribuida al indígena, esa estúpida creencia de que no protestan porque no saben sus derechos cada día más está siendo refutada por los hechos. Ahora bien, que junto a ellos, los transportistas y los estudiantes universitarios se hayan unido en un frente único de lucha estableció un

Ahora bien, esa constante necesidad de deslegitimar la lucha, atribuyendo a los protestantes una actitud meramente desestabilizadora como lo dicho por María Paula Romo, la ministra de Gobierno a un canal local; “En este tipo de actos no está en discusión el subsidio o la reforma laboral” y llegó a calificarlos de actos delictivos. Pese a ello, la unión que demostró el pueblo ecuatoriano, la entereza que los protestantes mantuvieron en todo momento, llevó a Moreno a retroceder y derogó el 13 de octubre el infame decreto que eliminaba los subsidios.

Argentina y Brasil, unidos por una grieta

El panorama no es tan distinto en Argentina o Brasil. Los países liderados por Mauricio Macri y Jair Bolsonaro, respectivamente, viven hoy un momento sumamente álgido en términos de representatividad y que puede derivar en experiencias como la chilena o la ecuatoriana. Aunque a ambos países las grandes movilizaciones no los han caracterizado en estos últimos años, la crisis económica y política que los asola los une.

Jair Bolsonaro, Presidente de Brasil.
Créditos: Ricardo Morales-EPA.

En Brasil, el carácter ultraconservador de Bolsonaro ha servido para dividir aún más a la sociedad brasileña. Lo más cerca a Donald Trump lo representa Bolsonaro, no solo por su actitud prepotente sino por el fervor que genera en el gran sector conservador y el repudio del resto de la sociedad. Pero Bolsonaro no es nada más que el síntoma más notorio de una sociedad enferma de democracia. Y sería errado señalarlo como el personaje más polarizador de Brasil.

Lula cargando entre hombros al momento de entregarse a la justicia en 2018.
Créditos: Ricardo Stucker-PT.

Y es que tras el escándalo Lavajato, Brasil gira, una vez más, en torno a la figura del dos veces ex-presidente, Lula da Silva. Aquel dirigente obrero, fundador del partido político más importante del país, el PT (Partido de los Trabajadores) y hoy preso en medio de la incertidumbre del escándalo Vazajato sigue marcando agenda en Brasil. Entre quienes claman su liberación y quienes celebran su estadía en prisión se dividen las calles. Esta división queda evidenciada, por ejemplo, en el soberbio documental Democracia en vertigem (Al filo de la democracia) de Petra Costa.

La democracia brasileña y yo tenemos casi la misma edad señala en algún momento Costa, y esta declaración, casi picaresca, representa sin duda la realidad de Brasil. Un país cuya democracia está al borde de caer rendida frente a los fundamentalismos y las pasiones, que se apoya en la fuerza para demostrar su poder, se encuentra más cerca a perder su democracia que a mantenerla. La prisión de Lula más que ayudar a un país hambriento de justicia, ha permitido que el mundo entero esté atento al modelo brasileño. Hace cuatro años, antes de la terrible destitución de Dilma Rousseff, y la oclocracia que se instaló con Michel Temer, Brasil era el sueño latinoamericano. Hoy ya no es nada más que el fantasma que su clase política, embarrada por la corrupción, ha legado.

El miedo a perder la democracia termina con Bolsonaro, pero no empieza con él. Alrededor de esta crisis política, el escándalo Lavajato juega un rol importante para entender el freno económico que se instaló desde 2017. Si aún ahora no existen levantamientos sistemáticos contra el régimen de Bolsonaro, se debe mucho a esa sensación extraña de justicia y lucha anti-corrupción que representa su régimen. Además, la actitud autoritaria de Bolsonaro es, para algunos, ese mal necesario. La pregunta en Brasil es ¿cuán necesario es este mal? O aún peor, ¿por cuánto tiempo será necesario? Solo el pueblo responderá esta interrogante.

Créditos: Thomas F. Cuesta-Revista Anfibia.

