La vida y la culpa: Notas sobre “Carta al Teniente Shogún”*

Matheus Calderón
Crítico cultural


Libros como “Carta al Teniente Shogún”, recientemente publicado por Lurgio Gavilán, se resisten a las etiquetas. Uno se siente tentado a encasillar rápidamente el texto: un testimonio (que lo es), una etnografía (sin duda alguna), una epístola (lo anuncia el título), una fábula moral edificante que marcaría el camino a seguir en el tiempo de la posguerra (revisar, por ejemplo, la última columna de Eduardo Dargent al respecto).

Tal encasillamiento, del que hemos de sospechar pasa siempre sin malicia, suele ocurrir de manera rápida con documentos incómodos precisamente a causa de su incomodidad: se reduce su potencia y nos quedamos con aquello que alimenta nuestros propios discursos (Charles Walker alertó durante la presentación de “Carta…” de no leer la novela como antropología, lo mismo que hicieron con José María Arguedas años antes).

La buena literatura, y lo de Gavilán lo es, es siempre más que solo buena literatura; más cerca de lo que llamaríamos un objeto de arte contemporáneo, esta inventa su propia lógica de lectura, inaugura una nueva forma de producción y de consumo. Es, como señalaba Gerard Wacjman sobre la obra de arte, no una excusa para pensar sino un objeto que piensa por derecho propio (una reflexión que Juan Carlos Ubilluz ha recalcado en su análisis sobre los Gallinazos de Cristina Planas).

Tengo la impresión así que también lo de Gavilán en “Carta…” es, antes que solo la suma de diferentes géneros literarios, una operación misma sobre el lenguaje. Es el lenguaje batallando por expresar algo que el lenguaje normalmente no puede aunar: la culpa, la vida, el dolor, la belleza, la violencia. Quizás una de operaciones más importante en la narrativa peruana de los últimos años, si es que no la más importante.

*

Jerónimo Pimentel, uno de los editores de Gavilán, escribe en la contratapa que “en un acto epifánico, inexplicable, un militar [Shogún] decide detener el fuego en las alturas y salvar la vida de un niño adoctrinado por Sendero Luminoso”. En efecto, tal hecho inaugura un conjunto de reflexiones entre las que se encuentran “qué lleva a un hombre a matar a otro, cómo una vida se convierte en una tragedia, cuál es el idioma que se debe emplear para referir a  los parientes perdidos, a las víctimas acuchilladas y a los pueblos arrasados, cuál para los colibríes”.

Pero creo que, quizás a propósito, Pimentel no hace explícita la pregunta en la base de todas las demás, que es la cuestión sobre por qué el protagonista de esta escena sigue vivo, que es una duda constante, penetrante y recurrente a lo largo de la narración: “¿Por qué no me mataste? (…) Lo hiciste muchas veces. ¿Te dio pena? ¿Será que viste a ese monstruo terrorista tan desarmado, tan poca cosa, sin garras ni dientes, tan indefenso? ¿O más bien pensaste en la muerte lenta  que le podrías dar manteniéndolo con vida?”, dice la voz del protagonista.

Quiero ir un poco más allá y sugerir que, de manera más precisa, la pregunta podría frasearse de un “¿por qué no me mataste?” en un “¿a cambio de qué me dejaste vivir?”.

No se equivoca Pimentel cuando sugiere que este es un acto inexplicable, pero quizás lo inexplicable tenga que ver con justamente su condición de epifanía negativa antes que positiva. Si las epifanías instituyen una verdad revelada, aquí hay un doble movimiento en el que, por un lado, se otorga un don (se perdona la vida) a cambio de instaurar es una duda, una pregunta que acompañará al protagonista: perdonar la vida a cambio de qué.

De allí que en un primer momento lo de Gavilán no sea un testimonio en el sentido que Giorgio Agamben ha explorado: no es como el de Primo Levi, que ha visto el horror de la guerra y que se ve en la necesidad de hablar, de continuar testimoniando (como en ese poema de Samuel Taylor Coleridge sobre el viejo marinero que no puede dejar de narrar su historia como penitencia). Tampoco en el sentido de John Beverly, en el que los testimonios son producidos en una situación de urgencia y precariedad de las estructuras, y buscan dar una voz a una comunidad de subalternos.

La esfinge le ha dado a Edipo un reino y mujer, pero Edipo no ha respondido pregunta alguna y la esfinge ya está muerta. ¿A cambio de qué? Una botella lanzada al mar con una carta dentro, en la que está escrita tal pregunta, esperando que llegue a su destinatario algún día. Y en Lurgio Gavilán y en nosotros algo de culpa.

¿He dicho culpa? Volveré sobre ello más tarde.

