Héctor Lavoe: El diablo que fue santo

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Nacido en Ponce, graduado con honores en la universidad de la calle, con maestría en soneos y doctorado en zalamería. Héctor Lavoe es todo un personaje dentro de la salsa. Para muchos es el cantante de los cantantes como diría la canción compuesta por Johnny Pacheco, El rey de la puntualidad, para otros es más el mito que el hombre; lo cierto es que nadie puede negar que existe un antes y un después de Héctor Lavoe en la historia de la salsa.

Héctor Juan Pérez Martínez nació el 30 de septiembre de 1946; Héctor Lavoe, no obstante, nació mucho tiempo después. Si bien son la misma persona, Lavoe es más el personaje que Pérez creó (o los empresarios crearon) para introducirse en el mundo del espectáculo. Es imposible establecer bien el momento en el que dejó de ser Pérez Martínez para convertirse en Lavoe, pero sí sabemos que la primera tragedia que enlutó su vida fue la muerte de su madre a los tres años. Decimos primera, porque el camino de Lavoe fue empedrado por tragedias, como se podrá ver más adelante. 

Si bien estudió música para seguir los pasos de su padre, un gran cantante local, la carrera de Lavoe no arrancó hasta llegar a New York, en busca del sueño americano. Como muchos latinoamericanos por esos años, la migración a Estados Unidos era parte del plan para salir adelante. Poco sabemos de esos años, excepto por la resistencia de su padre a dejarlo ir; su hermano había muerto pocos meses antes en un accidente de auto. Como el propio Lavoe lo manifiesta, iba en busca de cachuelitos que le permitieran ganar lo suficiente como para sobrevivir. Seguramente se habría pasado así toda su vida si no hubiera sido escuchado por Johnny Pacheco.

Nos guste o no, la voz de Lavoe, por más extraordinaria que fuera, no hubiera llegado a nosotros de no ser por Pacheco y Fania Records. Fundada en 1964 por Johnny Pacheco y Jerry Masucci, Fania rápidamente se convirtió en la disquera de moda para los latinos. Fusión de ritmos, ritmos que mezclaban géneros, Fania era la movida latina, así como Motown la movida negra. Esta fusión, según dicen, fue bautizada por Izzie Sanabria, como salsa. Y dentro de sus exponentes, dentro del cártel de voces que trabajaban con Fania, se encontraba Héctor Lavoe. 

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Willie Colón es, por excelencia, la figura amical con la que más se asocia a Lavoe. No es por capricho; ambos han colaborado en 12 producciones. En cierta forma, ambos iniciaron su carrera de la mano, hombro a hombro desde el debut musical de Colón en Fania con El Malo (1967). Lavoe, tras ser fichado por Pacheco para Fania, se integró a las grabaciones del primer disco de Colón, casi con reticencia, pues le habían pedido que grabe algunas canciones, no que formara parte de la orquesta. Un poco de orgullo musical, se podría decir.

El malo (1967)

En El Malo (1967), la voz de Lavoe le aporta frescura a un álbum que de por sí es un hito en la historia de la salsa, al ser uno de los primeros que publicó Fania. Hoy por hoy, resulta interesante ver cómo, desde este LP, uno puede rastrear las conexiones casi mágicas que luego desarrollaría el dúo.

Como dato curioso, el mismo Lavoe cuenta que nunca se le dio una invitación formal, razón por la cual en sus primeros discos juntos, su nombre no aparece en la portada junto al de Colón. Cabe recordar que el afán de Lavoe no era cantar en una orquesta dirigida por alguien más, él quería tener la suya. Pese a eso; poco a poco, lo iban invitando a las presentaciones, hasta que eventualmente ya coordinaban las presentaciones directamente con él. 

Al año siguiente, lanzarían The Hustler (1968), que si bien no es un trabajo que resalte dentro de su discografía, es la perfecta transición a lo que eventualmente se volvería su identidad. Ya en The Hustler, rastreamos canciones como «Qué Lío» en la que Lavoe demuestra porque su apodo era La Voz, su temporización al inicio de la canción es impresionante. Álbum de transición además, porque es el último álbum en el que solo aparece el nombre de Colón, y el sonido de la calle se va refinando, se va sofisticando con introducciones como las de Mark “Markolino” Dimond, pianista prodigioso de la banda.

