Introducción a Frankenstein o el moderno Prometeo

Mary Wollstonecraft Godwin
Novelista británica

Cuando seleccionaron Frankenstein para una de sus colecciones, los editores de Standard Novels me expresaron su deseo de que les proporcionara una explicación sobre el origen de la historia. Aprovecho la oferta también para contestar a una pregunta que me hacen con mucha frecuencia: «¿Cómo yo, siendo una jovencita, llegué a idear y a escribir sobre una idea tan horrible?». Es cierto que soy muy reacia a mostrarme en letra impresa, pero como mi aclaración tan sólo aparecerá como apéndice de una obra anterior y se limitará a los temas relacionados con mi autoría, no puede decirse que me esté entrometiendo personalmente.

Siendo hija de dos conocidos escritores, no es de extrañar que desde muy temprana edad pensara en escribir. De niña garabateaba, mi pasatiempo favorito durante mis horas de ocio era «escribir historias», pero había una ocupación que me producía aún más placer que esto: construir castillos en el aire, soñar despierta, desarrollar ideas que por su temática daban pie a una sucesión imaginaria de acontecimientos. Mis sueños eran más fantásticos y agradables que mis escritos. En estos últimos me limitaba a imitar, me inclinaba más por escribir como otros lo habían hecho antes que yo que por escribir lo que me sugería mi propia imaginación. Lo que escribía estaba concebido para que lo leyera al menos otra persona, mi compañero de infancia y amigo, pero mis sueños eran sólo míos. No se los contaba a nadie. Eran mi refugio cuando estaba enojada y mi mayor placer cuando estaba a mi aire.

De niña vivía sobre todo en el campo y pasaba bastante tiempo en Escocia. Realicé visitas ocasionales a los lugares más pintorescos. Pero mi residencia habitual se encontraba en las solitarias y tristes orillas del Tay, cerca de Dundee. Solitarias y tristes ahora que las recuerdo, no lo eran para mí entonces. Eran mi reducto de libertad y el agradable lugar donde podía comunicarme con las criaturas de mi imaginación sin que nadie me escuchara. Entonces ya escribía, pero con un estilo bastante ordinario. Fue allí, bajo los árboles de las tierras de nuestra casa o junto a las sombrías laderas peladas de las montañas cercanas, donde nacieron y crecieron mis verdaderas composiciones, los idealistas vuelos de mi imaginación. No era yo la protagonista de mis cuentos. Mi vida me parecía una aventura demasiado común, no me imaginaba a mí misma viviendo aflicciones románticas o acontecimientos extraordinarios. Sin embargo, no me limitaba a mi propia identidad y era capaz de poblar las horas con creaciones que para mí eran mucho más interesantes a esa edad que mis propios sentimientos.

Después, mi vida se volvió más ajetreada y la realidad se impuso a la ficción. Mi marido, sin embargo, estaba ansioso desde el primer momento porque demostrara ser digna de mi ascendencia e inscribiera mi nombre en las páginas de la fama. Me animaba constantemente a que lograra una reputación literaria, algo que incluso yo buscaba en aquella época, aunque posteriormente me volviera absolutamente indiferente a ella. En aquel entonces mi marido quería que yo escribiera, no tanto con la idea de que pudiera realizar algo digno de mención, sino para poder juzgar si sería capaz de realizar cosas más prometedoras en el futuro. A pesar de eso, no hice nada. Dedicaba todo mi tiempo a nuestros viajes y a mis ocupaciones familiares. Y toda mi actividad literaria se limitaba a la lectura o a debatir con mi marido, que poseía una mente mucho más cultivada que la mía.

En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al principio pasamos el tiempo disfrutando en el lago o paseando por sus orillas. Y Lord Byron, que estaba escribiendo su tercer canto de Childe Harold, era el único de nosotros que se dedicaba a trasladar sus pensamientos al papel. A medida que nos los iba mostrando, estos pensamientos parecían convertir en divinas las maravillas del cielo y la tierra que todos compartíamos, con su poético atuendo de luz y armonía.

