La (maldita) primavera chilena

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No somos imbéciles. No somos ignorantes. No tenemos miedo. No somos los consumidores pasivos que la prensa, el gobierno, los políticos y los empresarios piensan que somos. En estos días hemos visto cómo los canales de televisión, otra vez, nos engañan y manipulan con informaciones que proceden de una línea editorial clara y definida: la extrema derecha chilena. “Fabricarán una vez más la mentira que corre / la duda que se instala / y tanta buena gente en tanto pueblo / y tanto campo de tanta tierra nuestra / que abre su diario y busca su verdad / y se encuentra con la mentira maquillada”, dijo Julio Cortázar. La información no es algo objetivo por sí mismo, sino que está asociada a un gran componente ideológico detrás. Es obvio, lo sabemos. La historia misma, como relato, es una estructura determinada siempre por una historiografía, la cual representa el punto de vista desde donde esa narración cobra realidad. En nuestro país, durante muchos años de dictadura (y hasta hoy), seguimos leyendo “la historia de Chile” desde una historiografía de derecha, que desconoce, entre otras muchas cosas, el rol de los pueblos originarios (Villalobos) y ensalza figuras como Diego Portales (dictador). Triste. Gracias a otras plataformas y a la universidad podemos acceder a otras perspectivas y ampliar este acotado punto de vista.

Pero esto no termina ahí: sucede que ahora ni siquiera existirá la asignatura de Historia, porque los sagaces gobernantes la han sacado de los estudios obligatorios. Con la información divulgada por la prensa el asunto de fondo es igual de grave: nos cuentan una narración a su medida, manipulan los hechos para armar su relato y nos hacen partícipes de una realidad ideologizada. Es lo que está pasando hoy con “las colas en los supermercados”. Somos (quizás) el único país cuya casi total prensa escrita y televisiva está en manos de la derecha y el poder económico. Tenemos un canal “estatal” manejado por el gobierno de turno y diarios manipulados por familias poderosas, representantes de la derecha más extrema, momia y pinochetista. Al amparo de una precaria ley, desde los 90s comenzaron a proliferar los grandes holding comunicacionales (televisión, radio y prensa escrita) en manos unos pocos. El Grupo El Mercurio maneja LUN, La Segunda, La Estrella, El Llanquihue, El Diario Austral, Emol, entre otros; su dueño es la familia Edwards. El Grupo Copesa: La Tercera, La Cuarta (el diario popular), La Hora, Paula, radio Zero, Duna, Carolina, Bethoveen, entro otros, son manejados por la familia Saieh. Todo lo que leemos en la prensa es manejado por la derecha chilena. También lo sabemos. Hoy, luego de despertar del sueño dogmático, hay muertos, pánico y una profunda rabia desatada. Solo hemos pedido dignidad, y nos han tirado a los militares en la cara. Un mes estuvieron los profesores marchando pacíficamente, UN MES, y nadie los escuchó. Al contrario, comenzaron los despidos masivos.

Se hicieron, por años, mesas de trabajo comunitarias para una asamblea constituyente (para de una vez sacar la constitución del 80 que es la lacra y piedra de toque de todo este sistema desigual) y fue completamente ignorada. Multitudinarias marchas pacíficas por No+APF, por la violencia de género, por la educación y por la salud como garantías mínimas para los ciudadanos, y no nos escucharon. Los estudiantes evaden el metro y les disparan y como esto se descontrola sacan a los militares a la calle. Esto va en escalada porque el gobierno ocupa el truco bastardo de crear un relato mentiroso culpando al mismo demandante, donde el foco está en los saqueos y el vandalismo, que hemos visto por videos y fotos de la prensa oficial. Lo asqueroso es este montaje. Hacernos pasar gato por liebre, como nos pasaron en los ochentas con el “milagro chileno” económico, que solo privilegió a los poderosos. Ahora, el metro aparece quemado de la nada y saquean los supermercados justo cuando no están los cientos de militares que andan con fusiles por las calles. Da mucha rabia ver cómo nos pintan la cara. Pero ya no somos los mismos de antes. La prensa maldita, cobarde, encubridora, la televisión oficial, solo muestra colas en el supermercado, incendio tras incendio, parados destruidos. ¿Creen que somos imbéciles?

Los videos de militares golpeando mujeres y niñas, disparándoles, están ahí y los podemos ver. Pero en el celular y no en la TV, ni en la radio, ni el diario. Señores milicos y gobernantes, no contaban con la astucia de iphone y samsung, de Facebook e Instragram, de Twitter y Whatsapp. En el 73 nos incomunicaron, nos mintieron 18 años, fuimos presos de la ignominia, nos hicieron ver “Sábados Gigantes” por décadas para entreteneros de la manera más burda, mierda en pulcras columnas. Hoy es distinto, para bien o para mal (yo creo que para muy bien) existen redes de comunicación donde podemos “informarnos” por los verdaderos periodistas de hoy: nuestras familias y amigos. Los otros, los rostros de televisión, en quienes aún podíamos confiar, nos han traicionado y abandonado, participando de este circo de manipulación mediática que tiene un solo editor: el presidente. Por los videos de nuestras familias y amigos, grabados desde sus celulares, podemos ver la barbarie que están haciendo en Chile y todo el mundo se está enterando. Se sabrá la verdad de las muertes, los asesinatos y violaciones e los derechos humanos. Nuestros gobernantes y la prensa en esta terrible primavera chilena, han sido unos chacales de la mentira.

