En nombre de la historia

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Franco Gonzales Mejía ha escrito un tremendo artículo en su blog personal, Verdades: directo y sin escala, titulado En nombre de la ley.  Franco Gonzales Mejía es sin duda, un defensor de los derechos humanos, un arduo combatiente contra la corrupción, un hombre leído, un hombre de derecho. O al menos, esa es la impresión que tengo tras leer otros artículos publicados en su blog.

Más allá del respeto a sus ideas, eso no evita que encuentre en él y en su prosa, posturas con las que respetuosamente estoy en desacuerdo, como las que encuentro en su artículo, y que procederé, humildemente, a polemizar.

En el marco del suicidio del expresidente peruano, Alan García y la prisión preventiva por 36 meses contra Pedro Pablo Kuczynski, otro expresidente peruano; Gonzales Mejía intenta demostrar básicamente lo siguiente: en el nombre de la ley, la justicia peruana está vulnerando los derechos fundamentales de la persona.

Desde la primera oración de su artículo, allana el camino hacia su objetivo dejando de lado la dimensión histórica y política del expresidente a merced del pueblo. Es una herramienta respetable, no es del interés del autor dilucidar cuáles son las transgresiones por las cuáles pudo y aún puede ser condenado por la sociedad. Tampoco el hablar sobre los efectos de su suicidio, más allá de señalar brevemente los que más le convienen. Omite convenientemente la reestructuración de un partido al que incluso en la muerte, García ha conseguido hundir más. Omite también la actitud aún más obstruccionista por parte de algunos apristas tras la muerte de su líder. Omite el espectáculo del cual un gran sector de la prensa peruana ha sido partícipe, queriendo limpiar de polvo y paja al difunto, en aras a mantener “el respeto que corresponde a un expresidente”. Respecto a las nuevas tendencias políticas que menciona se han creado a partir de su muerte, espero que no se refiera a lo ocurrido con Federico Danton o Alfredo Barnechea, ambos con discursos oportunistas y peligrosos en miras al 2021, apuntando al Gobierno y a “tomar el poder, como sea”.

Me imagino que cuando, más adelante, nos habla de un esfuerzo sobrehumano de separar la figura política de García del sujeto de Derecho, Gonzales Mejía lo ha logrado y por ello escribe ese artículo. Lamentablemente, debo admitir que soy mucho más humano y me resulta difícil separar dos figuras que el propio García se encargó, en vida, de mezclar. Soy humano y mi análisis es sesgado por ello, motivo por el cual pido disculpas al lector.

Más adelante, señala peligrosamente el autor:

Su figura política es la que en base a nuestro juicio moral podríamos haber metido presa hace muchísimo años, sin ninguna investigación ni proceso judicial. ¿Juicio justo? ¡Para qué! Si todos sabíamos que era corrupto.

Y digo peligrosamente, porque Gonzales Mejía pretende que el lector olvide las investigaciones que ya ha afrontado García en el pasado. No es lo mismo que García nos “parezca” corrupto, y su autor lo sabe, a que evidencias nos señalen que durante su primer gobierno, evidentemente se realizaron actos de corrupción, en los cuáles García estuvo envuelto. Y aquí, nada tiene que ver la figura política de García, repito. Frente a evidencias tan contundentes como las que, austeramente, consiguió la comisión Olivera en 1990, y los múltiples cargos por corrupción y enriquecimiento ilícito, García no tuvo mejor idea que huir del país para no regresar hasta que sus acusaciones prescribieran. Cabe recordar que en ese entonces, el Perú sufría la dictadura de Alberto Fujimori, que tras el autogolpe de 1992, dio argumentos a García para asilarse en Colombia y posteriormente huir a París. Pese a ello, no es su figura política la que impulsa a querer verlo preso. Es porque, frente a tantas pruebas que lo señalan culpable, gran parte de la sociedad no puede ignorar que la justicia en el Perú ha sido tantas veces esquiva con García.

