Fútbol, participación y sociedad: una brevísima aproximación

La FIFA, encargada de estructurar el campo futbolístico a nivel global, es, para decirlo claramente, una institución delictiva. No por casualidad, en un artículo reciente, el investigador Soto Acosta (2016) ha llegado a afirmar, analizando el accionar a lo largo de la historia de dicha institución, que puede denominarse como mafia organizada. En ese sentido, desde una óptica enfocada en las relaciones de poder, puede caracterizarse al fútbol —entendido como un campo institucional transnacional— como un espacio de por sí corrupto, que permite el enriquecimiento de mafiosos, narcotraficantes y políticos inescrupulosos. Ejemplos para sostener esto último hay de sobra y, con las investigaciones1 de #FifaGate, actualmente son semanales. Esto es, un panorama totalmente sombrío y desesperanzador que, lógicamente, nos llevaría a la conclusión de tachar al fútbol y determinar su necesaria desaparición por la obscena corrupción en la cual está inmersa.

 Por otro lado, los medios de comunicación que tienen programas para el debate en torno al fútbol, generalmente lo hacen promoviendo la banalidad, el análisis frívolo, empleando un discurso decididamente pobre y, lo peor, sustentado bajo supuestos racistas y misóginos — esto es, el “butterismo” en su máxima expresión. Además, la participación de las mujeres está subordinado a un papel secundario, muchas veces el mero “anfitrionaje”. En tal contexto, emergen naturalmente pseudodiscusiones, donde temas fundamentales como la violencia en los espectáculos futbolísticos, el rol de las mujeres en el fútbol contemporáneo, etcétera, se abordan desde el lugar común y las sentencias básicas de sabiduría popular. 

Ahora bien, he comenzado haciendo esta modesta doble caracterización del espectro futbolístico, que, obviamente, no es exhaustiva, con la intención de saber —a grandes rasgos— en qué condiciones político-sociales nos encontramos para pensar con “realismo” cualquier aspecto en términos de posibilidades y proyectos en su horizonte. Dicho esto, podemos señalar el propósito del siguiente texto que busca, en un contexto donde la muerte del fútbol parece necesaria y eminente, ser una pequeña reflexión, en una primera instancia,  sobre su potencialidad -no solo en Perú- micropolítica, en la perspectiva desarrollada por Onfray. Este autor, quien considera la fundación de la Universidad Popular de Caen como una microsociedad para la microrresistencia, reconoce la imposibilidad de establecer “cambios” en el plano de la totalidad ” o revoluciones “tradicionales”; es decir, descree de los grandes acontecimientos político-institucionales como posibilitadores de nuevas formas de organización colectiva y de formar un nuevo orden que responda la ampliación del bienestar de las personas. Por lo que, establece, una opción mucho más factible sería pensar desde ya en términos de revoluciones parcelarias, concretas. Es en este sentido donde inscribimos nuestra (re)conceptualización del fútbol, en tanto campo donde actos delimitados y concretos pueden generar una “reacción en cadena” a nivel de lo social.

De ese modo, si bien el fútbol profesional latinoamericano (por ende, peruano),  ensamblado en la lógica del capitalismo global, está inmerso claramente en las dinámicas señaladas en el inicio del texto , no se implica necesariamente que, por obvia derivación, en todos los pliegues de la sociedad donde este juego se practique se tengan los mismos propósitos y se realice a partir de los mismos horizontes de significado. Por ejemplo, Villena Fiengo (2016), desde una perspectiva poscolonial en una reciente investigación, ha mostrado cómo, en las comunidades y movimientos indígenas bolivianos, el fútbol se ha establecido como una “plataforma de vinculación indígena a la nación, pero también como un escenario para una oposición al Estado “colonial” e, incluso, para una política de transformación del Estado y la sociedad boliviana”(p.28). Asimismo, señala, a partir de la década de los 50′, cuándo Bolivia estaba gobernado por una dictadura, “el fútbol, relativamente libre de la férrea vigilancia policial, serviría como esfera pública plebeya donde las nuevas generaciones indígenas, a su modo hijas de la revolución y el sindicalismo, podían discutir sobre los problemas de las comunidades y su relación con el gobierno y la sociedad nacional” (p.27).

Enfocado con mayor amplitud, y saliendo de la retórica pseudoprofunda mainsteam de comerciales como el del Banco Santander o BBVA Continental,  el fútbol es un  plano, para muchas personas, que permite afianzar lazos sociales, la participación en la esfera pública,  ser partícipes de la vivencia de la ética y la aprehensión del sentido colectivo. Estudios como los de Pulgar Vidal (2016) o Elsey (2011), desde su óptica histórica, nos demuestran el rol de este juego en tanto que plataforma para la sociabilidad popular y canal de expresión de luchas sociales; por ende, políticas. Y esto es lo que no debemos olvidar. Como se notará, no he mencionado el lugar común de quienes pretenden mostrarnos al fútbol como espacio supuestamente “desideologizado” (recordemos a Zizek sobre lo que representa dicho concepto) , donde solo se pueden  “aprender valores”,  “disciplinar a los jóvenes” o ” cumplir sueños”, puesto que, de nuevo, eso solo significaría volver a incluirnos en dos narrativas que moldean y limitan el territorio de la  sensibilidad contemporánea: el moralista-conservador de siempre y el innovador-empresarial (“creatividad”, “innovación”, etc). 

