Hildebrando Pérez Grande: Yo siempre seré un viejo poeta que recién empieza a escribir

Desde un ámbito más personal, entrevistar a un escritor casi siempre es difícil. Es imposible saber si va a poder responder a la pregunta, o elucubrará algo que cambie el rumbo de la pregunta o en casos, de la entrevista misma. En la mayoría de los casos, hablar con un escritor es resignarse, en el buen sentido de la palabra, a dejar que sea él quien decida el rumbo de la entrevista. En el caso de Hildebrando Pérez Grande (Lima, 1941), poeta peruano de la generación del 60’, sabe muy bien como transformar una entrevista en una conversación. Es imposible no disfrutar los giros inesperados que puede tener en alguna respuesta, las anécdotas, casi siempre jugosas, que puede recordar con un nombre, las reflexiones, acertadas, que pueda soltar casi sin mayor esfuerzo. Para alguien que ha tenido la oportunidad de llevar dos cursos con él, de tener la fortuna de haber compartido espacios fuera de clases, esta entrevista es una síntesis  de lo que ya le he preguntado antes, de estas otras entrevistas no-oficiales camufladas como conversaciones, que quedarán grabadas en mi memoria pero que nunca he podido publicar.

Esta conversación no solo demuestra lo gran conversador que puede ser Hildebrando Pérez sino el dominio que tiene sobre la palabra, sobre la literatura, según sus propias palabras, este viejo poeta que recién empieza a escribir.

Diego Abanto Delgado.


Cantar de Hildebrando

¿Quién es Hildebrando Pérez Grande?

Bueno, es lo que queda de mí. (Risas) Después de muchos años vuelvo a escuchar ¿quién es Hildebrando Pérez Grande? Es lo que fui. Lo que prefiguro todavía que podría ser, algún día de los que aún me quedan. Pero la verdad es que soy los restos de lo que fui. Eso es. O mejor todavía: un glorioso naufragio, más allá de toda modestia.

¿Cómo te inicias en la literatura?

En una mala hora, como diría García Márquez. Mis  primeros pasos en la poesía no se dieron en Lima, sino en la vieja casona de mi abuela, en un pequeño pueblo que se llama Orcotuna, que hasta ahora esta, para mi sorpresa, a la mano derecha del río Mantaro, a unos quince minutos hoy en día de Huancayo. Yo nací en Lima, el 41’, y antes de cumplir un año, sufrí un feroz ataque de asma, motivo por el cual el médico amigo de la familia les dijo a mis padres: ustedes ya han perdido a una hija. Yo tuve una hermana mayor, que dos años antes había muerto también de lo mismo aquí, en Lima, yo no la conocí. Entonces les dijo “si ustedes no quieren que se muera, mándenlo a un lugar amable, seco, ¿tienen dónde?” Sí, dijo mi madre, lo enviaré a la casa de mi madre, mi abuela materna en este caso. Y antes de que cumpliera un  año me empaquetaron bien y me enviaron en tren, en esos antiguos trenes que salían de aquí de Desamparados hasta Huancayo. Y ahí, pasé mi niñez, descubrí el mundo. A los siete u ocho años yo escuchaba y dormía con relatos y canciones en quechua y en español por parte de mi abuela.

Un día, sin querer queriendo como se dice, me descubrí haciendo canciones, para mí, para romper mi silencio y soledad.  Eran canciones que sin duda imitaban los huaynos y mulizas de esas zonas. Ya cuando me trajeron a Lima a estudiar la secundaria, en el colegio nacional Alfonso Ugarte, ahí sí empecé a descubrir lo distinto que era una canción  de un poema. Me ayudaron los libros que había en mi casa, de poetas peruanos sobre todo: Eguren, Chocano, Vallejo y los españoles del 98, sobre todo Machado. Esa es mi protohistoria, mi primer nicho poético. Todo eso ya es ceniza, retamas chamuscadas, felizmente.

Ya no guardas ninguno de esos poemas…

No. Imagínate, si no guardo los que ahora estoy escribiendo, peor todavía los de antes (Risas).