Y aún así, Gonzales Mejía, con influencia kafkiana sospecho, cree que un día el pueblo peruano se despertó convertido en una masa que odiaba a Alan a toda costa. Lo que quiere señalar es que en un afán desmesurado de justicia, la sociedad peruana antes que se demuestre que Alan es culpable, ya lo ha juzgado y condenado. Probablemente tenga razón en esto. Quizá para muchos, Alan no necesita de juicio porque ya se demostró su culpabilidad. Pero luego, Gonzales Mejía comete un error fatal, sostiene lo que Alan y sus lacayos repitieron por tanto tiempo; que en treinta años nunca le encontraron nada. En nombre de la historia, esa que tanto parece olvidar el pueblo peruano, no podemos dejar que se siga manteniendo esa creencia. Y sí, podríamos decir que lo ocurrido entre 1985 y 1990 no tiene nada que ver con lo que estaba persiguiendo la Fiscalía ahora. Pero sostener que por más de treinta años, Alan estuvo libre de polvo y paja, es no solo errado, sino una afirmación temeraria.

Ahora, a continuación sí entra a hablarnos más desde un aspecto jurídico.

¿Sabías por qué le ordenaron la detención preliminar? – ¡POR CORRUPTO PUES, FRANCO! – No, así no funciona.

Pero antes, saliéndome un poco de la senda, lo resaltado en negrita en los dos párrafos que he citado son una especie de caricaturización de lo que vendría a ser el ciudadano promedio que quiere ver a Alan preso. Me atrevería a señalar que esto no es solo de mal gusto, sino que caricaturiza erróneamente a un ciudadano hambriento de justicia. Innecesaria forma de dialogar y ridiculizar a quién piensa distinto del autor. Aún así, lo que viene a continuación es capaz de erizar aún más a cualquiera, pues, con demasiada facilidad, acaba sugiriendo que la detención preliminar fue impuesta sin motivo alguno, vulnerando su presunción de inocencia. Me imagino si Gonzales Mejía se ha informado de los medios o ha leído la resolución. Porque quién leyendo la resolución, pudiera afirmar lo que él afirma, incurriría en desinformación.

Y cuando la desinformación respecto a García ha llegado a su punto cúspide, casi encerrándose en datos errados o afirmaciones desafortunadas, Gonzales Mejía deriva su análisis a la prisión preventiva en contra de Pedro Pablo Kuczynski. En lo personal, creo que fue una medida relativamente exagerada, pero lo que encuentro relativo es aquí lo que diferencia mi posición de la de Gonzales Mejía. Mientras él no encuentra obstrucción a la justicia o peligro de fuga en Kuczynski, para mí su huida en la maletera de un auto en el 69’, lo ocurrido en torno a su vacancia, su manejo de un discurso alternativo respecto a su renuncia, la forma en la que vilmente intentó aferrarse al cargo con un indulto ilegal demuestra como mínimo que Kuczynski es capaz de cualquier cosa. Si para Gonzales Mejía, eso no puede calificar como obstrucción a la justicia o peligro de fuga, no sé que pueda hacerlo. En algo sí tiene razón y es que no deberíamos enviar a la cárcel a alguien “para seguir investigándolo, para ver si le encuentras algo o no”. Claro que en el caso de Kuczynski, su prisión preventiva respondía al menos, a dos presupuestos que cumplía respecto a los tres necesarios para dictar dicha medida (Elementos de convicción, prognosis de la pena y riesgo procesal) según la casación N°626-2013–Moquegua. Sobre estos presupuestos, y su pertinencia para determinar a quién se le otorga una prisión preventiva y a quién no, lo cual merecería sin dudas un análisis jurídico, Gonzales Mejía no habla en ninguna parte de su artículo. 

Lo cierto es que la prisión preventiva es una herramienta que ha dejado a una cantidad considerable de peruanos sin una sentencia. De acuerdo a lo expresado en una entrevista por el Defensor del Pueblo, Walter Gutiérrez, “hay 91 mil personas privadas de su libertad, 36 mil no tienen sentencia y la gran mayoría tiene prisión preventiva y muchos de ellos, miles están en situación de presos sin haberles abierto proceso, eso es una realidad”. Lo cierto es que en general, se está abusando de la prisión preventiva en Perú, por lo cual debe ser regulada en todos los casos y en esa línea, me gustaría pensar, también se ubica Gonzales Mejía. Pero al menos no se denota esto en su artículo, donde parece criticar a la prisión preventiva solo desde Kuczynski y Keiko, usando el fallo del TC (Tribunal Constitucional) que declaró nula la prisión preventiva contra Ollanta Humala y Nadine Heredia. Cabe recordar que todas estas medidas se encuentran dentro del caso Lavajato, que ha despertado en gran parte de la sociedad peruana un atisbo de esperanza en su justicia.