Pero el verano se tornó húmedo y poco agradable, y la persistente lluvia a menudo nos obligaba a estar días enteros dentro de la casa. En nuestras manos cayeron algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés. Entre ellas se encontraba la Historia del amante inconstante, quien, pensando que abrazaba a la novia a la que había jurado sus votos, se encontró en los brazos del pálido fantasma de aquélla a la que había abandonado. También había un cuento acerca de un pecador, fundador de una estirpe, que había sido condenado a la terrible tarea de dar el beso de la muerte a cada hijo menor de su dinastía maldita en el momento preciso en que éste alcanzaba la edad adulta. Bajo los intermitentes rayos de la luna se podía ver su inmensa y sombría figura vestida como el fantasma de Hamlet, con armadura completa aunque con la celada alzada, avanzando despacio por la lúgubre avenida. La figura desaparecía bajo las sombras de los muros del castillo. Pero poco después se abría una puerta, se escuchaban unos pasos, la puerta de la habitación se abría y él avanzaba hasta el lecho del joven en la flor de la vida que dormía en un profundo sueño. Mientras se inclinaba para besar la frente del que se iba a marchitar como una flor arrancada, un eterno dolor se iba apoderando de su rostro. No he vuelto a leer estas historias desde entonces, pero se mantienen tan frescas en mi memoria como si las hubiera leído ayer.

«Escribiremos cada uno una historia de fantasmas», dijo Lord Byron, y todos accedimos a su propuesta. Éramos cuatro. El noble autor comenzó un cuento, del cual publicó un fragmento al final de su poema sobre Mazepa. Shelley, más hábil para dar vida a ideas y sentimientos con el resplandor de brillantes imágenes y con la música de los versos más melodiosos que adornan nuestra lengua, que para idear el mecanismo de una historia, comenzó una basada en las experiencias de su infancia. Al pobre Polidori se le ocurrió una idea terrible sobre una dama con una calavera por cabeza que había sufrido este castigo por fisgonear a través de las cerraduras no recuerdo qué, algo muy malo e inapropiado. Pero cuando ya se encontraba en una condición peor que la del famoso Tom de Coventry, no supo qué hacer con ella y se vio obligado a enviarla a la tumba de los Capuleto, el único lugar para el que era apta. El ilustre poeta, molesto por lo aburrido de la prosa, desistió rápidamente de una tarea tan antipática.

Yo me apresuré a «pensar una historia», una historia que pudiera rivalizar con aquéllas que nos habían impulsado a la tarea. Una historia que hablara de los misteriosos miedos del ser humano y despertara la excitación del miedo, una historia que hiciera que el lector tuviera miedo de mirar a sus espaldas, que le helara la sangre y le acelerara el pulso. Si no conseguía todo eso, mi historia de fantasmas no era digna de tal nombre. Pensé y reflexioné en vano. Sentía ese vacío creativo, que es el mayor misterio de la autoría, en el que la única respuesta a nuestras ansiosas invocaciones es la insulsa Nada. «¿Has pensado una historia?», me preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía obligada a contestar con un mortificante no.

Como dijo Sancho Panza, todo debe tener su inicio. Y ese inicio tiene que estar relacionado con algo que pasó anteriormente. Los hindúes han colocado el mundo sobre un elefante, pero hacen que el elefante se apoye sobre una tortuga. La invención, tenemos que admitirlo humildemente, no consiste en crear de la nada, sino del caos. En primer lugar, se deben conseguir los materiales. La invención puede dar lugar a oscuras e informes sustancias, pero no puede dar vida a la sustancia en sí. En cualquier descubrimiento o invención, incluso en los que pertenecen a la imaginación, siempre sale a colación la historia del huevo de Colón. La invención consiste en la capacidad de aprovechar el potencial de un tema y en el poder de moldear y elaborar las ideas que éste sugiera.

Fui fervoroso y silencioso testigo de muchas y largas conversaciones entre Lord Byron y Shelley. Durante una de estas discusiones reflexionaron sobre varias doctrinas filosóficas, entre otras, la naturaleza del principio de la vida y si sería posible descubrirlo y comunicarlo algún día. Hablaron sobre los experimentos del doctor Darwin (no hablo de lo que el doctor hizo en realidad, o dijo que hizo, sino de lo que entonces se decía que había hecho, que era más afín a mi propósito), que había mantenido un trozo de gusano en una caja de cristal hasta que, por alguna causa extraordinaria, comenzó a moverse voluntariamente. ¿Acaso no se había conseguido dar vida a fin de cuentas? Quizá se podría reanimar un cadáver. El galvanismo había probado fenómenos parecidos: se podrían fabricar los diferentes componentes de una criatura, unirlos y dotarlos del calor vital.

