A Paúcar o ¿Por qué corren esos locos?

L’atletica è poesía. Se la notte sogno,
sogno di essere un maratoneta.
 Eugenio Montale

Cabizbajo, triste, resignado, el hombre de bigotes miraba la hoja sobre el escritorio con desilusión. «Señorita, por favor, hágame el servicio». Su ruego lastimero no inmutaba a la rolliza mujer sentada frente a la computadora. «Señor, ya le he dicho que estoy ocupada». Respondía ella, inclemente, con la mirada puesta en la pantalla. «Por favor, señorita, vivo lejos pa’ regresar hasta mi casa». Insistía esperanzado. Ignorándolo la mujer se volvió y miró por encima de sus lentes. «Y usted, ¿qué desea?». Preguntó, déspota, aburrida. «Vengo por la carrera». Una sonrisa se dibujó en el rostro de aquel hombrecillo.

Correr lo era todo (o una de sus grandes prioridades) para él; sus ropas, además, lo evidenciaban: camiseta blanca, buzo deportivo, zapatillas de corredor que las compró de segunda mano a otro compañero que andaba necesitado. «Tienen que acostumbrarse al pie por eso las traigo puestas». Caminábamos por Paseo de la República en dirección al Paseo Colón. Su desilusión se esfumó cuando le entregó la ficha a la mujer que fungía de secretaria en la oficina de la Asociación Nacional de Fondismo. «Bien mala la señorita, qué le costaba ayudarme, ni cinco minutos se iba a demorar». Era el último día de inscripción para la primera fecha del Campeonato Nacional de Fondismo y temía quedarse fuera.

Correr es como la vida misma. De niños nada más empezamos a caminar ya queremos lanzarnos a correr. Y eventualmente corremos y somos partícipes de ese juego, porque correr es eso: hacer algo con alegría. Corríamos detrás de una pelota, corríamos a la cuenta de tres y a ver quién llegaba primero, corríamos cuando la vieja nos correteaba a chanclazos o piedras o lo que sea que encontrara en su camino, corríamos cuando fugábamos después de tocar los timbres, corríamos con los patas del barrio o escapando de los buleros, como Forrest Gump, corríamos por diversas razones, corríamos porque sí, incluso cuando nos decían que no corriéramos, porque de alguna u otra manera correr es parte de nuestra existencia, de eso que se asemeja tanto a una carrera.

Cuando hablaba de correr al flaco, que ya andaba por sus sesentas, le brillaban los ojos, esos que poco a poco lo estaban abandonando. Ese era su martirio. «Sin lentes no puedo leer, compañero». Vivía en San Juan de Lurigancho, de ahí su súplica: regresar a casa por los lentes olvidados le hubiese tomado por lo menos un par de horas; y la oficina cerraba al mediodía. Iban a ser las once de la mañana cuando cruzamos la Plaza Grau y respiraba aliviado.

Es cuando nos hacemos ‘grandes’ que nos ponemos serios y dejamos de jugar. Pero como dice Pietro Mennea (atleta italiano, medallista olímpico en Moscú 1980): Entre el juego y la vida está la carrera, y la carrera nunca termina. No existe otro deporte que se asemeje tanto a la vida como una carrera. Ambas tienen un inicio y un final, con un abanico de emociones en su discurrir. Lo saben no solo los que corren profesionalmente sino todos. Y es que todos corremos en mayor o menor medida, ya sea haciendo footing, jogging, pruebas de velocidad, de fondo, trail, ultratrail, etc., cada uno es feliz corriendo a su manera. Lo saben también los atletas paralímpicos que sobreponiéndose a su discapacidad logran seguir con sus sueños. Correr se trata de valor, tenacidad y coraje.

«No me he presentado formalmente ––dijo extendiendo la mano––. Páucar, un amigo corredor». El incidente con la mujer indispuesta había quedado atrás, en la pequeña oficina frente al Estadio Nacional, cuando llenamos juntos las fichas de inscripción. Hablábamos de carreras y de tiempos. El viejo tenía una marca de 43’56” en los diez kilómetros. Nada mal. Mis mejores diez no bajaban de los 50’. «Es cuestión de disciplina». Decía y ensayaba un trote. Recordaba sus inicios cuando se zampaba en las pocas carreras que se organizaban en la ciudad. Corría con zapatillas que no eran para correr, pero «quién te dice que necesitas zapatillas especiales». Hay, incluso, quienes corren descalzo, como Abebe Bikila, que ganó la prueba olímpica del maratón de 1960 en Roma, imponiendo, además, una nueva marca en la especialidad.

Correr es libertad, quizá por ello muchos lo practican como una disciplina. Páucar, sabía mucho de eso. Su día empezaba muy temprano, al rugir de los motores (que en una ciudad caótica como Lima fungen como el canto de los gallos) de los primeros carros que empiezan su jornada laboral. Corría alrededor del parque de su barrio, otras veces a lo largo de la Próceres. Media hora, una hora, a veces más. «A esta edad ya tengo que hacerle caso al cuerpo», decía. Otro que sabe de disciplina es Haruki Murakami. El escritor japonés empezó a correr a la par que empezó a escribir novelas. «Y más que fuerza de voluntad––dice Haruki––, correr, tiene que ver con el carácter.  Corremos por placer no para que sea un sufrimiento. Entonces uno no puede decirle al otro que correr es estupendo, porque si alguien quiere correr, algún día empezará a hacerlo por su propia voluntad». Y el día que empiece no dejará de hacerlo, porque, además de lo placentero y de desarrollar cierto tipo de adicción, el corredor también tiene algo de locura.