Argentina, por su parte, atraviesa hoy una disyuntiva electoral que vuelve a evidencia la grieta que separa a dos sectores de la sociedad. ¿realmente la sociedad se divide entre macrismo y kirchnerismo?es una pregunta que aún no recibe respuesta. ¿Alguno de los dos realmente puede solucionarlo? es otra de las disyuntivas que resulta díficil resolver en este momento. ¿Está realmente preparada Argentina para dejar de lado los caudillismos y establecer políticas que trasciendan a las personas? Aparentemente no. Seamos sinceros, este fenómeno no es solo argentino, sino latinoamericano. Pero en Argentina cobra mayor fuerza a partir de las posturas abiertamente manifestadas (kirchnerista, peronista, macrista) y lo radical que puede tornarse dicha definición política. Quizá por ello resulta aún más díficil encontrar un punto de unión en temas sociales. Incluso en luchas sumamente justas como la legalización del aborto o de la marihuana, se puede observar una división por los partidos desde los cuales militan. Argentina es hoy un campo de guerra en cualquier situación, una bomba de tiempo que espera el momento indicado para explotar. Habrá que evaluar exactamente si su modelo político es sostenible en el tiempo o es solo un espejismo que tarde o temprano acabará.

Mientras termino estas letras, Alberto Fernández es elegido Presidente en primera vuelta. La fiesta democrática se completa, y por todos lados, promesas de diálogo y concertación aparecen por primera vez en el panorama. Incluso si uno hubiera nacido ayer, no creería que Mauricio Macri y Alberto Fernández pueden sentarse a tomar un mate. La distancia que hoy los separa es la distancia que separa a una Argentina que necesita. Hoy sonríe Argentina, pero cuánto tiempo más se mantendrá esta sonrisa. Vamos a hacer la Argentina que nos merecemos, señaló en su discurso. La pregunta es ¿se lo dejarán?

Aquí, al menos, encontramos un panorama distinto al de otros países. Desde la infancia, la militancia se vuelve una cuestión identitaria en Argentina. El fenómeno apolítico, si bien existe, no es la opción predominante. La realidad argentina entusiasma en ese aspecto. Que desde jóvenes, se entienda que el cambio solo se consigue desde una posición activa, desde una actitud de lucha es algo que ya evidencia un despertar en muchos sentidos. Actualmente, el macrismo busca envolver ese movimiento que alejado del kirchnerismo y el peronismo aún no se alinea a ninguna fuerza política. No es el factor predominante, pero la elección que ha perdido Mauricio Macri se debe en parte al gran fervor estudiantil y feminista que despierta tanto el kirchnerismo y el peronismo. Esto, como mínimo, demuestra que ambos movimientos, sumados al obrero, pueden decidir una elección en Argentina. Eso sí, el compromiso de las nuevas generaciones, más que ceñirse a un

Venezuela, el fantasma del chavismo

Créditos: Sin Lupa.

No podemos dejar aislada a Venezuela de este análisis. Sobre todo, tras las declaraciones tendenciosas de Diosdado Cabello respecto a las brisas bolivarianas que recorren América Latina. Resulta hasta cínico escuchar esto de un país sumido en una crisis total. La ineficacia del gobierno de Nicolás Maduro para resolver un problema heredado por Hugo Chávez ha desembocado en la peor época que ha pasado Venezuela desde que se independizó en el siglo XIX. Pero esto, sumado al cinismo y la falta de madurez política de Maduro ha desembocado en una crisis política que ya rastreaba sus orígenes en los últimos años de Chávez. Hoy se divide Venezuela entre la oposición y el chavismo. La diferencia aquí con otros países es que la oposición es un frente no unificado y que casi siempre acaba dividiéndose cuando se trata de tomar acciones frente al régimen. Por su lado, el chavismo probablemente no cree en Nicolás Maduro, pero lo apoya porque fue el propio Comandante quien lo nombró como su sucesor. El modelo chavista no era perfecto, pero funcionaba antes de la muerte de Chávez. Ya sin su figura, Maduro quedó expuesto a las críticas de quienes odiaban a su predecesor y a las exigencias de quienes veían en el Comandante a un salvador. Y aún peor, quedó expuesto a los caprichos de Washington. Los desvaríos de la economía venezolana derivan en parte de dicho capricho.

Pero esto no es solo económico, sino social. Maduro es muy benevolente con los movimientos chavistas, no lo es tanto con las protestas de la oposición. Protestas, dicho sea de paso, más propensas a causar desvaríos. No obstante, estos desmanes representan un hartazgo frente a Maduro. Ojo, frente a Maduro y no a Chávez. Porque, incluso después de muerto, su sombra, su espíritu juega un rol importante. Y si Maduro aún se soporta en el poder se debe en parte a esa influencia. Una influencia incluso más fuerte que el poder que ostenta Maduro.

