Notas al paso sobre Carta al teniente Shogún

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Existen libros que nos interpelan desde la primera página. Como lectores, son este tipo de libros los que consiguen instalarse en nuestro interior, desnudarnos y exponernos frente a la inmensidad del mundo, los que consiguen recordarnos que somos humanos, demasiado humanos. Dentro de esta constelación, donde pueden encontrarse libros como Cien años de soledad o Pedro Páramo, se instala un nuevo nombre que la literatura latinoamericana debería recibir por todo lo alto, Carta al teniente Shogún de Lurgio Gavilán.

Con este libro, se reafirma lo que muchos pensábamos tras Memorias de un soldado desconocido (2012); estamos frente a uno de los más virtuosos exponentes de la nueva narrativa peruana. El autor nos guía en este viaje de 120 páginas, por parajes de nuestro país, por escenas que muchos, desde nuestra capitalina vida (como la de quién firma este artículo) ignoramos y nos vemos ignoramente forzados a catalogar de excéntricas. Pero no hay nada de excéntrico en la siembra del maní, en la vida de Lurgio en la selva, en la vida de su familia. Esa apertura a su previa vida, a la vida que quizá nunca volverá a existir, meramente en el recuerdo, esa vida que Gavilán ahora inmortaliza en el papel es, esencialmente bella.

Hay pasajes del libro dignos de repasar, no solo por la exquisitez de la anécdota, sino por cómo ésta ha sido contada. Gavilán enhebra oraciones preciosas sin recaer en un estilo barroco. Más que impresionar al lector con figuras efectistas, nos desnuda su vida. Frente a este acto, que nos queda, sino leerlo. Que nos queda, sino asombrarnos. Que nos queda, sino empatizarnos, comprendernos.

Es necesario entenderlo además, como una crítica. Una crítica que nos interpela como sociedad, principalmente porque a través de sus páginas, recordamos las distancias que nos separan. Frente a un país que aún teme abordar el tema de la violencia política del siglo pasado, Gavilán la aborda no desde la ficción agotadora; sino desde su vida, su testimonio, su “versión” de la historia. No estamos frente a un libro panfletario que busca moralizar al respecto, estamos frente a alguien que no teme revelarnos la realidad. Sin escatimar la calidad de la prosa, sin duda.

Y es que no hay algo gratuito en este libro. No hay reflexión en vano, no hay inquisición exagerada. Cuando Gavilán, genuinamente, cuestiona a Dios en las primeras páginas, no nos encontramos a un ateísmo antojadizo, es similar al grito “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” que pronuncia Jesús en la cruz. Pero de todas ellas, de todas esas reflexiones que estremecieron lo más profundo de mi alma, me quedo con la siguiente:

¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas o lograr que el perpetrador pueda encontrar algún sentido a lo que hizo, a lo que hicimos?

Carta al teniente Shogún (p.16)

¿Puede nuestro lenguaje? Nótese que Gavilán nos hace partícipes de su lenguaje, de su experiencia una vez más. ¿puede nuestro lenguaje conmover a aquellas fuerzas políticas que niegan aún hoy las atrocidades cometidas por el Estado? ¿puede nuestro lenguaje interpelar a quiénes aún hoy defienden a violadores de derechos humanos, a autores de matanzas? Preguntas, que como las grandes preguntas, no tienen una respuesta, ni tendrían porqué. ¿Puede nuestro lenguaje recuperar las memorias de las víctimas? ¿lo han hecho ya? agregaríamos… ¿lo harán algún día? esperemos que sí…

Existen libros que sólo permanecen en estas preguntas y el logro ya es tremendo. Si Carta al teniente Shogún hubiera permanecido en las preguntas que expresa textualmente seguiría siendo un gran texto, todos seguiríamos aplaudiendo este logro. Pero este libro va más allá, este libro transgresor rompe con nuestro molde de lectura tactiturna, rompe con lo que esperamos de la ya cansina autoficción, y nos interpela con preguntas tácitas que remueven nuestra propia existencia. Podríamos señalar que Carta al teniente Shogún es un libro de preguntas, es un libro de dudas, de imprecaciones, de interpelaciones…

Retomo ahora la pregunta que entrelaza el texto. Es la interpelación de Lurgio a su Teniente, que he decidido interpretar de forma más osada, quizá. Considero que la pregunta ¿por qué no me mataste? mas que convertir este libro en una historia de supervivencia —y no pretendo deslegitimar a quiénes han optado por esta vía en su lectura— lo convierte en un texto de comprensión.