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Ahora, cualquiera educado en la fe cristiana puede también reconocer el gesto que se ha descrito anteriormente: renacer hacia una nueva vida, adoptar un nuevo padre, e instaurar en uno la rabiosa pregunta sobre el por qué; la religión cristiana siempre pospone la solución a esta pregunta: en el fin de los días, en el juicio final, todo será revelado…

Y sí, en más de un sentido, este acto puede ser visto como la repetición de un acto fundacional cristiano. Shogún se vuelve un padre para Gavilán no solamente en el sentido afectivo, sino en el sentido del que debe dictar el sentido de la vida, el nuevo orden simbólico que ha de guiarnos.

Cuando este padre desaparece, una segunda capa de angustia se apodera del sujeto: Padre, ¿por qué me has abandonado? Pero no se trata, en preciso, de la caída del Gran Otro, de todo lo que sostenía nuestras creencias morales y nuestro orden social. No somos Cristo en la Cruz, quien muere para inaugurar un nuevo testamento.

Hay una segunda dimensión de esa pregunta fundacional, que instaura la angustia, que tiene que ver con la elección de Shogún. Gavilán habla a Shogún: hasta que apareciste y mataste a todos mis camaradas. Pero no a mí. No a mí. Y eso, vivir, ser perdonado, me ha traído vida y culpa.

Otra vez, una suerte de una epifanía negativa. En el libro del Éxodo, Moisés ha preguntado al Dios de los judíos, mutatis mutandis, por qué yo y no otro. El dios del Antiguo Testamento responde de inmediato, pero en “Carta…” no hay un padre que conteste. Pero también uno podría preguntarse en esta situación y todavía bajo la terrible ley que Sendero instituía en sus militantes, ¿por qué mis camaradas son elegidos por la muerte para ser mártires y no yo? Vida y culpa.

Un gesto que puede parecer paradójico pero que merece atención por su dolorosa belleza: el perdón que genera culpa.

Sí, es cierto que en algún momento se trata de dar una respuesta a la angustia. La visión de un centinela guardando el morro solar permite entender a Shogún como un reflejo de aquel niño en medio de la guerra, un padre que, presintiendo el futuro, en realidad se salvaba a sí mismo al perdonar la vida a Gavilán.

Es una respuesta que calma la angustia, sí, pero prontamente se ve cuestionada por el la charla misma con el centinela. Lo que ha vivido Ayacucho, esa violencia, ¿de dónde viene? ¿Es acaso una maldición hereditaria?, y entonces el observatorio astronómico se transforma en los mil ojos y mil oídos, y nos preguntamos otra vez qué es la violencia, por qué a Ayacucho la violencia.

Y luego, de nuevo, la culpa. No solo de la atrocidad de la guerra, sino de poder “traducir la época del terror”. ¿Quién puede hablar de la violencia? ¿Es un don, o solamente una carga pesada? ¿Será que Shogún lo ha dejado vivir para que pueda contar la violencia?

Ya cerca del final, Gavilán está reunido junto a sus compañeros de guerra. Rememoran anécdotas de extrema violencia. Asesinatos a mujeres terroristas. La vez que por dos noches durmieron junto al cadáver descuartizado de un terruco. Es como si terroristas y militares se hermanaran en la violencia de la barbarie. Una vez más acecha la duda: ¿por qué estoy vivo?

*

“Carta…” no es un libro fácil de leer. No es uno que pueda leerse de un solo tirón, una tarde de invierno. Es duro, apabullante, como luchar contra la corriente de un río –al igual que el propio Lurgio Gavilán confiesa haber hecho, recordando a su hermano Rubén, guiado acaso por alguna pulsión de muerte.

Un volumen así requiere dosificar la angustia, una angustia que llega precisamente con la instauración de una pregunta que no ha de resolverse. Pero también es tremendamente bello, con pasajes importantes de lirismo –todo un ensayo se podría hacer de las metáforas que Gavilán desarrolla, de la sintaxis de un español mezclado con quechua (que tanto recuerda a Arguedas por ello).

“Carta…” es un libro inspirador y sin duda uno que, para muchos, carga con lecciones de moral importantes. Es, a fin de cuentas, un texto que aboga por la esperanza, por rebelarse contra la violencia estructural y contra las malas leyes.  También es un artefacto, ya no solo un conjunto de palabras, que circulará y estimulará a otros a contar sus historias –como ahora mismo ya lo está haciendo: el escritor Ángel José Málaga Diestro ha escrito un sentido texto en Facebook a propósito de la historia de Gavilán que, de seguro, tendrá un efecto multiplicador.

Empero, no he querido leerlo así. He querido centrarme en las preguntas que no tienen respuesta, resaltar la culpa como uno de los hilos conductores que obliga al protagonista a constantemente cuestionarse su pasado y el rumbo de su pasos. Puede parecer un gesto cruel, sí. Al mismo tiempo creo que es un ejercicio necesario y, todavía más, donde más belleza encuentra el texto de Lurgio Gavilán.


* Publicado originalmente en el blog Calderón 094.

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