La vigencia de Drácula

Nelson Leandro Martínez
Estudiante de Letras.


Directo al grano: Drácula sobrevive a la injusta suerte de su creador -Bram Stoker, no Coppola- por el embate irreverente, improbable e imprudente que le imprime esta novela al mundo de la literatura en pleno siglo XIX. Sí, ese mismo siglo XIX que -en palabras del médico Seward- es ”un siglo escéptico y positivista, en el que el espíritu científico lo es todo”. Así, la época Victoriana resulta marcada por escritores tipo H. G. Wells o, en Francia, por hombres como Julio Verne, quienes encontraron su inspiración y su ”clarividencia” en este fecundo periodo de procesos de transformación sociales, económicos y, sobre todo, tecnológicos. De esta manera, muchas y a la vez curiosas son las ”anticipaciones” y divulgaciones científicas que con los años se extrajeron de la obra literaria de estos dos escritores, de las que se destacan -por ejemplo- la descripción de lo que décadas adelante sería llamado helicóptero, o la invención de una ciudad flotante que sería interpretada como un gran crucero provisto de incalculables lujos; o, simplemente, el ferviente deseo de viajar en el tiempo que -aun en nuestros días- sigue obsesionándonos terriblemente. Por ello, cuando Drácula ve la luz en 1897, la crítica literaria no sabe cómo encasillarla ni valorarla ni, mucho menos, señalarla. Mientras la literatura occidental se encuentra extasiada en las probabilidades científicas de Verne y de Wells, así como en las pericias del entrañable señor Holmes que en la mansión de los Baskerville entierra mitos salidos del infierno, para la novela de Stoker no existe referencia y resulta más sencillo atacarla por grotesca, callarla por realista y evadirla por gótica, policial, epistolar, polifónica…

Todo lo anterior, completamente racional porque Drácula era para su tiempo -en cierto modo- una cómica ”solución” en la que la religión y el positivismo interactuaban sin inconvenientes, además de un curioso experimento entre fonógrafos y máquinas de escribir de la Revolución Industrial junto con enormes castillos y costumbres medievales que en su interior exponían -¡sin vergüenza!- una férrea fe cristiana que no tambaleaba ni siquiera ante la crueldad o el sentido común (tan extraño como aquel filósofo y cristiano francés), y que no se sonrojaba ante la presunción del viejo Van Helsing en contra de la ciencia, quien sugería al conocimiento científico como intransigente dado que ”cuando no consigue explicar algo, declara que no hay nada que explicar”. Por consiguiente, por detalles como estos, se entiende -sin dificultad- por qué la novela del Nosferatu expone los celos de un feroz conde ante unas vampiresas hambrientas para sugerir una postura homosexual rayana en el voyeurisme. Por ello, se entiende la eterna obsesión de Drácula por las mujeres y su sangre (sangre de vida, como en la biblia), o el empoderamiento de la mujer y los constantes retrocesos de la misma en -por ejemplo- uno de los diarios de Lucy: donde ella declara indignas a las mujeres por falta de grandeza.

Sí, aunque resulte increíble y hasta extraño, esta novela es una mezcla senil que se sirve de la realidad y la ciencia con el ánimo de deformarlas porque -como había anticipado Shelley décadas atrás respecto a la ciencia- esta novela “cambia quimeras de ilimitada grandeza por realidades de escaso valor”… Así, es comprensible que Drácula viva en nuestra cultura popular por irreverente, atrevida, anacrónica, descarada, improbable, grotesca, obstinada, imprudente… bien porque quiso mezclarlo todo y resucitar al averno en tiempos de estéticas positivistas al mejor estilo del Dirty Writer Charles Bukowski, quien aparece aquí -abusivamente- con el ánimo de ejemplificar a Stoker como hombre de carácter auténtico y estremecedor, ajeno a su mundo y, sobre todo, a las demandas del público de su tiempo. Stoker, con Drácula, emprende lo que parece una cruzada -esta vez- de oriente contra occidente llevaba a cabo por un demonio cuya naturaleza no es la de una mera bestia ventral y visceral, sino la de una víctima del la creación cuyo pecado radica en su tendencia a pensar como hombre, a su interés por asuntos coloniales y expansivos.

Drácula vive en nuestros días porque es una novela de todos los tiempos.