Y el Congreso siguió muriendo…

En algún momento de la República, quisiera pensar, el Congreso peruano gozó de popularidad. En algún momento, no se deseaba con tantas ganas su cierre, no se convertía en el poder más vilipendiado de los tres (Ejecutivo, Legislativo, Judicial). Y ganarle en repudio en el Perú o en cualquier país latinoamericano a la administración de justicia es algo significativo. En algún momento de la historia, ojalá haya sido así. Pero actualmente no vivimos en ese momento, vivimos con un Congreso violento que se encuentra en estado terminal, esperando el knockout, esperando la muerte, dispuesto a cometer eutanasia.

En un artículo publicado aquí, llamé que todo respecto al Congreso es un oxímoron, y lo sigo sosteniendo. Este Congreso es contradictorio, casi bufonesco, pero entiéndase aquí que hago referencia a congresistas elegidos por la población. Porque sí, no coincido con aquellos que consideran que no nos representa como nación, al contrario, creo que este Congreso nos representa mejor que algunos. Si Protágoras sostenía que el hombre era la medida de todas las cosas, este Congreso es la medida de todo lo peruano; nos representa tanto que hasta puede dar miedo mirar nuestro reflejo.

Todo lo criollo reside en esas cuatro paredes, todo lo pendejo también. En nuestra sociedad, figuras como Vilcatoma, López Vilela, Bartra, Mamani, Lescano, Salgado, Mulder, Beteta, Del Castillo y otros más no solo pertenecen al ámbito político. Lo que ellos representan no empieza y termina en el Congreso, sino en nosotros mismos. Parte de la responsabilidad de tener a estos congresistas reside en quiénes votaron por ellos, en quiénes dejaron que fuerzas nefastas como Fuerza Popular o APRA tome fuerza en las zonas más abandonadas del país. Aquí, esa labor evangelizadora que han tomado ciertos periodistas, políticos y opinólogos está de más, todos son generales después de la batalla, ¿dónde estaban ellos antes de 2016? ¿Acaso nadie sabía que Keiko Fujimori después de 2011 representaba una amenaza a todo lo que supuestamente ellos defienden?

Hasta el ultimo cartucho

Me parece curioso que quiénes hoy se rasgan las vestiduras criticando al fujimorismo y al aprismo, fueron los primeros que dedicaron columnas y minutos en televisión para expresar su expectativa sobre Keiko Fujimori y compañía. Y hoy, sonrientes, comentan con grandilocuencia lo bien que le haría al país que el presidente cierre el Congreso. 

Todo esto a partir del pedido de cuestión de confianza formulado por Martín Vizcarra el día de ayer por la reforma política. Acompañado de todo el Consejo de Ministros y los gobernadores regionales, el presidente anunció que formulará una cuestión de confianza, que de ser denegada, le daría la potestad de disolver al Congreso. Y para muchos, eso curaría la enfermedad.

Pero en realidad, el Congreso es más un síntoma, la enfermedad es esta sociedad enferma, carente de democracia tras la dictadura de Fujimori, falta de esperanzas por lo decepcionante que han resultado sus gobernantes en los últimos tiempos. Una muestra de ello es que para hablar del presidente favorito de muchos se remonta a Belaunde, o mucho antes, incluso. Una muestra de ello es que para muchos, la dictadura de Fujimori fue buena, justificada, y piensan que se debería regresar a tomar esas medidas. 

Por esto no creo que este sea el peor Congreso de todos, solo el que menos preparado estuvo para el momento histórico que tenía al frente. Y esta es sin duda, solamente responsabilidad de los 120 congresistas que están dentro de ese Congreso. Se dedicaron más a reavivar rencillas antiguas, conflictos en campaña, a pelear por propuestas legislativas que tenían nombres propios y en fin, a dirigir desde su curul todo y sin medida alguna, dándole la espalda al país. Pero si no estar preparado para el momento histórico es causal de disolución, nos quedaríamos sin instituciones por un buen tiempo. La anarquía suena una idea muy atractiva, pero como realidad, resulta insostenible.

Pero si no nos aproximamos al anarquismo, probablemente acabemos apoyando (de nuevo) una dictadura, ese mal al que el Perú parece siempre añorar. Y sorprendentemente quiénes critican esta forma de gobierno (o desgobierno, si se quiere), ahora están felices con la idea de un Congreso cerrado, sin darse cuenta que solo están tapando la llaga, no están extirpando la pus para curar la herida. La herida que ha abierto Fujimori, la herida que ha agudizado aún más el escándalo Lavajato, la herida que ha crecido tras el escándalo de los CNMAudios seguirá creciendo mientras se siga atacando solo al Congreso. La sociedad peruana seguirá enferma, seguirá creyendo que la democracia mejorará si nos quedamos sin congresistas, si el presidente empieza a tomar más decisiones solo, y eventualmente apoyará un Golpe de Estado y llegaremos de nuevo a hablar del fin de la democracia.

A este paso, lo triste no es que se quiera cerrar el Congreso, lo triste es que toda esta parafernalia desvía la atención de asuntos importantes que el Gobierno no está atendiendo. Lo triste es que mientras todo esto sucede, Lagunas está sufriendo las consecuencias del abandono del Estado, el Norte sigue esperando la reconstrucción con cambios, Ica espera aún que lo prometido con García se cumpla, los profesores esperan una remuneración justa y los conflictos mineros siguen sin resolverse. Y es cierto que el repudio de la población se lo han ganado a pulso los congresistas, no solo los de Fuerza Popular o el Partido Aprista, sino los de Frente Amplio, Alianza para el Progreso, Nuevo Perú, y hasta quiénes han renunciado a sus bancadas como el actual presidente del Congreso esperando librarse de polvo y paja. Sus decisiones los han llevado a este punto pero hoy quieren que el pueblo los apoye.

Y el Perú, tantas veces acostumbrado a que el Congreso le dé la espalda, hoy le da la espalda a ese Congreso enfermo, pálido, verde, cada día con menos fuerzas y lo deja esperando su muerte. Como mencionaría el aún vigente Manuel González Prada en Horas de Lucha:

Cuando transcurran los tiempos, cuando nuevas generaciones divisen las cosas desde su verdadero punto de mira, las gentes se admirarán de ver cómo pudo existir nación tan desdichada para servir de juguete a bufones y criminales tan pequeños.

Quizá esos tiempos estén cerca. Ojalá así sea, por el bien del país y de las futuras generaciones. Porque mientras el Congreso siga muriendo, el país también, nosotros también. Y cuando eventualmente lo haga, bueno, esperemos que Masa de César Vallejo sea real.