El autogol que costó una vida

Andrés Escobar Saldiarraga nunca pensó el 31 de agosto de 1986 que una jugada suya definiría el destino de su selección. A sus 19 años, cuando hacía su debut oficial con el club de sus amores, Atlético Nacional de Medellín, Escobar poco sabía del futuro que le deparaba este cruel deporte llamado fútbol. Su técnico, Aníbal Ruiz, lo lanzaba al campo al minuto 87′ por el delantero John Jairo Tréllez. Al año siguiente, el 22 de marzo de 1987, Escobar haría su debut como titular con la camiseta verdolaga. Desde ese día, empezó a forjarse al fondo, asentándose cada vez más en el titularato. Ningún hincha habrá pensado en ese momento, que quién parecía darles alegrías sin cesar, iba a ser señalado responsable de una de las mayores tristezas del fútbol años después.

Demasiado izquierdo, quizá, Escobar contaba con una elegancia para defender, con una prestanza para dominar el balón, para barrerse que le valieron el apelativo de «El Caballero del fútbol». A su corta edad, se volvió esencial para el equipo de Francisco Maturana, colaborando en el subcampeonato nacional de 1988 y en la obtención de la Copa Libertadores 1989. Dentro de la definición de penales frente a Olimpia de Paraguay, Escobar, a los 22 años, fue el primero en la lista de pateadores. 

En 1990, Escobar llegó a Young Boys en Suiza. Su primera experiencia internacional fue fugaz, ya que volvió al cabo de seis meses, tras solo jugar ocho partidos y no anotar gol alguno, para no volver a salir a Europa. Su porte defensivo, si bien, bastaba para el nivel latinoamericano, aparentemente no se acostumbraba al rigor futbolístico europeo. En Atlético Nacional, por el contrario, era un pez en el agua.

«Para mí la vida se dividía entre las obligaciones, que eran todas, y el fútbol, que era lo único que se salía de aquellas obligaciones» contó alguna vez, y es curioso este desdoblamiento del fútbol. Para muchos jóvenes latinoamericanos, eso es el fútbol, una forma de trascender a su realidad, una forma de divertirse. Más que obligación, es diversión.

No nos es ajena la imagen de niños jugando en la calle, en la tierra, con zapatillas, con zapatos, con sandalias, pateando hasta piedras con tal de embocarla y expresar ese verbo, ese sustantivo, esa palabra tan divina llamada ¡gol! Es dominio de todos que muchos jugadores de fútbol se han formado en estas circunstancias, quizá dentro de la marginalidad, dentro del abandono, dentro del polvo, del asfalto. Con gobernantes de espaldas al pueblo, el fútbol es el único modo en el que muchos jóvenes se dan a conocer a partir de su talento, de su viveza, de su corazón. El fútbol latinoamericano, a lo largo de su historia, no cuenta con muchos jugadores técnicos por naturaleza, eso sí, a nadie le falta coraje para enfrentar la adversidad. Ya sea en la cancha como fuera de esta, los jugadores latinoamericanos se enfrentan a países subdesarrollados en las que la alimentación y la educación en la infancia aún está muy relegada dentro de las prioridades de los gobernantes. Quiénes subsisten en el fútbol, pese a estos contratiempos, se ganan un lugar en el corazón de la gente. Dentro de estos jugadores, se encuentra Escobar Saldarriaga.

El fútbol tiene magia, atracción, y todos en mayor o menor medida, estamos impregnados del fútbol. La magia tiene un secreto, tiene como un estilo, un orden, tiene como algo y es como esa alegría que hay para jugar, esa diversión, el hecho de estar corriendo, de luchar por una camiseta, de entregarse, ellos mismos quieren salir adelante, hacer que la gente vaya al espectáculo porque es bueno, porque es alegría. En el fútbol, a diferencia de lo que ocurre en el toreo, no matan toros. En el fútbol jugando no matan a nadie. Es más de alegría, de diversión y mientras exista esto va a estar contenta y ahí está el credo. 

En el fútbol jugando no matan a nadie. Esta frase de Escobar es tan triste. Tan triste porque sella su destino. Es cierto, el fútbol no mata. Dentro de la cancha, todo, fuera de ésta, nada. O al menos, así se supone tenía que ser. Es cierto que en el ser humano existe un apasionamiento inaudito cuando se trata de una pasión. Y el fútbol, en esencia, es pasión. Pero nos limitemos solo al fútbol, veamos más allá. ¿No está acostumbrada la sociedad latinoamericana a justificar todo mediante el apasionamiento? ¿actualmente acaso no se utiliza la denominación de crimen pasional para camuflar un feminicidio?  ¿no decimos pasión para establecer una distinción sobre aquello, que siendo humano, nos parece propio? Pese a ello, la tragedia y el fútbol no son ajenas. La tragedia de Escobar está entrelazada con el trágico destino de la generación dorada colombiana en el Mundial Estados Unidos 94′.

