El oculto Valor de la Verdad

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Un siete de julio, entre aplausos, con la luz apagada, tres personas sentadas en un sillón grande y un sillón rojo vacío, entre el humo aparecía Beto Ortiz para decirnos:

Buenas noches, lo único que separa esta noche a una persona de ganar cincuenta mil soles es su capacidad para responder veintiún preguntas con la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. ¿Quedará todavía alguna persona honesta en el Perú? Es el momento de conocer el valor de la verdad.

Un sillón rojo, una voz en off, dos personas frente a frente, veintiún preguntas, casi una hora de duración, toda una vida expuesta frente a cámaras y todo el país expectante de este morboso experimento. Durante cuatro años, la televisión peruana se acostumbró a esta secuencia los sábados por la noche al principio, luego los domingos, durante toda la semana, en los periódicos, en las redes, en donde fuera. El valor de la verdad es, para muchos el programa más exitoso de la televisión peruana en los últimos tiempos. Adaptación del formato Nothing but the truth creado por Howard Schultz, actual CEO de Starbucks, el programa consiste básicamente en lo siguiente:

Una persona se sentará frente a cámaras, responderá veintiún preguntas seleccionadas de las cien que respondió frente al polígrafo previamente, y de acuerdo a la veracidad de sus respuestas será recompensado con dinero.

Sin duda, la traducción–casi siempre un arte inexacto– del formato inglés en este caso es la más cercana, la más real. El programa le otorga valor a la verdad y es esto lo que generó curiosidad a los peruanos que muy asombrados sintonizaron en su televisor allá por 2012 en el famoso canal 2, en ese entonces, Frecuencia Latina. Su slogan en aquel entonces era Piensa en grande y sin duda, lo hicieron. Relanzando la imagen de un canal en caída libre, el programa conducido por Beto Ortiz fue una bocanada de aire más que fresca en el ráting, dominando los fines de semana durante cuatro años, con idas y venidas, con programas largos, algunos más cortos, con programas que nunca salieron, otros que no salieron del todo bien y pese a todo ello, El valor de la verdad se convirtió en la bandera que flameaba–no tan orgullosamente–el canal.

Decimos esto pues ya por esos años se empezaban a escuchar críticas respecto al nivel de la televisión peruana o como ha sido ampliamente conocida, televisión basura. Programas como el de Ortiz han sido catalogados como lo más repugnante que se ha visto en los últimos años, sobre todo por su insistencia en apelar al morbo para conseguir audiencia. Como bien indicaría Ortiz en una columna escrita coincidiendo con el final del programa dirigida al público peruano, El valor de la verdad da lo que ofrece. Es un debate totalmente ajeno a este artículo hablar de la calidad de los programas que se emiten en señal abierta, entra a tallar entonces la manoseada libertad de expresión que en Perú tan bien se suele esgrimir. En todo caso, El valor de la verdad no es solo polémico por lo que ofrecía, sino por su rostro.

Papá piraña

Toda literatura es chisme decía Capote. Para Beto Ortiz, conocido periodista peruano, cuya inclinación hacia la literatura es ampliamente conocida, probablemente encuentre en su programa concurso la más vil literatura, o en todo caso, así la encontramos la mayoría de los peruanos que ha visto alguna vez su programa. Todo chisme en Perú de por sí ya es oro, oro puro que es explotado al hartazgo por los medios que están dispuestos a ceder ante este. Como periodista, Ortiz es un abanderado del chisme, uno de los tantos deberíamos aclarar. Y si bien en la televisión peruana, hay personajes renombrados en este ámbito, desde Magaly Medina hasta Carlos Cacho, ninguno ha tenido tanto impacto en la televisión peruana en los últimos años como él, no solo por su versatilidad, sino por su polémica personalidad. Ortiz es sin duda, la fotografía de la televisión peruana.

Caracterizándose siempre por ser ese tipo que te podía hablar tanto de literatura como de farándula, de Oscar Wilde como de Susy Díaz, que te podía hacer entrevistas complacientes como a Alan García o agresivas al hartazgo como a Daniel Urresti durante la última campaña municipal, Ortiz no busca agradar, busca estar en el reflector. Sus programas varían tanto como su personalidad; noticieros, programas concurso, biografías no autorizadas camufladas de documentales o entrevistas. Hay Beto Ortiz para todos los gustos, y lo cierto es que sigue siendo, nos guste o no, uno de los periodistas–pese a que no acabó la carrera–más influyentes en Perú. Además, parte del éxito de Ortiz es que no rehúye al escándalo, es lo que lo alimenta, lo mantiene vivo, vigente. Y si bien ha sabido sortear todo tipo de escándalos en los que se ha visto envuelto, hay uno que aún sigue en el imaginario de los peruanos, el abuso a menores.