No obstante, en la tradición histórica de los “usos” del fútbol en nuestro país, casi nunca, con excepción de las primeras décadas del siglo XX, este fue visto como un espacio para la participación comunitaria y horizontal en pos de generar la expresión de demandas en el espacio público. Cuestión que, sí se ve en Chile, donde el fútbol (clubes barriales, asociaciones, etc.), con mayor efervescencia en determinados momentos del siglo XX, siguiendo a la investigadora Elsey (2011), se politiza, y sirve como “campo”, desde dónde elaborar discursos críticos  en términos políticos y de justicia social, lo que sí tuvo manifiestos desenlaces favorables. Y eso, viéndolo desde la perspectiva de Onfray, sería un claro ejemplo de lo que se puede lograr desde el paradigma de las revoluciones parcelarias.

En esa línea, vale señalar que, en la última década, de nuevo en algunas regiones de Latinoamérica, se viene formando una fuerte participación femenina en el fútbol. Cada vez son las mujeres que, conscientes de su tiempo histórico, no solo se quedan en  una participación “light” y acrítica, sino le dan cierto sentido de reivindicación feminista a su presencia en el juego. Saben las luchas sociales que están en juego, literalmente. Estas acciones femeninas, que ponen de algún modo en “cuestión” sentidos comunes machistas y estructuras simbólicas  que han dominado las sociedades de la región, son un avance importante para tomar en cuenta. Así, académicas como Hijós (2018), valorando estas últimas experiencias,  han analizado estos procesos.

Por lo que, considero, el fútbol, pensado como un lugar para el aprendizaje del sentido de la participación colectiva y de organización, de  “alzar la voz” y utilizar la palabra, expresar desacuerdos y malestares – esto es, construcción de ciudadanía- tiene posibilidades en el Perú, hasta hoy inexploradas2. En ese orden de ideas, lo propuesto por Alabarces (2014) no puede dejarse de lado; este autor, luego de un lúcido trabajo de investigación sobre la situación del fútbol desde una perspectiva crítica, llega a abogar por su  democratización radical en términos de los clubes del fútbol profesional, donde los hinchas organizados asuman un rol protagónico.  Lo señala claramente: “la insurrección hinchística, la revuelta, la sublevación, la huelga. Que harían falta en otros territorios de la sociedad, la cultura, la política y la economía, por supuesto. Pero una revuelta de hinchas tampoco estaría mal”. (p. 206).

 Así, pues, afianzo mi postura según la cual se puede construir un fútbol, en tanto espacio, — primero que nada, desmasculinizado (alejado de los mandatos de la “masculinidad tradicional”)— que cuestione las lógicas, principalmente retóricas e institucionales, que lo han asimilado de forma tan fácil y llevado a ser una mercancía asociado a lo “reality”. Esto implica,  a su vez, marcar una distancia conceptual y de sentido con toda la  narrativa empresarial “creativa” que pretende hacer de cada elemento de la  la sociedad una especie de start-up. Por último,  recalco no he pretendido caer en propuestas ingenuas como “luchar contra el profesionalismo y el dinero” ni hacer un llamado a la “acción directa”, sino solo,  muy brevemente, repensar al fútbol y su relación con la sociedad (no repetir el lugar común según el cual “el fútbol representa a la sociedad”- Alabarces (2018) refutó dicha frase en un artículo a propósito de la violencia de la final de la Copa Libertadores-.). Asimismo,  busco estimular mayores reflexiones en esta misma línea, que, generalmente, son muy esporádicas. 

Bibliografía:

Alabarces, P. (2014). Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios. Aguilar: Buenos Aires

Alabarces, P.(2018). La violencia es un mandato.  Recuperado de la web de Anfibia.

Hijós, N & Garton, G. (2018). “La deportista moderna”: género, clase y consumo en el fútbol, running y hockey argentinos. En Revista Antípoda, (pp. 25-42). 

Elsey, B. (2011). Citizens and Sportsmen: Football and Politics in Twentieth Century Chile. Texas: University of Texas Press.

Pulgar Vidal, J. (2016). Selección nacional de “fulbo”: 1911-1939. Fútbol, política y nación. (Tesis de maestría). Pontificia Universidad Católica del Perú.

Villena Fiengo, S. (2016). ¿DES-gol-onización? Fútbol y política en los movimientos indígenas de Bolivia. En Revista Crítica de Ciencias Sociales,  (pp. 3-32).


En el caso que nos interesa, Perú, el presidente del máximo ente institucional nacional, es decir, la Federación Peruana de Fútbol, Edwin Oviedo, está implicado en acciones delictivas, asesinatos y liderazgo en mafias.

No dejamos de lado la necesaria reflexión en términos de ciencias sociales sobre la condición de los distintos grupos étnicos y sus particulares situaciones. De ese modo, no caeremos en propuestas desfasadas o carentes de sentido.

 

http://revistaanfibia.com/ensayo/la-violencia-es-un-mandato-2/