Editorial

Poliantea nació como una iniciativa alternativa a los medios de comunicación tradicionales. Medios que se encargan a diario, a un ritmo honestamente repulsivo, de inundarnos la mente de “noticias”, entre comillas porque el bombardeo morboso de ciertas notas pseudoperiodísticas sobre la gastronomía o sobra la vida personal de tal o cual persona dista mucho de ser calificada como noticia. Cuando uno intenta alejarse de esa esfera, se da cuenta que el cambio no se va a dar a menos que uno sea quien lo impulse. El cambio, efectivamente, está en nosotros, en cada uno de nosotros. Es en línea con ese espíritu que nace Poliantea, como una alternativa a cómo seguimos las noticias, cómo las informamos, cómo abordamos determinados temas y bajo qué concepciones se las entregamos a quiénes nos siguen. 

Las noticias ahora son más entretenimiento y no información. El rol del cuarto poder ha sido desestimado para darle paso al reinado del ráting. Esto evidentemente genera una crisis total en países en los cuales el equilibrio de poderes es una bonita ilusión escrita en las constituciones y recitadas por abogados y politólogos que creen lo que leen más que lo que ven. Y lo que se ve es una crisis generalizada en países faltos de instituciones sólidas, lo que se ve es un pueblo descontento ante la corrupción de la mayoría de sus funcionarios. Si un funcionario no acaba siendo corrupto, es incapaz, y en muchas situaciones, ambas condiciones se combinan. En este caos, todo ciudadano debería evaluar seriamente qué está haciendo para cambiar la situación de su país. No podemos cargarle todo el peso a los medios y a los políticos, no podemos seguir creyendo que nuestro rol solo sirve para las elecciones. Es necesario que los medios y los políticos sean solo una herramienta para el ciudadano, y no viceversa.

Durante años hemos observado la historia de Latinoamérica desde un rincón, el rincón de los olvidados, de los relegados. Durante mucho tiempo, los ciudadanos latinoamericanos han decidido alejarse de la política, como si no fuera inherente a la condición del ser humano. Y en ese lapso, nuestros países fueron invadidos por dictadores, populistas, corruptos, estadistas, personas sin ninguna valía más allá de la que cargaban en sus bolsillos al entrar y la que ocultaban al salir. Esta situación es tan insostenible que de continuar, podría llevarnos a una crisis de la que no habría retorno.

Con la mayoría de países celebrando sus aniversarios de independencia, todo latinoamericano debe preguntarse si nos liberamos de las cadenas de Europa para seguir los mandatos de Washington. Aquella tierra de la libertad no ha sido sino desde sus inicios, la tierra de la opresión y ha buscado expandirse a costa de los pueblos indígenas, a costa de las vidas de tantas personas. Es indispensable rechazar la política de intervencionismo de Washington en Latinoamérica y en el mundo entero, no podemos permitir que sean ellos quiénes dicten lo que nuestros países tienen que hacer. Ya no somos el perrito simpático de nadie. Latinoamérica no es su patio trasero ni nosotros somos su pueblo servil. 

Muchas veces se ha señalado lo previamente escrito, pero se ha quedado en el papel y ya no somos una efervescente ciudad letrada, ahora preferimos lo proferido por el sacerdote de aquella anécdota de García Márquez, el poder de la palabra. La palabra como acción, como lucha, como revolución.  Poliantea invita a quien pose su vista en estas palabras, a quien aún sienta la sangre recorrer su cuerpo, a alzar su voz, a denunciar, a reclamar, a existir en una democracia. Estamos ahora acostumbrados a ceder ante la presión, ante el descontento, ante la desesperanza. Mas si perdemos la esperanza, la humanidad misma habrá perdido. Y en esta como en cualquier lucha, el pueblo tiene la última palabra.