Guisando (1969)

El album que define la esencia de la salsa, del dúo musical es Guisando (1969). Hasta ese entonces, es cierto, las previas producciones jugueteaban con la fusión, con la calle, con lo underground. Pero Guisando es lo underground, es calle, es esencia latina. Del estudio pa’ la calle salen canciones como «Te están buscando», que imprime en la voz de Lavoe una persecución por drogas; en el álbum esta temática pandilleresca, casi mafiosa que se habría de repetir en otros discos. Guisando es escuela, imprescindible para cualquier sonero, cualquier fanático de la salsa.

Cosa Nuestra (1970)

Cosa Nuestra (1970) sigue en esa línea callejera y es la primera en alcanzar la distinción de disco de oro al superar las quinientas mil ventas. «Ché Ché Colé», «No me llores más» y «Juana Peña» resaltan del disco, pero resalta sobre todo la virtuosidad con la que Lavoe canta en las últimas dos, llevando su voz a picos no vistos anteriormente. Un disfrute sonoro, sobre todo por la combinación de ritmos, por los soneos que Lavoe parecía guardar en su bolsillo. Cosa Nuestra es el primer álbum que guarda una unidad creativa, que va más allá de las temáticas, una unidad sonora, una unidad que se veía reflejada hasta en la propia voz del cantante. Además, aquí el propio Lavoe ya empezaba a incursionar en un arte oculta, la composición.

La gran fuga (1971)

Para la salida de La Gran Fuga (1971), las portadas de Izzy Sanabria ya eran históricas. Con La Gran Fuga pasaría a la historia, llegando al extremo que la policía misma pediría a Fania que retirara dicha portada por causar confusión en la población (de acuerdo a la portada, Colón era buscado por el FBI y su arma era un trombón). Respecto al álbum, «Ghana’ E» y «No Cambiaré» no son solo canciones con gran repercusión en la composición para Lavoe, sino que ya nos transmiten un estilo atrevido, osado, nunca antes visto en la salsa. Pese a su edad, este dúo le empezaba a impregnar identidad a un género en ebullición.

Canciones como «El Malo», «Qué Lío», «Guajirón» aparecerán de nuevo en Crime Pays (1972), el primer álbum recopilatorio de las mejores canciones de sus primeros discos. Era un todo un hito que solo cinco años después de haber debutado, Colón y Lavoe contaran con lo que en Estados Unidos es conocido como Greatest hits. Fania se aprovechaba de la fama de estos dos jóvenes, y los explotaba en conciertos, giras, grabaciones a un ritmo sobrehumano pero al que parecían responder con hidalguía.

El Juicio (1972)

Así, por ejemplo, El Juicio (1972) es un progreso musical, sí. Las canciones sobran en este álbum, canciones como «Ah-Ah/O-No», «Piraña», «Aguanile» o «Si la ves» que rápidamente ponían a bailar al oyente. Ritmos cada vez más jugosos,más bailables, más experimentales. De la mano de Colón y sus experimentos, de la voz de Lavoe y sus soneos, el dúo iba para arriba, solo esa dirección parecían conocer.

Lo Mato (1973)

En general, los primeros trabajos con Colón eran una oda a la calle. La voz de Lavoe, tan inclasificable por la variación de sus rangos durante las canciones, se entrelazaba muy bien con el trombón, con esa orquesta que sonaba tan nasty, musicalmente hablando. Esto se evidenciará en su siguiente producción; Lo Mato (1973), donde tres canciones quedarán inmortalizadas en el imaginario callejero; «Calle Luna, Calle Sol», «Todo tiene su final» y «El día de mi suerte». Estas tres canciones no solo recogen influencia de los barrios latinos, sino que son fieles retratos de lo que es vivir en Latinoamérica. Las dos últimas se volvieron himnos de los migrantes, se volvieron himnos que Lavoe sabía y podía entonar con la seguridad que su público respondería con gran ahínco. En esta época pese a todo lo problemático, habían tocado la gloria, se encontraban en el Olimpo musical antes de los 30 años.

El rápido ascenso a la fama afectó al dúo de forma ambivalente. Ambos pasaron de ser dos don nadie a ser las celebridades del momento, se les abrieron más puertas, pero a su vez, este cambio tan abrupto no podía estar exento de drogas, de mujeres, de alcohol. Esto eventualmente llevará a roces en el dúo, especialmente por lo inmerso que estaba en este desenfreno Lavoe. Por esas épocas, nacerá el apodo el rey de la puntualidad, que luego será inmortalizada en una canción compuesta por Johnny Pacheco, ante sus constantes tardanzas para las grabaciones y los conciertos.

