La Guerrilla Estéril

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


La Guerrilla elegante (2018) es el primer poemario de José Natsuhara. De la editorial PerMensam, este libro llegó a mí con las mejores valoraciones, se presentaba como uno de los libros que iba a dar qué hablar en la nueva generación de poeta peruanos. Bajo este umbral, bajo esta sombra, me acerqué al libro como quien se aproxima a lo desconocido.

Desde el nombre, el libro ya desafía al lector. ¿No es algo ostentoso, casi hasta pedante? Pues sí, pero no es demérito alguno. La portada, curiosamente diseñada para atraer a su espectador, cautiva e invita a abrir el libro. Hasta ese entonces, el lector se mantiene, por decirlo menos, expectante.

Todo cambia una vez empieza la lectura. Si Luis Alberto Sánchez señaló que luego del primer capítulo de Redoble por Rancas, la novela se le cayó de las manos; luego del índice, La Guerrilla Elegante se desvanece. La sección Huésped (p. 9) es divertida, sin duda, plantea una inquisición al lector, lo interpela como lector activo, como lector-personaje, lo extrae de su lectura, de su rol pasivo y lo coloca en primer plano, deja de ser entrevistador y se convierte en entrevistado del texto. El problema inicial se presenta cuando tiene que prolongar este diálogo a lo largo del libro, pues si bien existe la intención, está hecha de forma muy pobre, muy descuidada. El problema de la poesía de Natsuhara es que es desordenada, es caótica. El problema del libro es que no sabe congeniar con estas características y resulta plástico, artificial.

Hay poco o nada de elegante en este libro. Si lo que el autor busca es una revolución, si busca iniciar una guerrilla,  apelar a la rimbombancia, a la desmesura, a lo clásico, a lo establecido no fue lo mejor. Todo lo que desfila por esta guerrilla elegante ya se ha visto, es una parada militar emitida en diferido. Como bien señala el audaz crítico literario Luis Bejarano, el poemario es papel reciclado. En su Prefacio (p. 17), señala que “a mi modo de ver la poesía no es un chiste”, lo retoma como un oficio. Su Prefacio es una manifiesto de sus intenciones, pero estas intenciones no se plasman en sus poemas, no se plasman en la estructura de su libro, no se plasman sino en ese Prefacio, quedan más como promesas incumplidas, muy peruano de su parte.

Es innegable que el autor nos propone un estilo coqueto, irreverente pero es más algún recurso que busca sorprender al lector en las primeras páginas y que nos permite conocer más al autor que algo que identifique al texto. No niego las técnicas, solo creo que no que están bien empleadas. No niego al texto en sí, solo sostengo que mientras más lo lees, más queda evidenciada su pobreza de espíritu. Y si algo no le puede faltar a un texto es espíritu.

Lo mejor de este libro son sus intenciones y esa página final, que nos indica que la pesadilla ha terminado. Claro está, si leemos este libro bajo las expectativas de encontrar un libro de poesía.

Pero en La Guerrilla Elegante no hay poesía. Poesía, etimológicamente hablando, claro está. ¿Y qué es la poesía? Pues deriva del griego ποιέω (poiesis) y puede ser traducido como crear, hacer. Entonces, el poeta, por extensión, es el que crea, el que inventa. Bajo esa línea, en el libro no hay creación, no hay invención de nada. Todo es figura repetida, todo es contenido caducado.

Y que esto no se entienda como algo que disminuya el potencial que se puede rescatar de la obra. El problema reside en que si nos tenemos que centrar más en rescatar algo de la obra antes que elogiar la inventiva de ésta, no es un buen libro de poesía. Pero claro está, La Guerrilla Elegante es más bien un fanzine en formato libro, un collage de referencias que busca sorprender al lector como poemario. Esto, sin duda, no puede ser calificado como poesía, sino más bien, como un langoy poético.

Y aquí me permito un recurso que en las calles sería calificado como el ampay, me salvo.

Este libro no tiene antipoesía a lo Parra, pero sin duda se entendería la confusión. Para mí, Natsuhara se acerca, quizá sin saberlo, a lo que puede ser concebida como la no-poesía. No es creación, es confección lo que se encuentra en La guerrilla Elegante. ¿Y qué es la no-poesía? ¿un capricho de quién escribe este artículo? Permítanme definirla, en la medida de lo posible.

