Los raros. Filósofos “finiseculares” Nietzsche – Multatuli

Rubén Darío
Poeta nicaragüense


No hace muchos meses vivía aún en el Paraguay una señora alemana que, después de permanecer en la república vecina ocho años consecutivos, partió para el país de su nacimiento con objeto de emprender una obra de gran resonancia. Esa señora se llama Elisabeth Forster-Nietzsche, y es hermana de Federico Nietzsche, el artista-filósofo que reciente y simultáneamente penetró al templo de la Fama universal y a una casa de locos. La hermana va a publicar las obras inéditas del autor de Zarathustra, cuyos libros conocidos han sido señalados por ciertos críticos como pruebas prodromáticas de la dolencia cerebral que llevó al autor al manicomio.

A pesar de Henri Albert y los nietzschistas de la juventud francesa, la obra de Nietzsche es conocida muy escasamente. Brandes —el ilustre crítico boreal a quien injustamente abochorna Brunetière con su estimación—, fue el descubridor de Federico Nietzsche. La palabra que subrayo es del mismo autor alemán, quien dice a su amigo dinamarqués estas palabras: «Después de que tú me hubiste descubierto, no era un tour de force encontrarme: ahora la dificultad consiste en perderme…»

¡Triste suerte la de Nietzsche! Durante su vida, —su vida moral—, sus trabajos no lograron la boga y el triunfo que él ambicionaba, y tan luego cae sobre él la noche de la locura, sus amigos le pintan a su antojo en ensayos y estudios, y sus mismos discípulos le desfiguran en recuerdos y biografías. Una vez más podrá decirse que cuando el maestro muere, siempre la biografía es escrita por Judas.

Fue el espíritu de Nietzsche, en cierto modo, gemelo del de Goethe; al menos, vese en él una idéntica comprensión del arte, un poder enciclopédico, y el apego especial a ciertos estudios, como el de la filología. Artista, pensador, pedagogo, músico, filólogo, filósofo, la universalidad de su vuelo no aminoraba el impulso de las alas: lo que es innegable es que era un alma de elección, un solitario, un estilista, un raro. No tuvo la serenidad apolínea de Goethe: el cordaje de sus nervios vibraba demasiado intensamente al soplo de las ideas, de modo que un día hubo de llegar en que ese cordado estalló como el de una lira demasiado templada, y el cerebro, frágil como un cristal, crujió entre los ásperos dedos de la alienación.

Cuando muere un grande hombre brota la inevitable falange de anecdotistas, de «personas que le conocieron íntimamente», —aunque apenas hayan oído de sus labios una sola palabra—, y el pobre e ilustre difunto queda horriblemente amasado, deformado, profanado por las torpes manos. ¿Quién no abomina el recuerdo de aquel Griswold vampirizado que profanó el cadáver de Edgar Poe con sus infames inepcias? Y Baudelaire, ¿no tuvo también cuervos? Así Nietzsche en la sombra. Su hermana se queja de esta manera: «Mi hermano no ha tenido nunca un enemigo personal. Poseía en todo su ser tal encanto; sabía buscar en cada hombre, a menudo, las profundidades más ocultas, los pensamientos y las más exquisitas cualidades. Cada uno creía su sociedad la mejor, de suerte que los recelos, el orgullo herido, la oposición encarnizada, se desvanecían ante ese hecho regocijador. Si todos se hubieran esforzado en no escribir sino lo que han verdaderamente vivido con él y no otra cosa que lo que han observado, existiría desde luego en el público una imagen fiel de la personalidad de mi hermano. Pero a algunos hechos reales se agrega tal onda de pérfidas observaciones generales, que apenas se encuentra un grano de verdad. No existe, pues, de la vida y de la personalidad de mi hermano, sino una imagen confusa y falsa, y en las numerosas biografías que han aparecido no he encontrado ni una fecha exacta, ni un solo suceso fielmente descripto. No se extrañe, pues, si aun los respetuosos y aun los consagrados a él han sido arrastrados a menudo a las más singulares conclusiones. Por eso es que juzgo necesario dar al público, antes de la biografía proyectada, algunas seguras noticias biográficas. Las juntaré a algunos discursos y fragmentos inéditos que se prestan bien a dar a conocer un Nietzsche real.»

Nietzsche conservó siempre por Jorge Brandes el cariño y la gratitud más profundos, y fueron a él dirigidas las últimas palabras que pudo escribir, cuando ya su razón estaba vacilante a la orilla del abismo en que cayera. La opinión que Nietzsche tenía de la aristocracia de sus lectores y apreciadores, nos da la medida de su elevación intelectual y de su nobleza estética.

