El género epistolar, un acercamiento íntimo al alma del escritor

Adriana Jaime
Mercadóloga, docente y lectora


En una caja al fondo del armario, aguardan apacibles pedazos de papel, sobres, postales o anotaciones en una servilleta que fueron testigos de mis mejores y no tan mejores momentos, recuerdos a los que suelo volver constantemente para recordar no sólo a personas y capítulos de mi vida, sino para recordarme quién soy y hacia dónde voy. Cuando abro esa caja y me sumerjo en mis recuerdos para embriagarme de nostalgia, no puedo evitar cuestionarme: ¿Qué será de las cartas que he escrito? ¿Será que aquellas personas a las que les escribí alguna vez una carta –en la cual puse todo mi ser, todo mi corazón— aún la conservan?

Las cartas personales, cualquiera que sea su propósito, buscan dejar una parte del remitente en el papel a través de una confesión escrita, declarando sentimientos, recuerdos, anhelos o temores, mismos que algunas veces, no son fáciles de reconocer en voz alta. Eh ahí el valor simbólico de un pedazo de papel que encierra el tiempo en las palabras, mismas que significan una cosa después de tantos años de haber sido escritas: nostalgia.

Siempre he creído que los libros tienen tres historias: la que está escrita en las páginas, historias que nos hacen viajar, reflexionar y pasar horas con un libro en las manos, sintiendo como el tiempo se detiene ante nuestros ojos; están también las historias de cómo el libro llegó a las manos del lector: una simple casualidad en una librería o un regalo de alguien especial que deja su huella en una dedicatoria que a pesar de los años y las manos por las que pueda pasar ese regalo, invita a futuros dueños a crear historias a partir de esas palabras que en algún momento, significaron algo más que garabatos entre dos personas y que quedaron perpetradas en el papel y en el tiempo. Por último, está la historia que llevó al autor a plasmar sus vivencias, sus fantasías, sus mayores miedos o sus deseos, aquello que lo motivó a perpetuarse a través de las letras.

El conocer este último aspecto de una obra literaria, permite al lector visualizar un panorama más amplio y enriquecedor de la misma. Los escritores plasman en sus libros, independientemente del género, sus vivencias. Un hombre que ha vivido de cerca las miserias que trae consigo la guerra, que ha tenido una vida difícil donde las drogas o el alcohol son el pan de cada uno de sus días, no puede hablar de flores, de lo bella que es la primavera o de la magia del primer amor, habla de lo que vive, de lo que ve o de lo que sueña, creo que es imposible separar a la obra de la vida del autor, ya que la misma es un reflejo de su creador. Para darnos una idea del contexto de cualquier autor y su obra podemos buscarlo en internet o recurrir a prácticas no muy comunes hoy en día, como asistir a consultar libros a una biblioteca para poder acceder a esa información; pero hay algunos autores que dejaron más que narraciones y datos cronológicos acerca de su vida: su correspondencia; cartas que escribieron para declarar su amor, para ofrecer su hombro a algún amigo que lo necesitaba o para despedirse de alguien que tal vez ya no estaba en este mundo al momento de escribir esa misiva.

El Género Epistolar es posible gracias a autores o investigadores que se han dado a la tarea de recopilar, clasificar y publicar las cartas de grandes escritores, además de personas allegadas a los mismos que permiten compartir a los lectores la intimidad de una carta escrita por un grande de la literatura, del arte o de la historia. Sus cartas muestran al lector la otra cara de la moneda, íntima y personal que no es obvia en sus obras; muestran su alma y mitigan su ausencia; hacen sentir que los autores que admiramos dejen de ser inalcanzables, se leen reales y cercanos; humanizan al autor ante los ojos del lector, evidenciando que no solo trascienden por sus letras y la magia de las mismas, sino que dejan tras de sí, en este mundo, una historia similar a la nuestra: personas a las que amaron, distancias de por medio y retos a los que les hicieron frente, historias que están detrás de las obras que los inmortalizaron el en tiempo.