La no-poesía es todo aquello que la poesía no es. No es fácil de leer, no es elegante, no es agradable. Es desordenada, no guarda relación lo que se ve en una página con la anterior o la siguiente, es pedante y a la vez humillante, es anticanónica pero de forma tan abrupta que encierra al lector—y al escritor—en un canon del cuál no hay entrada ni salida, solo un vacío, solo el olvido. Está compuesta de frases hechas y derechas, de referencias a otros autores más elaboradas, de facilismos por doquier, de técnicas que no cuajan. La no-poesía no resiste análisis, no resiste comparación con un libro de poesía. Puede haber semejanzas, pero no hay reconocimiento. Es la oveja negra de la familia, es lo que todo poeta en algún momento ha escrito, pero con vergüenza guardado en lo más profundo de su ser o eliminado de la faz de la tierra con la esperanza que nadie lo lea nunca más. Si la antipoesía representa la decadencia, la no-poesía es decadencia en sí misma.

Pero incluso si lo tomamos como un libro no-poético, si aceptamos la propuesta que nos plantea en su índice, si nos zambullimos en el discurso que propone el autor, La Guerrilla Elegante no representa una unidad. Las cinco tácticas que dividen al libro (Amor, Espiritualidad, Política, Seducción, Oficio) son un elemento desaprovechado. Los poemas que desfilan por cada táctica no guardan relación, cada uno fácilmente podría ser intercambiado y no se notaría mayor diferencia. Si bien por momentos pareciera que se está dialogando con el lector, más bien es el propio autor quién dialoga consigo mismo, con su noción de lo qué es el arte, con lo que cree que es irreverente. Y este recurso egocéntrico puede funcionar por momentos, pero acaba desilusionando. Pues en La Guerrilla Elegante hay un grave problema de conceptos; si es guerrilla, si es elegante, si es vanguardia, si es poesía, si es irreverente, si es algo siquiera. Considero que si buscaba ser guerrilla, eligió mal sus armas, si buscaba ser elegante, eligió mal el traje, si buscaba ser vanguardia, intentó demasiado parecer elegante, si buscaba ser poesía, planteó mal su texto, si buscaba ser irreverente, acabó encontrándose con la huachafería y le hizo desenfadadamente el amor.

Sobre esto último, el autor intenta durante muchas páginas hacernos creer que es irreverente, que ha venido al mundo con este texto para demostrarnos que la poesía se hace así, de esa forma, sin responder a nada ni a nadie, que lo políticamente correcto no puede, no debe ser arte. Si bien se puede coincidir con esta propuesta, con lo que no podemos comulgar es con que se crea que así es como funciona lo políticamente incorrecto, que por colocar un lisuras a diestra y siniestra, por colocar en los agradecimientos “a todas las chicas que he cachado y que eventualmente cacharé” (p.46) ya se es irreverente. En esa búsqueda de identidad, La Guerrilla Elegante se queda sin nada, sin ser guerrilla, sin ser elegante, solo nos queda lo estéril.

Todos quieren ser Luis Hernández. Nadie lo ha logrado hasta ahora. Todos quieren lograr el próximo Trilce de la literatura peruana, pero muy pocos están a la altura del reto. Todos quieren renovar el lenguaje, la poesía y muchos mueren en el intento. Y La guerrilla Elegante es de los que desfilarán entre los muertos, liderarán el camino para caer y señalar lo que se debe hacer. No dudamos que el autor nos ha entregado su mejor trabajo, su alma, pero esta entrega no quiere decir que su trabajo sea bueno, no significa que el lector tenga que aceptarlo simplemente porque el autor así lo dispone.

Natsuhara nos menciona en la Táctica 4 (p.141) que usó las páginas de este poemario para encender la parrilla y calentarse con una chica, convirtiendo La Guerrilla Elegante en el primer poemario útil de la historia. Quizá esto sirva de invitación a todo aquel que leyendo su libro, siga el ejemplo del autor y eche al fuego este libro, para que nos ayude en este frío limeño, para que logren sus hojas lo que no sus palabras; conmovernos el cuerpo, el alma.

Me imagino que si lo dicho anteriormente no es reconocido por su autor, si evidentemente lo que su libro buscaba era ser un poemario, podemos sumarnos a su juego y citar aquel mensaje que todo infante debe haber leído en las tapas de gaseosas eventualmente que nos inculcaba la perseverancia; sigue intentando.