Nicolás Maduro, y atrás suyo el inconfundible rostro de Hugo Chávez.
Créditos a quien corresponda.

Solo basta observar un minuto del despliegue histriónico de Hugo Chávez para entender por qué era tan resistido por los gobernantes de Estados Unidos. Con mayor carisma que Fidel Castro, representaba una amenaza para el “reinado de la democracia” que siempre ha caracterizado a Estados Unidos. Pero Chávez podía convencer a cualquiera de que Estados Unidos era el enemigo, y en parte, sus palabras aún forman parte del relato predominante en Venezuela. Nadie espera injerencia internacional y creen que el problema de Venezuela debe ser resuelto por los mismos venezolanos y venezolanas. No obstante, bajo este paradigma, no se ha logrado cambiar nada. El chavismo no gozará de una gran popularidad, pero sigue siendo una mejor opción que la incertidumbre que propone la oposición descabezada. Frente a esto, Nicolás Maduro está sumamente deslegitimado internacionalmente, pero no del todo dentro de su país. Este hecho sigue provocando escozor en la oposición, que no dejan pasar cualquier oportunidad para remarcar la presencia de una dictadura en Venezuela pero que no logra reflejar el apoyo de la población en las urnas. Se le atribuye, con cierta coherencia, a Maduro el fraude en estas elecciones, pero las calles no mienten. Ante esto, una duda permanece…¿dictadura desde cuándo? El chavismo sigue estando del lado de Maduro, y Venezuela sigue siendo, seguirá siendo irremediablemente chavista. Y esto trasciende a quien lo gobierne, por más liberales que puedan argumentar lo contrario.

Créditos: AFP.

Ahora bien, esto no desemboca en una legitimidad de Juan Guaidó como autoproclamado Presidente de Venezuela. Ese show mediático, apoyado desde Washington, es sumamente deleznable y todos los gobernantes que se han prestado para apoyar a dicho chiste serán juzgados por la historia. Organizaciones como la OEA o el Grupo de Lima son sumamente duros contra Maduro, pero laxos totalmente con los abusos cometidos por los gobiernos neoliberales en Latinoamérica. Y aquí no se trata de quién mató menos, es una cuestión de principios. No puedes apoyar a un Presidente autoproclamado. Guaidó se erige como un gran portavoz del pueblo venezolano, mas ¿realmente representa a alguien? Es una figura políticamente atractiva; sí. Pero es visto como una especie de mal menor, un títere menos drástico, su representación no va más allá de la indignación. Todo apoyo desde fuera va perdiendo su fuerza, todo apoyo desde dentro va sospechando cada día más. La actitud de Guaidó promueve un intervencionismo que solo llevaría a Venezuela a insertarse de nuevo al mundo, pero a un costo demasiado alto. Guaidó quiere que Estados Unidos y sus esbirros lo coronen Presidente de un pueblo que lo apoya ante la nulidad de opciones.

Créditos: Fernando Llano-CP.

Guaidó es tan Presidente de Venezuela como Mercedes Aráoz de Perú. Ahora bien, las circunstancias en Perú son sumamente lejanas a las que por ahora vive Venezuela, y por ende, se creerá que esta comparación es desmesurada. Excepto para oportunistas que convendrán en señalar las semejanzas dictatoriales entre Maduro y Vizcarra. A mi parecer, Maduro está haciendo uso de mecanismos democráticos para perpetuarse en el poder y reprime, persigue, encarcela a sus opositores. ¿Es esto una dictadura? Pues sí, lo es. Además, la ineficacia y la falta de voluntad de nombrar a un sucesor demuestra además que el modelo político de Chávez tenía serias deficiencias. Ahora bien, la propuesta, la idea, el concepto revolucionario es algo que trasciende a las personas, y probablemente sea ello lo que no entiende Washington. En millones de venezolanos y venezolanas existe esta idea heroica de la República Bolivariana y no habrá ningún Maduro o Guaidó que pueda derrotarla. Inteligente decisión la de despersonalizar las luchas por parte de Maduro; lo terrible es que sea él quien lo haga.