Luego de Alfonso Ugarte, llegas a San Marcos, ¿verdad?

El año sesenta terminé en el Alfonso Ugarte, y el 61 ingresé a San Marcos. Ahí en la facultad de Letras, en el antiguo local del parque universitario. Desde temprano me entropé a los movimientos estudiantiles, me mal acostumbré al rochabús, a las gases de la represión que me dejan malherido por mi asma. Lo que recuerdo con gratitud son las clases de Historia y de Literatura y que para mí fueron estimulantes, realmente deslumbrantes. Ya en el segundo año, tuve por vez primera como profesor a José María Arguedas en Introducción a la Antropología. Me gustó tanto el curso que lo llevé dos veces y me hice amigo de José María. A  él, le mostré mis primeros poemas y me dio algunas indicaciones. Él y la directora del coro de San Marcos, que era una musicóloga muy apasionada por la cultura andina, Rosa Alarco, ellos fueron mis primeros mentores en San Marcos. Yo le debo muchísimo a José María y a Rosita Alarco. Fíjate la suerte mía. Me dijeron mira, este es tu fuerte, anda por ahí. Y era verdad, pues. Yo no era un limeño urbano cosmopolita. Yo venía como cualquier migrante. Lo mío es algo atípico, nací en Lima, migro, por salud, a los andes y luego vuelvo a migrar del valle del Mantaro a una ciudad que crecía de manera caótica, por el mito del desarrollo social, cultural a través de la educación. Mis padres eran migrantes y producto de una enfermedad, me enviaron de nuevo a Huancayo, a Orcotuna, y de ahí volví nuevamente a Lima.  Y en cada vacación del colegio, tres meses, ¿a dónde me iba? A la casa de mi abuela, que era en verdad mi madre. En el recuerdo que tengo, mi abuela es mi madre, sin duda alguna. A ella le debo todo lo que soy, y lo que seré algún día.

¿Por qué escribes poesía?

¿Y por qué no? (risas). Mira, fuera de bromas, en mi caso, y creo en el caso de todos, uno necesita expresar lo más íntimo, lo más visceral. Hablo de las desesperaciones, furias, rabias, y esos raros momentos que podemos tipificar como amables. Hay veces en las que digo “esto tengo que escribirlo”, y brotan las palabras, entre labios voy diciendo un verso, una imagen y otra imagen y de repente tengo el texto, que, como ya te lo confesé,  muchas veces olvido.  Cuando llego a la casa y quiero escribirlo, ya estoy en blanco.  Escribo por una necesidad, la imperiosa necesidad de expresar lo que yo veo, lo que yo siento, lo que yo pienso, lo que yo sueño, esa cosa insoldable que se llama soledad.

Ahora que mencionas a José María Arguedas, ¿cuánto influyó en ti?

Como te decía, yo no creo que José María haya influido en mis formas discursivas de una manera flagrante, de una manera extraordinaria. Yo creo más bien que sí en cuanto a la visión del Perú, en cuanto a las corrientes de la literatura que existen, a veces fuera del canon peruano también, y a la importancia que le podemos dar a los discursos culturales que a veces no gozan ni de prestigio ni de favores de la gente.

Con él aprendí, si tú quieres, algo muy particular; el sentido de pertenencia cultural. Mi mundo es el mundo andino, por mis ancestros, es lo que más me ha marcado en mi infancia. Los primeros recuerdos que tengo de mi vida no son urbanos, porque a mí me llevaron a Orcotuna  antes que yo cumpliese un año. Yo tomo consciencia de mí y de mi entorno allá. Para mí son familiares el olor de las retamas, el capulí, que aquí llamamos aguaymanto, las palomas y el viejo palomar de mi padre, el bramar del río Mantaro, caminábamos trescientos metros, para bajar a la orilla, y ahí estaba el río. Había truchas, yo jugaba en los recodos del río, con mis amigos del colegio y saltábamos y tirábamos las truchas al aire. ¿Tú crees que ahora hay truchas? Te estoy hablando del año 48, hace más de setenta años, ya no hay, antes el agua era transparente. Por los relaves que contaminaron sus aguas, pues, los relaves de la Oroya.

