Literatura hispanoamericana de mujer

¿Literatura de mujer?

Es el siglo XX un periodo decisivo en el panorama de la participación femenina. Las primeras manifestaciones del cambio arrancan de la segunda mitad del XIX, momento en que la mujer accede a la escritura a través de periódicos (Arambel-Guiñazú, 2001). De la oralidad y el salón pasaron al texto escrito, desde el ámbito privado del hogar y el registro epistolar a la esfera de la vida pública, lo cual ayudó a forjar nuevas identidades.

Si el fenómeno arranca de mediados del s. XIX, las vanguardias van a ayudar a innovar en la forma, mediante una estructura ya no tan lineal, sino más transgresora y abierta: Maria Luisa Bombal (1920-30) en Chile, es un verdadero ejemplo. Los acontecimientos históricos y políticos determinan, sin duda, los procesos enunciativos.

La paulatina participación de la mujer en la actividad pública y literaria favorece la reflexión de la cultura patriarcal: comienzan a cuestionarse los conceptos de familia, matrimonio o identidad. Las mujeres se niegan a seguir la tradición familiar y las costumbres sociales impuestas por los hombres.

“La literatura es el medio idóneo para la expresión y autoexploración, se ofrece como vía de autorreconocimiento personal pero a la larga es una derrota para la protagonista, quien tendrá que admitirla como espejo de sueños imposibles” (Caballero, 1998: 53). La literatura va a ser un arma social y un artefacto verbal.

Llegados a este punto habrá que plantear el eterno debate, ¿existe la literatura de mujer? No es el momento de profundizar en el debate por falta espacio, pero tal vez cabría dejar apuntada una fórmula que la mayoría de la crítica aceptó para disminuir el problema, al menos en sus orígenes: habríamos de distinguir entre novela femenina, aquella que acepta el papel femenino según la tradición, novela feminista, caracterizada por la rebeldía y el afán polemizador y novela de mujer, aquella que incide en el problema del “autodescubrimiento” según el cual, escribir, para la mujer es recrearse (Ciplijauskaité, 1984).

Si bien la novela feminista va a representar la lucha de la mujer contra las realidades machistas, sociales o contra el propio lenguaje, la novela de mujer es el fruto de ciertas transformaciones hacia la realidad psicológica, esto es, la búsqueda de formas más personales. Así, esta literatura funciona como terapia, pues potencia la auto-observación crítica y prima la espontaneidad femenina. No es extraño que se den concominancias autobiográficas. A la literatura de mujer no le interesa tanto narrar acontecimientos, como hacer sentir el mensaje de mujer; es por ello que cobran un papel muy importante las alusiones o insinuaciones, lo implícito, lo no dicho.

Para comprender la escritura femenina en América Latina, hay que situar a la mujer en la realidad latinoamericana, desafortunadamente asentada en un contexto político-histórico marcado por la violencia desde el Nuevo Mundo y la sociedad patriarcal.

Ser mujer y además escritora no es una combinación fácil, pero igual que la situación de la mujer, la narrativa de mujer ha evolucionado para mejor. Desde el siglo XIX, la mujer ha usado la estrategia discursiva de encubrir su identidad mediante seudónimos como antifaces o máscaras varoniles que le permitiesen pasar por hombres: Gabriel de los Arcos, Evelio del Monte, Gonzalo Bustamante o Jorge Lacoste sugieren al lector acciones llenas de aventuras y episodios románticos.

Ser mujer genera desconfianza en los medios literarios. La supremacía del “macho” en América Latina se opone al papel pasivo-silencioso de la mujer, a la cual se le suprime el sentido creativo, impartiendo la enseñanza de “tareas de servicio”. A comienzos del siglo XX no había banqueras, ni médicas, sino secretarias y enfermeras que por supuesto estaban subordinadas al hombre. Se les reservaba el campo del arte y la danza únicamente.

Por consiguiente, ¿hay mujeres en el Realismo Mágico? A simple vista no, aunque la historia literaria ha sido injusta con Elena Garro, cuya excelente novela “Los Recuerdos del Porvenir” (1963), merece su reconocimiento. Sea como fuere, los años ochenta constituyen una década importante en la literatura femenina latinoamericana.

Cantero Rosales habla del “boom femenino”:

Qué ironía que la década de los ochenta, período en el que se intensifican las jerarquías y la explotación del capitalismo mundial, haya coincidido con un innegable renacer de la literatura feminista –siendo, como es, uno de los pocos espacios donde se produce un sostenido discurso contestatario y transgresivo-, así como con una serie de propuestas de renovación no sólo artística, sino también social. Las diversas miradas demuestran que estamos ya más allá de la ansiada búsqueda de una escritura femenina esencial. Ahora se acentúan sobre todo los planteamientos históricos y contextuales, así como la relación dialógica entre textos no sólo de hombres, sino también de mujeres. (Cantero Rosales 2004: 11).

Por otro lado, se ha hablado de la trayectoria de Isabel Allende en la escritura como algo “marginal”, pero no en cuanto a su éxito editorial, pues sus tres primeras obras fueron best-sellers, sino en cuanto a la historia de una mujer escritora excluida. En un primer momento su obra fue rechazada, por lo que puso sus ojos en España para publicar en Barcelona su primera obra.

En cuanto a Allende, se da otra exclusión de carácter literario. Sus detractores la acusan de imitar a García Márquez, y de no tener título universitario. Lo mismo le ocurrió a la poeta Violeta Parra, marginada por no tener formación literaria.

En resumen, a pesar de la calidad literaria de las mujeres hispanoamericanas ninguna de ellas es considerada miembro del canon de la literatura hispanoamericana, exceptuando tal vez a la gran Gabriela Mistral, un poco más conocida que sus compañeras. Muchas han sido las absurdas críticas y más los obstáculos que impiden que las obras de estas mujeres tengan el reconocimiento que se merecen. Pero hoy es el día perfecto para recordarlas: Griselda Gambaro, Laura Restrepo, Claribel Alegría, Gioconda Belli, Reina María Rodríguez, Ángeles Mastretta y tantas otras mujeres a las que les agradecemos la valentía y el ejemplo de la lucha contra los cánones injustos. Nunca es tarde para exigir la visibilidad femenina.

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