Gavilán, aún hoy, no comprende al Otro. Y no podemos culparlo. El mismo hombre que ordenó su muerte, le salvó la vida. Se arrepintió. Y ¿por qué? Ese es el gatillazo con el que inicia la novela, ese es el hilo que nos jala. La búsqueda de una respuesta a una pregunta, que reabre muchas preguntas a su vez, que reapertura muchas búsquedas. Después del libro, Gavilán se seguirá preguntando ¿y por qué no me mataste?, y poéticamente podríamos señalar que, está vivo, porque si no era él, ¿quién más podría contar esta historia? ¿alguien se habría animado a contarla o viviría, eternamente silenciada, como son silenciadas millones de historias a lo largo de nuestro país?

Y me atrevería a apuntar además que la genialidad de esta historia no recae netamente en que la experiencia de Gavilán haya sido única. Sino en la capacidad de hacernos partícipes de aquella particular vida. Porque cuando corre por su vida al lado de Rosaura, nosotros corremos, cuando está expuesto, a merced de zorros y cóndores, al frente de Shogún, nosotros también sentimos su mirada interpeladora, porque cuando camina en busca del qiwatu en el monte, nosotros también buscamos con él. Y cuando él llora, cuando silencia, nosotros lloramos y callamos al mismo tiempo.

En algún momento, Gavilán nos demuestra que esta carta es un homenaje no solo a quién le perdonó la vida, sino a quiénes ya no están a su lado, a quiénes se hundieron en el camino de los no muertos (p.55), a Rosaura, Evarista, a Rubén, a tantos nombres y apellidos que hoy se pierden como los recuerdos que son extraviados por el viento. Este libro es una memoria a los desaparecidos durante el conflicto armado interno, este libro es una memoria para quiénes no vivimos durante esos años, y para quiénes sí.

Es imposible que quién se haya acercado a este libro, haya satisfecho sus dudas iniciales. Yo, sin duda, no lo hice. Este libro apertura nuevas lecturas, este libro nos lleva a cuestionarnos la propia existencia. Hoy, ¿qué hacemos respecto a nuestra otredad? Gavilán busca a Shogún en las páginas, nosotros lo buscamos también en nuestra sociedad. ¿Cuántos Shogún existirán, cuántos Shogún existieron?

¿y si todos somos Shogún? No, quizá he ido demasiado lejos. Regresemos…


En algún momento, Gavilán cuestiona a la memoria, cuestiona al olvido, cuestiona a la verdad. Estos tres aspectos, curiosamente, son los más vilipendiados en la actualidad. La memoria que insistimos por vulnerar, el olvido que optamos mantener, la verdad que preferimos ignorar. La razón por la cual Gavilán nos habla hoy sigue permaneciendo oculta. Hay quiénes dirían que quiere que conozcamos su verdad, a través de su búsqueda a un personaje ficticio, otros que señalarían que quiere que lo ayudemos a encontrar a Shogún o quizá y prefiero quedarme con esta opción Gavilán quiere que, a través de atestiguar su búsqueda, nos encontremos a nosotros mismos.

Carta al teniente Shogún es un texto inclasificable, allí reside su fuerza. Mas que una carta o un testimonio, este libro es una interpelación. Mas que un llanto a la vida, este libro es un canto de la esperanza. La esperanza de un abrazo fraterno, ese abrazo que Vallejo consideraba, en frío, imparcialmente, dársela a su Otro, ese Otro que somos nos-otros. Gavilán nos abraza a nos-otros a través de este texto, buscando de nuevo esos brazos que perdió en la guerra. Nosotros somos abrazados, quizá, buscando comprender a Gavilán de otro modo.

Esta distancia que aún hoy nos separa como país disminuye cuando terminas el libro. Y si, consideramos hoy, sin sesgos de algún tipo, cuántos libros nos causan esa sensación…sabremos por qué estamos frente a un libro de lectura obligatoria. Rumbo al bicentenario, es tiempo de cerrar esas grietas que aún nos dividen como país. Este libro, bajo mi consideración, fría e imparcial, demasiado humana, inicia ese proceso.