Si bien para 1974, el pico creativo de Lavoe y Colón estaba en lo más alto, el cansancio por el clima laboral, lo estrepitoso que llegaba a ser Lavoe en el estudio, acabó llevando a una separación. Así como iniciaron, terminaron separándose sin decírselo al otro. Mientras Lavoe se encontraba de concierto con la Fania All Stars, Colón empezaba a grabar el álbum que sellaría la separación.

The Good, The Bad, The Ugly (1975)

The Good, The Bad, The Ugly (1975) acabaría marcando no solo el fin del dúo, sino la introducción del nuevo compañero de Colón, un tal Rubén Blades. En este álbum, «Qué bien te ves», Lavoe homenajea en los primeros minutos a uno de sus referentes musicales, Jesús Sánchez Erazo, el Chuíto de Bayamón. La canción, en sí, tiene un valor agregado pues no solo sirve como despedida, nos prepara para un Lavoe mucho más desatado en el futuro. Sin Willie Colón para restringirlo, lo que veríamos de él en el futuro, a partir de «Qué bien te ves», sería su esencia.

La Voz (1975)

Su carrera como solista entonces empezó sin que Lavoe lo buscara, es cierto. Cabe mencionar que Colón se mantuvo en la producción de su primer disco, La voz (1975), y esto en parte ayudó a apaciguar la soledad y traición que Héctor sintió al enterarse que Colón iba a grabar un álbum sin él. «El Todopoderoso» o «Emborráchame de amor» son las canciones iniciales, «Rompe Saragüey» y «Mi gente» terminan de ensamblar este gran disco. Primero de primeros, Lavoe acabaría por armar su orquesta para este disco, retomando la presencia de Mark Dimond en el piano, quién nos regalaría un solo tremendo de esos que sólo él podría regalarnos en «Rompe Saragüey». La voz (1975) no es solo un álbum de debut, es el manifiesto de libertad que Lavoe lanzaba a su público, es él desatado. Aquí todo era sonrisas, todo era éxito. Los problemas, sin embargo, no tardarían en llegar.

De ti depende (1976)

De Ti Depende (it’s up to you) (1976) cuenta con «Vamos A Reír Un Poco» y «Periódico De Ayer», ambas canciones en las que nos vuelve a demostrar que es un sonero de primer nivel, pero «Hacha Y Machete» es una canción esencial para la vida de Lavoe. No podemos sino evitar sentir que es la que mejor refleja esa relación conflictiva entre el dúo Colón-Lavoe, y curiosamente el propio Colón se encuentra en los coros, como para completar la teoría. Pa’lante, alta la frente, de frente vamos a demostrar cantaba Lavoe, luego se le une Colón con que lo nuestro no fue un golpe de suerte, somos hacha y machete y esta es la verdad. Pero había otra verdad, Lavoe demostraba que se había fortalecido tras la salida de Colón de la orquesta. Ya no se necesitaban tanto, más que una canción de amor, es una declaración de independencia. Como dato curioso, este disco cuenta con la presencia de «Felices Horas» un bolero que escribió su padre Don Luis Pérez. 

El problema de Lavoe era como sobrellevar la fama. Es cierto que se había dejado llevar por sus efectos rápidamente, pero lo cierto es que la fama es un opio que nunca acaba, nunca acaba hasta que lo hace. Pero con Lavoe no acababa nunca. Para su mala suerte, él nunca pudo bajarse del carrusel. Desde que había incursionado como solista, las únicas pausas que tenía se debían a sus recaídas por las drogas. De hacer un álbum anual, las grabaciones empezaban a demorarse porque su cuerpo empezaba a pasar factura del desenfreno. Pero lo que se tarda en llegar, suele ser bueno. De Comedia (1978) se puede decir esto.

Comedia (1978)

Ya desde la portada con fotografía del gran Yoshi Ohara, emulando al personaje de Charles Chaplin, Charlot, uno puede preveer que lo que se viene es grande. Las apuestas con este álbum eran altas, era el regreso de Lavoe tras una recaída de las que no cualquiera se levantaba. Fue tanta la recaída, que tuvo que regresar Colón a producir el álbum. Fue precisamente gracias a él que la canción emblema del disco llegó a manos de Lavoe.