Otro aspecto en Venezuela es la migración. Es casi hasta heroica la resistencia del pueblo venezolano, arrojado a su suerte en distintos países. Si la migración venezolana no es hoy un eje en todos los países, lo será mañana. Ya en Perú, Brasil o Colombia las reacciones frente a este fenómeno escapan de la solidaridad. Hay quienes señalan que nuestras sociedades no son xenófobas y esgrimen teorías y cifras para refutar esta creencia. Basta pararse en la calle o navegar por las redes para ver qué ocasiona la mera mención de la palabra “venezolano/venezolana” para entender que si nuestras sociedades no son xenófobas, están muy cerca a serlo. La poca solidaridad que caracteriza a gran parte de nuestra sociedad, esa falta de comprensión del dolor ajeno nos convierte también en parte del problema. Esta cuestión no será abordada del todo por los grandes medios de comunicación, pues ellos mismos promueven este cóctel de diferencias. Esta cuestión no será abordada por las autoridades, pues su demagogia los llevará a promover estas actitudes separatistas en sus discursos. Pero será, si es que ya no es, aquella arma esgrimida por Maduro y compañía para fortalecerse. Venezuela es Latinoamérica, principalmente porque pese a que nuestros países hoy estén lejos de encontrarse en esa situación de aislamiento, la migración latinoamericana sigue siendo una posibilidad. Hoy es Venezuela, mañana podemos ser nosotros.

Bolivia, víctima de los silencios

Evo Morales es hoy, o al menos a partir de las elecciones presidenciales, una figura polarizante en Bolivia. Bajo él, se divide toda una sociedad, y se define uno políticamente dentro de las nuevas generaciones. Aislado internacionalmente, Bolivia se encuentra al borde de convertirse en la nueva Venezuela. Obviamente aquí hablamos de una situación en la que Estados Unidos tiene un rol predominante, como lo señalan las últimas declaraciones de Mike Pompeo en Twitter. Ahora bien, en lugar de proseguir con un análisis de la injerencia norteamericana en Latinoamérica, es necesario entender la raíz del conflicto social que ha llevado a Bolivia al borde de una crisis total.

Esta actitud desestabilizadora responde a lo ocurrido tras el escrutinio de las elecciones. Inicialmente anticipando una segunda vuelta, tras un siniestro silencio de varias horas en el conteo de votos anunció los resultados que hacían presagiar una victoria de Morales en primera vuelta. La autoridad electoral terminó confirmando el triunfo del presidente días después. Pero esta confirmación elevó las protestas de quienes sospechaban, hasta ahora, un futuro fraude. El ex presidente centrista Carlos Mesa, principal rival del mandatario indígena en las elecciones del 20 de octubre, llamó el domingo a desconocer el resultado que considera fraudulento.

Créditos: AFP.

En La Paz, las manifestaciones escalaron a otro nivel y enfrentaron a dos lados del país. Oficialistas y opositores llenaron las calles, dejando solo conflictos en el pavimento. “Nosotros no vamos a aceptar que haya un golpe de Estado. Vamos a defender la democracia, el respeto al voto indígena, campesino, intercultural, contra el racismo”, sostuvo Henry Nina, un líder sindical.

Créditos: Prensa Libre-AFP.

“A la larga, lo que se va a imponer es este movimiento nacional de defensa de la democracia” mencionó Manuel Morales, de la plataforma Conade, que agrupa a organizaciones políticas de oposición. El ministro de Gobierno, Carlos Romero mencionó que Mesa “está llamando a la gente(…)para desalojar al gobierno”. Incluso llegó al extremo de calificarlo como una convocatoria de golpe de Estado. ¿Es realmente así? El propio Mesa sale perjudicado en esta lucha, y ni siquiera es la voz principal, sino alguien que busca apropiarse de dicha voz. Mesa es hoy un oportunista, pero esto no deslegitima la lucha de varios bolivianos.

Para zanjar la crisis, Evo propuso una auditoría electoral por parte de la misión de observadores de la OEA, la ONU y la Unión Europea. Hace poco, Mesa desconoció esta auditoría por parte de la OEA por considerarla una mesa unilateral.

Perú, eterno testigo

Y mientras todo esto sucedía en estos países, resulta extraño el accionar de testigo por el que ha optado Perú. Siendo, quizá, uno de los países que vivió más rápido un conflicto generalizado a partir de la disolución del Congreso de la República, su sociedad ha optado por un hermetismo de tinte apolítico. Antes que protesta, fue celebración. Antes que incomodidad, fue felicidad. La culminación(4) de una crisis que ha atravesado a los tres poderes del Estado (Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial) no ha sido motivo de mayor análisis que el de aquel que acompaña las mesas en bares o universidades. Seamos honestos, Perú no tiene hoy quién lo analice.