Él no quería los favores del gran público, la vocinglería de ciertas famas, la para ciertos artistas desdorosa democracia de la gloria. «Algunos lectores que uno tenga en estimación en el fondo de sí mismo, y no otros, —ese es, en efecto, uno de mis deseos.» Esas palabras traen a mi memoria la figura de Ruysbroek el Admirable, y su desdén por el mundo de su época delante de su obra: «Es preciso que yo me regocije más allá del tiempo…, aunque el mundo tenga horror de mi alegría y su grosería no sepa lo que yo quiero decir.» Y Barbey d’Aurevilly decía: «Escribo para treinta y seis amigos desconocidos.» Nietzsche apreciaba, como todo espíritu superior, el valor de sus doctrinas, y se complacía en ser acogido por un círculo limitado, pero verdaderamente imperial: Hans de Bülow, su amigo Jacob Burckhardt, Taine, el poeta suizo Keller, y antes, Ricardo Wagner y Bruno Bauer. Cuando a estos se agrega Brandes, su placer se manifiesta en entusiastas palabras en alabanza de quien él llamaba su descubridor, pues ninguno como el crítico danés ha estudiado la producción de Nietzsche y labrado mejor la imagen de su personalidad. Las páginas sobre Zarathustra y la Genealogía de la moral, muestran el alto punto de vista desde el cual aprecia las doctrinas de su amigo. Por su parte Nietzsche, en la correspondencia publicada por Brandes, se complace en manifestarle «el real placer de que un tan buen europeo, un misionero de la cultura como vos» quiera formar parte de sus «lectores». El filósofo se preocupaba hondamente del problema del alma moderna. Su filosofía es brumosa, y él reconoce la relativa obscuridad de su obra: «Yo mismo, no dudo de que mis escritos sean, por ciertos lados, aún muy alemanes».

La causa de esa obscuridad consiste en la «desconfianza de la dialéctica, y aun de las causas». Después le veremos confesar que le falta «el valor de lo que sabe». «Me parece, dice, que es el valor, el grado de intensidad del valor, lo que decide en un hombre lo que afirma o lo que niega.»

Una de las curiosas observaciones de Nietzsche es aquella que compara a los alemanes con los franceses. El alma germánica, va siendo cada día in rebus psichologis, más pesada, más cuadrada, en tanto que el alma francesa, por el contrario, busca las combinaciones, el matiz, el mosaico. Cuando la publicación de su Más allá del Bien y del Mal, la crítica de su país recibió el libro como un conjunto de paradojas.

Es casi innegable que la enfermedad surge de cuando en cuando, y se advierte en las páginas del desgraciado filósofo. El mismo apasionado Henri Albert reconocerá que si en sus últimos tiempos aparecen en los escritos de Nietzsche, juicios acertados y originales sobre sí mismo, sobre las gentes y las cosas que le rodeaban, ello fue «en los meses de lucidez». En la correspondencia con Brandes puede irse advirtiendo, carta por carta, el progreso de la locura, y cómo se funde, poco a poco, semejante a un trozo de nieve, la fuerza cerebral. He aquí algunos fragmentos: «Niza, 19 de febrero de 1893.—… Los dos escritos sobre Schopenhauer y Ricardo Wagner, representan más, como me parece ahora, confesiones y ante todo promesas que me hice a mí mismo, que una verdadera psicología de esos dos maestros que me parecen tan profundamente unidos cuanto antagónicos. Fui el primero en destilar de ambos una especie de unidad; entretanto, esta superstición está muy en primer término en la cultura alemana: todos los wagnerianos están adheridos a Schopenhauer. Era distinto cuando yo era joven. Entonces los últimos hegelianos tendían a Wagner. «Wagner y Hegel» era aún la palabra de pase en 1850. Entre las Consideraciones inoportunas y Humano, demasiado humano, hay una crisis y un cambio de piel. También, físicamente, he vivido años enteros en la vecindad inmediata de la muerte. Esa fue mi gran dicha. Me olvidé y me sobreviví… he hecho la misma hazaña una segunda vez. Así nos hemos hecho regalos: pienso en dos viajeros que se regocijarán reencontrándose… —27 de marzo… os compadezco en vuestro norte, tan taciturno y tan invernal esta vez; ¿cómo hacen allí arriba, pues, para mantener su alma? Casi admiro a quien bajo un cielo cubierto no pierde la fe en sí mismo, para no hablar de la fe en la «humanidad», la «propiedad», el «estado». En Petersburgo sería nihilista: aquí soy creyente como una planta que cree en el sol. ¡El sol de Niza! —eso no es ciertamente un prejuicio. Lo hemos tenido, en detrimento de todo el resto de Europa. Con el cinismo que le es propio, Dios ha dejado brillar sobre nosotros, haraganes, filósofos y griegos, un sol mucho más riente que sobre la «patria» heroicamente militar, que sería mucho más digna… —Turín, 10 de abril de 1888.— …Lo que me dices de Schopenhauer educador me da un vivo placer. Ese librito me sirve de piedra de toque.»

