Esplendor y ocaso de la dinastía Tang

Para mi Tusán favorita.

Sólo tendrás el premio vano
de la inmortalidad

Tu Fu

I

Mientras saboreas los damascos
De una aldea hechizada por el tiempo, oteando
Las ásperas colinas por donde pastan los venados,
Recuerdas la ardiente sensación
De lo perdido. Tu sombra
Se menea con el bambú cuya piel marcaste
Con tu navaja de incipiente exploradora. No
Lejos el río Wang
Brilla al costado de una cadena
Montañosa,
Apagando el dulce oficio de tu aullido.

II

Li Bai y Tu Fu y el sabio El Qhi
Celebran tus versos, mientras recogen
Cerezos al este de la pradera. Risueños
Comentan, acariciando
El ábaco laqueado,
Que para el próximo verano
Serás un peregrino imbatible. En verdad,
Intentas volar
Como los sueños de los pájaros.
Pero bien sabes que los sauces cantan por ti,
Que las santarrositas son coreutas desganadas
Y que las piedras carmesís que arrastra el Wang
Dicen que tú, envuelto en preciosas sedas,
Incendias el pabellón de oro
De una muchacha en flor.

III

Escribías con el aliento azul de una mariposa,
Insistías por las noches
Con el leve rumor de las ondinas ribereñas,
Y con trazos finos dibujabas la gracia de su nombre.
No soñabas con dragones insepultos, ni con el azufre
De las danzas marciales. Apenas anhelabas
Que la zarza en llamas de tus versos
Iluminara sus tímidos pasos hacia tu alcoba.
Pobre amigo mío,
No sabías la culpa que guardaba la rama del ciprés.
Desde entonces al río Wang le falta una orilla.

IV

En una competencia honorable, Li Bai
Hace gala de iluminaciones
Sobre el lenguaje del agua que fluye
Sin dejar rastro, como tú. El maestro Tu Fu
No se queda atrás: con destreza mueve las nubes,
Y le levanta la falda a la estrella más lejana.
Dos viejos tigres de bengala
Esperan que tú no desentones en esta justa primaveral.
Has caminado por llanuras, sueños, pieles, laderas
Y sabes del viento sensual del abanico imperial:
Todos esperan tus palabras.
No hechizos.
No silencios.

V

Debes subir por la ladera angosta de estos cerros,
Y encaramado en la cima pintar
El esplendor y ocaso de nuestra dinastía.
Conquistaste todos los horizontes. Pensaste
Que la muralla debería ser bella y resistente.
Y que no había que envidiar a la ciudad de las pagodas,
Menos a su vulgar templo de madera. El cielo
Para ti no era más que el corazón
De la princesa Gra Ziang. Bebe,
Peregrino, el verde jazmín de tu derrota.

VI

Eres la última luz que brota de las montañas
Otoñales. Una bandada de pájaros
Silencian tu canto tardío.
No llevas, peregrino, en tu alforja
Ningún sueño, apenas un poco de pan,
De sal y una tinaja de aguardiente.
En el viejo corazón
De Wen Wei, la soledad es un huésped bienvenido.


Estos poemas forman parte del libro inédito Soledades de Solange.