González Prada: el menos peruano de los peruanos

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Dentro de la literatura peruana, González Prada se ubica como una de las mentes más lúcidas de siglo XIX y XX. Dentro de la historia del pensamiento político peruano, González Prada es efectivamente, como lo retrataba José Carlos Mariátegui en 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana (1928), «el primer instante lúcido de la conciencia del Perú» . Aún así, quizá lo más resaltante que se ha dicho de él es que es el menos peruano de los peruanos, bajo palabras de Ventura García Calderón. Aquella afirmación muchas veces ha servido para disminuir su impacto en las letras, en la literatura nacional. Pero antes de zambullirnos en esta sentencia, habría primero que presentar a nuestro ajusticiado. ¿Quién es Manuel González Prada?

Nacido como José Manuel de los Reyes González de Prada y Álvarez de Ulloa y rebautizado como Manuel González Prada, intentando eliminar ese aire aristocrático que traía consigo y acercarse más a la masa, la desdeñada masa peruana. En sus primeros años, se dedicó a la poesía y al periodismo, queriendo reivindicar al indígena como lo evidencian sus poemas incluidos en Baladas (1939). Si bien su poesía no fue pulida, y es pública la actitud autocensura que tenía el peruano con su obra, habría que evaluar en los fracasos del autor—si es que se pueden considerar así a los esbozos de un pensamiento—el camino que se iba formando. Luis Alberto Sánchez señala que “La guerra del Pacífico dio vida al prosista González Prada” y acaso, más que solo al prosista, dio vida a la mente más vivaz de su época, al avivador de la chispa necesaria para que el peruano de aquel entonces y el de ahora cambie de mentalidad. Cabe resaltar pues que, durante toda la extensión de la guerra, González Prada se mantuvo dentro de su hogar en protesta a la ocupación chilena de la capital peruana. Posiblemente, en esas paredes terminó de darle forma a su bicho anarquista, a su actitud rebelde, a su insatisfacción por la situación actual. Tras la guerra, el hombre que salió ya no era pues, un aristócrata más, era—y a la vez no era—un peruano más.

El autor de Pájinas libres (1894) es también un adelantado a su época, captando la esencia de futuros movimientos que habrían de caracterizar a la literatura peruana en los años venideros. Es González Prada un convencido que la situación en la que se encontraba el país tras la guerra con Chile solo podía cambiarse si las mujeres y los indígenas eran incluidos. Y en este afán de incluir a los indígenas, habría de someterse a la ortografía propuesta por el lingüista venezolano Andrés Bello para que lo que se escriba sea como lo que se habla. Es decir, su prosa era oral, su prosa no era elitista, más allá del carácter lírico que presentara en sus metáfora, en sus figuras, en lo mordaz que podía ser al enfrentarse a sus enemigos—porque los enemigos de la patria eran los enemigos de González Prada—, en los niveles a los que podía llegar para elogiar a figuras como Miguel Grau. La literatura peruana no volvería a encontrar a alguien tan despierto, tan prolijo, tan completo como González Prada en las generaciones posteriores.

No busca proponer un programa político porque no podía, no debía existir uno si no se resolvía un vacío más grande, de qué hablamos al hablar de Perú. En su famoso discurso al Politeama, ya ataca directamente el arcaísmo, la tradición. Aquí se podría decir que nace una de las rivalidades más interesantes de la literatura peruana, la del González Prada con Ricardo Palma, autor de Tradiciones (1872). Ambos se enfrentarían arduamente por breves lapsos, mas es la iniciativa de González Prada de luchar contra la tradición lo que conseguiría que Palma se jubile anticipadamente, sirviendo quizá como el mejor ejemplo de la famosa frase del menos peruano de los peruanos; ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!

Y en cierta forma a González Prada no se le puede “acusar” de iniciar el camino para las futuras generaciones, pues si bien sus palabras resuenan en los cimientos de la nación peruana, eran las consecuencias de su espíritu de denuncia. González Prada no deja tras su muerte una generación que pudiera considerarlo maestro, no deja los lineamientos para los futuros anarquistas del país, no deja sino su palabra, su espíritu.

La Generación del Novecientos lo evidencia. Pensadores como Ventura García Calderón habría de calificarla como la generación sin maestros, y que en busca de éstos, solo encontraron «un bibliotecario y un síndico de quiebras». Esto, en clara referencia  Ricardo Palma y a Manuel González Prada. Habrían de inclinarse, no obstante, muchos escritores a seguir no solo el estilo de su prosa sino el espíritu de Palma, dedicándose a desprestigiar el pensamiento de González Prada como excesivamente radical. «No nos reduzcamos a deplorar el mal: realicemos el bien. No nos empeñemos en destruir: edifiquemos» proclamaba  José de la Riva-Agüero en Carácter de la Literatura del Perú Independiente (1905) y así como él, la mayoría de su generación. Aún así, a González Prada lo habría de valorar Víctor Andrés Belaúnde como «la expresión más profunda y bella del sentimiento nacional, desgarrado y sangrante, después de la derrota y de la mutilación territorial» en La Realidad Nacional (1931). No obstante es la generación del Centenario de la Independencia la que acogería a González Prada casi como un maestro, es esta generación la que expresaría su descontento y no se limitaría a repetir sus frases como si esto representara que siguieran su pensamiento. No es su letra la que perdura en González Prada sino su espíritu.