«Se sufre pero se goza», afirmaba Páucar siempre con una sonrisa en el rostro, cuando empezó a contarme una de sus experiencias como maratoniano. Llegaba bien, había entrenado lo necesario para hacer una buena carrera y bajar las cuatro horas. Un día antes del evento le dio una indigestión: fiebre, cólicos, diarreas. Toda la noche en ese trance achacoso, pero en lo último que pensó fue en perderse la carrera. Sus hijos trataron de convencerlo de que no lo hiciera, su condición no era la adecuada. Su esposa poco pudo hacer más que decirle que era un viejo loco y que se iba a morir. «Mejor así ¾respondió¾ , sería una muerte digna». La mañana del domingo era fresca, todo lo contrario al calor que todavía le provocaban las fiebres. Y ahí estaba Páucar, en la línea de partida, nada le quitaría ese placer. En los primeros kilómetros se sintió bien, es más, los malestares desaparecieron, entonces pensó que podía empezar a remontar. Veinte kilómetros y se sentía volar: el viejo corredor en todo su esplendor. Un dolor punzante en el estómago le avisó que la tregua había terminado. Corrió todavía más rápido en una búsqueda desesperada de servicios higiénicos. Los encontró a poco más de un kilómetro en un grifo. «Pensándolo ahora fue una locura correr en esas condiciones». Sí que lo era. Volvió a la carrera pero solo para comprobar que se había quedado sin fuerzas. «Fue la única vez que me recogió el basurero». Dijo refiriéndose a la movilidad que recoge a los corredores que pasadas las seis horas todavía se encuentran en algún punto de la ruta.

Soledad y silencio, quien corre entiende muy bien estas dos consignas. «Cuando corro quiero pensar en el río, en las nubes, pero no, no pienso en nada, correr es eso: vacío y soledad»; dice Haruki Murakami de su experiencia. Quizá sea cierto pero en una carrera, sea la que fuera, uno se encuentra con sus pares, con esos otros locos que día tras día salen a correr por las calles, parques o carreteras. No es raro recibir el aliento en una carrera. ¡Vamos, Páucar! ¡Dale que sí se puede! ¡Go, go, go! «Eso te reconforta, compañero, eso es lo hermoso de este deporte». Cada uno corre a su manera y como puede, pero no se trata de ser individualista. La historia nos ha dejado grandes ejemplos como la de Mapourdit, un pueblo de Sudán del Sur, que a fines del 2010 se organizó para correr seis kilómetros invitando a los demás pueblos a unirse con el fin de acudir a votar en el referéndum que decidiría su independencia. Todo el pueblo se echó a correr, hombres y mujeres, chicos y grandes, juntos corriendo para hacerse sentir, para decirle al mundo: aquí estamos corriendo por nuestra libertad.

En algún momento a Páucar se le sumaron sus hijos, entonces ya no corría solo. Entrenaban y se inscribían a las carreras en tropel. Otros chicos de su barrio los veían salir temprano a correr y también se fueron sumando. El viejo corredor se convirtió de repente en el líder de una muchachada que encontró en el deporte una manera de escapar a los malos hábitos. «A esa edad andan en malas juntas y muchas veces terminan descarriados, el deporte les da cierta disciplina, les ayuda a mejorar». Un día se le ocurrió ponerle un nombre al grupo y mandar a hacer remeras. Los muchachos estaban felices con su indumentaria. ¿Y cómo se llaman? Le pregunté. «Los Chasquis de San Juan de Lurigancho», respondió orgulloso.

«No se puede morir sin haberlo dado todo», dice Kilian Jornet, de los más grandes corredores de nuestro tiempo. «No se puede abandonar sin romper en llanto por el dolor y las heridas. Se debe luchar hasta la muerte». Una metáfora de la vida. De esto se trata este deporte. Filípides corrió desde Maratón hasta Atenas una distancia de 42 195 metros para anunciar la victoria griega sobre los persas. Entregó el mensaje y murió. Lo dio todo. Es esa misma distancia que hoy miles recorren, poniendo a prueba cuerpo y espíritu. ¿Para qué?, preguntarán algunos. Nadie tiene una respuesta concreta, quizá solo lo hacen por gusto, porque quieren hacerlo y eso basta.

Páucar ya había saboreado el sufrimiento, muchas veces, pero anhelaba algo más glorioso. Tenía que ser un domingo, día que generalmente se corren las maratones. Levantarse temprano, hacer sus estiramientos, ponerse la indumentaria con el logo de su club, amarrarse las zapatillas y colocarse en la línea de partida. Correr, darlo todo, hasta el último, y echarse a volar a la eternidad. «Así me quiero ir», afirmaba con seguridad. «Así, con mi uniforme de corredor, que no me hagan nada, así nomás que me metan a un cajón y me entierren». Allí en la esquina de Wilson y el Paseo Colón se despidió con una consigna. «Hay que seguir corriendo, compañero, hasta el final».

«No es más fuerte el que llega primero, si no el que disfruta haciendo lo que hace», nada más cierto que esto que dice Kilian Jornet. Páucar de seguro sigue corriendo, sufriendo y siendo feliz, como muchos otros locos que han escogido el correr como parte de su día a día. «El atletismo es poesía––decía Eugenio Montale––, si por la noche sueño, sueño que soy un maratoniano». Soñar y correr. Eso es todo.

Lima, diciembre de 2018.

 

Bibliografía:

  • Correr es una filosofía. Gaia de Pascale, 2005.
  • De qué hablo cuando hablo de correr. Haruki Murakami, 2007.
  • Correr o morir. Kilian Jornet, 2011.