Fuerza (im)popular

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Desde la Mesa Directiva del Congreso, Daniel mira a su bancada sin amor: inútiles, congresistas descerebrados e impotentes, meras sombras susurrando lo incomprensible, desvaneciéndose cada día más en el gris panorama. ¿En qué momento se jodió Fuerza Popular?

Pero, es necesario añadir que, no es solo la pregunta que Daniel Salaverry debe haberse hecho antes de renunciar, sino la pregunta de todos los fujimoristas que apoyaron fervorosamente al partido desde sus inicios y ahora lo ven destrozado en miles de pedazos; ¿en qué momento se jodió Fuerza Popular? Quizá ya había nacido jodido, quizá tras la derrota en 2011, Keiko Fujimori no se dio cuenta que no solo estaba convirtiendo el movimiento Fuerza 2011 a un partido político, sino estaba construyendo algo que su padre, Alberto Fujimori, nunca fue capaz de hacer.

Quizá allí empezó a joderse Fuerza Popular. En el preciso momento en el que Keiko, la misma hija que se quedó en el país tras la renuncia cobarde de su padre por fax, la misma hija que soportó el acoso mediático al que fue sometida en busca de respuestas a preguntas de las que aún ahora no tenemos respuestas, decidió renegar del legado de su padre y apartar de su esfera a los elementos que la ligaban a la dictadura de Alberto Fujimori, en ese preciso momento, Fuerza Popular comenzó a cavar su propia tumba.

Y por lo que señalan las investigaciones alrededor del caso Cócteles, Keiko no pudo evitar alejar de su movimiento la más fuerte característica del fujimorismo, la corrupción. Pero digamos que, en aquel momento, de 2011 a 2016, Keiko empezó una campaña sorprendente, a vista y paciencia de todo el pueblo peruano, que para variar, miró a otro lado. Nadie se tomó enserio a Keiko, y ese error fue lo que nos llevó a los resultados de las elecciones generales de 2016.

Si Fuerza Popular tuvo un momento que definió su historia fue aquella elección. La primera vuelta les otorgó una aplastante mayoría con el 39,86 % de votos válidos, que se reflejaría en 73 escaños. 73 congresistas de Fuerza Popular representaban quizá la más atemorizante victoria de cualquier partido político en los últimos años. ¿Era descabellado pensar en ese momento que su oponente en la segunda vuelta, Pedro Pablo Kuczynski, sería pan comido? Pues claro que no, la diferencia entre ambos (Peruanos Por el Kambio recibió el 21,05% en la primera vuelta) parecía inalcanzable.

La gran protagonista de la segunda vuelta fue sin duda, la masa antifujimorista que, con ayuda de los medios, consiguió revertir los resultados otorgándole así el 05 de junio de 2016 la banda presidencial a un sorprendido Pedro Pablo Kuczynski. En aquel momento, se podría argumentar, se jodió Fuerza Popular.

No fue una derrota cualquiera, no fue ni siquiera su primera derrota, simplemente fue la que menos esperaban. Todos los esfuerzos, todos los años invertidos, todo se echaba a perder. Les habían robado la elección, solo eso podía haber ocurrido. Aquel 05 de junio sin duda, algo se quebró en ese partido. La demora “accidental” de Keiko Fujimori en reconocer los resultados solo era un síntoma más de lo que iba a ocurrir a partir de ese momento. Fuerza Popular no iba a colaborar nunca con el Ejecutivo por una sencilla razón; los habían traicionado, se habían aliado con los caviares, con los terrucos, con los rojos para detenerlos, para boicotear su victoria, y lo habían logrado. Sin ser enteramente un desacato al Presidente, la bancada que juramentó para el período 2016-2021 compartía el pensamiento de que ese Ejecutivo debía haber sido naranja. 

Entre interpelaciones, censuras, demoras a proyectos de ley presentados por el Ejecutivo, el boicot a muchas de las políticas de Estado planteadas a viva voz, el tono de los debates, los insultos al Presidente en constantes ocasiones, los golpes bajos que repartían a otras bancadas, la superioridad que preferían remarcar a través de los votos con los que contaban y con los cuáles era casi imposible evitar que pasen alguna ley que no debiera pasar, Fuerza Popular pasó los dos años del período sin pena ni gloria. Fuerza Popular hizo todo lo que no debía a un ritmo impresionante, casi como si fuera imposible comprender cómo era posible seguir equivocándose tanto y seguir impune. Eso cambió con los procesos de vacancia de Kuczynski.

Kuczynski, uno de los lobbistas más reconocidos en el país, fue llevado a dos procesos de vacancia por sus conexiones a Odebrecht a través de su empresa Westfield Capital mientras era Ministro de Estado, conexiones que negó en todo momento, de manera compulsiva. Y ante la evidencia, Kucyznski recurrió a un trato con el demonio, decidió vender la libertad del líder histórico del fujimorismo, Alberto Fujimori, a cambio de su puesto.

Y precisamente este osado acto fue lo que debilitó aún más al fujimorismo. Si bien consiguieron sacar a Kucyznski exponiendo el trato oscuro con la pseudobancada de Kenji Fujimori, perdieron votos. Y a veces no necesitas tumbar a tu rival, solo necesitas demostrar que no es invencible. Eso fue lo que demostró Kucyznski. Que Fuerza Popular no era tan sólido después de todo. Así, tras la llegada de Vizcarra, la crisis se agudizó a tal punto que muchos congresistas prefirieron conciliar antes que seguir pechando al Ejecutivo. No debilitó menos el desmoronamiento de la cúpula del partido y su ingreso a cárcel, incluyendo a la lideresa, Keiko, por presuntos actos de lavado de activos a través de los cócteles en las elecciones de 2011.

A la fecha, Fuerza Popular no solo no es lo que era, sino que demuestra lo que siempre ha sido, un proyecto fallido de partido político, un movimiento nefasto que representa la peor faceta de nuestro país. El verdadero problema de Fuerza Popular es su incesante desprecio por las actitudes democráticas. Su nula capacidad a seguir las reglas del juego si es que no le convienen. Es precisamente esa conveniencia la que muchas veces los ha dejado expuestos como un grupo autoritario, que no acepta las disidencias y toma a mal las derrotas.

Hace poco, en un artículo de The New York Times sobre el autocratismo, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt señalaban que:

En una democracia, los presidentes deben tener paciencia y ser insensibles a las críticas. Deben ser capaces de hacer concesiones. Pero, lo más importante, deben ser capaces de perder.

Sus propios actos han demostrado que Keiko Fujimori—que es en esencia Fuerza Popular—no es capaz de perder, no es capaz de aceptar una derrota casi tanto como no es capaz de aceptar que su bancada pierda integrantes como quien pierde cabellos con el aire.

Y a medida que se le van los congresistas, la mayoría acusando la falta de diálogo con ellos, la preferencia por una cúpula—evidenciado por el chat La Bótica—, el continuo desprestigio de muchos integrantes por sus vínculos con actos de corrupción o su inacción frente a éstos han hecho que la bancada hoy esté esperando que Vizcarra cometa un error. Lo cierto es que si bien el Perú necesita más movimientos sigan el ejemplo de Fuerza Popular y se involucren en la política, no necesita que Fuerza Popular siga en política.