En tu obra, podrías indicarnos quiénes son tus paradigmas, a quiénes sigues, a quiénes lees con mayor atención…

Bueno, yo leo y releo constantemente con atención a Vallejo. Pero de los nuevos, por decirlo así, me conmueve la poesía de Juan Gelman. De lo más cercano que tengo para mí, sin desconocer a otros, yo creo que después de Vallejo, estoy diciendo tal vez una burrada pero para mí después de Vallejo, Juan Gelman.

También leo y con sumo placer a Eielson, me parece un gran poeta, para hablar de nuestro medio. Blanca Varela y Eielson, son poetas oceánicos y estelares. Pero hoy por hoy, mi santo y seña sería Juan Gelman. Me gusta la poesía de Jorge Teillier, incluso Benedetti en su momento más agradable, José Emilio Pacheco, tantos grandes poetas.

La verdad es que soy muy amplio en mis lecturas, no le cierro las puertas a nadie.  Como me decía un compañero, casi recriminándome, “tú eres un puto” . Al parecer, pues, soy una suerte de  puto literario en cuanto a mis lecturas. Porque no me quedo sólo con el expresionismo de Vallejo, me encanta el surrealismo de Moro. Siempre en mis clases digo ¿por qué a mí nadie me ha escrito un poema como la Carta a Antonio? Moro es espléndido, claro, hay otros, pero no digo más para no levantar sospechas.

Literatura (Peruana o no)

Ahora, hablando de la literatura peruana… ¿Podríamos decir que la literatura peruana, es por fin, libre e independiente?

Por la voluntad general de sus editores…(Risas). Mira, sí y no. Obviamente desde la vanguardia, desde Vallejo en poesía, y La Casa de Cartón, de Martín Adán, yo creo que toda nuestra literatura es un ejercicio en que nuestros mejores autores expresan de una manera muy particular, un estilo, un tono, una visión que ya se arraiga en nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ser. Ya hemos dejado hace rato de ser colonia, creo que eso está clarísimo, tanto en narrativa como en poesía. Hay una diversidad de estilos y eso es bueno, diversos tonos, diversos ficciones.

Y recordando, a propósito de Arguedas, modestamente en cuanto a lo que yo escribo. ¿Qué es lo que diferencia lo que yo he escrito con todos mis amigos de generación? Todos los demás son poetas urbanos, cosmopolitas. Dime ahora una voz que procure hablar del mundo andino…que no es una impostura además.

De la generación del 60’?

Sí.

No. Creo que no hay…

Exacto. Eso es lo que me hicieron dar cuenta Arguedas y Rosa Alarco, me dijeron: Tú estás en esto, insiste, busca, explora, dale un nuevo tono, un nuevo ritmo”. No sé si lo logré o no, pero eso fue el camino que yo elegí. Ahora esto no quiere decir que yo sea mejor que los otros, NO. Esto pues justamente la pluralidad de todos, las distinciones que se pueden hacer.

Manuel Scorza decía que la literatura era el primer territorio libre de América. ¿Tú crees que el leer, el escribir es una forma de liberarnos?

Yo creo que toda literatura, toda buena literatura, es un instrumento de liberación, sin duda alguna, una catarsis personal. Pero más allá, todo texto nos concientiza. Yo creo que lo mejor de la lectura es concientizarnos, no educarnos, no decirnos cómo tenemos que pensar o comportarnos, sino descubrir la realidad, ese es su mejor regalo. Una realidad que puede ser fascinante, fastuosa, maravillosa o miserable, terrible, dolorosa, cruenta pero que nosotros no veíamos y estaba aquí, al lado de nuestras narices, y gracias a un poema, un cuento, una novela, lo descubrimos, lo hacemos nuestro y nos engrandece, nos enriquece como seres humanos.

Y tú como profesor de Literatura peruana, ¿cómo la definirías?