Es cierto, se disolvió un Congreso obstruccionista, liderado por una alianza entre los congresistas de Fuerza Popular, el PAP (Partido Aprista Peruano), Acción Popular, Contigo, Acción Republicana, APP (Alianza por el Progreso) y Acción Popular. Es cierto, la disyuntiva en la que se encontraba Martín Vizcarra tenía si se quiere tintes shakesperianos, y optó por aquella legitimada por una sociedad entrenada para odiar más al Legislativo que al Ejecutivo. ¿Es legítimo este cierre? Tan legítimo como la pena de muerte, podríamos señalar. La diferencia entre su legalidad o no, probablemente la defina el Tribunal Constitucional en algunas semanas. Hacer juicios de valor sobre estas situaciones, sin duda, es una labor ciudadana pero puede llevarnos a una posición moralizadora que aún desdeño. Por lo que, más allá de señalar si está bien o no, creo necesario analizar lo peligroso que puede ser apoyarse en la legitimidad de las medidas. Sobre todo si dicha legitimidad está enmarcada en lo que, oportunamente, enfocan las cámaras de los medios de comunicación tradicionales.

En el Perú existe una larga tradición de autoritarismo y censura. Seguramente no hay régimen democráticamente elegido en los últimos años que esté exento de alguno de estos aspectos, por lo que es necesario entender lo extraño que resulta el apoyo casi irrestricto que ha recibido el gobierno de Martín Vizcarra. Apoyo que ha pasado por dos baches importantes; el conflicto en Las Bambas y Tía María, ambos conflictos mineros. Apoyo que ha sido puesto en duda sobre todo por medidas como la Política Nacional de Productividad y Competitividad (PNPC), nefasto modo de camuflar la precarización laboral en la que sumirá aún más a la población. En un país, además, gobernado desde la informalidad política, no es ajena la informalidad laboral que genera este desorden. Las trabas que aún existen para crecer, desde la legalidad, en Perú no se resolverán con la reforma laboral neoliberal que promueve el gobierno de Vizcarra. Aquí, además, no mencionamos las protestas en Educación o Salud, siempre silenciadas, siempre censuradas. Que estas protestas aún no lleguen a Lima es lo que separa a Perú de la explosión de la crisis social. Que los medios no demuestren interés en cubrir estas problemáticas y se centren más en la espectacularización del crimen es también un síntoma de la sutil censura que existe a todo aquello que critique al sistema económico.

Si bien existen voces de las nuevas generaciones que se alzan en contra del establishment de opinólogos—peligroso mal creado por las redes sociales y fortalecido por los medios de comunicación tradicionales—son silenciadas sistemáticamente por las generaciones mayores; aquellas que ya no se reconocen en la efervescencia de la juventud. Resulta curioso, además, que la reivindicación de aquellas voces silenciadas cruelmente por las dictaduras nunca ha sido un tema de suma importancia en Perú. Que el Lugar de la Memoria y la Reconciliación (LUM) aún sea combatido y en una actitud negacionista se pretenda ocultar que existió una violencia de Estado en los años del conflicto armado interno, demuestra que las heridas que generaron dicho conflicto aún no se han sanado. El LUM es un emblema en ese aspecto. Al Perú le falta memoria, y aún más, reconciliación. Aún más, que Lima siga siendo el eje de información en Perú no aporta en mucha a la descentralización a la que se apunta, que sigamos centralizando la educación en la capital, que sigamos manteniendo este carácter sumamente elitista respecto a la educación superior también ahonda la distancia que nos separa como sociedad. Lo que digo hoy ya se ha dicho antes, ha sido la consigna de todas esas generaciones oprimidas. Por eso sorprende que las generaciones ya oprimidas continúen con dichas prácticas con las nuevas. Quiénes en su momento querían romper la rueda, hoy se suben a ella.

Créditos: Marcos Porras.