Una Copa, un autogol

Para 1994, Colombia no era solo una selección latinoamericana que había llegado al Mundial de casualidad. Para ese entonces, vivía una época de esplendor, contando con la que sería llamada su generación dorada. ¿En qué momento dejó de ser una selección de segundo nivel a pelearle el puesto a los más grandes? Probablemente con el tercer puesto adquirido en la Copa América Argentina 87′ se dieron cuenta que estaban hechos para cosas grandes. Escobar vale la pena aclararlo, recién debutó en la selección en 1988, frente a Canadá, y anotaría ese mismo año, su gol más importante frente a Inglaterra, en un amistoso.

Decíamos que para 1994, Colombia no era la que se había colado tras Argentina y Brasil, las dos grandes selecciones favoritas de Latinoamérica. En un grupo conformado por Argentina, Paraguay y Perú; Colombia había clasificado invicta, solo encajando dos goles en portería. En el último partido de dicha clasificación, se definía el primer puesto entre Argentina y Colombia.  En la previa, ya se palpitaba un ambiente tenso en el aire. El propio Diego Armando Maradona se había referido al partido expresando lo siguiente: «No se puede cambiar la historia, no se debe cambiar la historia: Argentina arriba, Colombia abajo», mientras ponía a la altura de su pecho, una mano por encima de la otra. Era lo lógico después de todo. Argentina venía de un invicto de seis años como local, era subcampeona de Italia 90′, campeona consecutiva de la Copa América 91′ y 93′. Colombia si bien había hecho méritos al campeonar en el 87′, se enfrentaba más que a un rival, a la historia misma. Y en duelo donde normalmente gana la camiseta, ganó el fútbol. Y de qué forma. La contundencia fue tal, la elegancia fue tal, que es uno de los partidos que pasarán a la historia de nuestro continente por ser una de las expresiones más vívidas del deporte.

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Después de esta contundente clasificación al Mundial, humillando prácticamente al subcampeón del mundo, el título de favoritos les llegó solos. Los aristócratas del fútbol así lo determinaron; entre ellos, el mismo Pelé daba por seguro su clasificación a semifinales.

Al estar ubicado en el grupo A, junto a Estados Unidos, Rumanía y Suiza, Colombia se pintaba aún más como favorita. Todos alrededor del mundo esperaban ver ese fantasía de la que tanto habían oído hablar. 

Entonces, el 18 de junio de 1994, el estadio Rose Bowl en Los Ángeles fue testigo de su debut frente a Rumanía. El estadio era una fiesta, pero dentro de la cancha, todo fue nervios. Florin Răducioiu, a los 16′, empezó el batacazo, que Gheorghe Hagi a los 34′ continuó. Adolfo Valencia, en ese entonces delantero del Bayern de Múnich, a los 43′ le había dado esperanzas al estadio al cierre del primer tiempo. Pero Răducioiu a los 88′ cerró el telón frente a un segundo tiempo deslucido del seleccionado colombiano. El estadio era un funeral, en la cancha, lo mismo. Dentro de lo poco por resaltar en Colombia, Escobar.

Cuatro días después, otra vez el Rose Bowl recibía a Estados Unidos. El único cambio en  el equipo fue la inclusión de Hernán Gaviria por Gabriel Jaime Gómez. Lo que se camufló como un cambio táctico, se reveló tiempo después había sido una respuesta frente a amenazas hechas hacia el cuerpo técnico. Entre amenazas de bombas y la presión de solo tener la opción de ganar, Colombia enfrentó el partido más decisivo desde que debutó en Chile 1962.

En los primeros minutos, Colombia apabulló a Estados Unidos, pero el balón no conectaba con la red. Era un partido tremendo, parecía ver la luz al final del túnel, parecía dirigirse solo al gol, cuando pasó.

Minuto 34. John Harkes cruza el balón para Earnie Stewart. Escobar lo detecta y va al piso para interrumpirlo, sin percatarse que Óscar Córdoba estaba siguiendo la trayectoria del balón también y dejaba su arco desprotegido. El balón impacta en su pie, y se desvía furioso al arco de un Córdova que cae derrotado. Escobar se queda echado en la cancha, se agarra la cara. A su alrededor, nadie lo puede creer. Los minutos que Andrés se hace uno con el grass son dignos de una película de terror. Todos inertes, todos desencajados, pues todos podían fallar menos él. Cuando falló Escobar, no es díficil imaginarlo, los nervios se elevaron a niveles estratosféricos. No importó lo que pasó después, no importó el segundo gol de Earnie Stewart y el descuento al final de Adolfo Valencia, no importó que el último partido lo ganara por dos goles, uno de Gaviria y uno de Lozano, a Suiza. Ese autogol selló la eliminación de Colombia. Una generación dorada de vuelta a casa por un desvío.