Muchos son los autores o ilustres personajes reconocidos a nivel internacional que no solo son conocidos por sus obras, sino por sus cartas, testigos silenciosos de su vida. Escritores y poetas como Alfonsina Storni, Cortázar, Pizarnik, Fernando del Paso, Pessoa, María Antonieta Rivas Mercado, Jaime Sabines o Gilberto Owen, por mencionar algunos, dejaron, en consuelo de su ausencia a sus lectores, además de sus obras, su correspondencia, donde abren su alma y muestran sus más grandes miedos y anhelos, sus recuerdos, su alegría y su tristeza.

Les comparto algunas misivas que me mueven tanto las emociones cada que las leo, que una lágrima está presta a evidenciarse.

Alfonsina Storni a Manuel Gálvez.

Alfonsina Storni, poetisa argentina. (1982-1938)

Alfonsina Storni escribió su última carta antes de suicidarse al escritor Manuel Gálvez; en la misma, la poetisa plasma en las letras su desesperación antes de quitarse la vida. “No puedo seguir escribiendo” fueron las últimas palabras escritas por la poetisa argentina.

Última carta de la poetisa argentina, encontrada en el sótano de la sede de
La Sociedad Argentina de Escritores (SADE)
Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik.

Cortázar y Pizarnik compartían una amistad fuerte e íntima que se evidencia en su correspondencia, misma que la distancia no logró mitigar. En una de las cartas a Cortázar en julio del 71, un año antes de su muerte, Pizarnik se confiesa ante Julio:

“P.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas)”.

A lo que Cortázar responde:

“Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

Julio (septiembre de 1971)”.

Fernando del Paso a Juan Rulfo.

Fernando del Paso, escritor mexicano.
(1935-2018)

Fernando del Paso, escritor y artista mexicano finado en noviembre del año pasado, era íntimo amigo de Juan Rulfo. Cuando se entera del fallecimiento de Rulfo en enero de 1986, Del Paso vivía en París; por la distancia y el golpe, recurre a una carta de despedida, misma que fue transmitida en Radio France Internacionale y publicada por primera vez en “Amo y señor de mis palabras” una compilación de cartas y ensayos de Don Fernando. Les comparto la carta y al final de la misma, el enlace de la nota original.

Carta a Juan Rulfo.

A que no sabes con qué me salieron el otro día Juan. Ni te imaginas. No sabes las cosas que dice la gente cuando no tiene nada que decir. Pues fíjate que andaba yo por París, porque te dije que venía a París, ¿no es cierto? Bueno, te lo estoy diciendo. Andaba yo por aquí. No te diré que muy quitado de la pena porque ahorita tengo varios problemas que no viene al caso contar, cuando de sopetón, así, de sopetón, me dicen que nos habías dejado; que te habías ido.

Mira, tengo que confesarte que cuando me lo dijeron, estaba tan hundido en mis preocupaciones, como te decía, que casi no me di cuenta cabal de lo que me estaban contando. Y después, fíjate lo que son las cosas, esa misma noche, yo di la noticia por la radio. Yo, imagínate Juan, diciéndole a todos lo que yo mismo no había entendido. Porque lo que me dijeron no fue que se había ido el escritor Juan Rulfo, no; lo que me dijeron fue que se me había ido un amigo. Y yo no lo supe sino poco a poquito, poco a poquito y de repente también, sí, de repente cuando escuché tu voz, cuando puse el disco de Voz viva de México de la Universidad donde leíste “Luvina” y “¡Diles que no me maten!”. Y esa voz me caló muy hondo. Porque esa voz, esa voz, yo la conozco muy bien.