Un claro ejemplo se vio en la toma de San Marcos hace menos de un mes. La opinión pública condenó terriblemente a la comunidad sanmarquina antes, durante y tras la toma de la universidad. Lo que bajo todas las luces era una medida de fuerza, figura siempre excepcional en las luchas sociales, se tildó de chantaje a las autoridades, incluso coqueteando con calificar a los estudiantes de terroristas y vagos. En redes sociales, incluso, se podían encontrar miembros ya graduados de SM o a quiénes aún estudiaban ahí (como la youtuber CoraliaenYoutube) repetir todo lo que se decía desde el establishment de opinólogos cuál títeres de los grandes medios. La falta de solidaridad fue una mancha en el ambiente, pero lo que resaltó fue esa unión entre estudiantes presente en el cordón humano que se interpuso entre la policía y la comunidad sanmarquina. Esta resistencia heroica, esta toma simbólica, esta unión de fuerzas fue conmovedora.

¿Frente a qué combatía San Marcos? ¿cuál era la consigna de esta lucha? La culminación del bypass en la Av.Venezuela, que hubiera representado una vulneración del campus universitario, fue la gota que rebalsó el vaso, y sumada a múltiples desplantes ocasionados por Orestes Cachay, derivó en una toma. Esta problemática ya había sido verbalizada por Marcos Porras en ¿Qué significa ser sanmarquino? (5) por lo que me atreveré a citar algunas de sus palabras.

En esta ocasión uno de los principales temas de disputa fue la culminación del bypass en la avenida Venezuela. Esta obra, según la municipalidad de Lima, implicaba un recorte del campus, nada despreciable. Muchos ignoran que San Marcos está regida bajo el principio del cogobierno, esto significa que cualquier decisión debe ser elegida conjuntamente entre las autoridades, docentes y estudiantes. Pese a esta norma, las negociaciones entre el alcalde Muñoz y el rector de la universidad, Cachay ya habían iniciado a las espaldas de la comunidad sanmarquina.

Marcos Porras.

Ya San Marcos tiene múltiples problemas, originados tras su proceso de licenciamiento como otras universidades públicas. Pero realmente ¿debe sumarle el rector problemas de representatividad y falta de diálogo entre estudiantes y autoridades?

Similar reacción tuvo la protesta realizada por colectivas feministas en la Pontificia Universidad Católica del Perú realizada el 26 de septiembre de 2019, respecto a las políticas de protección a los acosadores de las autoridades. La medida de tomar las pistas fue certera y permitió que, frente al desorden, por vez primera, los estudiantes entraran en cuenta de qué sucedía. Valiente acción de las estudiantes hartas de tanto blindaje, valiente acción que debería ser replicada por otras colectivas en las universidades. Valiente, además, por la presencia de policías que, para variar, prepotentemente actuaban para resguardar un orden que solo ellos creen que existe. Que aún ahora no existan protocolos de acción efectivos respecto a casos de violencia psicológica, física o sexual en los centros de estudios revela cuán relegado está este tema en al ámbito nacional. Que aún ahora una educación con enfoque de género sea combatida en Perú por discursos religiosos fundamentalistas nos indica cuán lejos estamos de vencer el machismo en nuestra sociedad. Que la frase Perú, país de violadores haya sido más peleada que el laxo accionar de la justicia frente a casos de feminicidios o intentos de feminicidios es francamente, indignante. Que las violaciones o los asesinatos a mujeres sean un chiste en redes sociales, que aún entonemos canciones sumamente machistas y que aún dividamos las labores y responsabilidades por el género demuestra la importancia de las protestas feministas y la relevancia que debería tener en la sociedad. Aún estigmatizamos estas luchas y aún nos burlamos de éstas. En aquel plantón, un cordón humano se formó, un cordón varonil que observaba estupefacto y condenaba inquisitivamente estos métodos de protesta. Esta hipocresía se extrapola también a nuestra sociedad.

Aún así, esta protesta, como casi todas las protestas llevadas en la PUCP, fue sistemáticamente silenciada y estigmatizada en los medios. Y al igual que las protestas por el alza de las boletas que embarró al rector de ese entonces, Marcial Rubio; las autoridades optaron por ignorar estas voces. Fue tal el desplante en el plantón que por vez primera se abrieron las rejas de la universidad para que los carros puedan circular dentro de la universidad.

Créditos: @naojuli en Twitter.