¿Qué es la literatura peruana? Una penosa elegía, un collar de epitafios (Risas). Mira, trataré de hablar con seriedad: la literatura peruana tiene una vertiente, o varias vertientes en realidad, que se entretejen desde el Inca Garcilaso y Guamán Poma. Hay una literatura canónica, y una muestra de esa literatura es el espléndido Inca Garcilaso de la Vega.

Yo puedo hacer, como lo hago en clases y lo han hecho ya otros, un arco que va desde el Inca Garcilaso hasta el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Pero hay otra vertiente, que va desde Guamán Poma hasta Arguedas, hasta Colchado y su “Rosa Cuchillo”. ¿Cuál de las dos es mejor? Es una pregunta insidiosa, inútil, perversa. Porque nuestra realidad es una realidad muy compleja, donde es posible varios discursos, varias formas discursivas. La literatura peruana, como muy bien ha dicho Antonio Cornejo Polar, es heterogénea, diversa, contradictoria y complementaria. Algunos nos deslumbrarán y conmoverán como Vallejo y Eielson,  son distintos y acaso contradictorios si se quiere poéticamente, pero complementarios, forman parte de un mismo universo, el nuestro.  Tenemos autores que con audacia y gran sentido de aventura buscan nuevas formas expresivas, siguiendo o en contra de la corriente tradicional. A esos autores hay que ir. A esos que buscan, que exploran, que se caen, que pierden, pero que finalmente logran algo. Un poema basta. Emilio Adolfo Westphalen con dos libritos, cuyas dos primeras ediciones, regalo inapreciable de mi amiga Rosa Alarco, felizmente tengo, forma parte del discurso de la literatura peruana, del devenir de sus formas discursivas. Recuerda los Cinco metros de poemas, una maravilla que aún se mantiene fresco, lozano.

Te lo preguntaba por un pensamiento de Luis Alberto Sánchez en La literatura peruana: derrotero para una historia cultural del Perú quien dudaba de las literaturas nacionales. Creía que la literatura era “tierra de nadie”, por lo que la seda la coje, no la define…

Déjame disfrutar de mi vejez, mi vejez temprana. Y de mis recuerdos. Yo tuve la fortuna de ser alumno en dos cursos de Luis Alberto Sánchez. En el año 62’, cuando nos trasladamos del Parque Universitario a la Ciudad Universitaria, Sánchez era rector, y dio la primera clase magistral, y se quedó con el curso Historia de América Latina, que lo hizo de manera brillante. Obviamente hablaba de una América Latina que era más deseo que realidad.

Y al año siguiente, yo era dirigente de los estudiantes de la Facultad de Letras, y le pido que dicte un curso sobre Manuel González Prada. Claro que yo sabía que podía, él dominaba la obra de González Prada y ha escrito un libro además sobre Don Manuel. Y de repente me dice ¿Usted cómo se llama? Y le digo Hildebrando Pérez Grande. Y antes que me diga algo, le dije Mi tío ha sido su secretario por varios años. ¿Maurilio Arriola Grande? Me preguntó. Sí le dije. Y me dijo,  delo por hecho, yo dicto el curso. Y era verdad, un tío mío fue uno de los fundadores del APRA, en Huancayo, cuando entraban al partido  los héroes, no el APRA de ahora, sino el de los viejos apristas. Mi tío sufrió cárcel, estuvo en El Frontón, fue desterrado a Bolivia, luego Chile, Argentina. Él fue su secretario en los años cincuenta y fue doctor en Literatura, tiene un Diccionario de Literatura Peruana, en donde dice que soy un “poeta rojillo”.

Regresando a tu pregunta, Sánchez tiene frases muy famosas y muy críticas y criticadas. Como lo de América sin novelistas, a lo que vino el boom y le dijo ¿Cómo que sin novelistas? Y es que todas esas frases son para sorprender a la gente, caen bien, son simpáticas, agradables, pero no te dicen una realidad que te convenza.

