Ayer, papá ha muerto

“Hoy, mamá ha muerto”. Así empieza el relato del Extranjero, de Albert Camus. Yo empezaré diciendo: “Ayer, papá ha muerto”. Sí, Edgardo Rivera Martínez nos ha dejado, y no quiero hacer de este pequeño homenaje escrito, algo trillado, hablando de su gran legado literario, o de su capacidad artística de manejo del lenguaje. Esas son cosas que ya las sabemos, y que todo el mundo repite, y seguramente repetirá a lo largo de algunos días. No deseo hablar del Edgardo escritor, sino del Edgardo padre.

En el sílabo de Literatura Peruana, dictado por Hildebrando Pérez Grande, apareció, entre otros buenos textos, la novela, País de Jauja. Como conducido por algo sobrenatural, elegí aquel libro sin respetar el orden de lectura establecido por el profesor. Devoré la novela, literalmente. No recuerdo haber leído alguna otra novela de manera tan feroz. Desde las primeras páginas la lectura me invitaba a una comunión con ella. El calor humano y la vitalidad que me transmitieron fueron incalculables. Desde ese momento me dije: “quiero escribir como Rivera Martínez”. Es cierto que nadie puede copiar el estilo de otro, pero también es cierto que las grandes obras surgen de grandes motivaciones. Desde aquel momento decidí volverme hijo de Edgardo, claro, sin que él lo supiera.

Le pedí a Hildebrando que me consiguiera una cita con el maestro, quería su firma. Ronald, Edgardo está indispuesto, nuevamente me decía Hildebrando, una y otra vez. El ciclo terminó, y no volví a ver a mi profesor. Me había resignado a ser un hijo no reconocido.

El ciclo terminó, y no volví a ver a mi profesor. Me había resignado a ser un hijo no reconocido.

De pronto, una luz de esperanza apareció en forma de propaganda. El maestro se iba a presentar en la Casa de la Literatura Peruana. Al llegar, el salón estaba repleto, y grande fue mi sorpresa al comprender que Edgardo no tenía un hijo no reconocido, que era yo, sino miles de hijos no reconocidos. Había dejado un cuantioso legado.  Al final, la salud de Rivera Martínez volvió a frustrar mi misión. Edgardo nunca llegó. Esto se estaba convirtiendo en una búsqueda interminable. Al igual que Claudio, me sentía desorientado pero, a diferencia de él, yo no buscaba la figura materna, sino la figura paterna del creador. Un fetiche, quizá, pero más que eso era una gran admiración para quien he llegado a considerar uno de los mejores escritores del mundo. Dejé pasar el tiempo sin volver a tocar el tema, no quería que me tomarán por un acosador, así que retomé la poesía de Vallejo, un viejo cachalote, como dice Hildebrando.

Ayer me escribió un amigo: Ronald, Edgardo Rivera Martínez ha muerto, ya no podrás tener su firma. Al leer el mensaje pienso, es cierto, ya no podré tener su firma, pero Edgardo no ha muerto, pues vive en cada palabra de su obra. Y qué curioso, que mientras la frase inicial del Extranjero invita a la desolación y reflexión, la obra de Martínez invita a la comunión y al optimismo. Dos grandes de la literatura universal en los dos polos opuestos del ser humano: “el Eros y el Thanatos”.

Ayer, papá ha muerto, le digo a mis hermanos, ellos me miran confundidos y exclaman, ¿no me digas que Edgardo se ha ido?, sí, les digo, y añaden, ¿y su firma?, les respondo, no la necesito, su obra vive por él.

Escrito el 06 de octubre de 2018.

 

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1 Comentario

  1. Que gran mensaje, cuanta admiración se transmite.


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