Digo desplante además porque la PUCP es una de las universidades más exageradamente protectoras y selectivas respecto a quién entra y quién no. Resulta sintomático, que solo frente a las medidas de fuerza, las autoridades mágicamente descubren que existen los reclamos estudiantiles. Pese al desplante, se acordó en una reunión con el rectorado la creación de una mesa de diálogo para trabajar el tema de género en la universidad. Esta medida fue acordada hace más de un mes, y lo que fue un triunfo en un principio para estas colectivas, ojalá no se torne en una burla más de las autoridades. Y esto se puede extrapolar a la sociedad en general. No es tan lejano, después de todo, aquella frase que señala que la universidad y la escuela son una versión en miniatura de nuestros países.

En ambos casos, además, el accionar es sumamente condenable por parte de las autoridades universitarias. En San Marcos, la figura de Orestes Cachay es cada día más desdeñada. Quién en algún momento apoyó la última toma—asumimos ahora por populismo—ya como rector, pretendió deslegitimar la lucha estudiantil ante la prensa. Antes que el diálogo, Cachay optó por la unilateralidad. Que frente a esto, el Ministerio de Educación haya intercedido y promovido una mesa de diálogo, representa el fracaso de la democracia que deberían propiciar las autoridades dentro de San Marcos. No es ajeno, además, el alto índice de abstención o voto en blanco respecto a las elecciones dentro de las Facultades. San Marcos, la Decana de América, hoy, está en crisis. Los mismos problemas podemos rastrear en PUCP. Además del continuismo infértil en la elección de sus autoridades, donde se re-edita el problema del mal menor, la falta de principios para atender las problemáticas de los movimientos estudiantiles establece desde ya una distancia entre autoridades y estudiantes. Aquí también, la representación estudiantil sufre un grave revés cuando existen candidatos como César Villamonte que comparan la consigna feminista muerte al macho con la frase nefasta muerte a las hembras y establecen desde ya una miopía frente a las problemáticas no solo dentro de la universidad, sino dentro de la sociedad. Podríamos ir más allá y señalar que la universidad en Perú está en crisis.(6)

Resulta preocupante, y este apunte abarca a todas las luchas ya mencionadas, que cada vez que existe un movimiento estudiantil organizado se les señale, con cierta sorna, que se dediquen a estudiar. Ahora bien, como ya ha quedado evidenciado en los países previamente analizados, la comunidad estudiantil no debe ser alejada y encerrada al ámbito académico. Lo único que preocupa en Perú es la reticencia que existe a escuchar las protestas que se llevan a cabo desde las provincias a ciertas medidas dictadas desde Lima.


Es muy pronto para saber si este será un movimiento latinoamericano equiparable con el mayo francés. Cerca a bicentenarios y a conmemoraciones, la verdadera independencia de América Latina está en juego. No es que esto haya sido un despertar abrupto como han querido señalar algunos medios de comunicación. Desde hace mucho tiempo venimos siendo una Latinoamérica de furia. Que esta furia se quede en una emoción o se convierta en acción, depende enteramente de las nuevas generaciones. Que años más tarde recordemos estos momentos como el inicio del cambio, depende de nosotros. Citando las palabras de Mandel; “estamos en el comienzo; prosigamos el combate”.


(1) Consignas sumamente legítimas, dicho sea de paso, y que han sido promovidas en muchos casos por movimientos de izquierda, pero que bajo ningún caso, les pertenecen.

(2) Esta frase fue originalmente pronunciada por Salvador Allende aquel fatídico 11 de septiembre de 1973.

(3) Hago esta aclaración porque considero que en dictaduras la presencia de ambos aspectos está garantizada. Y en Perú, las dictaduras, lamentablemente, siempre están a la vuelta de la esquina.

(4) No confundamos estas grabaciones con el peligroso y siempre ambiguo fenómeno del periodismo ciudadano.

(5) El artículo de Marcos Porras (https://bit.ly/34a86f4) fue publicado en la décima edición de Poliantea y además de ensalzar el espíritu combativo de la comunidad sanmarquina explicaba la razón de ser de la toma. En esa misma línea, el informe de Miguel Ángel Malpica (https://bit.ly/2qMYrMR) nos aporta mucho a entender qué representan realmente las medidas de lucha (en ese momento, aún no se llevaba a cabo la toma) frente a la culminación del bypass.

(6) Analizar el estado de la educación superior peruana es un reto sumamente complicado, pero antes que ampararnos en cifras, es necesario ver cuánto apego tienen con la realidad de la comunidad estudiantil. Si bien aún no realizado, esta iniciativa esclarecería muchas de las acciones, por ahora cuestionadas, de la SUNEDU.

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