Perdóname Juan, perdóname si no te escribí nunca, pero como me habían dicho que tú jamás contestabas una carta, pues yo dije: Entonces para qué le escribo. Y ahora me arrepiento; me arrepiento, Juan. Ahora quisiera que tú hubieras tenido varias cartas mías aunque yo no tuviera ninguna tuya. En serio. Me arrepiento porque yo tuve la culpa. Yo fui el que me fui de México, ¿no? Y no te escribí. Me duele porque no se pueden pasar tantos años, creo que 16 desde que salí, sin escribirle a los amigos, ¿no es cierto? No es cuestión nada más de decir, como Fray Luis, “como decíamos ayer”, porque no, no fue ayer, sino hace muchos años de cuando nos reuníamos una y hasta dos veces por semana, ¿te acuerdas?, en el café del sanatorio Dalinde. Allí se nos iban las horas. ¡Qué las horas! Ahí nos pasábamos años y felices días platicando y fumando como chacuacos. Quien nos hubiera visto, a veces tan serios, habría pensado que nomás hablábamos de literatura. Y sí, claro, platicábamos de Knut Hamsun, y de Faulkner y de Camus y de Melville, todo revuelto. De Conrad, de Thomas Wolfe, de André Gide. Nunca conocí a nadie que hubiera leído tantas novelas. ¿A qué horas las leías, Juan? Se me hace que a veces hacías trampa. Pero también te decía, ¿te acuerdas?, nos dedicábamos al chisme como dos comadres, ni más ni menos.

Y a veces, de pronto, tú te ponías a hacer literatura sin darte cuenta. Te ponías a contarme historias que yo no sabía si eran ciertas o eran puras invenciones, o si se iban volviendo ciertas cuando las estabas inventando. Me acuerdo muy bien, Juan, muy bien, como si te estuviera oyendo.
¿Tú crees que yo también estoy inventando, Juan? ¿Tú crees que estoy haciendo literatura? Pues a lo mejor sí. Perdóname. Cabrera Infante, ¿te acuerdas de él?, decía en un libro: “Le soy fiel a mi memoria, aunque mi memoria me sea infiel”. Sí, también uno inventa a los amigos y a los seres queridos, y creo que sobre todo aquellos que ya no pueden defenderse y decirnos: ¡Óyeme, si yo nunca dije esto, o aquello o lo otro! Y por otra parte, ¿tú crees que te estoy faltando al respeto por hablarte así? No, yo sé que no Juan, porque somos amigos, porque siempre lo fuimos.

Lo que es más Juan, te voy a confesar que yo siempre te vi como mi mayor, y no porque me llevaras un montón de años. A veces, sí, te veía medio viejón, y sobre todo cuando llegaste a la cincuentena. Pero ya ves lo que son las cosas, yo ya tengo esos mismos años y de hoy en adelante cada vez me vas a llevar menos. En un descuido, si vivo lo suficiente, te alcanzo, Juan.

No, lo que yo quería decir es que siempre te vi como mi mayor por la admiración que te tenía y que tampoco nunca te dije porque no te dejabas. ¿O sí te lo dije? Creo que sí, cuando menos una vez, y tuviste que aguantarte.

¿Te acuerdas, Juan, el trabajo que me costó hablarte de tú? Tuve que hacer un gran esfuerzo, y cuando lo logré, es como si te hubiera hablado de tú desde siempre. Ya le podía decir a mi mujer: “¡Oye, voy a llegar tarde porque voy a tomar un café con Juan!”. Y ella sabía que ese Juan era Juan Rulfo, el mismísimo Juan Rulfo.

Toqué el disco de Voz viva de México, Juan, para seleccionar unos trozos y hacer un programa. Un programa para la radio sobre Juan Rulfo, el escritor mexicano. Pero cuando me di cuenta que esa voz, no sólo era la de Juan Rulfo sino la de Juan, el amigo al que yo le hablaba de tú, en ese momento supe que lo que yo tenía que hacer era esto: decirte simplemente lo que te estoy diciendo. Que esto me sirve para adornarme con tu amistad… pues sí, tu amistad siempre me adornó.

La estrené hace más de veinte años y cuando te vi en las Canarias la última vez, ¿te acuerdas?, me di cuenta de que estaba como nueva. Que todo esto lo estoy escribiendo con un estilo tan cuidado que parezca descuidado, pues también, ya ves, hasta medio rulfiano me estoy poniendo. Y que quizás esto lo estoy leyendo como si fuera más mexicano de lo que soy, o seré nunca. Quizá sí, pero quizá no. Quizás hace falta no sólo un temblor de tierra sino un buen remezón de alma para acordarse de lo que uno es, de lo que uno quiere seguir siendo.

