Editorial: Los nuevos intelectuales

Se suele elogiar, y no es para menos, la gran producción intelectual de los países latinoamericanos. José Carlos Mariátegui, Rita Segato, Eduardo Galeano, Line Bareiro, Marcela Lagarde, Atilio Borón o Silvia Rivera Cusicanqui son parte de esta producción intelectual de la cual debemos sentirnos orgullosos. Nombres, que más allá de las barreras del tiempo y el paso (y a veces peso) de la historia, sobrevivirán.  Pero ¿y ahora? ¿dónde están los intelectuales que ven disconformes su realidad y salen, no solo a expresarlo, sino a cambiarlo? Aquí en Latinoamérica, se cumple una terrible realidad: muchas veces, las y los intelectuales suelen estar frente a los problemas y de espaldas a quienes los sufren. En un mes convulso, la mayoría de nuestros países han vivido sus horas más oscuras en lo que va del año. 

En Puerto Rico, por ejemplo, tras jornadas de lucha de un pueblo organizado, indignado y políticamente involucrado se ha logrado algo impensable para otros países; la renuncia del Gobernador Ricardo Roselló tras el escándalo de los chats. Si bien se ha optado en los medios tradicionales por reconocer el compromiso de artistas urbanos como Bad Bunny o Residente dentro del movimiento, o las declaraciones en apoyo de otros artistas en premiaciones o eventos públicos, nuestros aplausos van hacia el pueblo. El pueblo puertorriqueño hoy es un ejemplo a seguir, es la luz que guiará nuestro sendero, es la voz que nos dice que sí se puede. Por años hemos sido criados para soportar o tolerar a la corrupción, al descaro y la hipocresía de nuestra clase política porque al fin y al cabo “nosotros los habíamos elegido”. Puerto Rico hoy carga la antorcha y nos dice que no. Que es tiempo de decir “basta”. Basta a los Bolsonaro, a los Macri, a los Morales, a los Roselló, a los Piñera. Que si un o una impresentable dirige las riendas de nuestros países es nuestro deber hacerle frente y decir “basta”. No hay mayor sentido patriótico que resistir frente a la injusticia, que pelear contra la corrupción.

Por ejemplo, el conflicto minero en Tía María hace recordar las palabras de Eduardo Galeano; “Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?”. Probablemente, en Latinoamérica, habrá mucho camino por recorrer antes que quiénes nos gobiernan entiendan ello. Y a propósito de Perú, un nuevo acontecimiento, a puertas de la nueva edición, ha remecido los cimientos de su sociedad. En la celebración de los 198 años de la proclamación de la independencia, Martín Vizcarra, actual Presidente de la República, ha conseguido acertar un golpe certero a las bases de la corrupción instalada dentro de las instituciones proponiendo, mediante una reforma constitucional, el adelanto de elecciones generales. Las crisis, es cierto, también pueden tener salidas dentro del marco de la constitución. Pero la ley por la ley nunca será la solución. Es necesario que en procesos así, el apoyo de la ciudadanía se decante por una opción saludable, pero se decante por fin. Basta ya de apolitismos, basta ya de anarquismos sin programa. Basta ya de consignas sin acciones, basta ya de gritos vacíos.

En Perú, como en el resto de países latinoamericanos, la institucionalidad es más que nada una palabra muy bonita en el papel. Pues sí, Vizcarra ahora representa una mejor opción comparada a la escoria corrupta que la ha dirigido durante años. Pero vale la pena preguntarnos si estas medidas no son nada más que cortinas de humo para seguir implementando sus nefastas reformas laborales sin la mayor oposición. Ha llegado el tiempo de redefinirse como sociedad y no hay mejor momento que el ahora. ¿Por qué dejar para el futuro asuntos de crucial importancia a puertas de bicentenarios o elecciones presidenciales?

Ante todo esto, ¿de qué nos sirve contar con una gran plana intelectual, si es que esta se encuentra alejada de los pueblos? ¿en qué momento se pensó en que esta jerarquización del conocimiento no era contraproducente? Los esfuerzos emprendidos por el Instituto de Estudios Peruanos,  por ejemplo, de plantear un análisis desde el llano sobre la realidad peruana es loable, cuánto menos. Propuestas contraculturales como la IV Feria Alternativa del Libro en Perú, que buscan democratizar la cultura, también merecen nuestros respetos y deben ser seguidos con especial atención por el resto de la región. ¿Pero qué hay de las universidades? ¿qué hay de aquellos “analistas políticos” que dicen conversar con la calle pero que desprecian todo que se aleje de su zona de confort? ¿de qué nos sirve el mero análisis si no está acompañado de una praxis que nos permita cambiarlo?

Marx ya lo anunciaba en la undécima tesis de Tesis sobre Feuerbach; “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” Pero más de ciento setenta años han pasado desde que estas líneas fueran publicadas y poco o nada se ha hecho más allá de anunciar que Latinoamérica está jodida. El compromiso los nuevos intelectuales, su utopía, su promesa a las nuevas generaciones es cambiarlo.