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El peso que tienen las palabras es todo. Para quienes amamos las palabras, quienes gozamos leyéndolas y escribiéndolas, entramando sus posibilidades y usos, sus códigos y aperturas, las palabras dan tanta vida como muerte. Se integran en nuestra vida cotidiana como el pan y son nuestro alimento, las amasamos, las bebemos, las convertimos en nuestras compañeras. Muchas veces, una sola palabra puede ser el gatillo que hace disparar una multiplicidad ideas. Otras veces, una solo vocablo es tan certero que no necesita acompañantes para dar en el blanco y señalar aquello que se nombra. Sí. Usar una palabra es usar una bomba: si se da el blanco, la explosión se expande dejando una estela de nuevos significados y significantes, pero el epicentro queda allí, como una marca. Para una generación completa de chilenas y chilenos —y quizás para muchas más — el uso de la palabra “Pinochet” desde un simple apellido pasó a ser un nefasto campo semántico. No digamos precisamente un noble campo de flores, ¡por favor!, sino al contrario: una desoladora pampa de inmundicia y muerte. Un antiuniverso de maldad que comprende, por ejemplo, estos pocos y resumidos conceptos: dictadura, golpe de estado, asesinato, muerte, crímenes, violaciones a los derechos humanos, tortura, detenidos desaparecidos, ejecuciones, allanamientos, toque de queda, sangre, traición, vergüenza, horror, genocidio, fascismo, militares, impunidad, robo, infamia, derecha, toque de queda, caravana de la muerte, atentados, víctimas, estado de sitio, crueldad, régimen, censura a medios de comunicación, poder, ejército, manipulación, fusilamientos, antidemocracia, corrupción, deuda, falsa economía, terrorismo, incumplimiento, rabia, asco, miedo, abuso, injusticia, sinrazón, ilegalidad, repulsión, inmoralidad, indecencia, deshonestidad, obscenidad, impudicia, desvergüenza, violencia, homicidios, delitos, felonía, indignación, terror, alevosía, vileza, maldad, bajeza, ignominia, deshonora, oprobio, estafa, acusación, abusos, bribonería, trampa, mentira, falsedad, indignación, cólera, ira, ofensa, frustración, dolor, tristeza, amargura, martirio, tormento, padecimiento, pena, sufrimiento, aflicción, desamparo, abandono, orfandad, soledad, desánimo, congoja, repudio, desprecio, aborrecimiento, rechazo, repulsión, desdén, odio, aversión, encono, tirria, antipatía, hostilidad, enemistad, menosprecio, desestima, desprecio, rivalidad, antagonismo, oposición, abominación: MUERTE. En Chile y el mundo decir Pinochet es decir muerte.

Reviso esta corta lista de conceptos (porque se queda demasiado corta) y no encuentro ningún sustantivo, infinitivo, verbo ni adjetivo, que no se aplique a Sebastián Piñera. En una semana, esta persona que era, a pesar nuestro, un payaso con poder del cual nos reíamos en chistes con cada majadería que pronunciaba en sus discursos, siempre hipócritas y mentirosos, este individuo avaro, ambicioso de poder y con una megalomanía sin precedentes, pasó de ser el presidente más detestado de Chile (cosa no menor), un imbécil e incompetente, a algo mucho peor: un asesino y criminal. No sabemos qué pasa por la cabeza de este sátrapa y de qué más es capaz. Su maléfica sagacidad consiste en ser impredecible. Lo que sí es un hecho real, y con todo el dolor y el peso que esto significa, son las muertes, torturas y violaciones que se han cometido en estos 7 días en Chile. Y que siguen sucediendo.

Una sola persona les dijo a esos machitos de cuarta, los milicos de Chile, que se creen valientes por llevar una metralla al hombro y más audaces por lanzar fuego contra su propia gente, una sola persona les dijo a esos conscriptos sin estudios y soldados maleducados que estábamos en guerra y por lo tanto, una sola persona, un solo hombre es el primer responsable de estas muertes: el presidente de la república Sebastián Piñera. Y de ahí para abajo, culpables también todos quienes lo acompañan. Hoy la palabra “Piñera” se ha transformado en un concepto: engloba tanta sangre como la palabra “Pinochet”. Piñera ya no es un apellido, Piñera es un insulto. Jamás como ciudadano de Chile pensé que podría existir una persona capaz de superar a ese sujeto abominable, vergüenza para la historia de la humanidad, como lo fue Augusto Pinochet. Sin embargo, lo que ha sucedido es tan grave, que decir Piñera es y será desde hoy decir Pinochet. Sin darnos cuenta, estamos frente a un personaje del mismo calibre. Un asesino.

Las palabras también hacen historia y nuestro derecho como escritores, lectores y amantes del lenguaje es poner a los asesinos en el lugar semántico que se merecen. Usemos el lenguaje a nuestro favor y que desde ahora Piñera se seque no solo en la cárcel, como esperemos que suceda como mínimo acto de justicia para todas y todos los asesinados, heridos y torturados de Chile, sino que permanezca en la oscura memoria de las palabras que son sinónimo de muerte. Solo así esta maldita primavera de Chile no habrá cantado en vano.

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