Precisamente, es su espíritu quizá lo esencial, lo que sobrevive en su prosa. En una época en la que ya levantar la voz era protesta, González Prada fue más allá y señaló, poniendo los puntos sobre las íes, lo endeble que era nuestra democracia, desnudó al país y a sus intelectuales, a sus políticos y a sus ciudadanos. Su discurso fue el detonante, si se quiere, el paradigma del descontento nacional, paradigma de quiénes aún ahora, están insatisfechos con la situación de Perú. Su prosa tiene una esencia occidental, recoge los pensamientos que en ese momento se vislumbraban en todo el mundo, González Prada es el primer escritor en la historia de Latinoamérica, incluso, en ser también un escritor del mundo. Su bagaje intelectual es lo que le permite ver a su país de otra forma, le entrega una visión que sus contemporáneos no poseían. Es la figura del intelectual ideal de la época, y si se quiere, quien entrega los lineamientos de cómo debiera ser el intelectual en la actualidad.

González Prada no apela al nacionalismo barato, no es un romántico exagerado, González Prada busca la verdad a toda costa, aún así pueda derrumbar nuestros conceptos errados que podrían darle sentido a la nación. Este racionalismo habría de entrelazar toda su prosa, sobre todo en sus discursos o en sus textos periodísticos. En el discurso al Teatro Olimpo se denota más este carácter racionalista, pues invoca a sus compañeros del Círculo Literario a ser verdaderos, aunque la verdad cause nuestra desgracia, a ser verdaderos, aunque la verdad desquicie una nación entera, aunque la verdad convierta al Globo en escombros y ceniza: ¡poco importa la ruina de la Tierra, si por sus soledades silenciosas y muertas sigue retumbando eternamente el eco de la verdad! Y precisamente este racionalismo suyo, racionalismo en principio mas no enteramente, es lo que lo separa de muchos contemporáneos suyos.

No es González Prada un idealista, ni siquiera un pesimista, trasciende ambos extremos.  En su pensamiento recoge la esencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche al apelar a la voluntad del hombre para cambiar su realidad, apela al hombre y no a la institución. En este punto, se denota el carácter anarquista de su prosa, se presenta una problemática que el autor resuelve con algo que en ese momento resultaba una blasfemia, que la presencia de la autoridad devenía en el abuso, devenía en la corrupción, devenía en la pus del país,  que solo el ciudadano podría cambiar la situación de su país. Solo él y nadie más que él.

Entonces, tras todo lo dicho, ¿por qué es el menos peruano de los peruanos? ¿Esto de alguna forma disminuye su impacto en las letras peruanas? Jamás debiera verse este apelativo como un insulto, sino un elogio a tomar en cuenta. Es González Prada un ciudadano del mundo, el primer peruano en ser consciente que el mundo no empezaba ni terminaba en Lima, en sus circunstancias. Nada pinta más de cuerpo entero a González Prada que su descontento con la situación peruana, con lo elitista que resultaba Lima, con lo elitista que resultaban sus políticos, sus literatos, sus ciudadanos. La indiferencia y el descontento eran dos caras de la misma moneda en aquel momento en el Perú, y para denunciarla, González Prada solo podía ser visto como un radical, un extremista, un odiador, un pesimista. Mas habría que recalcar que solo quien está interesado en cambiar su realidad, expresa su descontento de la forma en la que González Prada lo hizo. ¿Esto lo hace menos peruano que sus contemporáneos? Quizá sí. El patrioterismo barato se ve representado en quiénes añoraban formas antiguas de gobierno, que no podían ver más allá de lo que sus ojos le permitían. No podemos afirmar que este intelectual veía el horizonte, pero sin duda esclareció el panorama para que los futuros intelectuales sí pudieran verlo, pudieran convertir en verbo lo que él dejó en el tintero.

A cien años de su muerte, aún se puede decir de él lo que dice de Vigil. “Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan dignas de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos, puede tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin, derribarse todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una cosa permanecerá invulnerable y de pie, el hombre”. Y aún así, sentiríamos que nos falta por decir algo pues, en palabras del propio Gónzalez Prada, todo hombre quiere su epitafio. El de González Prada aún se está escribiendo, pues mientras su espíritu siga vivo, mientras haya alguien que se estremezca con lo que este hombre declama, no habrá epitafio que escribir, pues —aún—no hay González Prada que enterrar.

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