La historia de «El Cantante» es particular, por decirlo menos. Para el momento en el que Rubén Blades la compone, se estaba cocinando uno de los mejores productos que la Fania conocería jamás; Siembra (1978). Precisamente, «El Cantante» había sido compuesta por Blades para ser incluida en el álbum, pero fue tanta la presión de Colón y Paula Campbell, su novia de aquel entonces, que lo llevaron a dársela a su rival musical.

No sólo generoso, más allá de ser generoso, es ser realista. Yo me senté y dije: esto que le está pasando (al personaje de la canción) no me esta pasando a mí en realidad, le está pasando es a él (Héctor Lavoe), entonces él va a darle a la canción un tono y un giro mucho más genuino que lo que yo puedo hacer. Así que fue más bien, más que generosidad, fue aceptar la realidad, que (…) él está atravesando este problema.

Rubén Blades. Entrevista – Rubén Blades – 1 (Cuarto Poder). Perú. 

Y es cierto. El cantante es Lavoe, no nos quedan dudas, solo él podría haber interpretado esa canción, solo él podría haber hecho suya una canción que no había sido compuesta para él. Mientras escuchamos ese monstruo enorme que es «El Cantante», nos damos cuenta que es una oda al gran esfuerzo que puede ser complacer al público. ¿Quién mejor para entenderlo que Lavoe?

Recordando a Felipe Pirela (1979)

Después de Comedia, Lavoe experimentó la segunda oportunidad de la vida. Empezó a grabar de nuevo, a ir de conciertos, tuvo una lucidez que le duró un par de años. Feliz Navidad (1979) y Recordando a Felipe Pirela (1979) nos demuestran además lo amplio del repertorio de Lavoe. Este último es de los mejores en cuanto a reinterpretaciones de El Bolerista de América. Es curioso que Pirela sea el único artista al que Lavoe decide homenajear, sobre todo cuando uno emprende una ruta comparativa entre sus vidas, ambas vertiginosas, ambas emparentadas tanto con el éxito como con las caídas.

El Sabio (1980)

Posteriormente, El Sabio (1980) y Qué Sentimiento! (1981) serían lo último de su disciplinada carrera. Ambos discos contarían con ritmos más bien coquetos, más bien osados, intrépidos. La voz de Lavoe jugaba con el público sobre todo en El Sabio, pues aquí hay un trabajo musical apoyándolo. Qué Sentimiento! por el contrario es el primer trabajo que Lavoe produjo. Por el estrés que debió significar hacerlo solo, sin contar con la disciplina que se necesita para encargarse de ello, se convirtió no solo en la primera producción, sino en la única. Pese a ello, Qué sentimiento! es un disco redondo, como para tapar bocas a todos aquellos que pensaban que sin Colón, Lavoe no podría sobrevivir.

Qué sentimiento (1981)

Algo que siempre sorprendía de Lavoe era su capacidad de levantarse frente a la adversidad. Con cada golpe; una sonrisa aún más grande, con cada desamor; una canción, con cada pena; un disco. Convencido, sin duda, que muy pronto iba a llegar el día en el que cambiaría su suerte, Lavoe se levantaba y seguía intentándolo. Pero la suerte de Lavoe no iba a cambiar nunca. Para ese entonces, él ya había emprendido un camino sin retorno, alejándose cada vez más de la voz prodigiosa que años antes había encandilado a santos y pecadores. Su suerte estaba dictada, él era el cantante destinado a vivir en el infierno, aunque tuviera un talento divino. Extraña figura, sin duda, pero no por ello, menos cierta. Lavoe vivía un infierno, tanto en lo emocional como en lo laboral. Ya no vivía con Nilda la luna de miel, ya no vivía con Fania, un romance de nunca acabar. Los conciertos eran cada vez más exigentes, las responsabilidades también, y él; él era un niño atrapado en la vida de un hombre. Él solo quería cantar y hacer disfrutar a su gente; a su alrededor, le pedían que fuera todo lo que ellos querían que fuera, y era de esperarse que él no se diera abasto. Para esta época, era una bomba de tiempo. Y más temprano que tarde, volvería a explotar.

