Editorial: Una historia sin fin

Hay una idea generalizada en el Estado peruano para afrontar los conflictos mineros. Muchas veces se apuesta, ante la falta de opciones, a imponer un estado de emergencia. Como el que se impuso al distrito de Challhuahuacho desde el 28 de marzo de 2019. 

Este estado de emergencia es tan solo una respuesta de un Estado carente de soluciones frente a la protesta de la comunidad de Fuerabamba contra el megaproyecto minero Las Bambas de la empresa MMG. Cabe mencionar que el Perú es el segundo productor de cobre en el mundo y Las Bambas juega un rol importante en este tablero. Pero no solo allí, dentro de los proyectos mineros alrededor del país, es uno de los más ambiciosos a nivel latinoamericano, y su importancia va mucho más allá de la ambición empresarial pues representa el 1% del PBI nacional.

Pero por imposible que suene ahora, allá por el 2004, Las Bambas era un proyecto que despertaba expectativas por todo el mundo. Las comunidades, ya en aquel entonces, habían aceptado principalmente por la promesa de un mineroducto, lo que significaba que no habría contaminación en las vías de transporte. Pero claro, el inicio del cambio empezaría con la llegada de MMG. No solo el proyecto cambió de dueño, cambiaron las condiciones que se habían suscrito inicialmente con la comunidad, por ejemplo, la suspensión de la construcción del famoso mineroducto por un plazo indefinido. Claro está, con un Estado cómplice más de la empresa privada que del poblador, más cercano siempre al dinero exterior que a los ciudadanos a los cuáles se debe, forzó los caminos para que esta “sacada de vuelta” se pudiera dar.

La ineficacia del Estado peruano para poder manejar los recursos de la inversión minera y aportarlas en las zonas aledañas a las minas, dentro de otros factores, ha llevado a que el Perú sea uno de los países en Latinoamérica con mayor número de conflictos mineros. Y en ese sentido, Las Bambas no es un fenómeno aislado, es tan solo el síntoma de una enfermedad mucho más endémica; la nula capacidad del Estado para resolver o evitar conflictos.

Si bien se ha apostado por un diálogo con el gabinete liderado por Salvador del Solar, desde Poliantea creemos que ningún diálogo se podrá dar si se siguen estigmatizando las posturas campesinas para favorecer a las grandes empresas. En este ámbito, la prensa ha jugado un rol más que importante para ponerse la camiseta de Las Bambas, interesándose en ver el conflicto resuelto, antes que saber qué reclamaban los comuneros. Más énfasis se hacían en las camionetas que tenían, parte de los acuerdos que se tenían con las comunidades por parte de la minera, que en las demandas que tenían.

Frente a  todo esto, Poliantea ha visto necesario dedicarle algo más que una sección en nuestra edición mensual. Es tan corto el espacio que se pueden omitir determinados hechos que resultarían cruciales para que el lector entienda el conflicto en su magnitud y en su totalidad. Además, Las Bambas es más un síntoma que refleja lo atrasada que está Latinoamérica para enfrentarse a conflictos mineros, su falta de acción, de instituciones sólidas.

En este especial, hemos incluido artículos que consideramos alineados con nuestra posición respecto a este conflicto. No es necesario que sus autores, cuya afiliación política es conocida en Perú, coincidan con nuestro modo de ver el mundo. Creemos que podemos coincidir en algo que nos parece muy crucial en este conflicto, que las Bambas no es un hecho aislado, que probablemente esté lejos de acabar y que los conflictos mineros en un país separado de su población es y seguirá siendo una historia sin fin en el Perú.