Un perro andaluz: una alegoría de lo sexual

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Un hombre afilando una navaja, un ojo cortado por una navaja, el hombre que en lugar de boca tiene vellos, los libros convertidos en revólveres. Un perro andaluz (1929) de Luis Buñuel es (y a la vez no es) todas esas imágenes. El film surrealista escrito por el mismo Buñuel y Salvador Dalí, sigue aún resonando en los anales del cine. Conocido como el primer film surrealista, la puesta en escena de la película demuestra un arduo trabajo conceptual por parte de su director, quien hilvana escenas en busca de una unidad narrativa. Pero para hablar de Un perro andaluz y su carácter surrealista, es necesario primero definir qué es el surrealismo.

Muchas veces, todo aquello que carezca de “sentido” para el espectador o todo aquello con carácter onírico es André Breton, fundador y líder del surrealismo, define así al surrealismo en el Primer Manifiesto Surrealista (1924):

Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.

Y entonces, en esa línea, el surrealismo busca sumergir su arte en el automatismo psíquico. “Buscaban lo maravilloso, lo insólito, los motivos incongruentes en contextos ajenos. No deseaban hacer arte, sino explorar posibilidades”(Veliz, 2016). Y dentro de estas posibilidades, tanto Buñuel como Dalí exploran el surrealismo en Un perro andaluz. Al enterarnos que el guión entero se basó en la unión de los sueños de Buñuel y Dalí, el carácter onírico de la obra empieza a tornarse surrealista. No obstante es necesario remarcar que dicho carácter no debería ser suficiente para calificar esta (ni cualquier) obra de surrealista. Lo que hace a Un perro andaluz surrealista es su motivación principal, es lo que trae consigo, su concepción de arte, su propuesta visual, narrativa. Esta película de Buñuel es indispensable para entender el surrealismo, fue necesaria para la expansión del movimiento, es la primera gran muestra de la ambición que traían consigo sus miembros. No es casualidad pues, que dicha película les haya servido para ingresar al círculo de Breton—pese a que serían expulsados posteriormente en 1939—ya que el filme demuestra su afición por lo onírico, por la imaginación, por el automatismo psíquico; las claves del surrealismo.

Ya en sus memorias, Buñuel demuestra lo identificado que se sentía con el movimiento:

[…] Esta locura por los sueños, por el placer de soñar, que nunca he tratado de explicar, es una de las inclinaciones profundas que me han acercado al surrealismo (Buñuel, 1995:105).

Un perro andaluz no existiría si no hubiese existido el movimiento Surrealista. Tanto su “ideología”, su motivación psíquica y el empleo sistémico de la imagen poética como arma subversiva, responden a las características de toda obra auténticamente surrealista” (Buñuel, 1995:31-32)

Y en sí, Buñuel insistirá en remarcar que su obra es esencialmente surrealista, pues tras la canonización del movimiento a partir del Segundo Manifiesto Surrealista, publicado en 1930, el surrealismo fue cercando cada vez más a sus miembros, imponiendo condiciones cada vez más restrictivas para llevar a cabo su arte. Estas restricciones precisamente son las que llevan a Buñuel y Dalí a renegar de este surrealismo canónico. Aún sin saberlo, Un perro andaluz funda las bases para un nuevo surrealismo, un surrealismo que mantenga la esencia, que sea esencialmente liberador. Liberador como solo lo puede ser la imaginación, que es el hilo del cual se sostiene Un perro andaluz.

Pero además de la imaginación, la película de Buñuel se caracteriza por lo fuerte de su contenido, lo explícito que puede llegar a ser. No son pocos los comentarios que vislumbran tras dicha brusquedad, un mensaje erótico. Cabe entonces preguntarnos también ¿Es Un perro andaluz una alegoría de lo sexual?

Efectivamente se ha mencionado que lo que une lo mostrado en Un perro andaluz bien puede ser entendido como censura, ya sea en el momento en el cual el protagonista se queda sin boca y empiezan a crecerle vellos, cuando se ve castigado y forzado a mirar a la pared haciendo con sus manos una cruz en evidente señal de penitencia o cuando un hombre andrógino es atropellado por un bus. No obstante, también puede entenderse como la frustración del placer sexual, de la plenitud sexual. El propio Federico García Lorca declaró en una carta que el perro andaluz era él, y pese a la negación en múltiples ocasiones por parte de Buñuel, dicha lectura del corto podría funcionar en tanto el espectador sea consciente de la declarada homosexualidad de García Lorca y la amistad que lo unía junto a Buñuel y Dalí. Si García Lorca fuera el perro andaluz, entonces la lectura de las escenas previamente mencionadas sería la de la censura de la homosexualidad por parte de la sociedad, por parte de las instituciones, la escena del protagonista siendo castigado y obligado a mirar a la pared podría ser visto como una alegoría a la escuela, a la represión y los libros convertidos en revólveres se convertirían entonces en la rebelión ante el establishment. La escena del hombre que iba en bicicleta pero que “revela” su verdadero ser al vestirse de mujer sería una muestra más de la intolerancia de la sociedad frente a lo desconocido, a lo que encuentra como anormal. Si Un perro andaluz fuera una denuncia frente a la intolerancia, si García Lorca fuera el perro andaluz, dicha lectura tendría mucho sentido. Pero lo brillante de esta obra surrealista es que no tiene solo una lectura, tiene muchas lecturas. No obstante, su carácter sexual es un común denominador en todos, por lo cual sí sería acertado señalarlo como una alegoría a lo sexual, una muestra de la frustración. En el caso se aceptara la interpretación de García Lorca, dicha frustración podría ser la de no poder demostrar su sexualidad plenamente, en el caso de la frustración heterosexual, podría decirse que es la no realización del acto sexual por parte de la pareja, y que todas las escenas alrededor de estas demuestran las peripecias que viven mientras no pueden cumplir sus deseos.

Cuando Sánchez Vidal (1982) señala que Buñuel es un poeta surrealista, no podemos considerarlo una exageración. Un perro andaluz ya demostraba la preocupación de Buñuel por formar una unidad artística, ya vislumbraba el genio creador de obras como Los olvidados (1950) o El ángel exterminador (1962) mientras que por el lado de Dalí, su afán por la creación de una experiencia artística superior sería lo que llevaría a coexistir entre el surrealismo y su predecesor, el dadaísmo y nos iría previendo de la exoticidad del artista español. Un perro andaluz no coexiste, no obstante, con la visión de arte de ambos surrealistas, sino combina lo mejor que ambos pueden ofrecer y se inscribe dentro de la historia del cine como uno de los mejores filmes hechos, por su excentricidad, por sus mensajes, por su propuesta, por su unidad. Un perro andaluz nos brinda los lineamientos del cine de vanguardia, del cine de autor. Aún hecho a inicios del siglo XX, esta obra de Buñuel es tan moderna como lo es el hombre, es tan nueva como si hubiera sido estrenada ayer, es ya un clásico del cine, de la cultura.