Oye Juan, ¿sabes qué?, para escribir esto me puse ayer a releer Pedro Páramo y El Llano en llamas. Tus libros son flacos como tú, Juan, que siempre fuiste medio encanijado. Pero una vez más, me di cuenta de que uno no acaba nunca de leerlos. Ayer me llené la boca con la tierra de Comala, ese pueblo todo untado de desdicha como dices tú, Juan. Ayer, Juan, vi al caballo de Miguel Páramo galopando enloquecido por el camino de la Media Luna. Escuché la voz de Eduviges Dyada, descolorida por la distancia, y ese silencio de Luvina que hay en todas las soledades, como tú dices, Juan.

Y contemplé el hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de Danilo muerto. Ayer, Juan, volví a ser Juan Preciado y me perdí en la nublazón de esas nubes espumosas que hacían remolinos sobre mi cabeza, como tú dices, Juan. Ayer fui Pedro Páramo y supliqué por dentro, y di un golpe seco contra la tierra, y me fui desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Ayer vi cómo el mar mojaba los tobillos y las rodillas y los muslos de Susana San Juan. Vi su cuerpo desnudo hundiéndose en el agua entero, mientras el mar rodeaba su cintura con su brazo suave y le daba vuelta a sus senos, como tú dices, Juan. Ayer, Juan, me bebí con los ojos a Susana San Juan; me bebí su boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; me bebí su cuerpo transparentándose en el agua de la noche, como tú dices, Juan. El cuerpo de Susana, de Susana San Juan. Ayer, sí, de nuevo, Juan, me llené el alma con tu voz.

Mi querido Juan, perdóname por no haberte escrito antes. La verdad es que nunca me constó que tú no contestaras cartas, porque nunca te mandé una. Se me hace que lo quise creer por flojo, porque no eres el único amigo al que nunca le escribí. Pero bueno, te decía que estoy aquí en París donde voy a vivir un tiempo y a terminar, eso espero, otro libro.

Pronto me alcanzarán Socorro, mi mujer, y mi hijita, Paulina. Los otros tres hijos que tenemos ya están grandes y viven solos. Me dicen que aquí vive uno de tus hijos y que pinta, pero no lo he visto. Yo los conocí a todos de chicos, aunque ya no me acuerdo de ellos. Seguro que si los encuentro en la calle no los reconozco. De quien sí me acuerdo muy bien es de Clara.

Y bueno, aquí estamos ya en pleno invierno y el frío está arreciando. Perdóname también por todas estas trivialidades, y más que nada, por lo que no te dije. Porque me queda la sensación de que hay muchas otras cosas que debería decirte, pero no sé exactamente qué. Lo único que sé, es que te tenía que hablar como te estoy hablando, Juan.

Mañana, quizás, u otro día, a lo mejor me invitan a hablar sobre tus libros y entonces quizá me atreva a opinar que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá; o quizá no me atreva porque a veces pienso que de tus libros tú ya lo dijiste todo en ellos. En fin.

Antes de despedirme, Juan, déjame terminar con un lugar común, con lo que ya han dicho otros, con lo que van a decir siempre, porque es la pura verdad: tú estás vivo, Juan, porque tu voz está viva, porque tu voz no sólo llenó 30 años de silencio, sino que llenará muchos años más. Tu voz, Juan, que cuando la escuchamos, no lo vas a creer, y aunque te hayas ido, nos da una alegría; una alegría, sí, Juan, aunque nos hables de qué sé yo cuántas cosas tristes, de risas viejas como cansadas de reír y voces desgastadas por el tiempo, de lugares donde hasta los perros mueren y ya no hay quien le ladre al silencio; de pueblos que destilan olores amarillos y acedos, de ahorcados a los que los zopilotes se los comen por dentro hasta dejar la pura cáscara, como tú dices.

Sí, Juan, volver a leerte, volver a escuchar tu voz será siempre una alegría, aunque nos hables y nos sigas hablando tanto, ¡ay, Juan!, de la tristeza.

Fernando del Paso.

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