De miedo y pánico

Mar Camey
Publicista profesional


Todos conocemos el miedo, esa sensación que inunda nuestro cuerpo cuando el peligro parece inminente. Ese disparo a los sentidos, el “rompa acá en caso de emergencia” que libera toda adrenalina haciéndonos más rápidos que ciertos superhéroes, ese click que nuestro cerebro activa para la supervivencia.  Aunque el peligro sea apenas una araña pequeña o una inocente cucaracha incapaz de hacernos daño.

Pero, ¿Y el pánico? Ese que no nos mueve, que al contrario nos paraliza y hace que todas las alarmas se sobrecarguen. ¿Cuántos conocemos el pánico? Mientras realizo esta pregunta mi cerebro parece vaciarse de sus reservas de oxitocina y la angustia invade mis venas, y estómago. El pánico no es un motor para el cuerpo, es la condena de nuestra vida.

Según recientes estudios entre el uno punto cinco y el tres punto cinco por ciento de la población mundial sufre de ataques de pánico. Es una cantidad mínima. Y ese dato se obtiene de quienes han podido tener acceso a tratamiento con especialistas. ¿Qué pasa con quienes no tenemos ese acceso? Porque claramente entendemos que no es simple miedo eso que nos paraliza y nos hace perder el control de nuestro propio cuerpo, no es simple ansiedad por un examen próximo o una entrevista laboral.

Y, creo firmemente en esto, la peor parte de un ataque de pánico viene cuando es necesario externarlo. Pedir ayuda. Porque, según la suerte de cada quien, es posible que la contención no sea la esperada. Seremos tachados de exagerados, dramáticos, necesitados de atención y otros miles de adjetivos que no son los indicados. Tener la suerte de contar con una contención adecuada puede llamarse incluso milagro, uno incluso mejor que el agua transformada en vino.

También es necesario tomar responsabilidad de educar a quienes nos rodean sobre qué hacer, informarles sobre qué es un ataque de pánico y porque se requieren acciones específicas en caso de presentar alguno. Igualmente debemos educarnos, poder diferenciar entre un ataque de pánico y la ansiedad, son primos, pero no gemelos.

Los ataques de pánico, según Santa Wikipedia, son períodos en los que se padece, de una manera súbita, temporal y aislada; un miedo, temor o malestar intensos, con una duración variable: de minutos a horas. Generalmente aparecen de manera inesperada, y pueden alcanzar su máxima intensidad en unos 10 minutos. No obstante, pueden continuar durante más tiempo, si se desencadenan debido a una situación de la que la persona no es o no se siente capaz de escapar, lo que puede generar desesperación. Y puedo dar fe que mientras escribo esto e investigo llevo seis días entre ataques de pánico y angustia general.

No estamos locos, compañeros de pánico, a nuestro cerebro le gusta jugar a engañarnos.

Ahora, volvamos a la sección “aprendiendo sobre los ataques de pánico” debemos saber que durante el ataque de pánico se producen síntomas físicos muy intensos: taquicardia, dificultad para respirar, hiperventilación pulmonar, temblores o mareos. Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. Asusta, lo sé.

La primera vez que un ataque de pánico hizo aparición en mi vida fue durante la pubertad, en un pueblito al sur donde hacía calor sin importar la hora. No entendía nada, el internet aún no llegaba a los celulares y el acceso a una computadora era nulo. Ahora, diez años después, puedo tener acceso a esta información y saber que no estamos solos en el mundo, y que tampoco es necesario usar camisa de fuerza.

Y la edad de inicio de este tipo de trastorno es entre 12 y 25 años, la mayoría de los casos (según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) y la Clasificación internacional de enfermedades) puede hacer pensar que el problema esté relacionado con la desvinculación y la autonomía personal. Al parecer, el ataque de pánico se desencadena tanto por factores externos como por los significados que damos, en nuestra vida emocional, los que experimentamos esas circunstancias externas.

Les repito, compañeros de pánico, es absolutamente necesario el tratamiento con especialista. La vida no es fácil para nosotros, aunque ¿Para quién si?, y requerimos ayuda para vivirla lo más en paz posible. El internet puede ayudar de manera significativa en un ataque, buscando remedios caseros para la ansiedad como el té de valeriana o leyendo una entrada donde nos dicen que no estamos solos, pero no es lo mismo que alguien estudiado en el tema nos oriente e indique si es necesaria la medicación ¡Que no es malo!

Pero mientras logramos llegar a esa anhelada terapia hay cosas que podemos hacer para sobrevivir a nuestros ataques. Buscar algo que nos haga sentir seguros y en calma, incluso podemos ir más lejos en actividades que nos causen felicidad pura. Y de este tipo de actividades hay para cada gusto. Desde escuchar la lluvia en la ventana, bendito internet y quienes suben ese tipo de videos, hasta correr sin parar durante diez minutos. Adrenalina y oxitocina, esa que parece que nuestro cerebro dejo de producir de repente.

Y este párrafo va para los que rodean a mis compañeros de pánico. No buscamos llamar la atención, no estamos exagerando, no es un show dramático, estamos en nuestra etapa más vulnerable. La mejor ayuda que nos pueden brindar es primero comprender esto, y segundo ayudarnos a respirar, a contar hasta mil si es necesario, a enfocarnos en una sola cosa para salir de ese estado. Y si quieren portarse increíble, acompañarnos a nuestra anhelada terapia.

Amigo, compañero, de pánico no te ahogues. Todo pasa. Tarde o temprano. Y no estás solo en este padecimiento horrible.