Qué es un territorio libre, como diría Scorza, pues sí. Con la aventura de los nuevos escritores, el manejo de los instrumentales, de las herramientas, técnicas y las corrientes modernas, por supuesto que sí. Yo creo que lo importante ahora, a propósito de miradas, es esa mirada decolonizadora que estamos haciendo, eso sí. Yo creo que es importante subrayar esta política decolonizadora, hay que deconolizar el pensamiento. Hacer que lo que decía José Martí sea una realidad:  Nuestra América. En eso sí comparto la propuesta de Aníbal Quijano que estaba trabajando sobre la decolonización.

De la generación del 60’, un poco de Piélago y Hipócrita Lector

Hablando ya de tu generación… ¿Qué genera en ti hablar ahora de la generación del 60?

En estos momentos, mucho dolor, porque ya no están los amigos con los que solía compartir en San Marcos, en los bares de Lima. Ya no está Juan Ojeda, gran poeta, Luis Hernandez, a quién le publiqué poemas inéditos en Piélago y en Hipócrita Lector, no está Antonio Cisneros, tantos otros…O Hinostroza, con quien tuve una relación un tanto difícil pero muy interesante. Yo le publiqué por vez primera su famoso poema “Horacio”, en Piélago, antes de que saliera editado en su primer libro. Y voté como jurado para que le otorgaran el premio nacional de literatura.

Te decía que me produce dolor, tristeza que ya no estén aquí pero por otro lado me alegra porque ellos lograron en la literatura lo que buscaban, pudieron hacer una obra, que ahora, es un punto alto en nuestra literatura. Me duele no estar con Gregorio Martinez, reírme con Goyo como lo hacíamos, o discutir con Miguel Gutierrez ásperamente muchas veces, pero con mucho respeto. ¿Cómo no me va a doler la ausencia de ellos? Por eso te digo que soy los restos de la generación del 60’. No soy del 60’, sino los restos de lo que queda del 60’. Felizmente aún me siento bien acompañado con Marco Martos, Julio Nelson, Andrés Cloud, Ricardo Ráez, Roberto Reyes, Carlos Garayar, Elqui Burgos.

¿Y qué crees que caracterizó a tu generación?

Yo creo que hay cosas bien interesantes del 60. Al margen ya de una escritura renovada, de formas discursivas renovadas, propuestas nuevas que escapan de la tradición o que van en contra de lo canónico. Yo creo que en ellos había una pasión por la escritura, la literatura. Y una pasión por descubrir lo que era el Perú. Que Basadre nos diga que el Perú era problema y posibilidad, ¿hasta cuándo vamos a ser un país que pierde todas las posibilidades que te da la vida? ¿por qué? Y allí viene la respuesta de la generación. Hay quiénes como Javier Heraud, que dicen yo quiero cambiar el mundo, me voy y otros que dicen yo lo hago de otra manera, con mi escritura. Lo que quiero decir, en una sola palabra, hay una gran responsabilidad, social, ética, un compromiso con la realidad.

Normalmente la inclusión de los escritores en determinada generación se da porque su esplendor literario empieza en esa época, publicaron en esa época. Tú más bien empiezas con Piélago…

Bueno, el 62 me encuentro con Juan Cristóbal, Juan Ojeda, Danilo Sánchez, Hermógenes Hanampa, Gregorio Martínez, Ricardo Ráez y otros amigos y editamos la revista Piélago, los dos primeros números los dirigió Ricardo Ráez, y era más bien en el buen sentido, una revista tradicional, como un menú, había de todo; prosa, ensayo, cuento, poesía. Hasta que se produce en el 63’, la muerte de Heraud. Eso fue un desgarramiento para todos. Entonces yo propongo en uno de esos encuentros que teníamos al formar la revista que dediquemos el tercer número a Javier Heraud. Y hubo voces reticentes porque no era fácil en esos momentos hablar de guerrillas y  la represión era muy fuerte… Y por votación se decidió que se dedicara la tercera edición de Piélago a Javier Heraud. Y yo, así, por pura audacia, dije yo voy a ser el director de este número porque pensábamos que por cada número debía tener un director. Incluso, puse como redacción la casa de mis padres, en esos momentos, fíjate, estando la represión. Había que hacerlo, si un tipo se ha jugado la vida, yo podía publicar una revista. A partir de allí, empezamos a publicar solo poesía. Y nos fue tan bien editorialmente que se agotó inmediatamente, por Heraud, por supuesto, publicamos poemas inéditos de mucha gente, y ya me quedé yo con la dirección hasta el número ocho. El noveno lo dejé en la fotocopiadora porque viajé, me fui a Bolivia y ya lo dejé todo. Por eso es que Marco Martos aún me recrimina.: Tú nunca me has publicado en Piélago me dice. Probablemente es la única revista en la que no ha publicado. (Risas). Pero es cierto, le pedí un poema y me lo entregó, ya tenía el noveno número en vísperas de su edición,  pero fue uno de esos viajes intempestivos. A mi regreso ya habían pasado mil cosas y nunca más salió Piélago. Su muerte fue llorada por todos los y las pielagatos.