Aún así, Gonzales Mejía nos señala lo siguiente:

¿Quién te devuelve esos años en la cárcel? –NO IMPORTA, FRANCO, LO BACÁN ERA VERLO PRESO AUNQUE SEA UNOS DÍAS.

Antes, señalar otra vez, la caricaturización del ciudadano contrario a la opinión del autor. Nadie te devuelve esos años en la cárcel, y aquí no se equivoca Gonzales Mejía. Lo más probable es que no en todos los casos donde se han aplicado prisiones preventivas se haya evaluado otra medida más apropiada. Sin embargo, en el caso Lavajato, considero que las prisiones preventivas responden de acuerdo a la ley, quizá demasiado de acuerdo a la ley. Pero en este debate no entra Gonzales Mejía, quien se mantiene en una posición un poco intransigente. Mas el valor de que la prisión preventiva se usa como una condena anticipada es más bien algo que recoge de la calle y no de lo que ocurre en los tribunales.

Quien lee ese párrafo creería que en el Perú se ha instalado la justicia más draconiana. Peor aún, que esa dictadura de la que hablaba el expresidente García existe y que la prensa es servil al Gobierno, y la persecución política a los opositores existe. Decir que se ha ignorado garrafalmente la jurisprudencia constitucional o que se politizado e instrumentalizado el Derecho penal para la venganza popular, es inaceptable, sobre todo si no responde a lo que esbozado hasta ese entonces dentro del artículo.

Lo que Gonzales Mejía dice “en nombre de la ley” es tan o más increíble que lo que acusa se ha hecho “en nombre de la lucha contra la corrupción”. Hablar de un evidente trabajo triangular entre la prensa, el Ejecutivo y la maquinaria liderada por hombres como Gorriti (imagino quiere hacer mención a IDL-Reporteros) que apoya el trabajo del fiscal José Domingo Pérez Gómez suena más bien a una teoría conspiranoica que a una realidad. Sobre todo porque cree que esta orquesta es la que ha llevado al fiscal Pérez Gómez a equipararlo con los héroes militares de antaño. Creo que Gonzales Mejía aquí deja esbozar una especie de sesgo político que imposibilita su análisis jurídico. Sobre todo porque pareciera sugerir que Alan García no se prestó al juego de esta maquinaria, que buscaba su detención para cubrir todos los problemas que el Ejecutivo enfrenta. Y sí, podemos criticar la labor de la prensa peruana, acusarla de morbosa y prestarle más atención a la foto del político enmarrocado antes que ver la realidad que nos interpela. Podemos también acusar al Ejecutivo de inepto frente a los conflictos que se ponen al frente, señalar su dependencia de las encuestas para sobrevivir mes a mes. Pero estos dos hechos, más bien aislados, no deben llevarnos a la conclusión que trabajan juntos. Dos estúpidos, no por el hecho de ser estúpidos, necesariamente son cómplices, y Gonzales Mejía lo sabe.

Eso sí, Gonzales Mejía no se equivoca cuando dice que “su muerte no es meramente el suicidio de un expresidente”. Tampoco cuando señala que dicha muerte “visibiliza un problema judicial, político y moral en el Perú”. Efectivamente, la muerte de García es un síntoma de una enfermedad que él teme mencionar, la corrupción. Lo que visibiliza su suicidio es lo pasiva que ha sido la sociedad peruana frente a sus políticos, lo incapaz que ha sido la justicia de brindar lo que su propio nombre indica, nos muestra que se han criado generaciones incapaces de hacerles rendir cuentas pero con muchas ganas de hacerlo. Lo que nos demuestra además el artículo de Gonzales Mejía es la preocupación sobre las formas antes que el fondo, y la preferencia por erradicar la unidad antes que corregir lo que se tenga que corregir. No es algo que se le pueda recriminar sólo a él, en lo personal reconozco la validez de esta crítica, detesto, eso sí, la radicalidad de la solución que muchos de los que critican proponen. Me parece Gonzales Mejía sigue esa línea de pensamiento.