Vigilante (1983)

Lavoe se volvió a caer entre 1981 y 1983. Fue una caída tal que Colón lo “fichó” de nuevo para la grabación de Vigilante (1983). Mucho se ha hablado de este disco, sobre todo porque fue una de las estrategias de Jerry Masucci que peor funcionaron y que enviaron a Fania a un hoyo del que no saldría; decidió atar el lanzamiento del disco al de la película The Last Fight, un fracaso rotundo de principio a fin. Lo poco que pudo recuperar de dicho negocio fue volver a escuchar al dúo de oro. Cuatro canciones, cuatro éxitos, dentro de los que resaltaron «Triste y Vacía» y «Juanito Alimaña». Ambos, éxitos de inmediato, calando sobre todo, la primera por ser de las pocas canciones en las que Lavoe trata con cierto respeto a la figura femenina. La letra es de López Cabán, pero Lavoe la interpreta con una tristeza, reconociendo quizá en ella algo suyo: va tratando de lograr lo que ha soñado, aprovecha la experiencia de la vida, va olvidando sufrimientos del pasado,la calumnia y la mentira la castigan. Con el empuje de Vigilante, Lavoe volvió a grabar un álbum curiosamente producido por Puchi, su esposa, quién merece un párrafo aparte.

La vida sentimental de Lavoe, es cierto, merece un capítulo aparte, pero digamos que él ahora sería catalogado de womanizer, o en términos latinos, mujeriego. Ya en sus canciones, como «Emborráchame de amor» podemos rastrear ciertas señales de cómo experimentaba él el amor. Por ejemplo, según se cuenta, la madre de su primer hijo no se casó con él precisamente por su irresponsabilidad y su afán de andar con distintas mujeres. El primer hijo de Lavoe, José Alberto Pérez nació el 30 de octubre de 1968. Cuando José fue bautizado, Héctor recibió una llamada informándole de que Nilda Puchi Román estaba embarazada. El segundo hijo de Lavoe, Héctor Jr. nació el 25 de septiembre de 1969. Después de esto, la pareja se casó, y tras una petición de su esposa, Héctor se mantuvo alejado de su primer hijo y la madre de este. Según se dice, la influencia de Puchi fue tremenda en Lavoe, experimentando un cambio, no necesariamente para bien. De acuerdo a Colón, fue Puchi quién lo introdujo a la cocaína. Cierto o no, la relación tóxica que mantuvieron ambos es innegable,

Reventó (1985)

Pero regresemos a lo que nos atañe; la música. Reventó (1985) cuenta con la canción que acompaña este perfil; «La Fama», una de las canciones escritas por Lavoe que mejor retrata su vida. Pero las canciones que abren este disco, como «¿De qué tamaño es tu amor?» y «Porque No Puedo Ser Feliz» también redondean un trabajo espectacular de Lavoe. Es cierto que para esta etapa, su voz ha sufrido los embates de la desmesura, pero esto no quita que nos entregue canciones que hasta ahora pueden poner a bailar a cualquiera. Después de esto, entre giras y recaídas, Lavoe aguardará por un jab más, cual boxeador.

Y veinte años después de su debut musical, en 1987, Lavoe experimenta quizá el año más duro de su vida. Por eso, Strikes Back (1987) llegó en el momento justo. No solo será la última producción que grabará Lavoe, sino que confirma lo que muchos ya creían en aquel entonces; Lavoe estaba en el olimpo de los cantantes.

Strikes back (1987)

No es solo por «Loco» o «Ella Mintió», sino quizá por el tema que más resalta de este álbum; «Taxi». Su inicio, agridulce, bien podría anticipar que Lavoe había partido tiempo atrás al número trece de la calle tristeza, esquina agonía. Toda la canción parece indicarnos que el taxista es el Caronte de la vida, y Lavoe el alma errante que se dirigía al infierno. 

Con una vida acostumbrada a los golpes, la recepción del álbum fue más bien cálida. Los críticos ya miraban con otros ojos a Lavoe, ya no era el muchacho malo, ahora observaban más que a la persona, al personaje; y aún así, Strikes back caló hondo. Su éxito fue rotundo, sus canciones calaron rápido y parecía asentarse Lavoe de nuevo en la cima.

Entonces llegó el golpe del que quizá nunca se recuperó; la muerte de su hijo, Héctor Junior. Meses antes; la muerte de su suegra, de la que tanto se burlaba, razón por la cual dejó de cantar «Soñando despierto» en vivo. Poco después, su padre y su sobrina. La partida de su padre y su hijo dejaron desolado al sonero pero  y aún más tras lastimarse una pierna al tener que saltar de una ventana mientras se quemaba su casa. Una seguidilla de pérdidas para cerrar el año. 