Hasta que nos reunimos con Marco Martos, Carlos Garayar y con Elquí Burgos, que hace treinta años que vive en París, y sacamos Hipócrita Lector.

Y estas aventuras editoriales, ¿qué te dejaron como poeta?

Yo soy un revistero, incansable. Yo he dirigido Piélago, Hipócrita Lector, Fabla, Puente-Nippi y ahora Martín, que ya voy por el número 31. Entonces organizar las revistas a manera de homenaje a alguien o rescatar a alguien del olvido, es una tarea gratificante. La verdad es que uno disfruta, yo como editor disfruto, a pesar de las tensiones, los malos momentos.

Y volviendo a tu pregunta anterior, entre el 65 y el 75, la verdad que mi vida fue muy complicada. A caballo iba por la cuestión política, a caballo por aquí iba en la literatura. A caballo entre los dos, saltando. Hasta que ya en el año 76 dije ya estoy viejo para estas correrías. Es que uno sabe hasta dónde puede dar, físicamente hablando en este caso. Y puse más empeño entonces en mi ejercicio como docente, en mi escritura, a revisar mis viejos textos y es por eso que recién en el 78’ publico mi primer libro, es decir casi veinte años después de los demás. Y por otro lado, yo no tenía, como hasta ahora, ese hecho de tengo que publicarlo ahora.

No sentías ese llamado…

No. Por ejemplo, la sexta edición de mi Aguardiente está ahí esperando junto a mi editor a que yo diga ya porque está todo listo, y yo le digo espérate, vamos a ver. Pero en realidad todo esto forma una poética, yo espero que los poemas envejezcan. Cuando envejecen, los saco  (Risas). Eutanasia, ¿te das cuenta? Y después ya dejo lo que queda y lo nuevo, por ejemplo. Esa es la estrategia de las cinco ediciones. No son iguales, si tú ves y comparas, hay varios cuadernillos y poemas que ya no están. Voy sacando y poniendo otros. Ahora voy a sacar y tengo dos cuadernillos para colocar en la sexta edición de Aguardiente forever. Son libros distintos, casi ciclico, andino, ¿te das cuenta? No es tiempo lineal, sino más bien circular…

Aguardiente, el cantar de los cantares

Y ya que hablamos de Aguardiente. El año pasado se cumplieron 40 años de tu primer libro (Aguardiente y otros cantares, 1978). ¿Tu primer premio también?

El premio Casa de las Américas es el 78’. Antes, como estudiante, obtuve dos premios, pero nunca se publicaron los libros, felizmente. Gané los Juegos Florales de Educación en el año 68 o 69, y en Letras obtuve un segundo premio que tampoco se publicó. Yo he sido reacio a los concursos, lo que pasa es que en esos años, mis amigos me decían que me presente y se ofrecían a tipiar los poemas, y los tipiaban generosamente.

Mucho más pensado fue lo del 78’, armé ese librito, saqué un montón de poemas, me quedé con lo que creía era más representativo y en ese momento y tuve la fortuna de tener un jurado muy generoso: Juan Gelman, Mario Benedetti, Juan Calzadilla, buen poeta venezolano, el Indio Naborí, un poeta cubano tradicional, y Lucho Nieto, por el Perú. Entonces Aguardiente y otros cantares, quedó premiado junto al de Gioconda Belli, con un libro llamado Línea de fuego.

