La agonía de Nadal

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


“Agonía no es preludio de la muerte, no es
conclusión de la vida. Agonía —como Unamuno
escribe en la introducción de su libro— quiere decir
 lucha. Agoniza aquel que vive luchando; luchando
 contra la vida misma. Y contra la muerte”.
José Carlos Mariátegui

Soy un fanático del tenis desde que tengo memoria. A partir de aquellas mañanas sabatinas en las que, muy niño, acompañaba a mi madre en la sala de mi casa a observar algunos torneos, algo hizo clic en mí con lo que observaba en pantalla. Es cierto que en mi colegio me enseñaron en algún año de primaria algo de teoría sobre el tenis, y un bimestre (que en Perú, en realidad son tres o cuatro meses) conseguí una raqueta verde que aún guardo con cariño en su estuche negro, pero nada de ello tuvo tanto efecto en mí como observar la pasión con la que mi madre veía aquellos partidos. Como sucede con el fútbol, el tenis es un deporte personal, un deporte que me lleva de nuevo a aquellas mañanas, en las que mi madre, con esa paciencia tan suya, me solía enseñar ciertos conceptos que aún recuerdo con cierta gratitud y en los que aprendí nombres de tenistas que aún guardo con cariño. Y algo que siempre lo diferenciará del fútbol masculino, es el respeto con el que sus protagonistas se tratan entre sí, los modales siempre presentes, las maneras siempre antes de las emociones, el silencio que predomina en los estadios.

Uno de los tenistas que me impresionó desde la primera vez que lo vi fue Rafael Nadal. Para mis cortos ocho años, ese español de cabellera larga era lo más cercano a Sansón para mí[1].Con cada revés, cada golpe que da con su raqueta a la pelota emite un sonido que años después reinterpretaré como coraje, pero que en ese momento pensé que era la energía yéndose de su cuerpo, la frustración al verlo todo perdido. En cada partido que lo veía jugar, el espectáculo no estaba completo si no escuchaba aquel grito con cada golpe, si no sentía esa angustia. No entendía por ese entonces que con cada corrida, cada estirada, cada jugada arriesgada, Nadal se revitalizaba, parecía revivir, surgir del abismo. Era para él, el todo o nada. Y en ese entonces, no entendía que si el español no arriesgaba, no parecía disfrutar lo que hacía. La principal razón por la que lo admiraba era por esa magia que tenía en sus manos, de convertir lo imposible en posible, de revertir lo adverso, por su forma agónica de jugar al tenis. Ahora disfruto cada jugada riesgosa, cada movimiento inesperado, cada revés exquisito y preciso. Con los años, el español le ha agregado precisión a su fuerza, le ha añadido sabiduría a sus golpes.

Por aquellos años infantiles, las finales de tenis estaban monopolizadas entre Nadal y Roger Federer, el reloj suizo. En estas finales, yo simpatizaba con Nadal porque siempre pensaba que iba a perder. Mi madre, quizá solo para darle equilibrio al ambiente, con Federer, quién para mí encarnaba ese mal que todo ser humano busca; la perfección. La prueba de que los dioses conviven entre los hombres para mí es Roger Federer, el único deportista, después de Messi, que podría convertir hasta al más ateo. Hay en Federer una prestancia, una elegancia para cada jugada, cada saque en él pareciera disfrutarse más. Y por eso precisamente, que sea el némesis de Nadal es tan solo justo y necesario. 

No había duelo entre ellos que no estuviera a la altura. No había partido en el que uno no tuviera el corazón en la mano, esperando que gane su favorito, pero sobre todo, con los ojos muy abiertos para no perderse cada detalle. Y cuando ganaba Nadal, mi reacción era instintiva, miraba a mi madre para verla aplaudir de emoción, mientras me confesaba su admiración por él. Me hablaba de Nadal como si se tratara de un héroe, al propio estilo de Aquiles o Hércules.  Y en cierta forma lo es. Cuando uno repasa su carrera, se dará cuenta que no importa cuántas veces caiga, no importa cuántas veces se lesione; siempre regresa, siempre se levanta, siempre encuentra la victoria de nuevo.  El español a veces pareciera luchar solo consigo mismo, con sus lesiones, con su cuerpo. Y aún así, se las arregla para regalarnos verdaderas exhibiciones semana a semana.

Verónica Klingenberger señalaba este jueves en Publimetro a propósito de este duelo que “más que ganar, Nadal te hace perder.” Y quién ha seguido hoy la final de Roland Garros en la que se enfrentó al austríaco Dominic Thiem—quién para muchos, es el llamado a sucederlo en el trono— se daría cuenta de la lucidez de dicho comentario. Para mí es tan sugestivo que Nadal tuviera que vencer a Federer para llegar a la final del torneo. Luego de vencer al mejor jugador de la historia del tenis, ¿qué quedaba sino la victoria? Solo su sucesor. Nadal desafía a la historia y a la lógica en cada juego, en cada final. En la mayoría de los duelos, sale victorioso. Y eso es lo que importa hoy.

Muchas veces para un deportista es cierto lo que Lavoe cantaba; Como el campeón mundial/ dio su vida por llegar/ y perder lo más querido/ en la masa otro más. Pero Nadal, que nada tiene que demostrarnos a estas alturas de su carrera, hoy ha demostrado porqué es el rey de la arcilla, porqué es el único que puede discutirle el título del mejor de la historia a Federer. Con cierta hidalguía, Nadal se ha embarcado en la hazaña más grande de su carrera; demostrarle al mundo que sigue siendo el rey en Francia, demostrarle a la historia del tenis que aún tiene gasolina para seguir enamorándonos con su agonía.

Nadal vence lo que tiene al frente, porque nada resiste su coraje, ni siquiera su cuerpo, ni siquiera sus lesiones. Hay algo que lo empuja a seguir adelante, a seguir mejorando, a seguir impresionándonos con cada partido y bien podríamos decir que lo de Nadal no es solo esfuerzo, es una confluencia perfecta de mente y corazón. Desde que venció a Marino Puerta en 2005, hasta ahora que vence a Dominic Thiem en 2019, el español nos demuestra que lo imposible no es que gane, sino hacerlo perder.

Soy un fanático de Nadal, principalmente porque desde muy corta edad entendí que cualquier persona a la que mi madre pudiera admirar, debía ser extraordinaria. Años después, mientras lo veo emocionado alzar su decimosegundo Roland Garros como si fuera el primero, mientras lo veo correr y celebrar cada punto como si fuera el primero, mientras lo veo hacerse uno con la arcilla, entiendo que Nadal lo es.

 


[1] Toda referencia a la Biblia se debe, en gran parte, al curso de Religión que cursé obligatoriamente a mi colegio, donde pasé toda la primaria y secundaria repasando los mismos temas bíblicos.