“La canción de nosotros”: una composición al exilio

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


“Cuando niño, me costó mucho trabajo aprender a pronunciar la palabra “patria”.  Ahora, tras una infinidad de años de no pronunciarla y ni siquiera escribirla, me doy cuenta de que el esfuerzo es más grande aún, porque “patria” pertenece a esa estirpe de palabras que, como decía el filósofo español Fernando Savater, sólo se dignifican con el prestigio de la muerte. Tantas cosas, además, se han dicho sobre “la patria”, y en su nombre, como en el nombre de la libertad, tantos crímenes se han cometido.”

Así comienza el discurso que Don Fernando del Paso pronunció un 3 de agosto de 1982 en Caracas, Venezuela, cuando recibió el premio “Rómulo Gallegos” por su novela “Palinuro de México”. No puedo evitar evocar y mencionar uno de los discursos más emotivos de Don Fernando al momento de hablar de la obra que hoy reseño, y es que ambos textos se centran en un concepto un tanto abstracto al momento de describirlo, pero tan claro en el corazón de cada uno de nosotros, ciudadanos de un país cualquiera o del mundo: “La Patria”.

Hablar de la obra de Eduardo Galeano es, en parte, hablar de su vida. No podemos pasar por alto la historia del autor y el impacto que tiene la misma en sus obras: el autor es el producto de su época. Es por eso que para hablar de “La canción de nosotros”, una obra que habla del exilio y todo lo que lo engloba, es necesario conocer la historia del autor.  

Eduardo Galeano nació en Montevideo, Uruguay en 1940, fue periodista, escritor, mensajero y dibujante, sólo por mencionar algunos de sus tantos oficios en esta vida. En 1973 tras el golpe de estado, fue encarcelado y posteriormente exiliado de su país y censurada su obra en Argentina, Uruguay y Chile. En 1985 regresa a Montevideo y funda el semanario “La brecha” junto a otros periodistas y escritores, uno de ellos Mario Benedetti. En el inter de su exilio, Galeano escribió novelas y relatos en donde habla de amor, de muerte, de historia y de su nación.

La patria es el tema central de “La canción de nosotros”, donde a través de cinco líneas narrativas alternadas entre sí – La ciudad, El regreso, Andares de Ganapán, La máquina y El santo oficio de la inquisición— Galeano compone en su conjunto, como si fuesen piezas musicales, una canción que habla del amor y de las ansias de la libertad y la justicia, de la fidelidad a uno mismo y del amor a la patria.

Los personajes son entrañables y son la viva representación del pueblo mancillado por aquellos que se dicen ejercer un poder justo. Conocemos a Ganapán, que representa la esperanza, la humildad y la entereza al creer que por muy oscuro que sea el presente, siempre habrá un mañana que ofrezca una luz de fe. Por otro lado, está Mariano, que después de años de exilio regresa a enfrentar, cara a cara a su pasado; regresa a Clara, su amor, y evoca junto a ella la censura, la privación de su libertad, la tortura a la que fue sometido y el miedo, aquel miedo latente de perder lo único que le queda: su integridad.

La canción de nosotros es todo aquello que representa el amor a una nación y a su historia. Galeano le da una voz al exilio, y toca el corazón del lector con las historias de aquellos que dieron la vida buscando sus ideales y el bienestar de su pueblo, voces calladas que solo hablan a través de las páginas y de la pluma del autor.

Después de leer “La canción de nosotros” corroboro algo que he pensado desde que, hace tiempo y por primera vez, Galeano llegó a mis manos: Galeano marca siempre, un antes y un después de su lectura. Galeano toca el corazón y abraza con las palabras.

Les comparto algunos fragmentos de la novela, dignos de compartir:

Mariano quisiera pensar. Sólo puede recordar. El puerto retrocede, la ciudad se extiende. Los tiempos idos avanzan. Se abren paso los fantasmas desde el exilio tristón de la memoria.

El viento anda de dueño de los restos del naufragio, y nos arroja adonde quiere. ¿No volverán a juntarse nunca los pedazos que nos hicieron posibles?

[…] El poder es capaz de todos los crímenes menos de los que requieren coraje. Devora héroes y caga locos.

Llegó a destino y se bajó, mareado, y seguía sabiendo que ella continuaría oliendo a sí misma en su memoria, deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños: que ella sería, que será, una cicatriz que a veces hace cosquillas y a veces late y a veces arde y a veces duele. Y sintió la necesidad de volver y por lo menos decir: “Nunca nada”. Por lo menos decir: “Como esto, nunca, nada”, Y no volvió.

Un buen día descubres con cuánta facilidad te pueden borrar. Te queman las cartas, los libros, las cosas tuyas. Te matan o te encierran o te obligan a irte. Un buen día te das la vuelta y descubres que ya no queda ninguna huella. Como si no hubieras existido nunca. Ahora, tengo nombre de otro.

Yo te extrañé mucho, ¿sabés? —dice Clara—. Y te odié mucho, o quise odiarte mucho, para que no me lastimaras. Quise verte cuando estabas preso, pero no había manera, y yo no tenía a quién preguntar. Y después… Después, me sentía como una bala perdida. Me despertaba llorando. No me gusta llorar. Cuando era chica, leía un libro para varones y había dos páginas que me hacían llorar. Cada vez que leía esas dos páginas, lloraba. Entonces las pegué, con goma. A mí no me gusta llorar.

Un buen día él mismo descubrió quién era. Supo de golpe, como en una revelación, para qué había aprendido todo lo que sabía y a quienes iba a entregar todo lo que fuera capaz de dar en el tiempo de vida que pudiera vivir. De golpe se llenó de asco y de apuro. Fue el día en que lo echaron del empleo, porque le apagó un pucho en la cabeza al gerente, y la noche en que decidió dejar de estudiar porque descubrió que el Derecho no existía. El caballo hace al jinete y el bocado al diente: el Derecho era el derecho de muchos hombres a hacerse puré bajo la suela de pocos. Mandó todo a la mierda y se dedicó a organizar la rabia, como el decía, durmiendo donde fuera y comiendo si había. Lo que pasara con él, se le importaba un carajo. Había aceptado su destino cuando supo cuál era, o lo había elegido, no sé, pero sin hacer ningún drama con eso, como si la pobreza y el peligro de morir fueran una fiesta. Se había dado. Darse. Él sabía que no hay alegría más alta.

Y pensaba en vos, Clara.Te veía olvidándome. Quería borrarte y que pudieras borrarme. No quería que me esperaras. Además, la libertad alcanzaba para ser feliz. Más, ya era abuso. Te había perdido, pero no me dolía. Si alguna vez me metían un tiro en la nuca, nadie se iba a quedar con un agujero demasiado grande en el pecho, y eso me dejaba libre. Pero me acordaba de cuando me decías: «Ya habrá tiempo para estar tristes. Años para estar tristes. Y toda la muerte, que es tan larga. Ahora no. No tenemos derecho». Y me acordaba cuando rompíamos la máquina del tiempo y nos queríamos siempre.