La verdad es mi primer y único libro, que tiene varias ediciones y en cada edición es un libro renovado.

¿Y por qué Aguardiente?

Mira, me han preguntado eso varias veces, y la verdad que no es porque sea un bebedor empedernido, o quizá sí, no lo sé…La historia, en realidad, es más simpática.

El aguardiente, entre los años 45 y 48, cuando estaba allá, en la casa de mi abuela en Huancayo, era la bebida más barata, más que el anizado, más que la cerveza. Entonces, los campesinos pobres, los pastores pobres que vivían arriba de los cerros, bajaban al valle del Mantaro para comprar aguardiente.

Y yo recuerdo mucho, acompañar a mi abuela, montado en un caballo o en una burra, ir desde Orcotuna hasta La Merced, San Román, Satipo,  a comprar aguardiente, en bidones. Y con eso, mi abuela les retribuía su trabajo, además, por supuesto, de su salario. Aparte del salario de monedas, mi abuela les regalaba aceite, azúcar, sal y aguardiente. Entonces los campesinos pobres, felices, ¿no? Y los pastores que vivían en la puna, imagínate. Y cuando estaban abajo, en el valle, yo veía que se despachaban el aguardiente dentro de la casa de mi abuela. Y le daban de alma, empezaban a hablar en quechua, en un  español rudo, y a cantar y a bailar. Entonces a mí me quedó esa imagen.

En este caso, el aguardiente me da esa imagen de vitalidad, de fuerza. No eran esos trabajadores que estaban con sus cuerpos apenas bajo el sol, el aguardiente los levantaba, les devolvía su hombría como diría mi abuela. Y eso, después lo viví con Arguedas, yo he visto a Arguedas zapatear, bailar, llorar hasta la madrugada, aquí por la Av. Venezuela, en unos pequeños departamentos, cuartos en realidad, en la que vivían algunos estudiantes migrantes de Puquio, cuyos padres habían sido compañeros de José María Arguedas.

Eso de que Arguedas era triste, paraba llorando, bueno… ¿Quién no llora, quién no se pone triste un rato? Tenía sus bajadas como cualquiera de nosotros. Era alegre, cantaba, bailaba y otras veces estaba más silencioso que nadie…

Entonces el aguardiente es un homenaje a mi infancia, pero no porque yo haya tomado hasta el delirio, me hubiera gustado seguramente, pero no.

Erick Ramos dice que en Aguardiente hay un “profundo canto a otra cosa”. ¿A qué canta Aguardiente? ¿al Perú profundo, de todas las sangres?

Claro…Al mundo exterior. Osea al mundo que nos rodea, al otro Perú, el Perú no oficial. Eso es lo que quiere decir Erick, al Perú no oficial, el Perú no canónico, económico socialmente marginal, explotado, vilipendiado, engañado, desfigurado.

Tú consideras que tu poética es indigenista…

No. Yo creo que no. Me gustaría en todo caso, pero no. Lo que ocurre es que el tópico, los temas que yo recreo, pertenecen a un mundo cultural, el mundo andino de preferencia. Pero es también la mirada del migrante que estaba en Lima, que mira asombrado lo que ocurre tanto en el mundo andino como en la vida urbana. Puedo hacer poemas que no tengan nada que hacer con el mundo andino, rural, y me siento bien haciendo esos poemas con una escritura y las técnicas y los lenguajes urbanos pero me siento cómodo cuando veo que me sale y está saliendo el rostro de un huayno, un jaraví, y lo dejo así. Me manejo en esas vertientes.