“Quizá por mis versos se me trate de asociar a alguna fuerza o movimiento político. Felizmente no pertenezco a ninguno.”

Hay en estas dos oraciones que dan inicio a un párrafo final nefasto, dos síntomas de un problema que va más allá de Gonzales Mejía o de quién escribe esta columna. El desprestigio de los partidos políticos en Latinoamérica ha logrado que hoy nos veamos más alejados de política de lo que antes se estaba. Hoy por hoy, los latinoamericanos creen que la política es un ámbito del cual pueden prescindir. Lo que respeto de Gonzales Mejía es que, más allá de las discrepancias que pueda tener con lo que defiende, ha decidido mantener una posición porque entiende que la única forma de cambiar el Perú es si entendemos la política como parte esencial de nuestras vidas, si entendemos que ser ciudadanos no es solo un apelativo que sirve durante elecciones. Aun así, lamento que piense que felizmente no pertenece a algún movimiento político, sé que lo relaciona con la mala fama que ahora tienen, pero si no buscamos reformar nuestro sistema político, encontrando alguna opción que reafirme nuestras convicciones, le dejamos paso al fundamentalismo, el conservadurismo reaccionario, el fascismo, y otros males que estoy seguro Gonzales Mejía también considera peligrosos para el país.

Digo, además, que es un párrafo final nefasto porque no hay mucha diferencia con los discursos de ciertos personajes conservadores que inundan nuestra política y a los cuales prefiero no mencionar ahora. Quiero pensar que Gonzales Mejía no ha sido consciente de esto, quiero exonerarlo y pensar que mi intuición, tan acostumbrada a la desconfianza de los personajes que pregonan el discurso que hoy él defiende, se equivoca. Y como todo discurso nefasto, tiene un final nefasto; hacernos creer que la Fiscalía está llevando al Perú a un espiral de caos, porque sí, si está caracterizada de actuaciones cantinflescas, si se actúa de manera populista, si se pierde el respeto al debido proceso, entonces estamos en el caos. Le reconozco a Gonzales Mejía algo, sí estamos en caos, actualmente el país se encuentra con instituciones frágiles, con políticos desprestigiados, con una diferencia abismal entre peruanos, con una injusticia profundamente arraigada, con la ilegalidad inundando las calles, con la corrupción que nos ha infectado tanto tiempo. Pero me parece que decir que la Fiscalía está incurriendo en un accionar caótico es exagerar, es mentir. El Perú ya estaba jodido cuando este grupo de fiscales empezó a trabajar en el caso Lavajato. Estaba jodido precisamente por las personas a las que ahora se les busca poner frente a la justicia. El trabajo de estos fiscales, que por cierto, no son liderados por José Domingo Pérez, como se podría deducir del artículo de Gonzales Mejía, ha hecho posible que muchos ciudadanos se den cuenta que sí es posible limpiar al país de toda esa lacra.

A rasgos generales, el artículo de Gonzales Mejía se une a un frente de batalla que denuncia las irregularidades de una lucha anticorrupción que cada vez parece cercar más a quiénes, todo apunta, han traicionado al pueblo peruano. La defensa del debido proceso se ha manoseado por todos ellos. Desde García hasta Villarán, desde Toledo hasta Kuczynski. Podría ser casualidad, pero los hechos no son casualidad, son hechos. Y es un hecho que este artículo representa una postura que pareciera criticar el sistema que defiende, mal que bien, lo que ellos pregonan. Este “debido proceso” es aquel que ninguno de ellos respetó en su momento, y que los fiscales parecen defender, con sus errores y sus aciertos. No niego que detrás de todo esto, efectivamente, hay un aprovechamiento político de Vizcarra y otros políticos, no niego que la lucha anticorrupción es un caballo que todos montan hasta que se muestra que también han sido manchados por aquello mismo con lo que dicen luchar, probablemente es cierto lo que Gonzales Mejía señala, ahora está de moda “que los corruptos persigan corruptos”. No niego que se está abusando de la prisión preventiva, pero con la clase de corruptos a la que enfrenta el país, con aquellos que los CNMaudios develaron, aquellos que las delaciones que el acuerdo con Odebrecht está exponiendo, aquellos que alzaron la bandera anticorrupción y juraron amar al país, aquellos que pudieron mentirle en la cara a millones de peruanos y que son capaces de todo por mantenerse libres, aquellos que están dispuestos a suicidarse antes de responder a la justicia, a indultar a quién se tenga que indultar antes de dejar el poder y responder a la justicia como un ciudadano más, la prisión preventiva es, por ahora, nuestra única herramienta. Es un deber patriótico no apoyar a los fiscales, son sólo individuos y pueden errar, sino apoyar la lucha anticorrupción.