Expuesto en su momento por Magaly Medina, César Hildebrandt y Jaime Bayly, las acusaciones a Ortiz ponen en duda su posición como referente del periodismo peruano, por decirlo menos. Si bien las personas cercanas a él han querido hablar de efebofilia, lo cierto es que la pedofilia acaba estando al otro lado de la línea, la delgada línea que Ortiz y compañía decidieron defender. Con un expediente archivado oportunamente, las acusaciones que se le realizaron por abusar de los menores del albergue Generación quedaron en el olvido, pese a la gravedad de estas. Se le acusa haber ejercido una posición de poder al obligar a menores de edad abandonados a tener relaciones con él a cambio de favores en su centro de trabajo, que evidentemente Ortiz negó a toda costa, y que pese a lo turbio del ambiente en el que se archivó su expediente, ha continuado defendiendo su inocencia apelando a su condición de periodista incómodo al régimen que es solo otra forma de decir como jodía al Gobierno de turno, ellos me jodieron de vuelta, figura que en Perú ha sido esgrimida por toda clase de personajes para defenderse de sus acusaciones ante la falta de argumentos sólidos para probar su inocencia. No podemos asegurar la culpabilidad de Ortiz, solo podemos señalar que el tiempo en el que se investigó a Ortiz fue muy particular, que el archivamiento de su expediente se debió a la falta de evidencias o según Bayly, porque su abogado esgrimió que Ortiz no violó a nadie ya que él era el homosexual pasivo en la relación.

La concursante

Ruth Thalía Sayas Sánchez forma parte de la historia de la televisión peruana, nos guste o no. La primera concursante del programa de Ortiz no era un personaje de la farándula, no era un político, un conductor de televisión. Hasta ese primer programa era una chica más, de las que nunca oiríamos hablar en los noticieros, mucho menos en la sección de espectáculos. Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que Ruth Thalía Sayas podía ser cualquiera de nosotros, una ciudadana más. Hasta ese fatídico estreno.

Acá no nos centraremos a juzgar lo que Ruth Thalía confesó o no en ese programa, pues lo menos que queremos ser es moralistas ni prestarnos al morbo, sino preguntarnos si era correcto exponer en televisión abierta a una persona que no conocía los riesgos de lo que iba a decir. Nadie conocía que uno de los protagonistas del programa, quien fungía de su enamorado, Bryan Romero, iba a asesinarla meses después convirtiéndola en una víctima más del machismo. Ni siquiera sus padres, presentes e incómodos en todo momento, sabían todo lo que su hija iba a revelar frente a cámaras. Este drama humano, todo lo que siguió después de la emisión del programa para esa familia es recogido por un episodio de Radio Ambulante, un podcast que recoge historias latinoamericanas .

¿Cuánto vale una vida, cuánto vale la vida de Ruth Thalía? No lo suficiente para el programa ni para el canal que lo emitía. La noticia pasó y se difundió como si fuera “su culpa”, como si lo revelado en el programa era suficiente como para que Bryan la asesinara. Y si bien la sociedad peruana muchas veces llega a justificar la violencia de género, en este caso es realmente asqueroso como muchas personas en redes aún ahora pueden ponerse del lado del feminicida. Fenómenos como este ocurren todos los días en un país que prácticamente está a nada de tener una mujer asesinada a diario.

“El polígrafo busca defender al inocente, intenta sacar la verdad a flote con fines altruistas. Y acá te sacan la porquería, la mugre humana” fue parte de lo que dijo Alexandra Arias, ex presidenta de la Asociación de Poligrafistas de Latinoamérica para un artículo de Caretas que cuestionaba el programa. Y es cierto, El valor de la verdad busca exponer al participante, busca desnudarlo, y dejarlo a merced del espectador. Este triste espectáculo se cobró la vida de Ruth Thalía, aún si el asesinato lo cometió su ex-pareja.

Ortiz, en alguna emisión del programa, afirmó que le dedicaban todas las ediciones a Ruth Thalía, a quien declaraba una víctima de la violencia contra la mujer e invitaba a todos los peruanos a combatir contra este flagelo. Si bien este gesto de Ortiz puede parecernos tierno o correcto, cuando tu programa carga con el lastre de haber provocado la muerte de una mujer, cuando la misma televisión basura se asquea de lo atroz que resultó aquel y todos los programas que le siguieron, cuando aquel sillón rojo se ha manchado de sangre, ya es demasiado tarde.

El regreso

Y tres años después del final del programa, el hijo pródigo decidió regresar a su casa. Sin pena pero quizá con más gloria de lo que debería y con un tema mucho más álgido de lo que aparentaba, el programa concurso regresó. Nicola Porcella, acusado en su momento de agredir a su pareja Angie Arizaga y de formar parte de una fiesta en la que supuestamente se drogó a una chica, fue su primer participante. Y sin duda, muchos de sus espectadores parecen comulgar con la frase Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. Claro que lo que el programa pregona es el escándalo, pero en cómo el peruano justifica lo injustificable no vale ahondar. Y es que “las joyas” que desfilan y continuarán desfilando por el programa no nos confirman nada que ya no sepamos sobre Ortiz y su formato. Si la televisión peruana es basura, El Valor de la Verdad es el desagüe.

 

Entradas recomendadas

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.