Al respecto, se afirmará que después de 1987, nada volvió a ser lo mismo en Lavoe. Incluso, el propio cantante afirmaba esto en una entrevista, dejando notar en su voz los golpes de la vida:

“Este año me ha sido un poco malo, yo no quiero recordarlo mucho porque yo vine a traerle alegría a la gente pero este año murió la mamá de mi esposa, mi suegra; murió mi padre; murió mi sobrinita; murió mi único hijo varón; y se me quemó la casa y me tuve que tirar por una ventana por eso es que tengo la pierna así malísima… pero Dios dijo Héctor, tienes que seguir pa’lante, pa’lante (…) porque tú viniste acá para poner al pueblo a gozar…”

Lavoe era del pueblo. Era un cantante cuyas raíces estaban profundamente enraizadas con ese público tan devoto, ese público al que podía mandar a la mierda seguro que volverían a verlo al siguiente concierto, como si nada hubiera pasado. Era un público que lo malcriaba, pero al que él sabía, se debía. Canciones como «Mi gente» o «El cantante», así lo reflejan. En cierta forma, la gente amaba a Lavoe porque lo sentían suyo, aún más que el resto de salseros. Él no era un ídolo, era un humano como ellos. Cometía los mismos errores, lloraba las mismas penas, sentía los mismos amores. Sus pregones eran sinceros, su ascenso había sido observado por todos, él no era un invento de las empresas, no era producto de la fama, Lavoe era quién era porque lo había querido. Y la gente lo quería por eso. Lo veían ahí arriba y sabían que él había llegado para hacerlos celebrar, para olvidar por un rato esas penas tan humanas que nos inundan de tanto en tanto.

Después de 1987, no debe alterar a nadie decirlo o admitirlo, todo fue decadencia con Lavoe. Al año siguiente, le diagnostican SIDA e intenta suicidarse. La caída lo dejará prácticamente en el retiro. Pero cierto es que Lavoe nada más existía durante los escenarios, y cierto también es que los empresarios que organizaban los conciertos explotaban al cantante de la peor forma posible; solo así uno puede entender que hasta su muerte, Lavoe haya dado conciertos. No romanticemos esto, la explotación de cualquier tipo no debe serlo.

Al final de sus días, quizá por su comportamiento errático, quizá por andar en caída libre, Héctor Lavoe no anduvo tan acompañado como en sus mejores años. Las personas que presenciaron sus últimos años, cuentan que Lavoe vivía en el absoluto abandono.

Su muerte, en 1993, fue lo mejor que le pudo haber pasado a esta alma atormentada. El sufrimiento era tal, la codicia era tal, el abandono era tal. Un claro ejemplo del ambiente tóxico en el que trabajaba se mostró en diciembre de 1993, cuando Fania decide lanzar un álbum con canciones incompletas de Lavoe con Eddie Van Lester llenando los zapatos—o al menos intentándolo—del jibarito de Ponce. Solo para aprovechar las ventas, sin mayor criterio artístico. En ese entonces, no era díficil saberlo, tras la muerte de Lavoe, la salsa sufriría un gran golpe, pero Fania Records sufría un revés del que no se recuperará.

Terminar esto es imposible. La vida de Lavoe, aún hoy, es un enigma. ¿Por qué el jibarito tuvo ese éxito tremendo? ¿qué había dentro de esa mente prodigiosa que lo llevó a inmortalizar soneos en el imaginario de la gente? ¿quién lo inició en el camino de la perdición que nos quitó su voz? Lo único humanamente posible es  citar aquella carta de Colón escrita tras la muerte de su eterno amigo, “el aguacate de noventa libras que llegó a los nuevayores para fajarse con los bravos”, como dice él, donde cierra de la siguiente forma:

Héroe de la gente pobre. Víctima de las amenazas que están acabando con nuestro pueblo. Mártir de la salsa, el monstruo que ayudaste a crear.

La memoria de Lavoe no se va a inmutar por más películas que se centren en su ruina como El cantante (2007), donde Marc Anthony le intentó rendir homenaje al cantante, pero el homenaje se perdió ante toda la parafernalia inventada para vender el morbo. Lavoe no es morbo, no debe serlo tampoco. La gente latinoamericana no en vano lo llama El Sinatra Latino, y en ciertos aspectos, lo es. Pero más que la comparación con un modelo de cantante estadounidense, Lavoe es el cantante latinoamericano por excelencia. Tan diablo como santo, tan amado como odiado. Tan ajeno, y a la vez tan propio. El único que nos quería de a gratis, pero que siempre pedía que nadie llore su muerte, que él no quería ni flores ni nada. Que así sea.


Todas las carátulas de los discos, además de las canciones insertadas son propiedad de Fania Records.