La Navidad del consumo o el consumo de la Navidad

En más de una ocasión hemos escuchado que la Navidad es “la mejor época del año”, la “época apropiada para compartir”, la época en la que recordamos que existe alguien más además de nosotros. Si paseamos a lo largo de las calles y avenidas de cualquier ciudad, si osamos entrar en algún centro comercial o supermercado, en cualquier parte del mundo, nos encontraremos con una grotesca escena, la exacerbación del consumismo y la parafernalia propia de las transacciones. El fenómeno ha imbuido a la sociedad, como un vórtice que atrapa todo aquello que está a suficiente distancia como para devorarlo. El hombre se vuelve presa del sistema que lo seduce, lo atrae y lo devora, volviéndolo un autómata, enajenado de sí mismo, de su conciencia y de su realidad más allá de la pantalla del mercado.

Frente a esta realidad, se presenta de manera imperante la necesidad de analizar y comprender la razón de este comportamiento. Al hacerlo, se puede comenzar a pensar en un antídoto a esta sinrazón llena de incoherencia. En las siguientes líneas se procurará analizar ciertos parámetros propios del comportamiento social y, finalmente, cuestionar en búsqueda de una respuesta antagónica a esta realidad.

En más de una ocasión, en sus obras, Nietzsche utilizó la frase “Dios ha muerto”. Con ella no afirmaba directamente el ocaso de las figuras teológicas propias del cristianismo. Más bien, su referencia estaba direccionada a los procesos de transformación social y a la diversificación de las motivaciones éticas, antes enfocadas en valores morales absolutos, que perduraron por aproximadamente dieciocho siglos. Con una nueva consideración antropológica, el ideal griego de comunidad, de polis, se vio desplazado hasta el punto de caer en el olvido.

El individualismo se ha convertido en el alma del sistema. Por ello, con el afán de subsanar una conciencia atribulada por la incapacidad de reconocer a la otredad, se cae en una de las trampas constituidas por el mismo aparataje, el exacerbado consumismo. Se transforma en una práctica común de padres que quieren compensar las carencias afectivas de sus hijos; lo hacen los dueños de las empresas que no han temblado al explotar a sus obreros; lo hacen muchos grupos religiosos, a fin de justificar la falsa piedad en la que tienen atrapados a sus feligreses. Y este es apenas el punto de partida.

A manera de convención, el sistema ha procurado adoctrinar a sus miembros en torno al proceso de la culpa. El orden al que la sociedad debe adecuarse gira en torno a sus mecanismos de frustración, culpabilidad y negación. Todo este proceso forma parte de un entramado que ha calado profundamente en el tejido social, generando un espíritu débil y fragmentado. La manera en la que cualquier individuo puede ser “bien visto” por sus iguales dentro del pseudo-sistema de bienestar, depende de la apariencia que tiene, de la máscara que es capaz de construir, en torno a su potencial de adquirir. A lo largo de los 365 días, pero especialmente en esta época, somos lo que alcanza nuestra capacidad adquisitiva.

Thomas Hobbes recuperó la frase homo hominis lupus est (El hombre es el lobo del mismo hombre). Con esta frase procuró que el énfasis, especialmente enfocado sobre los procesos de gobernanza y los nuevos órdenes sociales que comenzaban a gestarse, hiciese eco y favoreciera a no cometer los errores que él había presenciado. Lamentablemente, el hombre no ha dejado de ser víctima y victimario de su propia realidad. Prevalece la consonancia y la armonía en torno a procesos degradantes, manifestación de la estropeada moral, más estructurada como un discurso efímero, que como un hábito social.

La degradación social, en favor de una visión netamente individual, ha hecho del ideal de un mundo diferente, un espectáculo. El ideal de sembrar la semilla de la esperanza en la sociedad, lleva a quien lo enarbola a una especie de “coliseo romano” actualizado, un circo en el que el ecléctico es burla y mártir de sus semejantes. De la misma manera, nuestra sociedad ha hecho de la navidad una muestra de tal espectáculo.

Pese a todo, no se puede hacer una afirmación general a partir de lo previamente señalado. El recuerdo que pervive en el fondo memorial de la sociedad, ansía por brotar de la oscuridad, en búsqueda de la luz. Pensar que la deconstrucción de estos supuestos paradigmas es una opción, genera esperanza y hace brotar en los corazones una llama que los mantiene vivos en una sociedad desgarrada y herida. Esa llama, vivida desde su sentido originario, es a lo que debemos llamar Navidad. Es momento de pensar ¿qué nos queda por hacer?