Con esta conversación transcurrió la velada, y ya habíamos superado incluso la hora bruja cuando finalmente nos retiramos a descansar. Pero cuando por fin apoyé la cabeza sobre la almohada, no conseguí conciliar el sueño, tampoco se puede decir que estuviera pensando. Mi imaginación estaba desbocada. Se apoderó de mí y me guio, trayéndome a la mente una imagen tras otra con una viveza que superaba los límites del sueño. Aunque tuviera los ojos cerrados, podía ver con una increíble precisión al pálido estudiante de las pecaminosas artes junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrible espectro de un hombre extendido, y cómo después, gracias al funcionamiento de algún poderoso artilugio, mostraba signos de vida y se agitaba con un movimiento inseguro y vacilante. Debía de ser algo terrorífico, sumamente terrorífico, que una empresa humana resultara en una burla del magnífico mecanismo del Creador. El éxito tendría que aterrorizar al artista, que asaltado por el horror, con toda seguridad se alejaría del odioso producto de su trabajo. Albergaría la esperanza de que, abandonada a su suerte, la chispa de vida que había encendido se apagara, de que esa cosa que había sido animada de forma tan imperfecta se convirtiera en materia muerta, y de poder dormir convencido de que el silencio de la tumba sofocaría para siempre la transitoria existencia del horrible cadáver del que había esperado que fuera la cuna de una nueva humanidad. Duerme, pero algo lo despierta, abre los ojos y ahí está el horrible ser, de pie junto a él, abriendo las cortinas y mirándolo con sus ojos amarillos y acuosos de forma inquisitiva.

Abrí los míos aterrorizada. La idea se había apoderado de mi mente hasta tal punto que me estremecí de miedo y quise cambiar la fantasmagórica imagen por la realidad que me rodeaba. Lo recuerdo todo como si fuera ahora mismo: la habitación, el oscuro entarimado, los postigos cerrados a través de los cuales intentaba entrar la luz de la luna y la sensación de que el lago cristalino y los altos Alpes se encontraban detrás. No me resultó fácil librarme de este horrible fantasma. Me perseguía. Intenté pensar en otra cosa y recurrí a mi historia de fantasmas, ¡mi tediosa y desafortunada historia de fantasmas! ¡Oh! ¡Si tan sólo pudiera inventar una historia que fuera capaz de estremecer al lector tanto como yo misma me había aterrado esa noche!

La súbita iluminación me llenó de alegría. «¡Lo tengo! Lo que me ha aterrorizado a mí, aterrorizará a los demás. Tan sólo he de describir al espectro que se me ha aparecido esta noche en la cama». A la mañana siguiente anuncié que se me había ocurrido una historia. Ese mismo día comencé a escribirla con estas palabras: «Era una triste noche de noviembre», y luego me limité a transcribir los lúgubres terrores que aparecían en mi sueño.

En un principio sólo pensaba escribir unas cuantas páginas, un cuento corto, pero Shelley insistió en que desarrollara la idea y la ampliara. Si bien es cierto que no le debo a mi marido la idea de ningún episodio concreto, ni siquiera la de los sentimientos de personaje alguno, de no ser por su insistencia, nunca habría tomado la forma en la que se presentó al público. Debo excluir el prefacio de lo dicho anteriormente, hasta donde recuerdo, lo escribió él por entero.

Dicho esto, invito a mi horrorosa criatura a que se ponga en marcha y se desarrolle. Le he tomado cariño, porque fue el fruto de días felices, cuando la muerte y el dolor no eran más que palabras que no hallaban eco en mi corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, de muchas excursiones y de muchas conversaciones en un tiempo en el que no estaba sola. Ya no volveré a ver más a mi compañero en este mundo. Pero eso ya es cosa mía. A mis lectores no les interesan esos recuerdos.

Tan sólo diré una cosa más sobre los cambios que he realizado. Son cambios principalmente de estilo. No he cambiado ninguna parte de la historia ni he introducido nuevas ideas o situaciones. He retocado el lenguaje allí donde era tan escueto que afectaba al interés de la narración. La mayoría de estos cambios tiene lugar casi exclusivamente al comienzo del primer volumen. En el resto del libro se limitan tan sólo a aquellas partes que son meros anexos de la historia, dejando la esencia y el contenido intactos.

M. W. S.

Londres, 15 de octubre de 1831