Los días más tristes

Diego Abanto Delgado
Estudiante de Filosofía


Ayer, Keiko Fujimori, llorando de espaldas a una casa vacía, sentenció su actuación frente a la prensa diciendo que el día de hoy es uno de los días más tristes de nuestras vidas. A la lideresa de Fuerza Popular las lágrimas le sobraron pero le faltó algo, sentimiento. Ese tipo de sentimiento que te impide hablar con la prensa a sabiendas que a tu padre le quedan pocos minutos de libertad. Probablemente por eso a mí, como a muchos, las lágrimas de Keiko nos saben falsas, como si se tratara de otro acto como a los que ya nos tiene acostumbrados con sus famosos vídeos en redes. Dentro de su declaración, habló de sus enemigos políticos, de una batalla legal, de la injusticia y todas esas palabras que saben más a Alan García que a Keiko. Sin embargo, no podemos negar, que dentro de toda su actuación ayer acabó siendo un día agridulce para el Perú. ¿Se debía celebrar que el dictador Fujimori regrese a prisión? ¿debíamos guardar cautela para darnos cuenta que se esconde tras este oportuno momento para el fallo? ¿Felicitar a las víctimas, al juez? En pocas palabras, acabamos por albertizar la agenda una vez más en lugar de centrarnos en temas mucho más cruciales para el país.

Y habría preferido no referirme a este tema, mas las palabras de la lideresa llegaron a un lugar muy hondo de mi ser, molestando cada partícula pues…¿sabe algo Keiko al hablar de lo que es un día triste? Quizá tenga razón, que su padre sea devuelto a prisión—lugar del cual nunca debió salir— es un poco triste. Que a sus 80 años se juegue con su libertad, también lo es. Lo que no es triste, nunca lo fue ni debería serlo es el fallo del juez Nuñez. Y es que nos guste o no, este día triste que ha vivido la familia Fujimori acaba siendo una milésima de la tristeza profunda que vivieron, viven y seguramente seguirán viviendo los familiares de las víctimas de Barrios Altos y la Cantuta. Pero no solo ellos…

El 03 de noviembre de 1991 ocurrió la masacre de Barrios Altos, convirtiéndose así en uno de los días más tristes para las familias de Placentina Marcela Chumbipuma Aguirre, Luis Alberto Díaz Astovilca, Octavio Benigno Huamanyauri Nolazco, Luis Antonio León Borja, Filomeno León León, Máximo León León, Benedicta Yanque ChuroTito Ricardo Ramírez AlbertoLucio Quispe Huanaco, Manuel Isaías Ríos Pérez, Javier Manuel Ríos Rojas, Alejandro Rosales Alejandro, Nelly María Rubina Arquiñigo, Odar Mender Sifuentes Nuñez Teobaldo Ríos Lira,  cuyas vidas fueron tomadas por el Grupo Colina.

El 29 de enero de 1992, en Pativilca, el Grupo Colina secuestró y asesinó a John Calderón RíosToribio Ortiz Aponte, Felandro Castillo Manrique, Pedro Agüero Rivera, Ernesto Arias Velásquez y César Rodríguez Esquivel cuyos familiares aún buscan que Alberto Fujimori sea condenado por estos crímenes.

El 05 de abril de 1992 fue uno de los días más tristes dentro de la historia del Perú republicano, tal y como lo conocemos. Más allá de contar una democracia endeble en aquellos años, cuando Fujimori se aprovechó del descontento popular para instaurar una dictadura, se quebrantaron muchos de los principios que permitieron al dictador gobernar de la forma en la que lo hizo.

El 02 de mayo de 1992 en Santa, los campesinos Carlos Alberto Barrientos Velásquez, Roberto Barrientos Velásquez, Denis Atilio Castillo Chávez, Federico Coquis Velásquez, Gilmer Ramiro León Velásquez, Pedro Pablo López Gonzáles, Jesús Manfredo Noriega Ríos, Carlos Martín Tarazona More y Jorge Luis Tarazona More fueron torturados y asesinados también por el Grupo Colina.

El 24 de junio de 1992 fue uno de los días más tristes para la familia de Pedro Yauri Bustamante, periodista de Huara, que fue secuestrado y vilmente asesinado por el Grupo Colina por denunciar los abusos cometidos por el gobierno del dictador Fujimori.

El 18 de julio de 1992, los estudiantes de la Universidad Nacional Enrique Guzmán y Valle, popularmente conocida como La CantutaBertilia Lozano TorresDora OyagueLuis OrtízArmando Amaro CóndorRobert Teodoro EspinozaHeráclides Pablo MezaFelipe FloresMarcelino Rosales Juan Mariños y el profesor  Hugo Muñoz Sánchez fueron asesinados por el Grupo Colina tras ser erróneamente vinculados al atentado terrorista perpetrado por Sendero Luminoso en Tarata.

Si bien los casos no son relativamente comparables, me imagino la tristeza que debe haber pintado los días de los deudos de todos estos crímenes, que siguieron peleando, día tras día, año tras año. Me imagino además el infierno que pasaron cuando congresistas fujimoristas como Martha Chávez apoyaron la teoría del autosecuestro en 1993, tildándolos de terroristas, pero se mantuvieron de pie, luchando y luchando sin descanso hasta que Alberto Fujimori fue condenado en 2009 como autor mediato en las masacres de Barrios Altos y La Cantuta. No obstante, el 24 de diciembre, el por ese entonces presidente, Pedro Pablo Kuczynski, le concedió un indulto insultando así no solo a la democracia, la justicia y las víctimas, sino al propio pueblo que había visto con gran sorpresa el gran canje, la libertad de un homicida por mantenerse en el cargo presidencial.

Hace unas horas, Alberto Fujimori ha enviado un mensaje pidiendo que no lo usen como un arma política, que no lo maten, que su corazón no soportará regresar a prisión. Más allá de lo oportuno del mensaje, lo que demuestra —una vez más— la frialdad con la que suele actuar el dictador, apelando ya no a la justicia, de la cual se burló durante su gobierno y después de su cobarde huida, sino al sentimiento. Pero la justicia no es odio. El dictador no debe ser juzgado por su edad, no es por eso que lo condenaron, debe ser juzgado por los crímenes que cometió, las voces que silenció, las vidas que borró. Si se mantiene firme la decisión del juez Nuñez, si Fujimori regresa a prisión, quizá, poco a poco, entenderemos que los días más tristes no son los que vienen, sino los que pasaron. No para la familia Fujimori— que parece no saber aún lo que es justicia— sino para el Perú.

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