Hay cosas que te dejan marcado. No sé… los primeros años en el colegio, los amigos de infancia, el primer amor, la primera pelota de fútbol, los goles, los campeonatos… Tantas cosas que es imposible decir que esto en especial fue determinante en mi vida. No me faltó nada, pero tampoco me sobró nada. Y esa fue una enseñanza que jamás olvidaré: aprender a valorar lo que uno tiene y luchar por lo que a uno le falta. Es fácil salirse del camino, sobre todo en este medio y dejarse marear por el dinero y la fama y las mujeres y la prensa. Tenés que ser fuerte para no dejarte arrastrar. Saber para dónde vas y de dónde vienes. Yo tengo el fútbol, por fortuna.

Y es cierto, en Latinoamérica muchas son las almas que se desvían del camino. Cuántos de nosotros, reescribiendo el Aullido de Allen Ginsberg, hemos visto a los mejores jugadores de una generación destruidos por una mala decisión. Escobar no era, quizá, el mejor exponente de su generación. Pero quizá porque nadie suele fijarse mucho en la defensa de un equipo acostumbrado a hacer magia. Lo cierto es que nadie volvería a ver a Escobar hasta ese triste 02 de julio.

 El fatal 02 de julio

Humberto Muñoz Castro era el chofer de los hermanos Pedro David y Juan Santiago Gallón Henao, gente vinculada al paramilitarismo y el narcotráfico, y el asesino de Andrés Escobar. Ese fatal 02 de julio, según cuenta él, estaba durmiendo cuando encontró a sus jefes discutiendo con un hombre. Asumió que se encontraban en peligro, y sin pensarlo dos veces, fue a clavarle en el cuerpo, seis balas con un revólver marca Llama calibre 38. 

“Un hecho circunstancial”, declaró el general Octavio Vargas Silva, director de la Policía Nacional. “Estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado”, lamentó Maturana. “Un hecho lamentable”, dijo monseñor Pedro Rubiano Sáenz, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana. Para ese entonces, la oleada de violencia que vivía Colombia era tal, que su asesinato no fue circunstancial, había sido él, como bien pudo ser otro. Ese día en Medellín murieron 40 personas según registros oficiales. El único que se sigue recordando es Escobar.

Cabe recordar que el año anterior, en diciembre, había muerto otro Escobar; Pablo. El narcotraficante que había sido propietario del club en el que jugaba Andrés, había remecido a Colombia en su ausencia. La violencia con la que había aterrorizado el país, la violencia con la que se celebró su muerte, Colombia se encontraba en vilo mientras los cárteles se disputaban todo lo que Escobar había dejado sin dueño. 

Y una de las víctimas de esta violencia fue, curiosamente, Andrés Escobar Saldarriaga. Aún hoy no están esclarecidos los motivos por los que murió. Tras los diversos cambios de versión de Muñoz Castro, es díficil creer en su historia. Es díficil creer en las autoridades por lo involucradas que estuvieron muchas en tapar lo que hacían los cárteles en esos tiempos. Se cree que fue por las mafias deportivas que perdieron grandes cantidades de dinero por su autogol. Lo concreto es que ese día, el fútbol estuvo de luto.

Últimos suspiros

Su última columna «Nos faltó berraquera», publicada un día después de su muerte, en el diario colombiano El Tiempo, recoge no solo esa caballerosidad por la que tanto se caracterizaba, sino denostaba algo que hoy a muchos jugadores les falta; dar la cara. Con estas, quizá, últimas palabras, Escobar partía a la posteridad.

Pero por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí.

Hace poco, Colombia vio frenada su participación en la Copa América tras un penal fallado por William Tesillo, defensa colombiano que milita en el club León de México. Como Daniela Mejía, su esposa, ha difundido en redes sociales una de las amenazas en las que el usuario expresa el deseo que corra la misma suerte que Escobar. Al ser consultado por el diario colombiano El País, Tesillo confirmó la existencia de amenazas por redes sociales: «Sí, sí. Es cierto. A mi esposa le escribieron y ella lo publicó. Y a mí también, pero yo no he publicado nada aún. Pero bueno, estamos con Dios». Ya anteriormente, a Carlos Alberto Sánchez lo amenazaron de muerte tras ser expulsado en el partido Japón-Colombia durante el Mundial Rusia 2018. Igualmente a Carlos Bacca y Mateus Uribe tras fallar los dos últimos penales que dejaron a Colombia en octavos de final del mismo Mundial. En Colombia, en la misma medida en otros países de Latinoamérica, existe un culto a la violencia. Pero 25 años después de lo ocurrido con Escobar, deberíamos aprender la lección que Escobar nos dejó; la vida no termina aquí.


Informe realizado por Diego Abanto Delgado.

Este informe no contiene información exclusiva de Poliantea, y en esa línea, toda información aquí expuesta ha sido verificada por nuestro equipo en base a nuestros recursos. Los créditos de las fotos aquí adjuntadas pertenecen AFP. Las declaraciones han sido recopiladas de los diarios colombianos El Tiempo y El Espectador.

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