El Perú es problema y posibilidad, decía Basadre, pero en este artículo, todo es problema con Gonzales Mejía, todo es problema a menos que uno sea un “ser humano civilizado y educado”. Y esto pareciera indicar que de no pensar como Gonzales Mejía, nos convertimos automáticamente en incivilizados y maleducados. Me pregunto entonces qué es la civilización y la educación para Gonzales Mejía. ¿Qué es él? Porque en este artículo solamente lo noto como civilizado, educado, capaz de esfuerzos sobrehumanos y con una actitud moralista que no encuentra atadura a tierra.

En este artículo me encuentro un Perú que es solo problema y nada de posibilidad. Me rehúso a pensarlo, quiero pensar que la juventud ansiosa de cambio es el presente y la posibilidad del Perú, la misma juventud que puede encontrar en sus países hermanos un impulso que desde Poliantea buscamos reflejar. Si para Gonzales Mejía, este deseo desmesurado de cambio nos vuelve incivilizados, maleducados, si esta actitud es lo que para él le hace describir un Perú solo problema, pues qué así sea. Dejaremos que la historia juzgue. Estamos seguros que juzgará a García de la misma forma que juzgará a otros políticos embarrados por la corrupción. Estamos seguros que a largo plazo, se juzgará si el accionar de la lucha anticorrupción, que ahora se lleva a cabo desde el Ministerio Público por un puñado de fiscales, que parecen llevarnos al final de largos años de impunidad fue el apropiado. Estamos seguros que al final, esta juventud hambrienta de justicia, impetuosa, irreverente, incivilizada y maleducada, será presente y posibilidad. 

Quiero finalizar este artículo con una apreciación final. Considero que Gonzales Mejía se deja vencer por alguna animadversión que tiene contra ciertos personajes y pretende resolver con un análisis meramente jurídico algo que implica ámbitos que él ha decidido omitir en un afán de ser puntual con su crítica. Algo que no logra, a mi parecer, precisamente porque le faltan las herramientas para lograrlo, pues ha prescindido de hechos e indicios legales que podrían refutarle que “en nombre de la ley” se han cometido muchas injusticias. Creo que en este caso, no es una injusticia lo que se está llevando a cabo, es justicia, pero entiendo que en un país tan acostumbrado a la injusticia y la impunidad, esto pueda resultar extraño. No pretendo ser guardián de la verdad, ni mucho menos solo dedicarme a refutar lo que Gonzales Mejía expone, creo que es necesario preguntarnos qué Perú queremos para el mañana y qué estamos haciendo para lograrlo, en nombre de la historia es importante hacernos este tipo de preguntas. Gonzales Mejía propone que el Derecho es la vía, me atrevería a sugerir la reflexión de nuestra historia, de quiénes hemos sido y quiénes somos ahora. Me atrevería a sugerir que somos nosotros, la juventud que hoy, como antes en tantos momentos de nuestra historia, se levanta frente a la injusticia. No la juventud de edad, sino la juventud de espíritu. Y querrán tumbarnos, y no podrán tumbarnos. Y querrán silenciarnos y no podrán silenciarnos…


Este artículo se encuentra en diálogo constante, en polémica abierta con un artículo publicado por Franco Gonzales Mejía en Verdades: directo y sin escala el 21 de abril del presente año.

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