Arnold Suárez y la violencia homofóbica en la cultura escolar peruana

Testimonio recogido por Stephanie Castillo


Me llamo Arnold Suárez, tengo 22 años y actualmente vivo en Lima. Soy alguien a quien le ha costado muchísimo adquirir la confianza, madurez y el autocontrol que ahora tengo. Creo que el Arnold de hace unos años se sorprendería al ver la persona en la que me convertido.

En el año 2016, decidí hablar abiertamente sobre mi orientación sexual. La primera persona con la que decidí conversar de este tema fue mi mejor amiga de la universidad. Fue entonces cuando me di cuenta de que era 100% gay. Hasta antes de esa charla, salía con chics, pero creo que estaba en una etapa de bisexualidad incierta. Finalmente me acepté como gay y contarlo me hizo ganar más confianza y aceptación de mí mismo.

Recordar mi época escolar me lleva a un lugar oscuro y sin paz en lo absoluto. Cuando aún era un estudiante, pensaba que ser gay o lesbiana era algo malo. Yo mismo me decía: “No, no. Eso está mal”. Era algo que te imponían tant, que llegabas a creértelo. Llegué en un momento a aparentar que era alguien completamente diferente a quien era realmente. Incluso me sentí obligado a hacer cosas por presión, como tener enamorada, para decir que no era diferente a los otros chicos. A´un así, me sentía hostigado. No podía intervenir en clase o tener  muchas amigas porque comenzaban los comentarios sobre el “raro” de la clase, el “marica” u otros adjetivos.

Por momentos comencé a bloquear a personas que no paraban de acosarme. Me pregunté en varias ocasiones: “¿Por qué tengo que llegar al punto de eliminar recuerdo para seguir con mi vida?” Era muy feo, pero era la realidad que vivía. Me hubiera gustado que la gente no hubiera sido tan prejuiciosa. Durante ese tiempo, mi mecanismo de defensa fue reírme de todo lo que me decían. Fue la forma que encontré para sobrevivir esos años. Sin embargo, muchas personas tenían tan normalizado el molestarme e insultarme, que no veían el daño que me hacían.

He sido víctima también de la indiferencia cómplice de los profesores. Algunos compañeros decían: “Ay, se meten con los gays y el mundo explota”. Y ante esta equivocada idea, muchos maestros no hacían nada. Quizás los profesores tenían miedo de hablar del tema o de defender a la víctima, pero quedarse callados e ignorar lo que ocurría a su alrededor estaba mal.

Muchas veces nos dicen que ante cualquier acto de violencia recurramos a ellos, pero si nunca hacen nada, ¿quién asegura que habrá algún cambio? ¿Para qué me iba a molestar en hablar con ellos? Llega un momento en que las víctimas no sabemos cómo actuar para que las agresiones paren, y yo no venía a los profesores con actitud de querer ayudar.

Todo esto ocasionó que me guardara muchas cosas. Tenía tanto de qué hablar, pero nadie con quién hacerlo. Toda esta violencia homofóbica me convirtió en una persona tan cerrada, que hablar de mis problemas se hizo demasiado difícil para mí. Este no exteriorizar mi sentir me hizo demasiado daño. Nunca tuve a quién recurrir. Estaba solo. Como resultado de todo lo que pasé durante tantos años, desarrollé una depresión y un trastorno de bipolaridad. He llegado a tomar 15 pastillas diarias, que finalmente originaron problemas en mis riñones.

Ya en la universidad, me encontré en un ambiente muy distinto. El campus se convirtió en un lugar seguro para mí. Sentí apoyo al conversar con amigos que pasaron por lo mismo que yo. Me costó poder hablar abiertamente de mis problemas, pero más o menos en el sexto ciclo me sentí más seguro de mí mismo. Desde ese momento me prometí: “No voy a volver a reprimirme por nada”. y hasta hoy sé que no volveré a ocultar quién soy.