La última carta de Alan García

Desde Poliantea lamentamos la actitud del expresidente peruano Alan García, de evadir la justicia y preferir quitarse la vida antes que perder “su” honor político. Lo cierto es que, opiniones aparte, el suicidio de Alan García ha conmocionado a un país cuya clase política, a la que bien representaba García, está envuelta en el gran escándalo de corrupción de este siglo, Lavajato. 

En esta carta, leída por su hija en la Casa del Pueblo, donde se velan sus restos, no podemos encontrar respuestas a su accionar. Podemos encontrar, no obstante, una muestra más del hombre que fue, y de lo que nunca pudo ser a nuestro parecer, un hombre de honor. A continuación, la carta.


Cumplí con la misión de conducir el aprismo al poder en dos ocasiones e impulsamos, otra vez, su fuerza social. Creo que esa fue la misión de mi existencia, teniendo raíces en la sangre de ese movimiento. Por eso, y por los contratiempos del poder, nuestros adversarios optaron por la estrategia de criminalizarme por más de 30 años, pero jamás encontraron nada y los derroté nuevamente porque nunca encontrarán más que sus especulaciones y frustraciones.

En este tiempo de rumores y odios repetidos, que las mayorías creen verdad, he visto cómo se utilizan los procedimientos para humillar y no para encontrar verdades. Por muchos años me situé por sobre los insultos, me defendí y el homenaje de mis enemigos fue argumentar que Alan García era suficientemente inteligente como para que ellos no pudieran probar sus calumnias.

No hubo ni habrá cuentas ni sobornos, ni riqueza. La historia tiene más valor que cualquier riqueza material. Nunca podría haber precio suficiente para quebrar mi orgullo de aprista y de peruano. Por eso repetí: otros se venden yo no. Cumplido mi deber en la política y en las obras hechas en favor del pueblo, alcanzadas las metas que otros gobiernos y países no han logrado, no tengo porque aceptar vejámenes. He visto a otros desfilar esposados, guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos.

Por eso le dejo a mis hijos, la dignidad de mis decisiones. A mis compañeros, una señal de orgullo y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse. Que Dios, ante quien voy con dignidad, proteja a los de buen corazón y a los más humildes.