Aguardiente, entonces, vendría a ser tu dicotomía interior…

Sí, viéndolo así, sí. Es la dicotomía de la sociedad. Y en eso déjame emparentarme con el Claudio que es el héroe de País de Jauja, o con la Ximena de Laura Risco. ¿Qué reciben? Las dos culturas. Ese es el Perú, un país no resuelto. Y yo no me siento cómodo si elimino el mundo andino, y si por privilegiar el mundo andino, elimino el mundo urbano, también moriría. ¿Por qué voy a negarme esas dos fuentes? Hay algunos que tienen solo una y en buena hora, han resuelto su propia identidad, sus propios rasgos culturales, son urbanos o son andinos. Yo no, desgraciadamente. Como dice el Inca Garcilaso en Los Comentarios Reales, “Prenda de dos mundos tengo yo”. Hermosa frase, en realidad.

¿Aguardiente es el néctar de tu vena poética, o cómo señalas en una entrevista incluida en Aguardiente Forever, eres un viejo poeta que recién empieza a escribir?

Yo siempre seré un viejo poeta que recién empieza a escribir. Nunca me doy por satisfecho, siempre voy buscando, conversando con los nuevos poetas, indagando qué cosas más hay que no conozco. Yo creo que es lo mejor, cambiar, renovarse, sin cambiar las esencias, por supuesto.

Cantar y morir

¿Tú dirías que la palabra está en crisis?

Pero la palabra no es más que metáfora de la realidad, de la historia, de la civilización. Lo que está en crisis es el mundo contemporáneo, el hombre contemporáneo. Entonces si estamos nosotros en crisis, la palabra va a reflejar esa crisis, esos traumas, esas inquietudes, esas búsquedas, eso que no está resuelto, esas cosas sombrías. Tú crees que uno va a estar tranquilo sabiendo que lees en los medios que fuerzas oscuras en Europa están renaciendo…el fascismo, el nazismo, el racismo, la violencia étnica, religiosa, ideológica…si eso está oscuro, Kafka sería luminoso.

¿El Perú necesita leer mejor o leer más?

Creo que necesitamos leer mejor al Perú. Ingresar a este universo complejo de una vez por todas, sin prejuicios, sin estereotipos, sin manipulaciones arbitrarias e interpretarlo. Y buscar las pautas, no te digo para una reconciliación, sino para vivir en armonía, para saber nuestras propias diferencias, nuestra diversidad de identidades, respetar al Otro, su cultura, su dios, sus costumbre, no dejarse avasallar por el Otro tampoco. Pero ya es una mayoría de edad en la civilización. Así que yo creo que en el Perú hay que leer lo que se dice.

Si tú te refieres al texto, al libro…yo creo que en el Perú sí se lee.  Mal que bien, hay una buena cantidad de lectores, el problema es qué leen, pues. Es decir entre leer los diarios chichas y leer textos literarios que no tienen la calidad suficiente. Se te pervierte el gusto, no te enriqueces espiritualmente… Hay que impulsar una política de lectura, es cierto. Sin manipulación alguna.

El segundo poema de Quipus, dentro de Aguardiente, tiene una frase que dice “Andahuaylas es una muchacha que lava su tristeza por las tardes”. Si te pidiera decir algo así sobre el Perú, ¿Qué es el Perú?

Mira, hacer una frase feliz sobre el Perú en estos momentos no se me ocurre. Estoy recordando más bien, frases terribles como la de Pablo Macera, que dijo que el Perú es un burdel (Risas).

Yo pienso del Perú lo mejor, realmente. A pesar de todas sus penurias, dificultades, tenemos una riqueza cultural, una geografía envidiable, el problema es saber, buscar esa armonía, entre la naturaleza y el hombre, buscar ese sentido de armonía que nos falta, definitivamente. No es un paraíso, no es un Edén, hagamos más bien que sea un paraíso, un Edén para todos por igual.

Eso sería la felicidad. Luchar por eso, yo creo que es grato, nos dignifica realmente. Yo siempre he pensado en eso, luchar por el Otro, por los otros nos dignifica, nos hace más plenos. A veces uno dice cómo elegí este camino, tan duro, tan difícil… Bueno, pues…lo elegiste en hora buena, pero ahora la recompensa incluso si no lo has logrado, es que lo intentaste, pudiste hacerlo, te quedaste en el camino. Claro, eso produce dolor, frustración…Pero es como en el poema de Cavafis, la gloria no está en llegar a la meta, sino en el viaje.

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