En otro lugar explica cómo escribió su libro Zarathustra[1]:

«…Cada parte en diez días, poco más o menos. Estado completo de un «inspirado». El todo, concebido viajando a grandes jornadas: certeza absoluta, como si me hubieran gritado cada frase. Al mismo tiempo la más grande elasticidad y la más completa plenitud corporal.»

En resumen, como estas líneas no pueden ser de ningún modo de análisis crítico, sino sencillamente informativas, quienes deseen conocer fundamentalmente a Federico Nietzsche pueden procurarse las obras originales o las traducciones francesas, los estudios de Henri Albert, y sobre todo, la reciente obra de Jorge Brandes, Hombres y Obras, en que están estudiadas profundamente la personalidad y las doctrinas del filósofo alemán. De sus obras musicales, el Himno a la Vida, que él creía la mejor y que deseaba se cantase en su entierro.

***

El «sabio de última hora» no viene de los países escandinavos ni de la tierra germánica. Le han descubierto en Holanda y se llama Multatuli. Los que le han dado a conocer en Francia son R. de Marés y su compatriota Van Heurck. Este último ha traducido la Profesión de fe, única obra que conozco del filósofo holandés, y la cual poseo, adornada con una bella mayúscula arcaica, de León Bloy. Sobre la Profesión, pues, puedo decir algo a los lectores de La Nación.

Aviene que el sabio, mientras meditaba un día, recibe una carta de su mujer. Los niños no tenían ninguna novedad, pero la oíslo, como decía Sancho, le pedía a su marido «una profesión de fe». Uno de los chicos desea saber lo que es «un pagano». Todos quieren que el padre les diga qué cree, qué sabe, qué profesa.

Como el sabio contesta que no puede enviar una profesión de fe que no tiene, la señora pone el grito en el cielo: «—Querido Max, por el amor de Dios, dime, pues, qué profesar! Yo no creo en la Biblia, como llaman eso. Está bien, dicen, pero la Naturaleza! En la Naturaleza tampoco he encontrado a Dios. Dicen que Sirio está muy alejado de nosotros y que un animalito tiene otros animalitos en el cuerpo. Eso me parece muy inverosímil, y encuentro esa distancia que nos separa de Sirio muy penosa para ir allá; pero en todo eso yo no veo a Dios. Querido Max, los chicos tienen buena salud, pero ayúdame!»

El padre a que no tiene profesión de fe, y la madre a exigirla. Él se encoleriza entonces y escribe la Profesión en una revista, el Dageraad, para satisfacer las postulaciones conyugales.

Todo esto parece cosa de broma, pero es el caso que Multatuli está tomado muy en serio, y hay quienes miren en sus extraños arranques como la poderosa y dolorosa manifestación de un «estado del alma». Entretanto, no se adivina ni se encuentra en su Profesión sino un ateísmo fósil, la repetición de viejas ideas pesimistas, y el «sólo sé que nada sé». Esta exclamación: «Yo no te conozco, ¡oh Dios! Te he rogado, buscado, suplicado que me respondas y tú no me has respondido!», parece tomada de Job: «¡Quién diera que le conociese y le hablase! Yo iría hasta su trono». El salmista dice: «Escucha, oh Dios, mi oración, y no te escondas!» Multatuli, como un niño de padre desconocido que quisiese ver al autor de sus días, busca a Dios por todas partes, y no lo encuentra en ninguna. Llega hasta profanar la lengua del Cristo. Represéntase, como un sacrificado por la Duda, lleno de la sed del Padre, sed de la palabra de Dios. «Responde, Padre, si tú existes, responde! No dejes a tu hijo desesperar, Padre! No permanezcas mudo al Lamma Sabacthani que el dolor me arranca!» Clavado en su ateísmo, piensa que quien le da hiel y vinagre, es el creyente. Nótase en este negador de Dios un cierto hondo rencor para con todos aquellos que puedan decir: Gracias, Señor, que yo no soy como él.  Su conclusión es esta: «No hay Dios». Recordemos las palabras del rey lírico: «Dios, desde los cielos, miró sobre los hijos de Adán, por ver si hay algún entendido que busque a Dios».

Entretanto, Multatuli (cuyos méritos poéticos, si hemos de creer a su biógrafo M. Pée, lo colocan en alto lugar) ha satisfecho a su señora; ha dado a sus hijos un buen consuelo moral, y ha entrado a la rápida y fugitiva celebridad de ciertos nombres.

En cuanto a su rencor para los que creen, para los que él llama hijos preferidos del Dios que desconoce, y los cuales, según su frase, corren a la Bolsa y especulan en consolidados, no tiene siquiera el mérito de la originalidad. Multatuli tiene un antecesor: Caín, agricultor y filósofo.


[1] Véase: H. Albert, Nietzsche y Georges Brandes.


* Esta columna puede ser encontrada en La Nación (Buenos Aires), lunes 2 de abril de 1894, p. 1, cols. 6-7. Poliantea, sin ánimos de lucro, la comparte ahora como un rescate a una columna que el famoso poeta escribió sobre dos grandes filósofos