Sobre cierto celebérrimo escritor peruano, sus novelas y el silencio que las envuelve, que un hombre de bien (si es que este título puede darse a un hombre de bien en el Perú) quiere dar a conocer

De la misma corriente literaria que, en tiempos pasados, nos dio obras como Yáwar Fiesta (1942) y El mundo es ancho y ajeno (1942), aparece, como uno de sus últimos suspiros, una serie de cinco baladas o cantares unidas bajo el nombre común de La guerra silenciosa (1970-1979). Su autor, Manuel Scorza (1928-1983), decidió emprender una de las aventuras más ambiciosas de la literatura peruana: la creación de una epopeya andina, entre el verso, la prosa y la crónica.

Luego de participar como secretario de política en el Movimiento Comunal del Perú y de ver por sí mismo la lucha de las comunidades del centro del Perú en contra del arrebato de sus tierras –ambos a finales de la década de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta–, determina la necesidad de relatar (nuevamente y a su manera) esta tragedia. Scorza, quien ya era conocido debido a sus trabajos como poeta, fue rechazado por seis editoriales. Finalmente, su obra terminó en el segundo lugar del premio Planeta de 1969. Un año después Redoble por Rancas es publicada por la misma editorial, que también publica Garabombo, el invisible (1972). Ambas obras gozaron de popularidad, sobre todo en Europa; también, el ahora novelista, vio crecer su fama como escritor y en entrevistas ya hablaba de los libros que seguirían a sus dos publicaciones. En 1976 aparecen El jinete insomne y Cantar de Agapito Robles, bajo el sello de Monte Ávila Editores y en 1979 cierra el ciclo La Tumba del Relámpago, cuya publicación estuvo a cargo de Siglo XXI.

Scorza retrata en sus páginas historias que bien podrían leerse por separado, pero que guardan un común denominador: la tragedia que las envuelve. Sus protagonistas se embarcan en la lucha sin fin del Perú, es decir, la lucha contra la injusticia. El gran villano de La guerra silenciosa no tiene forma, es la indiferencia. Sin embargo, en un nivel –no tan– menor se encuentra la pareja Montenegro. El traje negro y su esposa se encuentran en las cinco novelas como obstáculos, de alguna forma u otra, para la lucha de los personajes. Su poder es tal que llegan a manejar el tiempo a diestra y siniestra en la provincia: los relojes se enferman, los ríos se hacen lagos y las nubes se detienen.

La avaricia de la esposa, Pepita Montenegro, y el orgullo del doctor, juegan en contra durante toda la novela, dejando a los campesinos a merced de su voluntad. No obstante, el poder del primer vecino se encuentra en todo su esplendor en la primera novela, en el cual la justicia se toma un descanso (genial metáfora para el Perú, donde todo parece tener un descanso) porque los funcionarios más importantes de Yanahuanca se encuentran atrapados en una partida de póquer que duraría noventa días.

“Yo cierro la novela indigenista dándole una épica y sacándola de la mítica para llevarla a la realidad” declaró Scorza en una entrevista a Ricardo Gonzales Vigil. Habría que decir que uno de los aportes de Scorza a la narrativa peruana es el valor de narrar la realidad haciendo uso de la ficción. Ambas se encuentran entrelazadas como una sola a lo largo de la pentalogía. Al ubicarse como cronista de su obra, el narrador se toma licencias en lo que relata.

Según Losada (1976) “En la narrativa peruana, Scorza es el primero que utiliza lo fantástico como instrumento para crear una imagen testimonial de la realidad.” Como mencionábamos en el párrafo anterior, es mérito de este escritor haber vinculado la fantasía con la realidad. Muchas veces dotaba a sus héroes de cualidades extraordinarias: Héctor Chacón era Nictálope; Fermín Espinoza, Garabombo, era invisible; Raymundo Herrera fue condenado a un insomnio de más de doscientos años; y Agapito Robles, sumido en la desesperación de estar a punto de presenciar otra masacre, fue capaz de incendiar la pampa con su danzar multicolor.

Otro de sus aportes es la capacidad para relatar temas tan serios utilizando recursos como el humor y la ironía. Esta fue una de las principales características que suscitó el desconcierto de los críticos peruanos. Un año después de la salida de Redoble por Rancas siete reseñas fueron publicadas; claramente, la obra no pasó desapercibida. Sin embargo, Tomás Escajadillo recuerda que solo una de ellas tuvo un comentario favorable sobre la obra. La tradición indigenista siempre se mantuvo alejada de una comprensión irónica o lúdica de la realidad. Comprensión que sí comparte Scorza, como declara en una entrevista a Escajadillo: “Yo no veo por qué lo importante tenga que ser aburrido; yo no veo por qué la revolución o la transformación de la vida se tienen que hacer sufriendo (…) a veces hay el error de considerar que las buenas causas tienen que estar unidas al aburrimiento.”

Al Scorza novelista se le puede criticar muchas cosas, como la repetición de adjetivos que le recalca Hildebrandt o la huachafería hasta en la puntuación que le recrimina Vargas Llosa. Pero hay algo que nadie puede negar y es que La guerra silenciosa fue una brisa fresca para la narrativa indigenista e incluso para la narrativa peruana. Leerla es leer una odisea andina, es ser partícipe de las aventuras y desventuras de los personajes más quijotescos que podamos conocer, es odiar aquel traje negro que exhaló un húmedo atardecer, es regodearse por el lenguaje lírico, es imposible no sentir que acabas de pasar los ojos por uno de los mejores relatos escritos en Latinoamérica.

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